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Por arkaiko

Woody Allen

EL CONDE DRÁCULA

En algún lugar de Transilvania yace Drácula, el monstruo, durmiendo en su ataúd y

aguardando a que caiga la noche. Como el contacto con los rayos solares le causaría la

muerte con toda seguridad, permanece en la oscuridad en su caja forrada de raso que

lleva iniciales inscritas en plata. Luego, llega el momento de la oscuridad, y movido por

instinto milagroso, el demonio emerge de la seguridad de su escondite y, asumiendo

las formas espantosas de un murciélago o un lobo, recorre los alrededores y bebe la

sangre de sus victimas. Por último, antes de que los rayos de su gran enemigo, el sol,

anuncien el nuevo día, se apresura a regresar a la seguridad de su ataúd protector y

se duerme mientras vuelve a comenzar el ciclo.

Ahora, empieza a moverse. El movimiento de sus cejas responde a un instinto

milenario e inexplicable, es señal de que el sol está a punto de desaparecer y se acerca

la hora. Esta noche, está especialmente sediento y, mientras allí descansa, ya

despierto, con el smoking y la capa forrada de rojo confeccionada en Londres,

esperando sentir con espectral exactitud el momento preciso en que la oscuridad es

total antes de abrir la tapa y salir, decide quiénes serán las víctimas de esta velada. El

panadero y su mujer, reflexiona. Suculentos, disponibles y nada suspicaces. El

pensamiento de esa pareja despreocupada, cuya confianza ha cultivado con

meticulosidad, exita su sed de sangre y apenas puede aguantar estos últimos

segundos de inactividad antes de salir del ataúd y abalanzarse sobre sus presas.

De pronto, sabe que el sol se ha ido. Como un ángel del infierno, se levanta

rápidamente, se metamorfosea en murciélago y vuela febrilmente a la casa de sus

tentadoras víctimas.

-¿Vaya, conde Drácula, que agradable sorpresa! -dice la mujer del panadero al abrir la

puerta para dejarlo pasar. (Asumida otra vez su forma humana. entra en la casa

ocultando, con sonrisa encantadora, su rapaz objetivo.)

-¿Qué le trae por aquí tan temprano? -pregunta el panadero.

-Nuestro compromiso de cenar juntos -contesta el conde-. Espero no haber cometido

un error. Era esta noche, ¿no?

-Sí, esta noche, pero aún faltan siete horas.

-¿Cómo dice? -inquiere Drácula echando una mirada sorprendida a la habitación.

-¿O es que ha venido a contemplar el eclipse con nosotros?

-¿Eclipse?

-Así es. Hoy tenemos un eclipse total.

-¿Qué dice?

-Dos minutos de oscuridad total a partir de las doce del mediodía.

-¡Vaya por Dios! ¡Qué lío!

-¿Qué pasa, señor conde?

-Perdóneme... debo... Debo irme...Hem...¡Oh, qué lío!... -y, con frenesí, se aferra al

picaporte de la puerta.

-¿Ya se va? Si acaba de llegar.

-Sí, pero, creo que...

-Conde Drácula, está usted muy pálido.

-¿Sí? necesito un poco de aire fresco. Me alegro de haberlos visto...

-¡Vamos! Siéntese. Tomaremos un buen vaso de vino juntos.

-¿Un vaso de vino? Oh, no, hace tiempo que dejé la bebida, ya sabe, el hígado y todo

eso. Debo irme ya. Acabo de acordarme que dejé encendidas las luces de mi castillo...

Imagínese la cuenta que recibiría a fin de mes...

-Por favor -dice el panadero pasándole al conde un brazo por el hombro en señal de

amistad-. usted no molesta. No sea tan amable. Ha llegado temprano, eso es todo.

-Créalo, me gustaría quedarme, pero hay una reunión de viejos condes rumanos al

otro lado de la ciudad y me han encargado la comida.

-Siempre con prisas. Es un milagro que no haya tenido un infarto.

-Sí, tiene razón, pero ahora...

-Esta noche haré pilaf de pollo -comenta la mujer del panadero-. Espero que le guste.

-¡Espléndido, espléndido! -dice el conde con una sonrisa empujando a la buena mujer

sobre un montón de ropa sucia. Luego, abriendo por equivocación la puerta del

armario, se mete en él-. Diablos, ¿dónde está esa maldita puerta?

-¡Ja, ja! -se ríe la mujer del panadero-. ¡Qué ocurrencias tiene, señor conde!

-Sabía que le divertiría -dice Drácula con una sonrisa forzada-, pero ahora déjeme

pasar.

Por fin, abre la puerta, pero ya no le quedaba tiempo.

-¡Oh, mira, mamá! -dice el panadero-, ¡el eclipse debe de haber terminado! Vuelve a

salir el sol.

-Así es -dice Drácula cerrando de un portazo la puerta de entrada-. He decidido

quedarme. Cierren todas las persianas, rápido, ¡rápido! ¡No se queden ahí!

-¿Qué persianas? -preguntó el panadero.

-¿No hay? ¡Lo que faltaba! ¡Qué para de...! ¿Tendrían al menos un sótano en este

tugurio?

-No -contesta amablemente la esposa-. Siempre le digo a Jarslov que construya uno,

pero nunca me presta atención. Ese Jarslov...

-Me estoy ahogando. ¿Dónde está el armario?

-Ya nos ha hecho esa broma, señor conde. Ya nos ha hecho reír lo nuestro.

-¡Ay... qué ocurrencia tiene!

-Miren, estaré en el armario. Llámenme a las siete y media.

Y, con esas palabras, el conde entra al armario y cierra la puerta.

-¡Ja,ja...! ¡Qué gracioso es, Jarslov!

-Señor conde, salga del armario. deje de hacer burradas.

Desde el interior del armario, llega la voz sorda de Drácula.

-No puedo... de verdad. Por favor, créanme. Tan solo permítanme quedarme aquí.

Estoy muy bien. De verdad.

-Conde Drácula, basta de bromas. Ya no podemos más de tanto reírnos.

-Pero créanme, me encanta este armario.

-Sí, pero...

-Ya sé, ya sé... parece raro y sin embargo aquí estoy, encantado. El otro día

precisamente le decía a la señora Hess, deme un buen armario y allí puedo quedarme

durante horas. Una buena mujer, la señora Hess. Gorda, pero buena... Ahora, ¿por

qué no hacen sus cosas y pasan a buscarme al anochecer? Oh,Ramona, la la la la,

Ramona...

En aquel instante entran el alcalde y su mujer, Katia. Pasaban por allí y habían

decidido hacer una visita a sus buenos amigo, el panadero y su mujer.

-¡Hola Jarslov! espero que Katia y yo no molestemos.

-Por supuesto que no, señor alcalde. Salga, conde Drácula.¡Tenemos visita!

-¿Está aquí el conde? -pregunta el alcalde, sorprendido.

-Sí, y nunca adivinaría dónde está -dice la mujer del panadero.

-¡Que raro es verlo a esta hora! De hacho no puedo recordar haberle visto ni una sola

vez durante el día.

-Pues bien, aquí está. ¡Salga de ahí, conde Drácula!

-¿Dónde está? -pregunta Katia sin saber si reír o no.

-¡Salga de ahí ahora mismo! ¡Vamos! -La mujer del panadero se impacienta.

-Está en el armario -dice el panadero con cierta vergüenza.

-¡No me digas! -exclama el alcalde.

-¡Vamos! -dice el panadero con un falso buen humor mientras llama a la puerta del

armario-. Ya basta. Aquí está el alcalde.

-Salga de ahí conde Drácula -grita el alcalde-. Tome un vaso de vino con nosotros.

-No, no cuenten conmigo. Tengo que despachar unos asuntos pendientes.

-¿En el armario?

-Sí, no quiero estropearles el día. Puedo oír lo que dicen: Estaré con ustedes en cuanto

tenga algo que decir.

Se miran y se encogen de hombros. Sirven vino y beben.

-Qué bonito el eclipse de hoy -dice el alcalde tomando un buen trago.

-¿Verdad? -dice el panadero-. Algo increíble.

-¡Díganmelo a mí! ¡Espeluznante! -dice una voz desde el armario.

-¿Qué, Drácula?

-Nada, nada. No tiene importancia.

Así pasa el tiempo hasta que el alcalde, que ya no puede soportar esa situación, abre

la puerta del armario y grita:

-¡Vamos, Drácula! Siempre pensé que usted era una persona sensata. ¡Déjese de

locuras!

Penetra la luz del día; el diabólico monstruo lanza un grito desgarrador y lentamente

se disuelve hasta convertirse en un esqueleto y luego en polvo ante los ojos de las

cuatro personas presentes. Inclinándose sobre el montón de ceniza blanca, la mujer

del panadero pega un grito:

-¡Se ha fastidiado mi cena!

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Por arkaiko
 

Alejandro Dumas - La Hermosa Vampirizada




      Yo soy polaca, nacida en Sandomir,vale decir en un país donde las
     leyendas se tornan artículos de fe, donde creemos en las tradiciones de
     familia como y —acaso más que— en el Evangelio. No hay castillo entre
     nosotros que no tenga su espectro, ni una cabaña que no tenga su genio
     familiar. En la casa del rico como en la del pobre, en el castillo como en
     la cabaña, se reconoce el principio amigo y el principio enemigo.
      A veces estos dos principios entran en lucha y se combaten. Entonces se
     escuchan ruidos tan misteriosos en los corredores, rugidos tan horrendos
     en las antiguas torres, sacudidas tan formidables en las murallas, que los
     habitantes huyen de la cabaña como del castillo, y aldeanos y nobles
     corren a la iglesia en procura de la cruz bendita o de las santas
     reliquias, únicos resguardos contra los demonios que nos atormentan. Pero
     otros dos principios más terribles aún, más furiosos e implacables, se
     encuentren allí enfrentados: la tiranía y la libertad.
      El año 1825 vio empeñarse entre Rusia y Polonia una de esas luchas en las
     cuales creyérase agotada toda la sangre de un pueblo, como a menudo se
     agota la sangre de una familia entera. Mi padre y mis dos hermanos,
     rebelados contra el nuevo zar, habían ido a alinearse bajo la bandera de
     la independencia polaca, postrada siempre, siempre renacida. Un día supe
     que mi hermano menor había sido muerto; otro día me anunciaron que mi
     hermano mayor estaba mortalmente herido; y por fin, después de una jornada
     angustiosa, durante la cual yo había escuchado aterrorizada el tronar
     siempre más cercano del cañón, vi llegar a mi padre con un centenar de
     soldados de a caballo, residuo de tres mil hombres que él comandaba.
     Había venido a encerrarse en nuestro castillo con la intención de
     sepultarse bajo sus ruinas. Mientras no temía nada por él, temblaba por
     mí. Y en efecto, para él era único riesgo la muerte, porque estaba
     segurísimo de no caer vivo en manos del enemigo; pero a mí me amenazaba la
     esclavitud, el deshonor, la vergüenza. Mi padre escogió diez hombres entre
     los cien que le quedaban, llamó al intendente, le hizo entrega de cuanto
     dinero y objetos preciosos poseíamos y, recordando que —en ocasión de la
     segunda división de Polonia— mi madre, casi niña aún, había encontrado un
     asilo inaccesible en el monasterio de Sabastru, situado en medio de los
     montes Cárpatos, le ordenó conducirme a aquel monasterio que abriría a la
     hija, como hacía tiempo a la madre, sus hospitalarias puertas.
      A despecho del gran amor que mi padre alimentaba por mí, nuestros saludos
     no fueron largos. Según todas las probabilidades, los rusos debían llegar
     el día siguiente a la vista del castillo, por lo que no había tiempo que
     perder. Me puse de prisa un vestido de amazona, con el que solía acompañar
     a mis hermanos en la caza. Me trajeron ensillado el mejor caballo de la
     cuadra; mi padre me puso en los bolsillos del arzón sus propias pistolas,
     obras maestras de las fábricas de Tula, me abrazó y dio la orden de
     partida.
     Durante aquella noche y el día siguiente recorrimos veinte leguas,
     costeando uno de esos ríos sin nombre que desembocan en el Vístula. Esta
     primer doble etapa nos había sustraído al peligro de caer en manos de los
     rusos. El sol se dirigía al tramonto, cuando vimos brillar las nevadas
     cimas de los Cárpatos.
      Hacia la noche del día siguiente llegamos a su pie: al fin, en la mañana
     del tercer día, comenzamos a avanzar por una de sus gargantas. Nuestros
     Cárpatos no se parecen a los fértiles montes de vuestro occidente. Cuanto
     la naturaleza tiene de extraordinario y grandioso se presenta allí en toda
     su majestad. Sus tempestuosas cumbres se pierden en las nubes cubiertas de
     eternas nieves; sus inmensos bosques de abetos se inclinan sobre el terso
     espejo de lagos que por su vastedad semejan mares; y de aquellos lagos,
     jamás navecilla alguna ha surcado sus ondas, jamás redes de pescadores
     turbaron su cristal profundo como el azul del cielo; apenas, de tiempo en
     tiempo, resuena allí la voz humana, haciendo escuchar un canto moldavo al
     que contestan los gritos de los animales selváticos: y cantos y gritos van
     a desvelar algún solitario eco, atónito de que un ruido cualquiera le haya
     revelado su propia existencia. Por millas y millas se viaja allí bajo la
     umbría bóveda de los bosques entrecruzados de las inesperadas maravillas
     que la soledad nos descubre a cada instante, y que hacen pasar nuestro
     ánimo del estupor a la admiración. Ahí doquiera hay peligro, y el peligro
     se compone de mil riesgos diversos; pero no se tiene tiempo para
     atemorizarse, tan sublimes son aquellos riesgos. Aquí hay alguna cascada a
     la que dio origen imprevistamente la licuefacción de los hielos y que,
     saltando de roca en roca, invade de pronto el angosto sendero que se
     recorre, trazado por el paso de las fieras en fuga y del cazador que las
     persigue; allí hay árboles minados por el tiempo, que se desprenden del
     suelo y se derrumban con horrible estrépito semejante al de un terremoto;
     en otra parte, en fin, son los huracanes los que os envuelven de nubes, en
     medio de las cuales se ve centellear, extenderse y contorsionarse el
     relámpago, como sierpe inflamada. Luego, tras de haber superado aquellas
     moles agrestes, aquellos bosques primitivos, tras de encontraros en medio
     de gigantescas montañas y bosques interminables, os veis ante inmensos
     páramos, como mares que tienen también sus ondas y sus tempestades, áridas
     y gibosas estepas, donde la vista se pierde en un horizonte sin límite.
     Entonces no es terror lo que experimentáis, sino una triste y profunda
     melancolía, de la cual nada hay que pueda distraeros, porque el aspecto de
     la región, por lejos que se alargue vuestra mirada, es siempre el mismo.
     Ascended o descended las cien veces iguales pendientes, buscando en vano
     un camino trazado: al hallaros tan perdidos en aquel aislamiento, en medio
     de desiertos, os creéis solos en la naturaleza, y vuestra melancolía se
     convierte en desolación. Os parece inútil caminar más adelante, porque no
     veis una meta para vuestros pasos; no encontráis una aldea, ni un
     castillo, ni una cabaña, ni en suma vestigio de humana morada. Sólo de
     cuando en cuando, como una tristeza más en aquella región melancólica, un
     pequeño lago sin cañas, sin arbustos, dormido en el fondo de un barranco,
     casi otro mar Muerto, os cierra el camino con sus verdes aguas, sobre las
     cuales se levantan al acercaros algunas aves acuáticas de gritos
     prolongados y discordantes. Rodead ese lago, trasponed el collado que está
     delante de vosotros, descended a otro valle, superad otra colina, y así
     sucesivamente, hasta que hayáis llegado a los comienzos de la cadena de
     montes que van siempre disminuyendo más. Pero si al concluir esa cadena os
     volvéis hacia el mediodía, la región recobra un carácter majestuoso, se os
     presenta una naturaleza más grandiosa y descubriréis otra cadena de
     montañas más altas, de forma más pintoresca, de más rica vegetación, toda
     cubierta de espesos bosques, toda surcada de arroyos: con la sombra y con
     el agua renace también la vida en aquella comarca; se escucha ya el tañido
     de la campana de una ermita, y sobre el flanco de aquella montaña se ve
     serpentear una caravana. Por fin, a los últimos rayos del sol poniente se
     perciben desde lejos, a guisa de bandada de pájaros blancos, apoyándose
     las unas en las otras, las casas de una aldea, que parece se hubieran
     agrupado en cierto modo para defenderse de un asalto nocturno; pues con la
     vida ha vuelto el peligro: aquí no se luchará con osos y lobos, como en
     aquella altas montañas, sino con hordas de bandidos moldavos.
     Entretanto nos acercábamos a nuestra meta. Diez días de camino habían
     transcurrido sin ningún incidente. Ya distinguíamos la cumbre del monte
     Pion, que se eleva sobre toda aquella familia de gigantes, y sobre cuya
     vertiente meridional está situado el convento de Sabastru al cual yo me
     trasladaba. Tres días más, y nos hallábamos al término de nuestro viaje.
     Eran los últimos días de julio. Habíamos tenido una jornada muy cálida, y
     hacia las cuatro respirábamos con ansioso deleite las primeras brisas del
     atardecer. Habíamos dejado atrás hacía poco las torres ruinosas de
     Niantzo. Bajábamos a una llanura que empezábamos a ver a través de una
     hendidura de la montaña.
      Desde el sitio donde estábamos, ya podíamos seguir con la vista el curso
     del Bistriza, de riberas esmaltadas de bermejeantes viñedos y de altas
     campánulas de flores blancas. Bordeábamos un abismo en cuyo fondo corría
     el río, que en aquel lugar tenía apenas forma de torrente, y nuestras
     cabalgaduras tenían escaso espacio para caminar dos de frente. Nos
     precedía un guía, quien, inclinado de flanco sobre la grupa de su caballo,
     cantaba una canción morlaca, cuyas palabras seguía con singular atención.
     El cantor era también al mismo tiempo el poeta. Necesitaría ser uno de
     aquellos montañeses para poder expresarnos la melancolía de su canción con
     su salvaje tristeza, con toda su profunda sencillez. Las palabras de la
     canción eran poco más o menos las siguientes:
     "¡Ved allí ese cadáver en la palude de Stavila, donde corriera tanta
     sangre de guerreros! No es un hijo de Iliria, no; es un feroz bandido, que
     después de haber engañado a la gentil María, robó, exterminó, incendió.
     "Rauda como el relámpago una bala ha venido a atravesar el corazón del
     bandido; un yatagán le ha tronchado el cuello. Pero, oh misterio, después
     de tres días, su sangre, tibia aún, riega la tierra bajo el pino tétrico y
     solitario y ennegrece el pálido Ovigan.
     "Sus ojos turquíes brillan siempre; huyamos, huyamos: guay de quien pase
     por la palude cerca de él: ¡es un vampiro! El feroz lobo se aleja del
     impuro cadáver, y el fúnebre buitre huye al monte de calvo frontis."
     De pronto se oyó la detonación de un arma de fuego y el silbar de una
     bala. La canción quedó interrumpida, y el guía, herido de muerte,
     precipitóse al abismo, mientras su caballo se detenía temblando y
     tendiendo la inteligente testa hacia el fondo del precipicio, donde
     desapareciera su dueño. Al mismo tiempo, se levantó por los aires un grito
     estridente, y sobre los flancos de la montaña vimos aparecer una treintena
     de bandidos: estábamos completamente rodeados. Cada uno de los nuestros
     empuñó un arma, y bien que tomados inopinadamente, mis acompañantes, como
     que eran viejos soldados avezados al fuego, no se dejaron intimidar, y se
     pusieron en guardia. Yo misma, dando el ejemplo, empuñé una pistola, y
     conociendo bien cuán desventajosa era nuestra situación, grité:
     ¡Adelante!, y di con la espuela a mi caballo que se lanzó a toda carrera
     hacia la llanura. Pero teníamos que vérnosla con montañeses que brincaban
     de roca en roca como verdaderos demonios de los abismos, que aun saltando,
     hacían fuego, manteniendo a nuestros flancos la posición tomada. Por lo
     demás, nuestro plan había sido previsto. En un punto donde el camino se
     ensanchaba y la montaña se allanaba un poco, aguardaba nuestro paso un
     joven a la cabeza de diez hombres a caballo. Cuando nos vieron, pusieron
     al galope sus cabalgaduras, y nos asaltaron de frente, mientras aquellos
     que nos perseguían bajaban saltando en gran cantidad, y cortada de tal
     modo nuestra retirada, nos rodeaban por todas partes.
     La situación era grave y sin embargo, acostumbrada desde niña a las
     escenas de guerra, pude apreciarla sin que se me escapara una sola
     circunstancia. Todos aquellos hombres, vestidos de pieles de carnero,
     llevaban inmensos sombreros redondos, coronados de flores naturales al
     modo de los húngaros. Cada uno de ellos manejaba un largo fusil turco, que
     agitaban vivamente luego de haber disparado, dando gritos salvajes, y en
     la cintura portaba un sable corvo y dos pistolas. Su jefe era un joven de
     apenas veintidós años, de tez pálida, de ojos negros y cabellos
     ensortijados y cayéndole sobre las espaldas. Vestía la casaca moldava
     guarnecida de piel y ajustada al cuerpo por una faja con listas de oro y
     seda. En su mano resplandecía un sable corvo, y en su cintura relucían
     cuatro pistolas. Durante la lucha daba gritos roncos e inarticulados que
     parecían no pertenecer al habla humana, y sin embargo eran una eficaz
     expresión de sus deseos, pues a aquellos gritos obedecían todos sus
     hombres, ora echándose a tierra boca abajo para esquivar nuestras
     descargas, ora levantándose para disparar a su vez, haciendo caer a
     aquellos de nosotros que aún estaban de pie, matando a los heridos,
     haciendo en suma de la lucha una carnicería. Yo había visto caer uno
     después del otro los dos tercios de mis defensores. Cuatro estaban aún
     ilesos y se apretaban a mi alrededor, no pidiendo una gracia que tenían la
     certidumbre de no conseguir, y pensando sólo en vender la vida lo más cara
     que fuese posible. Entonces el joven jefe dio un grito más expresivo que
     los anteriores, tendiendo la punta de su sable hacia nosotros. En verdad
     aquella orden significaba que debía rodearse nuestro último grupo de un
     cerco de fuego y fusilarnos a todos juntos, pues de un golpe vimos
     apuntarnos todos aquellos largos mosquetes.
     Comprendí, que había llegado la hora final. Alcé los ojos y las manos al
     cielo, murmurando una última plegaria, y aguardé la muerte. En ese
     instante vi, no descender sino precipitarse de peña en pena, un joven que
     se detuvo enhiesto sobre una roca que dominaba la escena, semejante a una
     estatua en un pedestal, y, extendiendo la mano hacia el campo de batalla,
     pronunció esta sola palabra: "¡Basta!" Todas las miradas se volvieron a
     esa voz, y cada uno pareció obedecer al nuevo amo. Sólo un bandido apuntó
     de nuevo su fusil e hizo el disparo. Uno de nuestros hombres dio un grito;
     la bala le había roto el brazo izquierdo. Se volvió al punto para lanzarse
     sobre el que le hiriera, pero aún no había hecho cuatro pasos su caballo,
     que un relámpago brilló por encima de nosotros y el bandido rebelde cayó
     herido por una bala en la cabeza... Tantas y tan diversas emociones habían
     acabado mis fuerza; me desvanecí. Cuando recobré los sentidos, me hallé
     acostada sobre la hierba, con la cabeza apoyada en las rodillas de un
     hombre, de quien no veía sino la mano blanca y cubierta de anillos
     rodeándome el cuerpo, mientras ante mí estaba parado, de brazos cruzados y
     la espada bajo la axila, el joven jefe moldavo que dirigiera el asalto
     contra nosotros. "Kostaki", decía en francés y con gesto autoritario el
     que me sostenía, "haced que vuestros hombres se retiren de inmediato, y
     dejadme el cuidado de esta joven. "Hermano, hermano", respondió aquel a
     quien eran dirigidas tales palabras, y que parecía contenerse con
     esfuerzo, "cuídate de no cansar mi paciencia; yo os dejo el castillo,
     dejadme a mí el bosque. En el castillo vos sois el amo, pero aquí yo soy
     todopoderoso. Aquí me bastaría una sola palabra para obligaros a
     obedecerme". "Kostaki, yo soy el mayor; lo que quiere decir que soy amo en
     todas partes, así en el bosque como en el castillo, allá y aquí. Como a
     vos, me corre por las venas la sangre de los Brankovan, sangre real que
     tiene el hábito de mandar, y yo mando." "Mandad a vuestros servidores,
     Gregoriska, no a mis soldados." "Vuestros soldados son bandidos,
     Kostaki... bandidos que haré ahorcar en las almenas de nuestras torres si
     no me obedecen al instante." "Bien, probad de darles una orden."
     Sentí entonces que quien me sostenía retiraba su rodilla, y colocaba
     suavemente mi cabeza sobre una piedra.
     Le seguí ansiosa con la mirada, y pude examinar a aquel joven, que cayera,
     por así decirlo, del cielo en medio de la refriega, y que yo había podido
     ver apenas, estando desmayada, mientras aparecía a punto en escena. Era un
     joven de veinticuatro años, de alta estatura y con dos grandes ojos
     celestes y resplandecientes como el relámpago, en los que se leía una
     extraordinaria decisión y firmeza. Los largos cabellos rubios, indicio de
     la estirpe eslava, le caían sobre las espaldas como los del arcángel
     Miguel, circundando dos mejillas rubicundas y frescas; sus labios
     realzados por una sonrisa desdeñosa, dejaban ver una doble hilera de
     perlas. Vestía una especie de túnica de velludo negro, calzones ceñidos a
     las piernas y botas bordadas; en la cabeza tenía un gorro puntiagudo
     ornado de una pluma de águila; en la cintura portaba un cuchillo de caza,
     y al hombro una pequeña carabina de dos caños, cuya precisión había
     aprendido a apreciar uno de los bandidos. Extendió la mano, y con ese
     gesto imperioso pareció imponerse hasta a su hermano. Pronunció algunas
     palabras en lengua moldava, las cuales parecieron causar profunda
     impresión sobre los bandidos. Entonces, a su vez, habló en la misma lengua
     el joven jefe, y me pareció que su discurso estaba lleno de amenazas y de
     imprecaciones. A aquel largo y vehemente discurso el hermano mayor
     contestó con una sola palabra. Los bandidos se sometieron; hizo un gesto,
     y los bandidos se sometieron; hizo un gesto, y los bandidos se reunieron
     detrás de nosotros.
     "¡Bien! Sea, pues, Gregoriska", dijo Kostaki volviendo a hablar en
     francés. "Esta mujer no irá a la caverna, pero no por ello será menos mía.
     La encuentro hermosa, la he conquistado yo y la quiero yo." Así diciendo,
     se lanzó él hacia mí, y me levantó entre sus brazos. "Esta mujer será
     llevada al castillo y entregada a mi madre, yo no la abandonaré", dijo mi
     protector. "¡Mi caballo!", gritó Kostaki en lengua moldava. Varios
     bandidos se apresuraron a obedecer, condujeron a su señor la cabalgadura
     pedida... Gregoriska miró en torno, asió las bridas de un caballo sin
     dueño, y saltó a la silla sin tocar los estribos. Kostaki, bien que me
     tenía aún apretada entre sus brazos, montó en la silla casi tan ágilmente
     como su hermano, y partió a todo galope. El caballo de Gregoriska pareció
     haber recibido el mismo impulso y fue a ponerse pegado al flanco y al
     pescuezo del corcel de Kostaki. Extraño de verse eran aquellos dos
     caballeros que volaban el uno junto al otro, taciturnos, silenciosos, sin
     perderse de vista un solo instante, aun cuando aparentaran no mirarse, y
     se entregaban por entero a sus cabalgaduras, cuya impetuosa carrera los
     llevaba a través de bosques, rocas y precipicios.
     Tenía la cabeza caída, y esto me permitía ver los bellos ojos de
     Gregoriska fijos en mí. Kostaki lo advirtió, me levantó la cabeza, y ya no
     vi más que su tétrica mirada devorándome. Bajé los párpados, pero en vano;
     a través de su velo, veía no obstante siempre aquella mirada
     relampagueante que me penetraba hasta las vísceras y me punzaba el
     corazón. Entonces me acaeció una extraña alucinación; parecíame ser la
     Leonora de la balada de Bürger, llevada por el caballo y el caballero
     fantasmas, y cuando sentí que se me cerraban abrí los ojos amedrentada,
     tan persuadida estaba de ver alrededor mío sólo cruces rotas y tumbas
     abiertas. Vi algo un poco más alegre; era el patio interno de un castillo
     moldavo construido en el siglo décimocuarto.
     Kostaki me dejó resbalar a tierra, bajando casi en seguida después que yo;
     pero, por rápido que hubiera sido su acto, Gregoriska le había precedido.
     Como lo dijera, en el castillo él era el amo. Al ver llegar a los dos
     jóvenes y a la extranjera que llevaban con ellos, acudieron los
     servidores; pero, aunque dividieron sus diligencias entre Kostaki y
     Gregoriska, aparecía claro que los mayores miramientos, el respeto más
     profundo eran para el segundo. Se aproximaron dos mujeres, Gregoriska les
     dio una orden en lengua moldava, y con la mano me indicó que la siguiera.
     La mirada que acompañaba aquel gesto era tan respetuosa que yo no vacilé
     absolutamente en obedecerle. Cinco minutos después me encontraba en una
     cámara que, aun cuando pudiera parecer desnuda y triste a una persona de
     menos fácil contentamiento, era sin embargo evidentemente la más hermosa
     del castillo. Una gran habitación cuadrada, con una especie de diván de
     sayal verde, asiento de día, lecho de noche. Había también allí cinco o
     seis sillones de encina, un inmenso cofre, y en un ángulo un trono
     semejante a una gran silla de coro.
      No había que hablar de cortinas en las ventanas y en el lecho. A los
     costados de la escalera que llevaba a aquella cámara, erguíanse, dentro de
     nichos, tres estatuas de los Brankovan de tamaño superior al natural. Al
     poco rato trajeron nuestros bagajes, entre los cuales se encontraban
     también mis maletas. Las mujeres me ofrecieron sus servicios. Pero no
     obstante, reparando el desorden que lo sucedido causara en mi tocado,
     conservé mi vestimenta de amazona, la cual, más que cualquier otra,
     acordaba con el modo de vestir de mis huéspedes. Apenas había hecho los
     pocos cambios necesarios en mis ropas, cuando oí golpear levemente en la
     puerta.
      "Adelante", dije en francés, siendo esta lengua para nosotros los
     polacos, como sabéis, casi una segunda lengua materna. Entró Gregoriska.
     "¡Ah! señora, cuánto me complace que habléis francés." "Y yo también",
     respondí, "estoy contenta de saber esta lengua, porque de tal modo he
     podido, gracias a este hecho, apreciar toda la generosidad de vuestra
     conducta conmigo. En esa lengua vos me defendisteis de los designios de
     vuestro hermano, y en esa lengua os ofrezco yo la expresión de mi sincero
     reconocimiento". "Os lo agradezco, señora. Era cosa muy natural que me
     preocupara de una mujer que se encontraba en vuestra situación. Andaba de
     caza por los montes, cuando llegaron a mi oído algunas detonaciones
     anormales y continuas; comprendí que se trataba de un asalto a mano
     armada, y marché al encuentro del fuego, como decimos nosotros en términos
     guerreros. A Dios gracias, llegué a tiempo, pero ¿sería tal vez demasiado
     atrevido si os preguntara, oh señora, por cuál motivo una mujer de alto
     linaje, como lo sois vos, se ha visto reducida a aventurarse en nuestros
     montes?" "Yo soy polaca", le contesté: "Mis dos hermanos sucumbieron, no
     ha mucho, en la guerra contra Rusia; mi padre, a quien dejé yo mientras se
     preparaba a defender su castillo, sin duda se les ha reunido ya a esta
     hora, y yo, huyendo por orden de mi padre, de todos aquellos estragos, iba
     en busca de refugio al monasterio de Sabastru, donde mi madre, en su
     juventud y en circunstancias semejantes, había encontrado asilo seguro."
     "Sois enemiga de los rusos, tanto mejor", dijo el joven; "este título os
     será poderosa ayuda en el castillo, y nosotros necesitaremos de todas
     nuestras fuerzas para sostener la lucha que se prepara. Pero ante todo,
     señora, pues que yo sé quién sois vos, sabed también quiénes somos
     nosotros: el nombre de los Brankovan no os es desconocido, ¿verdad,
     señora?" Yo me incliné. "Mi madre es la última princesa de este nombre, la
     última descendiente del ilustre jefe mandado matar por los Cantimir, los
     viles cortesanos de Pedro I. Casó en primeras nupcias con mi padre, Serban
     Waivady, príncipe también él, pero de estirpe menos ilustre. Mi padre
     había sido educado en Viena, y allí pudo apreciar las ventajas de la
     civilización. Decidió hacer de mí un europeo. Partimos para Francia,
     Italia, España y Alemania. Mi madre —no le toca a un hijo, lo sé, narraros
     lo que os diré, pero, ya que por nuestra salvación es necesario que nos
     conozcamos bien, reconoceréis justos los motivos de esta revelación— mi
     madre, digo, que durante los primeros viajes de mi padre, mientras era yo
     aún niño, había tenido culpables relaciones con un jefe de parciales (que
     con tal nombre, agregó sonriendo Gregoriska, se llaman en este país a los
     hombres por quienes fuisteis agredida), cierto conde Giordaki Koproli,
     medio griego y medio moldavo, escribió a mi padre confesándole todo y
     pidiéndole el divorcio, apoyando su demanda en que no quería ella, una
     Brankovan, continuar siendo por más tiempo mujer de un hombre que se
     tornaba día a día más extranjero a su patria. ¡Ay! Mi padre no tuvo
     necesidad de dar su asentimiento a esa petición, que os podrá parecer
     extraña, pero entre nosotros es cosa muy natural. Él había muerto de un
     aneurisma que desde mucho tiempo le atormentaba, y la carta de mi madre la
     recibí yo. A mí ahora no me quedaba otra cosa que hacer votos sinceros por
     la felicidad de mi madre, y le escribí una carta, en la que le comunicaba
     estos votos míos junto con la noticia de su viudez. En aquella carta le
     pedía también permiso para poder continuar mis viajes, que me fue
     concedido. Tenía yo la firme intención de establecerme en Francia o
     Alemania para no encontrarme cara a cara con un hombre que aborrecía, y
     que no podía amar, quiero decir al marido de mi madre; cuando he aquí,
     que, de improviso, vine a saber que el conde Giordaki Koproli había sido
     asesinado, según decires, por los viejos cosacos de mi padre. Amaba yo
     demasiado a mi madre para no apresurarme a regresar a la patria,
     comprendía su aislamiento y la necesidad en que debía encontrarse de tener
     junto a ella en tales circunstancias las personas que podían serle
     queridas. Aun cuando ella nunca se hubiera mostrado muy tierna conmigo,
     era su hijo. Una mañana llegué inesperadamente al castillo de mis padres.
     Allí encontré un joven, a quien al principio tomé por un extranjero, pero
     luego supe que era mi hermano. Era Kostaki, el hijo del adulterio,
     legitimado por un segundo matrimonio; Kostaki, la indomable criatura que
     visteis, para quien son leyes sólo sus pasiones, que nada tiene por
     sagrado aquí abajo fuera de su madre, que me obedece como la tigresa
     obedece al brazo que la ha domado, pero rugiendo por siempre, en la vaga
     esperanza de poder devorarme un día. En el interior del castillo, en el
     hogar de los Brakovan y de los Waivady, yo soy aún el amo; pero fuera de
     este recinto, en la abierta campiña, él se convierte en el salvaje hijo de
     los bosques y de los montes, que quiere doblegarlo todo bajo su férrea
     voluntad. Cómo hoy él y sus hombres hicieron para ceder, no lo sé; quizá
     por antigua costumbre, o por un resto de respeto que me tienen. Pero no
     quisiera arriesgar otra prueba. Permaneced aquí, no salgáis de esta
     cámara, del patio, del castillo en suma, y respondo de todo; si dais un
     paso fuera del castillo, no puedo prometeros otra cosa que hacerme matar
     por defenderos."
      "¿No podré entonces", dije yo, "según el deseo de mi padre, continuar el
     viaje hacia el convento de Sabastru?" "Obrad, intentad, ordenad, yo os
     acompañaré, pero quedaré en mitad del camino, y vos... vos ciertamente no
     alcanzaréis la meta de vuestro viaje." "Pero ¿qué hacer, entonces?"
     "Quedaros aquí, aguardar, tomar consejo de los hechos y aprovechar las
     circunstancias. Suponeos haber caído en una caverna de bandidos, y que
     sólo vuestro valor podrá sacaros del apuro, vuestra calma salvaros. Mi
     madre, a despecho de la preferencia que concede a Kostaki, hijo de su
     amor, es buena y generosa. Por otra parte, es una Brankovan, vale decir
     una verdadera princesa. La veréis: ella os defenderá de las brutales
     pasiones de Kostaki. Poneos bajo la protección de ella: sed cortés, os
     amará. Y en realidad (agregó él con expresión indefinible), ¿quién podría
     veros y no amaros? Venid ahora al comedor donde mi madre os espera. No
     demostréis fastidio ni desconfianza: hablad polaco: aquí nadie conoce esta
     lengua; yo traduciré a mi madre vuestras palabras, y estáos tranquila, que
     sólo diré aquello que sea conveniente decir. Sobre todo ni una palabra de
     cuanto os he revelado: nadie debe sospechar que estamos de acuerdo. Vos no
     sabéis aún de cuanta astucia y disimulación es capaz el más sincero de
     entre nosotros. Venid."
      Le seguí por la escalera iluminada de antorchas de resina ardiendo,
     puestas dentro de manos de hierro que sobresalían del muro. Era evidente
     que aquella insólita iluminación había sido dispuesta para mí. Llegamos al
     comedor. Apenas Gregoriska hubo abierto la puerta de aquella sala, y
     pronunciado en el umbral una palabra en lengua moldava, que después supe
     significaba la extranjera, vino a nuestro encuentro una mujer de alta
     estatura. Era la princesa Brankovan. Tenía cabellos blancos entrelazados
     alrededor de la cabeza, la cual estaba cubierta de un gorro de cibelina,
     ornado de un penacho, signo de su origen principesco. Vestía una especie
     de túnica de brocado, el corpiño sembrado de piedras preciosas,
     sobrepuesta a una larga hopalanda de estofa turca, guarnecida de piel
     igual a la del gorro. Tenía en la mano un rosario de cuentas de ámbar, que
     hacía correr rápidamente entre los dedos. Junto a ella estaba Kostaki,
     vestido con el espléndido y majestuoso traje magiar, en el cual me pareció
     aún más extraño. Su traje estaba compuesto de una sobrevesta de velludo
     negro, de ancha mangas, que le caía hasta debajo de la rodilla, calzones
     de casimir rojo, y los largos cabellos de color negro tirando a azulado le
     caían sobre el cuello desnudo, rodeado solamente por la orla blanca de una
     fina camisa de seda. Me saludó torpemente, y pronunció en moldavo algunas
     palabras para mí ininteligibles.
      "Podéis hablar en francés, hermano mío", dijo Gregoriska; "la señora es
     polaca y comprende esta lengua".
      Entonces Kostaki dijo en francés algunas palabras casi tan
     incomprensibles para mí como las que pronunciara en moldavo; pero la
     madre, tendiendo gravemente el brazo, interrumpió a los dos hermanos.
     Aparecía claro que intimaba a sus hijos que esperaran a que sólo ella me
     recibiera. Comenzó entonces en lengua moldava un discurso de cumplimiento,
     al cual la movilidad de sus facciones daba un sentido fácil de explicarse.
     Me indicó la mesa, me ofreció una silla cerca de ella, señaló con un gesto
     la casa toda, como diciendo que estaba a mi disposición, y, sentándose
     antes que los demás con benévola dignidad, hizo la señal de la cruz y
     pronunció una plegaria. Entonces cada uno ocupó su lugar propio,
     establecido por la etiqueta, Gregoriska cerca de mí. Como extranjera, yo
     había determinado que a Kostaki le tocara el puesto de honor junto a su
     madre Smeranda. Así se llamaba la condesa. También Gregoriska había mudado
     de vestimenta. Llevaba él igualmente la túnica magiar y los calzones de
     casimir, pero aquélla de color granate y estos turquíes. Tenía colgada del
     cuello una espléndida condecoración, el nisciam del sultán Mahmud. Los
     otros comensales de la casa cenaban en la misma mesa, cada uno en el sitio
     que le correspondía según el grado que ocupaba entre los amigos o los
     servidores. La cena fue triste: Kostaki no me dirigió nunca la palabra, si
     bien su hermano tuvo siempre la atención de hablarme en francés. La madre
     me ofrecía de todo con sus propias manos con ese ademán solemne que le era
     natural; Gregoriska había dicho la verdad: era una verdadera princesa.
     Luego de la cena, Gregoriska se acercó a su madre, y le explicó en lengua
     moldava el deseo que yo debía tener de estar sola, y cuán necesario que
     sería el reposo después de las emociones de aquella jornada. Smeranda hizo
     un gesto de aprobación, me tendió la mano, me besó en la frente, como lo
     hubiera hecho con una hija suya, y me deseó buena noche en su castillo.
     Gregoriska no se había engañado: yo ansiaba ardientemente aquel instante
     de soledad. Agradecí por eso a la princesa, quien me condujo hasta la
     puerta, donde me esperaban las dos mujeres que antes ya me acompañaran en
     mi cámara. Saludado que hube a la madre y a los dos hijos, volví a mi
     aposento, de donde saliera una hora antes.
      El sofá estaba transformado en lecho. Otros cambios no se habían hecho.
     Agradecí a las mujeres: les hice comprender que me desvestiría sola, y
     ellas salieron en seguida con mil testimonios de respeto que querían
     significar tener órdenes de obedecerme en todo y por todo. Quedé sola en
     aquella inmensa cámara, que mi candela podía alumbrar apenas en parte. Era
     un singular juego de luces, una especie de lucha entre el resplandor
     trémulo de mi cirio y los rayos de la luna que pasaban a través de la
     ventana sin cortinados. Además de la puerta por la que entrara, y que caía
     sobre la escalera, habían otras dos en la cámara; pero sus gruesos
     cerrojos, que se cerraban por dentro, bastaban para tranquilizarme. Miré
     la puerta de entrada; también ella tenía medios de defensa. Abrí la
     ventana: daba sobre un abismo. Comprendí que Grigoriska había elegido
     aquella cámara calculadamente. De vuelta por fin a mi sofá, encontré sobre
     una mesita puesta junto a la cabecera una tarjeta doblada. La abrí y leí
     en polaco: Dormid tranquila: nada tenéis que temer mientras permanezcáis
     en el interior del castillo. Seguí el buen consejo, y como el cansancio
     vencía sobre las preocupaciones que me tenían desazonada, me acosté y en
     seguida me dormí.
       Desde aquel momento quedaba fijada mi permanencia en el castillo y tenía
     principio el drama que voy a narraros.
      Los dos hermanos se enamoraron de mí, cada uno según su propia índole.
     Kostaki me confesó de improviso al día siguiente que me amaba, y declaró
     que sería suya y no de otro, y que me mataría antes que cederme a
     quienquiera que fuese. Gregoriska no me dijo nada, pero se mostró lleno de
     amor y de consideraciones conmigo. Para complacerme puso en práctica todos
     los medios de su refinada educación, todos los recuerdos de una juventud
     transcurrida en la más nobles Cortes de Europa. ¡Ay! No era cosa tan
     difícil pues ya el primer sonido de su voz me había acariciado el alma, y
     ya su primera mirada me había serenado el corazón. Al cabo de tres meses
     Kostaki me había repetido cien veces que me amaba, y yo le odiaba;
     Gregoriska aun no me había dicho una palabra de amor y yo sentía que
     cuando él lo deseara sería toda suya.
      Kostaki había renunciado a sus incursiones. Encerrado siempre en el
     castillo, había cedido momentáneamente el mando a un lugarteniente, quién
     de cuando en cuando venía a pedirle órdenes, y en seguida desaparecía.
     También Smeranda había concebido por mí una amistad apasionada, cuyas
     expresiones me causaban temor. Protegía ella visiblemente a Kostaki, y
     parecía celosa de mí más aún de lo que él lo fuera. Pero como no hablaba
     polaco ni francés, y yo no comprendía el moldavo, ella no tenía modo de
     insistir ante mí en favor de su hijo predilecto. Había sin embargo
     aprendido a decir en francés unas palabras que me repetía siempre cuando
     posaba sus labios en mi frente: —¡Kostaki ama a Edvige!...—
     Un día recibí una noticia horrible que colmó mi desventura. Los cuatro
     hombres sobrevivientes al combate habían sido puestos en libertad y
     regresado a Polonia, prometiendo que uno de ellos, antes de que pasaran
     tres meses, volvería para darme noticias de mi padre. En efecto, una
     mañana se presentó de nuevo uno de ellos. Nuestro castillo había sido
     tomado, incendiado, destruido, y mi padre se había hecho matar
     defendiéndolo. En adelante estaba sola en el mundo. Kostaki redobló sus
     insinuaciones, y Smeranda sus ternuras; pero esta vez aduje como pretexto
     mi duelo por la muerte de mi padre. Kostaki insistió diciendo que cuanto
     más sola me encontraba tanto más necesidad tenía de apoyo, y su madre
     insistió al par y acaso más que él.
      Gregoriska me había hablado del poder que los moldavos tienen sobre sí
     mismos, cuando no quieren que otros lean en su corazón. Él era un vivo
     ejemplo de ello. Estaba segurísima de su amor, y sin embargo, si alguien
     me hubiera preguntado en qué prueba se fundaba tal certidumbre, me habría
     sido imposible decirlo: nadie en el castillo había visto nunca que su mano
     tocara la mía, o que sus ojos buscaran los míos. Sólo los celos podían
     hacer clara a Kostaki la rivalidad del hermano, como sólo el amor que
     alimentaba yo por Gregoriska podía hacerme claro su amor. Sin embargo, lo
     confieso, me inquietaba mucho aquel poder de Gregoriska sobre sí mismo. Yo
     tenía fe en él, pero no bastaba; necesitaba ser convencida; cuando he aquí
     que una noche, de vuelta apenas en mi cámara, oí golpear levemente a una
     de las dos puertas que se cerraban por dentro. Por el modo de golpear
     adiviné que era una llamada amiga. Me acerqué, preguntando quién estaba
     allí.
      "Gregoriska", contestó una voz cuyo acento no podía engañarme. "¿Qué
     queréis de mí?", le pregunté toda temblorosa. "Si tenéis fe en mí", dijo
     Gregoriska, "si me creéis hombre de honor, ¿me permitís una pregunta?"
     "¿Cuál?" "Apagad la luz como si os hubierais acostado, y de aquí en media
     hora, abridme esta puerta." "Volved dentro de media hora...", fue mi única
     respuesta.
       Apagué la luz, y aguardé. El corazón me palpitaba con violencia, pues
     comprendía yo que se trataba de un hecho importante. Transcurrió la media
     hora: oí golpear más levemente aún que la primera vez. Durante el
     intervalo había descorrido los cerrojos; no me quedaba pues sino abrir la
     puerta, Gregoriska entró, y sin que me dijera, cerré la puerta tras él y
     eché los cerrojos. Él permaneció un instante mudo e inmóvil, imponiéndome
     silencio con el gesto. Luego, cuando estuvo seguro de que ningún peligro
     nos amenazaba por el momento, me llevó al centro de la vasta cámara, y
     sintiendo, por mi temblor, que no habría podido sostenerme de pie, me
     buscó una silla. Me senté o más bien me dejé caer sobre el asiento.
      "¡Dios mío!", le dije; "¿qué hay de nuevo, o por qué tantas
     precauciones?" "Porque mi vida, que no contaría para nada, y acaso también
     la vuestra, dependen de la conversación que tendremos."
      Amedrentada, le aferré una mano. Se la llevó él a los labios, mirándome
     como si quisiera pedir excusas por tanta audacia. Bajé yo los ojos, era un
     tácito consentimiento.
      "Yo os amo", me dijo con aquella voz melodiosa como un canto; "¿me amáis
     vos?" "Sí", le respondí. "¿Y consentiréis en ser mi mujer?" "Sí."
      Llevó la mano a la frente con profunda expresión de felicidad. "Entonces,
     ¿no rehusaréis seguirme?" "Os seguiré doquiera." "Pues comprenderéis bien
     que no podemos ser felices sino huyendo de estos lugares."
      "¡Oh sí! Huyamos", exclamé. "¡Silencio", dijo él estremeciéndose,
     "¡Silencio!" "Tenéis razón." Y me le acerqué toda tremante. "Escuchad lo
     que he hecho", continuó Gregoriska; "escuchad por qué he estado tanto
     tiempo sin confesaros que os amaba. Quería yo, cuando estuviera seguro de
     vuestro amor, que nadie pudiera oponerse a nuestra unión. Yo soy rico,
     querida Edvige, inmensamente rico, pero como lo son los señores moldavos:
     rico en tierras, en ganados, en servidores. Ahora bien, he vendido por un
     millón, tierras, rebaños y campesinos al monasterio de Hango. Me han dado
     trescientos mil francos en muchas piedras preciosas, cien mil francos en
     oro, el resto en letras de cambio sobre Viena. ¿Os bastará un millón?" Le
     apreté la mano. "Me hubiera bastado vuestro amor, Gregoriska, juzgadlo
     vos." "¡Bien! Escuchad; mañana voy al monasterio de Hango para tomar mis
     últimas disposiciones con el superior. Él me tiene listos caballos que nos
     esperarán de las nueve de la mañana en adelante ocultos a cien pasos de
     castillo. Después de la cena, subiréis de nuevo como hoy a vuestra cámara;
     como hoy apagaréis la luz; como hoy entraré yo en vuestro aposento. Pero
     mañana, en vez de salir solo vos me seguiréis, saldremos por la puerta que
     da sobre los campos, encontraremos los caballos, montaremos, y pasado
     mañana por la mañana habremos recorrido treinta leguas. —¡Oh! ¡Por qué no
     será ya pasado mañana!— ¡Querida Edvige!"
      Gregoriska me apretó sobre el corazón, y nuestros labios se encontraron.
     ¡Oh! Lo había dicho él, yo había abierto la puerta de mi cámara a un
     hombre de honor; pero comprendió bien que si no le pertenecía en cuerpo le
     pertenecía en alma. Transcurrió la noche sin que pudiera cerrar los ojos.
     Me veía huir con Gregoriska, me sentía transportada por él como ya lo
     había sido por Kostaki: sólo que aquella carrera terrible, espantable,
     fúnebre, se trocaba ahora en un apuro suave y delicioso, al que la
     velocidad del movimiento agregaba deleite, pues también el movimiento
     veloz tiene un deleite propio... Nació el día. Bajé. Parecióme que el
     ademán con que me saludó Kostaki era aún más tétrico que de costumbre. Su
     sonrisa era irónica y amenazadora. Smeranda no me pareció cambiada.
     Durante la colación, Gregoriska ordenó sus caballos. Parecía que Kostaki
     no pusiera ni la mínima atención en aquella orden. Hacia loas once,
     Gregoriska nos saludó, anunciando que estaría de regreso recién a la
     noche, y rogando a su madre que no le esperase a cenar: después, volvióse
     hacia mí y rogóme quisiera admitir sus excusas.
      Salió. La mirada de su hermano le siguió hasta cuando dejó la cámara, y
     en ese momento le brotó de los ojos un tal relámpago de odio que me
     estremecí. Podéis imaginaros con qué inquietud pasé aquel día.  A nadie
     había confiado nuestros designios, a duras penas le hablé a Dios de ello
     en mis plegarias, y parecíame que todos los conocieran, que cada mirada
     puesta en mí pudiera penetrar y leer en lo íntimo de mi corazón... La cena
     fue un suplicio; hosco y taciturno, Kostaki, por costumbre, hablaba
     raramente: esta vez no dijo más que dos o tres palabras en moldavo a su
     madre, y siempre con tal acento que hacía estremecer. Cuando me levanté
     para subir a mi aposento, Smeranda, como de ordinario, me abrazó, y al
     abrazarme repitió aquella frase que desde ya ocho días no le saliera de la
     boca: ¡Kostaki ama a Edvige!
      Esta frase me siguió como una amenaza hasta mi cámara, y aun allí
     parecíame que una voz fatal me susurrase al oído: ¡Kostaki ama a Edvige!
     Ahora el amor de Kostaki, me lo había dicho Gregoriska, equivalía a la
     muerte. Hacia las siete de la noche vi a Kostaki atravesar el patio. Se
     volvió para verme, pero me aparté para que no pudiera descubrirme. Estaba
     inquieta, pues por cuanto podía yo ver desde mi ventana, me parecía que él
     iba directamente hacia la caballeriza. Me arriesgué a correr los cerrojos
     de una de las puertas internas de mi cámara y pasar a la cámara vecina,
     desde donde podía ver todo lo que él estaba por hacer. Dirigíase, en
     efecto, hacia la caballeriza, y cuando hubo llegado a ella sacó él mismo
     su caballo favorito, ensillándolo de su propia mano con el cuidado de un
     hombre que da la mayor importancia a cada detalle. Vestía el mismo traje
     que cuando se me apareciera la vez primera, pero no llevaba otra arma que
     el sable. Cuando hubo ensillado el caballo, miró otra vez hacia la ventana
     de mi cámara. No habiéndome visto, saltó sobre la silla, se hizo abrir la
     misma puerta por la que saliera y debía volver su hermano, y se alejó a
     todo galope en dirección del monasterio de Hango. Se me apretó entonces
     terriblemente el corazón; un fatal presentimiento me decía que Kostaki iba
     al encuentro de su hermano. Estuve a la ventana hasta cuando pude
     distinguir el camino que, a un cuarto de legua de distancia del castillo,
     hacía un recodo a la izquierda y se perdía en el comienzo de un bosque.
&

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Por arkaiko

Flores de las Tinieblas
(Fleurs de Ténèbres-1883)

 

Villiers de L'Isle-Adam

 


¡Oh, los bellos atardeceres! Ante los brillantes cafés de los bulevares, en las terrazas de las horchaterías de moda, ¿qué de mujeres con trajes multicolores, qué de elegantes "callejeras" dándose tono!

Y he aquí las pequeñas vendedoras de flores, que circulen con sus frágiles canastillas.

Las bellas desocupadas aceptan esas flores perecederas, sobrecogidas, misteriosas...

- ¿Misteriosas?

- ¡Sí, si las hay!

Existe, - sabedlo, sonrientes lectoras -, existe en el mismo París cierta agencia que se entiende con varios conductores de los entierros de lujo, incluso con enterradores, para despojar a los difuntos de la mañana, no dejando que se marchiten inútilmente en las sepulturas todos esos espléndidos ramos de flores, esas coronas, esas rosas que, por centenares, el amor filial o conyugal coloca diariamente en los catafalcos.

Estas flores casi siempre quedan olvidadas después de las fúnebres ceremonias. No se piensa más en ello; se tiene prisa por volver. ¡Se concibe!

Es entonces cuando nuestros amables enterradores se muestran más alegres. ¡No olvidan las flores estos señores! No están en las nubes; son gente práctica. Las quitan a brazadas, en silencio. Arrojarlas apresuradamente por encima del muro, sobre un carretón propicio, es para ellos cosa de un instante.

Dos o tres de los más avispados y espabilados transportan la preciosa carga a unos floristas amigos, quienes gracias a sus manos de hada, distribuyen de mil maneras, en ramitos de corpiño, de mano, en rosas aisladas inclusive, estos melancólicos despojos.

Llegan luego las pequeñas floristas nocturnas, cada una con su cestita. Pronto circulan incesantemente, a las primeras luces de los reverberos, por los bulevares, por las terrazas brillantes, por los mil un sitios de placer.

Y jóvenes aburridos y deseosos de hacerse agradables a las elegantes, hacia las cuales sienten alguna inclinación, compran estas flores a elevados precios y las ofrecen a sus damas.

Estas, todas con rostros empolvados, las aceptan con una sonrisa indiferente y las conservan en la mano, o bien las colocan en sus corpiños.

Y los reflejos del gas empalidecen los rostros.

De suerte que estas criaturas-espectros, adornadas así con flores de la Muerte, llevan, sin saberlo, el emblema del amor que ellas dieron y el amor que reciben.

 

 

 

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Por arkaiko

BESTIARIO -- HEREJIA FUTURISTA : HEREJIAS DE UN DIOS INMENSO

HEREJÍAS DEL DIOS INMENSO
Brian W. Aldiss

EL LIBRO SECRETO DE HARAD IV






.
Yo, Harad IV, Escriba Mayor declaro que éste mi escrito solo puede ser mostrado a
los sacerdotes de rango de la Iglesia Ortodoxa Universal Sacrificial y a los Ancianos
Elegidos del Consejo de la Iglesia Ortodoxa Universal Sacrificial, porque aquí se
entiende en cuestiones relativas a las cuatro Herejías Viles que no deben ser vistas ni
discutidas por el pueblo.
Para una Correcta Consideración de las más recientes y viles herejías, debemos
contemplar en perspectiva los acontecimientos de la historia. Así pues, retrocedamos al
Primer Año de nuestra era, cuando las Tinieblas del Mundo fueron desterradas por la
venida del Dios Inmenso, nuestro más verdadero y enorme Señor, a quien todos
honramos y tememos.
Desde este año actual, 910 D.I., es imposible recordar cómo era el mundo
entonces, pero a partir de los pocos registros que todavía se conservan podemos
hacernos cierta idea de aquellas épocas e incluso realizar las Contorsiones Mentales
necesarias para ver cómo debieron ser juzgados los acontecimientos por aquellos
pecadores que tomaron parte en ellos.
El mundo sobre el que descendió el Dios Inmenso estaba repleto de gentes y de
sus maquinarias, todos completamente desprevenidos para Su Visita. Puede que
hubiera cien mil veces más gente de la que hoy existe.
El Dios Inmenso aterrizó en lo que ahora es el Mar Sagrado, sobre el que
actualmente navegan algunas de nuestras más bellas iglesias dedicadas a Su Nombre.
En aquellos tiempos, la región era mucho menos placentera, pues estaba dividida en
numerosos estados que pertenecían a distintas naciones. Tal era el sistema de
posesión de la tierra antes de que se formasen nuestras actuales teorías sobre la
migración y evacuación constantes.
Las patas traseras del Dios Inmenso se extendieron muy hacia el interior de África -
que entonces no era el continente insular que es hoy en día, casi tocando el río Congo,
en el punto sagrado donde ahora se alza la Iglesia Sacrificial de Basolo-Aketi-Ele, y en
el punto sagrado donde ahora se alza el Templo Santuario de Adén, arrasando el
antiguo puerto de Adén.
Algunas de las patas del Dios Inmenso se extendieron sobre el Sudán y a través de
lo que entonces constituía el Reino de Libia y ahora es parte del Mar del Viejo Pesar,
mientras que uno de sus pies reposaba en una ciudad llamada Túnez en lo que
entonces era la costa de Tunicia. Allí se posaron algunas de las patas del costado
izquierdo del Dios Inmenso.
Las patas de su costado derecho bendijeron y comprimieron las arenas de Arabia
Saudita, hoy denominada Valle de la Vida, y las estribaciones del Cáucaso, arrasando
el Monte llamado Ararat en el Asia Menor, en tanto que su pata Más delantera se
extendió sobre el territorio de Rusia, destruyendo de inmediato la gran ciudad capital de
Moscú.
El cuerpo del Dios Inmenso, descansando en reposo sobre tres antiguos mares, si
hemos de creer a los Viejos Registros, llamados el Mar del Mediterráneo, el Mar Rojo y
el Mar del Nilo, que juntos forman parte del actual Mar Sagrado. Con su Gran Mole
erradicó también parte del Mar Negro, que ahora llamamos Mar Blanco, así como
Egipto, Atenas, Chipre y la Península Balcánica hasta las cercanías de Belgrado, hoy
Santo Belgrado, puesto que sobre esta ciudad se irguió el Cuello del Dios Inmenso en
su Primera Visita a nosotros los mortales, rozando casi los tejados de las casas.
En cuanto a su Cabeza, se cernía sobre la región montañosa que denominamos
Italandia y que entonces era conocida como Europa, una región muy poblada del
planeta, alzándose a tal altitud que en los días despejados fácilmente podía divisarse
desde Londres, entonces como ahora la ciudad principal de la tierra de los
anglofranceses.
En aquellos primeros días se calculó que la longitud del Dios Inmenso era de más
de siete millares de kilómetros de extremo a extremo, y cada una de sus ocho patas
media sobre un millar y medio de kilómetros. Ahora profesamos en nuestro Credo que
el Dios Inmenso cambia su forma, longitud y número de patas según esté Complacido
o Enojado con el hombre.
En aquellos días se desconocía la naturaleza de Dios. Ningún preparativo se había
hecho para su venida, aunque corrían algunos rumores sobre el milenio. Por lo tanto,
las especulaciones sobre su naturaleza se alejaban mucho de la verdad y con
frecuencia eran sumamente blasfemas.
Aquí sigue un resumen del notorio Documento Gersheimer, que contribuyó en gran
medida a precipitar los acontecimientos que condujeron a la Primera Cruzada en 271
D.I. Ignoramos quién era el Gersheimer Negro, con la salvedad carente de significado
de que se trataba de un Profeta Científico de un lugar llamado Cornell o Carnell,
obviamente una Iglesia del Continente Americano (cuya forma era entonces distinta).
"Los reconocimientos aéreos parecen indicar que esta criatura —si podemos
llamarla así—, que se extiende más o menos en línea recta a lo largo del Mar Rojo y
por el sudeste de Europa, no es un ser viviente, al menos tal y como concebimos
nosotros la vida. El hecho de que se parezca vagamente a un lagarto de ocho patas
puede deberse a una mera coincidencia, así que no debemos preocuparnos por su
posible carácter maligno, como han sugerido algunos periódicos sensacionalistas".
La vil jerga de aquellos remotos días no resulta hoy plenamente comprensible, pero
creemos que "reconocimientos aéreos" es una referencia a los aparatos voladores
mecánicos que aquella última generación de Impíos poseía. El Gersheimer Negro
prosigue:
"Si este objeto no está vivo, tal vez sea un fragmento de escombros galácticos que
se ha adherido momentáneamente al planeta, quizá del mismo modo en que una hoja
puede adherirse a un balón de fútbol durante su trayectoria. Esta creencia no implica
necesariamente una modificación de nuestros conceptos científicos del universo. Tanto
si la cosa tiene vida como si no, no hemos de volvernos todos supersticiosos.
Sencillamente, debemos recordarnos que en el universo, tal como lo concebimos a la
luz de la ciencia del siglo XX, existen muchos fenómenos que nos siguen siendo
desconocidos. Por muy dolorosa que resulte esta aparición inesperada, podemos
consolarnos en parte pensando que nos proporcionará nuevos conocimientos, tanto
sobre nosotros mismos como acerca del mundo que se extiende más allá de nuestro
sistema solar".
Aunque términos como "escombros galácticos" han perdido todo su significado, si
es que alguna vez lo tuvieron, el sentido general de este párrafo es claramente
injurioso. Se decreta una restricción contra el culto al Dios Inmenso, oponiendo en su
lugar un herético Dios de la Ciencia. Sólo hace falta citar otro pasaje de este ofensivo
revoltijo, porque resulta esencial para Mostrar la Actitud mental de Gersheimer y, es de
suponer, de la mayoría de sus contemporáneos.
"Como es natural, todos los pueblos del mundo, y especialmente aquellos que aún
se demoran en los umbrales de la civilización, se hallan hoy muy asustados. Les
parece ver algo de sobrenatural en la llegada de esta cosa, y creo que cualquier
hombre, si es sincero consigo mismo, admitirá sentir en su corazón un eco de este
temor. Solamente podremos suprimirlo, solamente podremos enfrentarnos al caos en
que el mundo se halla ahora sumergido, si retenemos en nuestras mentes una imagen
galáctica de la situación. La propia inmensidad de esta cosa que yace perniciosamente
tendida sobre nuestro planeta es causa suficiente para el terror. Pero imaginémosla en
proporción. Un ciempiés está posado sobre una naranja. O, para elegir un ejemplo que
resulte menos repulsivo, una pequeña salamanquesa de unos nueve centímetros
descansa momentáneamente sobre un globo terráqueo de plástico de sesenta
centímetros de diámetro. Nos corresponde a nosotros, a toda la raza humana, con
todas las fuerzas tecnológicas a nuestra disposición, unirnos como nunca lo hemos
hecho y expulsar esta cosa, esta cosa grande y estúpida, hacia las profundidades del
espacio de las que ha surgido. Buenas noches".
El motivo que me impulsa a repetir esta Blasfemia Inicial es que veamos en este
mensaje de un miembro de las Tinieblas del Mundo las huellas de aquel pecado
original que —pese a todos nuestros sacrificios, a todas nuestras penalidades, á todas
nuestras cruzadas— aún no hemos logrado extirpar. Por eso nos enfrentamos ahora
con la mayor Crisis de la Iglesia Ortodoxa Universal Sacrificial, y por eso ha llegado la
hora de una Cuarta Cruzada que supere en su envergadura a todas las anteriores.
El Dios Inmenso permaneció donde se hallaba, en lo que hoy designamos la
Posición del Mar Sagrado, durante cierto número de años, en todo y por todo inmóvil.
Para la humanidad, éste fue el gran período de formación de la Creencia, marcado
por el establecimiento de la Iglesia Universal y caracterizado por sus numerosas
convulsiones. Grandemente hubieron de sufrir los primeros sacerdotes y profetas a fin
de que la Palabra se diseminara por el Mundo y las sectas blasfemas fuesen
destruidas, aunque el Libro Clandestino de los Hechos de la Iglesia parece indicar que
muchos de ellos eran en realidad miembros de anteriores iglesias que, viendo la luz,
mudaron su lealtad.
La poderosa figura del Dios Inmenso se vio sometida a multitud de pequeños
agravios. Las Mayores Armas de aquella remota era, frutos de la charlatanería técnica,
eran llamadas Nucleares, y ésas le fueron arrojadas al Dios Inmenso, pero, como cabía
esperar, sin efecto alguno. Muros de fuego se alzaron en vano a su alrededor. Nuestro
Dios Inmenso, al que todos honramos y tememos, es inmune a la debilidad terrenal. Su
cuerpo estaba revestido como con un Metal —ésa fue la semilla de la Segunda
Cruzada— pero no tenía ninguna de las debilidades del metal.
Su descenso a la tierra fue acogido por la naturaleza con una respuesta inmediata.
Los antiguos vientos que hasta entonces prevalecían se estrellaron contra sus
poderosos costados y fueron desviados hacia otros lugares. Esto produjo el efecto de
enfriar el centro de África, de tal manera que desaparecieron las selvas tropicales y
todas las criaturas que en ellas moraban. En las tierras limítrofes de Caspana
(entonces llamadas Persia y Járkov, según antiguos relatos), se desencadenaron
huracanes de nieve durante una docena de crudos inviernos, llegando por el este hasta
el interior de la India. En los demás lugares, por todo el mundo, la venida del Dios
Inmenso se dejó sentir en los cielos, en forma de lluvias inesperadas, vientos erráticos
y temporales que duraron muchos meses. También los océanos fueron perturbados,
mientras que el gran volumen de agua desplazado por su cuerpo inundó las tierras
cercanas, matando a muchos millares de seres y arrojando diez mil ballenas muertas a
los muelles de Colombo.
La tierra se sumó a las convulsiones. Mientras se hundía el territorio situado bajo la
gran masa del Dios Inmenso, disponiéndose a recibir lo que luego seria el Mar
Sagrado, las tierras de alrededor se elevaron hacia Arriba formando pequeñas colinas,
como las abruptas y salvajes Dolominas que hoy protegen los límites meridionales de
Italandia. Hubo seísmos y nuevos volcanes y géiseres allí donde jamás había manado
el agua, y plagas de serpientes, florestas incendiadas y muchos signos prodigiosos que
ayudaron a los Primeros Padres de nuestra fe a convertir a los ignorantes. Por todas
partes se extendieron, predicando que la única salvación se hallaba en entregarse a él.
Numerosos Pueblos Enteros perecieron en esta época de convulsión, entre ellos
Búlgaros, Egipcios, Israelitas, Moravos, Kurdos, Turcos, Sirios, Turcos de las Montañas
y también la mayor parte de los Eslavos del Sur, Georgianos y Croatas, los robustos
Valacos y las razas Griegas, Chipriotas y Cretenses. Además de otras cuyos pecados
eran muy grandes y cuyos nombres no fueron recogidos en los anales de la iglesia.
El Dios Inmenso abandonó nuestro mundo en el año 89 o, como algunos sostienen,
en el 90. (Ésta fue la primera Partida y como tal se celebra. en el calendario de nuestra
Iglesia, aunque la Iglesia Católica Universal lo denomina Día de la Primera
Desaparición). Regresó en el 91, grande y temido sea su nombre.
Es poco lo que sabemos del periodo en que estuvo ausente de la Tierra. Podemos
hacernos una idea de cómo pensaba entonces la gente si consideramos que, en
general, las naciones de la Tierra se regocijaron grandemente. Siguieron
produciéndose cataclismos naturales, pues los océanos se derramaran en el enorme
hueco que él había creado, formando así nuestro amado y venerado Mar Sagrado. En
toda la faz del planeta estallaron Grandes Guerras.
Su regreso en el año 91 puso fin a las guerras, como un signo de la gran paz que
su presencia le prometía a su pueblo elegido.
Pero los habitantes del mundo en Aquella Época no eran todos de nuestra religión,
por más que los profetas andaban entre ellos, y numerosas eran sus blasfemias. En el
Museo Negro que hay adjunto a la gran basílica de Omán y Yemen se conservan
pruebas documentales de que en este periodo intentaron comunicarse con el Dios
Inmenso por medio de sus máquinas. No hace falta decir que no obtuvieron respuesta;
pero muchos hombres razonaron entonces, en la confusión de sus mentes, que esto se
debía a que el Dios era una Cosa, tal y como había profetizado el Gersheimer Negro.
En ésta su Segunda Venida, el Dios Inmenso bendijo nuestra tierra aposentándose
principalmente dentro de los confines del Círculo Ártico, o lo que entonces era el
Círculo Ártico, con su cuerpo extendido sobre el norte del Canadá, como era llamado,
por encima de una gran península denominada Alaska, a través del Mar de Bering y
por las regiones septentrionales de las tierras rusas hasta el río Lena, hoy Bahía de
Lenn. Algunas de sus patas traseras quebraron grandes fragmentos del Hielo Ártico,
mientras que otras patas delanteras se sumergían en el norte del Océano Pacífico.
Pero en verdad para él no somos más que arena bajo sus pies y sus pies son
indiferentes a nuestras montañas y nuestras Variaciones Climáticas.
En cuanto a su pavorosa cabeza, desde todas las ciudades de la franja costera del
norte de América se la podía ver alzándose hasta la estratosfera y refulgiendo con un
brillo metálico; desde ciudades hoy desaparecidas como Vancouver, Seattle,
Edmonton, Portland, Blanco, Reno e incluso San Francisco. Fue la enérgica y
pecaminosa nación que poseía estas ciudades la que entonces se volvió con más
fuerza contra el Dios Inmenso. Todo el peso de su impía civilización científica se volvió
contra él, pero lo único que consiguieron sus gentes fue destruir sus propias costas.
Mientras tanto, se produjeron nuevos cambios naturales. La masa del Dios
Inmenso desvió a la Tierra en su diario girar, de modo que las estaciones se alteraron y
los libros proféticos nos cuentan cómo los grandes árboles hacían brotar sus hojas para
cubrirse en invierno y las perdían en verano. Los murciélagos volaban a la luz del día y
las mujeres daban a luz niños peludos. La fusión de los casquetes polares causó
grandes inundaciones, olas de marea y rocíos ponzoñosos, y sabemos que una noche
se agitaron las aguas de la Profundidad, de tal forma que la marea que surgió de las
Tierra Altas Malayas (como hoy las conocemos) fue tan poderosa que en pocas horas
formó la península continental de Bestlandia con lo que hasta entonces habían sido los
Continentes o Islas independientes de Singapur, Sumatra, Indonesia, Java, Sidney y
Australia o Austria.
Con tan impresionantes portentos, nuestros sacerdotes pudieron Convertir a los
Pueblos, y millones de supervivientes se apresuraron a ingresar en la Iglesia. Ésa fue
la Primera Gran Época de la Iglesia, cuando la palabra se extendió por todo el asolado
y transformado planeta. Nuestras instituciones se crearon a lo largo de las siguientes
generaciones, principalmente en los diversos Concilios de la Nueva Iglesia (algunos de
los cuales han sido luego reconocidos como heréticos).
No nos establecimos sin dificultades, e hizo falta quemar a mucha gente antes de
que el resto se apercibiera de la fe que Ardía En Ellos. Pero, según fueron pasando las
generaciones, el Verdadero Nombre del Dios se extendió por un territorio cada vez más
amplio.
Solo los habitantes del norte de América seguían aferrándose mayoritariamente a
su abyecta superstición. Fortificados por su ciencia, rechazaban la Gracia. Así fue
como en el Año 271 se emprendió la Primera Cruzada, especialmente contra ellos pero
también contra los Irlandeses, cuyas opiniones heréticas no estaban sustentadas en la
ciencia: los Irlandeses fueron rápidamente Erradicados casi hasta el último hombre.
Los Americanos eran más formidables, pero esta dificultad sólo sirvió para agrupar a la
gente y unir aún más a la Iglesia.
La Primera Cruzada se libró para combatir la Primera Gran Herejía de la Iglesia, la
herejía que proclamaba que el Dios Inmenso era una Cosa y no un Dios, según lo
había expuesto Gersheimer Negro. Concluyó satisfactoriamente cuando el jefe de los
Americanos, Lionel Undermeyer, se reunió con el Venerable Obispo Emperador del
Mundo, Jon II, y consintió en que los mensajeros de la Iglesia disfrutaran de libertad
para predicar en América sin ser estorbados. Tal vez habría podido forzarse un
convenio más severo, como aducen algunos comentaristas, pero para entonces ambos
bandos padecían grandes penurias a causa de la peste y la hambruna, porque las
cosechas del mundo se habían perdido. Fue una afortunada coincidencia que la
población del mundo ya se hubiera reducido a la mitad, pues de otro modo la
reorganización de las estaciones habría ido seguida del hambre más absoluta.
En todas las iglesias del mundo se rogó al Dios Inmenso que diera una señal de
que había sido Testigo de la gran derrota infligida a los infieles Americanos. Quienes se
opusieron a este inspirado acto fueron destruidos. El Dios respondió a las plegarias en
el 297, avanzando velozmente una Pequeña Porción y acomodándose principalmente
en el Océano Pacífico a donde llegaba por el sur a lo que ahora es la Antarta, entonces
era el Trópico de Capricornio y anteriormente había sido el Ecuador. Algunas de sus
patas izquierdas cubrieron numerosas ciudades de la costa occidental de América,
entre las que se contaban algunas de las que ya hemos citado, como San Francisco, y
llegaron por el sur hasta Guadalajara (donde el Templo del Santo Dedo honra todavía
la huella de su pie). Este es el movimiento que designamos Primera Mudanza, y fue
justamente considerado como una prueba indiscutible del desprecio del Dios Inmenso
hacia América.
Tal sensación prevaleció también en la propia América. Purificados por el hambre,
los descomunales terremotos y otras catástrofes naturales, sus habitantes quedaron
mejor preparados para aceptar las palabras de los sacerdotes y se convirtió hasta el
último hombre. Se emprendieron peregrinaciones en masa para contemplar el enorme
cuerpo de Dios, que cubría su nación de un extremo a otro. Los peregrinos más osados
ascendían en aeroplanos voladores y sobrevolaban su lomo, barrido Sin Cesar por
terribles tempestades durante más de cien años. Los que allí se convirtieron se
volvieron más Extremados que sus hermanos del otro lado del mundo, más antiguos en
la fe. Apenas se habían unido las congregaciones americanas con las nuestras cuando
ya se separaban por una desavenencia doctrinal en el Concilio de la Tenca Muerta
(322). Esta fecha marca el surgimiento de la Iglesia Católica Universal Sacrificial. En
aquellos remotos días, los creyentes de la fe Ortodoxa no disfrutábamos de la armonía
que reina hoy con nuestros hermanos Americanos.
El punto de la doctrina que dio lugar al cisma de las iglesias fue, como por todos es
sabido, la cuestión de si la humanidad debía o no utilizar vestiduras que imitaran el
lustre metálico del Dios Inmenso. Se adujo que esto equivalía, a equiparar al hombre
con la Imagen de Dios, pero en realidad se trataba de una calumnia deliberada contra
los sacerdotes Ortodoxos Universales, que utilizaban prendas de plástico o metal en
honor de su hacedor.
De ahí surgió la Segunda Gran Herejía. Como este prolongado y confuso periodo
ha sido estudiado a fondo en otros tratados, no es necesario que nos detengamos en
él: diremos tan sólo que la disputa llegó a su apogeo con la Segunda Cruzada, que los
Católicos Universales Americanos emprendieron contra nosotros en el año 450. Puesto
que todavía poseían una gran preponderancia de máquinas, consiguieron imponer sus
opiniones, saquear varios monasterios a las orillas del Mar Sagrado, deshonrar a
nuestras mujeres y regresar gloriosamente a su tierra.
Desde entonces, todos los habitantes del planeta se cubren únicamente con
prendas de lana o piel. Quienes se opusieron a este inspirado acto fueron destruidos.
Sería un error resaltar excesivamente las querellas del pasado. Durante todo este
tiempo, la mayoría de las personas se dedicaban pacíficamente al culto, eran
sacrificadas regularmente y rezaban cada amanecer y cada anochecer (fuera cuando
fuese) para que el Dios Inmenso abandonara nuestro mundo, ya que no éramos dignos
de él.
La Segunda Cruzada dejó un reguero de problemas tras ella; en conjunto, los
cincuenta años que siguieron no fueron años felices. Las huestes Americanas
regresaron a su país para descubrir que la enorme presión ejercida sobre la plataforma
continental occidental había creado muchos volcanes en su mayor cordillera, las
Montañas Rocosas. Su tierra estaba cubierta de lava y fuego, y su aire cargado de
hedionda ceniza.
Acertadamente, aceptaron esto como una señal de que su conducta dejaba mucho
que desear a los ojos del Dios Inmenso (pues, aunque nunca se ha podido demostrar
que tenga ojos, no cabe duda de que Nos Ve). Puesto que el resto del mundo no había
sido Visitado por un castigo de semejante escala, adivinaron correctamente que su
pecado era que seguían aferrándose a la tecnología y a las armas de la tecnología
contra los deseos de Dios.
Con fe intensa en sus corazones, destruyeron hasta el último artefacto de la ciencia
que aún quedaba, desde los Nucleares a los Abrelatas y, como acto propiciatorio,
arrojaron a cien millares de vírgenes de la fe en los volcanes más a propósito. Quienes
se opusieron a estos inspirados actos fueron destruidos, y algunos ceremonialmente
devorados.
Nosotros, los creyentes de la fe Ortodoxa Universal, aplaudimos esta ejemplar
acción de nuestros hermanos. Pero no estábamos seguros de que se hubieran
purificado lo suficiente. Puesto que ya no poseían armas y nosotros aún teníamos
algunas era evidente que podíamos ayudarles en su purificación. Por consiguiente, una
poderosa flota de ciento sesenta y seis navíos de madera zarpó con rumbo a América,
para ayudarles a sufrir por la religión y, de paso, para recobrar parte del botín que se
habían llevado. Esta fue la Tercera Cruzada del año 482, bajo Jon el Rechoncho.
Mientras los dos ejércitos contendientes libraban la batalla en las afueras de Nueva
York, se produjo la Segunda Mudanza. No duró más allá de cinco minutos.
En este lapso, el Dios Inmenso se volvió hacia su costado izquierdo, se arrastró
sobre el centro de lo que entonces era el continente del Norte de América, cruzó el
Atlántico como si fuera un charco, se desplazó a través de África y vino a detenerse al
Sur del Océano Indico, destruyendo Madagaska con una pata trasera. En Todas las
Partes de la Tierra se hizo la noche.
Cuando llegó el amanecer, difícilmente podía quedar un solo hombre que no
creyera en el poder y la sabiduría del Dios Inmenso, a cuyo nombre corresponde todo
el Terror y la Fuerza. Lamentablemente, entre los que no podían creer figuraban los
dos ejércitos rivales, que habían sido engullidos por una Oleada de Tierra y Rocas ante
el paso del Dios.
En el caos subsiguiente sólo prevaleció una nota de cordura: la cordura de la
Iglesia. La Iglesia estableció como Tercera Gran Herejía la idea de que al hombre
pudiera serle permitida ninguna máquina contra los deseos de Dios. Hubo cierta
disputa doctrinal acerca de si los libros debían considerarse o no como máquinas. Por
las dudas, se decidió que sí lo eran. A partir de entonces todos los hombres quedaron
en libertad de no hacer nada más que trabajar en los campos y rendir culto, y orar al
Dios Inmenso para que se retirase a otro mundo más digno de su poderío. Al mismo
tiempo se incrementó el número de sacrificios y se introdujo el Método de la Quema
Lenta (año 499).
A continuación vino la gran Paz, que duró hasta el 900. Durante todo este tiempo,
el Dios Inmenso no se movió; en verdad se ha dicho que los siglos no son más que
segundos para él. Es probable que la humanidad no haya conocido jamás una paz tan
prolongada como la de estos cuatrocientos años; una paz que existía en el interior de
los corazones ya que no en el exterior, pues, naturalmente, el mundo se hallaba
sumido en Cierto Desorden. La enorme fuerza del desplazamiento del Dios Inmenso a
través de medio mundo había trastornado en gran medida la sucesión de los días y las
noches. Algunas leyendas afirman que, antes de la Segunda Mudanza, el sol salía por
el este y se ponía por el oeste; precisamente al contrario que el orden natural de las
cosas según nosotros las conocemos.
Gradualmente, este periodo de paz conoció cierto restablecimiento del orden de las
estaciones y cierta cesación de las crecidas, chubascos de sangre, pedriscos,
terremotos, diluvios de carámbanos, apariciones de cometas, erupciones volcánicas,
nieblas miasmáticas, vendavales destructivos, plagas agrícolas, plagas de lobos y
dragones, maremotos, tornados de un año de duración, lluvias feroces y demás azotes
que las escrituras de este periodo con tanta elocuencia describen. Los Padres de la
Iglesia, retirándose a la relativa seguridad de los mares interiores y las soleadas
praderas de Gobilandia, en Mongolia, establecieron una nueva ortodoxia bien calculada
en su rigor de oraciones y sacrificios humanos en la hoguera para incitar al Dios
Inmenso a dejar nuestro pobre y miserable mundo rumbo a otro mejor y más
substancioso.
Con esto la historia llega casi al momento actual. El año 900, apenas una década
antes del momento en que vuestro escriba redacta estas notas. ¡Ese año el Dios
Inmenso abandonó nuestra tierra!
Recordad, si os place, que la Primera Partida en el año 89 no duró más de veinte
meses. ¡Ya ahora el Dios Inmenso se ha alejado de nosotros casi la mitad de este
número de años! ¡Necesitamos su vuelta; no podemos vivir sin él, como habríamos
debido comprender Hace Mucho de no haber sido blasfemos en nuestro corazón!
Al partir, impulsó nuestro humilde globo hacia un rumbo tal que estamos
condenados a vivir todo el año en el más crudo de los inviernos; el sol está lejano y
encogido; los mares se congelan durante la mitad del año: témpanos de hielo desfilan
por nuestros campos; a mediodía, es demasiado oscuro para leer sin una vela. ¡Ay de
nosotros!
Pero, en verdad, merecemos nuestro sino. Es un castigo justo, pues durante todos
los siglos de nuestra época, cuando nuestra especie vivía relativamente feliz y sin
perturbaciones, orábamos como dementes para que el Dios Inmenso nos dejara.
Solicito a todos los Ancianos Elegidos del Consejo que repudien tales oraciones
como la Cuarta y Mayor Herejía y declaren que, de ahora en adelante, todos los
esfuerzos de la humanidad se encaminarán a llamar al Dios Inmenso para rogarle que
regrese a nosotros de inmediato.
Igualmente solicito que vuelva a incrementarse el número de sacrificios. Es inútil
tratar de escatimar sólo porque se nos están acabando las mujeres.
Igualmente solicito que se emprenda una Cuarta Cruzada a toda prisa, ¡antes de
que el aire empiece a congelarse dentro de nuestras narices!

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