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Por arkaiko

 

 

 

 

FÉNIX BRILLANTE

(Bright Phoenix)

 

Era un día de abril del año 2.022, la gran puerta de la biblioteca restalló, secamente, como un trueno.

Hey, pensé.

Jonathan Barnes estaba en las cortas escaleras que ascendían hasta mi escritorio, enfundado en su uniforme de la Legión Unida que le caía tan mal como hacía veinte años.

Su altanera agresividad, marcada en su pausa, trajo a mi mente los diez mil discursos a los Veteranos que habían surgido de su boca en los innumerables desfiles en los que había participado, sudando y resoplando, en los banquetes de patriotas a base de pollo frío y guisantes, seguramente cocinados por él mismo, en todos sus proyectos abortados.

Jonathan Barnes subió con pesadez los peldaños de la escalera, marcando en cada pisada todo el peso de su corpulencia y de su recién adquirida autoridad. Los ecos, repercutiendo en la alta bóveda, le hicieron sin duda darse cuenta de lo burdo de sus modales ya que, cuando llegó junto a mi escritorio, su voz impregnada en alcohol fue apenas un susurro junto a mi rostro.

–Vengo a por los libros, Tom.

Rebusqué entre mis fichas índice de forma casual.

–Ya le llamaré cuando estén preparados.

–Espere un momento... –dijo.

–Supongo que se refiere a los libros para la Obra Social de los Veteranos, ¿no?, para distribuir entre los hospitales.

–No, no –gritó–. He venido a por todos los libros.

Le miré, sin decir nada.

–Bueno –dijo–, casi todos.

Estuve a punto de parpadear mientras continuaba buscando entre las fichas índice.

–La norma son diez volúmenes máximo por persona y vez. Aquí está. Además, su tarjeta de lector caducó cuando usted tenía treinta años... hace otros treinta años de ello. ¿Lo ve? –le tendí su ficha.

Barnes apoyó ambas manos en el escritorio e inclinó hacia mí su enorme corpachón.

–Lo que veo es que está usted intentando interferir –dijo. Su rostro se encendió, empezó a jadear–. ¡No necesito ninguna tarjeta de lector para efectuar mi trabajo!

Seguía hablando en susurros, pero había alzado la voz lo suficiente como para que una miríada de páginas blancas suspendieran sus aleteos bajo la luz verdosa de las lámparas en las enormes estancias de paredes de piedra. Algunos libros se cerraron con un sordo y casi imperceptible ruido.

Varios lectores alzaron unos rostros apacibles. Sus ojos, calmados por la quietud y el recogimiento de aquel lugar, pedían silencio, como los del tigre cuando acude a beber a las aguas tranquilas. Viendo aquellos ojos vueltos hacia nosotros, esos rostros serenos, pensé en los cuarenta años en que había vivido, trabajado, incluso dormido allí, entre las silenciosas vidas arropadas en terciopelo de todos aquellos personajes imaginarios. Siempre había considerado mi biblioteca, y la seguía considerando, como un oasis de frescor donde, procedentes del ruido y la febril actividad diaria, los hombres acudían a bañar sus mentes y a refrescar sus cuerpos en la verdosa luz y en la suave brisa de las páginas al ser giradas. Tras lo cual, ya más centrados, con las ideas más claras y los cuerpos más relajados, podían sumergirse de nuevo en el ardiente horno de la realidad, la noche, el tráfico, la improbable vejez, la inevitable muerte. He visto a cientos de ellos penetrar en mi biblioteca con ojos alucinados para verlos salir después relajados y tranquilos. He visto a gentes buscándose en vano a sí mismas y hallando aquí la serenidad. He visto a realistas sumergirse aquí en el sueño y a soñadores hallar finalmente la realidad, en este refugio de piedra y mármol donde cada libro está marcado por el silencio.

–Sí –dije finalmente–. No le llevará mucho tiempo registrarse de nuevo. Rellene esta ficha y traiga dos referencias que sean solventes...

–No necesito referencias –dijo Jonathan Barnes–. ¡No para quemar libros

–Al contrario –dije–. Para eso va a necesitar más.

–Mis hombres son mis referencias. Están fuera, esperando a los libros. Son peligrosos.

–Esos hombres siempre lo son.

–No, no, me refiero a los libros, estúpido. Los libros son peligrosos. Buen Dios, no hay dos que piensen lo mismo. Siempre los mismos malditos dobles sentidos. Siempre la misma torre de Babel y la misma saliva malgastada. Nosotros estamos aquí para clarificar, para simplificar, para sanear. Necesitamos...

–Perdón –dije, tomando un ejemplar de Demóstenes bajo mi brazo–. Es la hora de mi comida. ¿Me acompaña?

Estaba ya a medio camino de la puerta cuando Barnes, con los ojos desorbitados, pareció recordar el silbato de plata que colgaba de su cinturón; lo llevó hasta sus labios y lanzó un prolongado pitido.

Las puertas de la biblioteca se abrieron bruscamente. Una marea de hombres uniformados de negro penetraron ruidosamente escaleras arriba.

Les llamé la atención, con suavidad. Se detuvieron, sorprendidos.

–Sin hacer ruido –les indiqué

Barnes me sujetó del brazo.

–¿Se está oponiendo usted a nuestra actuación?

–No –dije–. Ni siquiera voy a pedirles la orden que les autoriza a esta invasión. Lo único que les pido es que guarden silencio mientras trabajan.

Los lectores se habían levantado de sus mesas ante el estrepitoso resonar de las pisadas. Les indiqué que volvieran a sentarse. Se enfrascaron de nuevo en sus lecturas, sin que ninguno volviera a levantar la vista hacia aquellos hombres, impecablemente uniformados de negro, que me miraban con una no fingida estupefacción. Barnes hizo un gesto con la cabeza. Los hombres avanzaron entonces con cuidado, de puntillas, hacia las distintas salas de la gran biblioteca. Con precaución extrema, procurando no hacer el menor ruido, abrieron las ventanas. Hablaban en susurros, tomaban los libros de sus estanterías y los iban arrojando al patio de abajo, todo en el más completo silencio. De tanto en tanto lanzaban miradas furtivas a los lectores que, iban volviendo las páginas de sus libros con tranquilidad, aunque ninguno osó tomar aquellos volúmenes, limitándose a vaciar las estanterías.

–Bien –dije.

–¿Bien? –repitió Barnes.

–Sus hombres pueden trabajar sin usted. Vamos fuera.

Y salí tan rápidamente que no tuvo más remedio que seguirme, ardiendo con preguntas no formuladas. Atravesamos el césped que rodeaba el edificio, allí había sido montado un horno portátil, una enorme parrilla negra de donde surgían rojizos chorros que se convertían en azuladas llamas, a las cuales los hombres precipitaban los pájaros silvestres y las aterciopeladas palomas que alzaban el vuelo en un frenético batir de alas antes de caer heridos de muerte, consumiéndose entre las terribles llamas De todas las ventanas surgían aterrorizados pájaros, que caían al suelo y eran empapados en gasolina antes de ser arrojados a las destructivas y coloreadas llamas.

–Es extraño –murmuró Barnes, sorprendido–. Debería haber una multitud contemplando un espectáculo como este. Sin embargo no hay nadie. ¿Cómo lo explica usted?

Lo dejé con la palabra en el aire. Tuvo que correr para alcanzarme.

Llegamos al pequeño café del otro lado de la calle. Me senté a una mesa y Barnes, irritado, sin ningún motivo aparente, comenzó a gritar en cuanto ocupamos nuestras sillas:

–¡Camarero! ¡Rápido, he de volver inmediatamente al trabajo!

Walter, el propietario, se acercó con el menú en la mano.

Walter me miró.

Le guiñé un ojo.

Walter miró a Jonathan Barnes.

Walter dijo:

–Ven conmigo y sé mi amor, y probaremos de la felicidad el ardor.

–¿Qué? –Jonathan Barnes parpadeó.

–Llámeme Ismael –dijo Walter.

–Ismael –dije–, empezaremos con un café.

Walter volvió con el café.

–Tigre, tigre, brillante has de arder –dijo–, en la penumbra del bosque, al anochecer.

Barnes se quedó mirando al hombre que se alejaba con un paso casual.

–¿Qué demonios le ocurre? ¿Está loco?

–No –dije–. Pero sigamos con lo que me decía en la biblioteca. Explíqueme.

–¿Explicar? –dijo Barnes–. Dios mío, todos quieren saber las razones. Está bien, se lo explicaré: es un experimento de importancia capital. Esta ciudad nos servirá de prueba, si la quema de libros funciona aquí, funcionará en todas partes. No lo quemamos todo, no, no. Se habrá dado cuenta de que mis hombres tan sólo desalojan ciertas categorías de libros. Eliminamos alrededor de un 49'2 por ciento. Luego informaremos del éxito al comité central del gobierno...

–Excelente –dije.

Barnes se quedó mirándome fijamente.

–¿Cómo puede estar usted tan alegre?

–El problema de cualquier biblioteca –indiqué– es dónde meter los libros. Usted me ayuda a resolverlo.

–Creí que usted evidenciaría... miedo.

–Siempre he estado rodeado de gentuza.

–¿Perdón?

–Todas las cosas tienen nombre. Los que queman libros son gentuza.

–¡Maldita sea, soy el Jefe Censor de Green Town, Illinois!

Llegó un nuevo camarero, portando una humeante cafetera.

–Hola, Keats –dije.

–La estación de las brumas y el dulzor de la fruta madura –dijo el camarero.

–¿Keats? –preguntó el Jefe Censor–. Su nombre no es Keats.

–Oh, qué tonto soy –dije–. Este es un restaurante griego. ¿No es cierto, Platón?

El muchacho llenó mi taza.

–El pueblo dispone siempre de algún campeón que empuja hacia adelante y lo alimenta de grandezas... Esta y no otra es la raíz de la cual surge el tirano; cuando aparece el primero, es un protector.

Barnes se inclinó hacia adelante para mirar mejor al camarero que permaneció inmutable. Luego tomó su café y sopló.

–Como le decía, nuestro plan es tan simple como el que uno más uno son dos...

–Casi nunca he conocido a un matemático que fuera capaz de razonar –dijo el muchacho.

–¡Maldita sea! –Barnes dejó su taza sobre la mesa, con brusquedad–. ¡Paz! Lárgate de aquí antes de que pierda la paciencia, Keats, Platón... Holdridge, este es tu nombre. Ahora lo recuerdo: ¡Holdridge! ¿Qué es toda esa jerga?

–Sólo imaginación –dije–. Vanidad.

–Maldita sea la imaginación y al infierno con la vanidad. Puede usted comer solo si quiere, me largo inmediatamente de esta casa de locos.– Y Barnes se tragó el café de un sorbo, mientras el dueño y el camarero lo miraban y al otro lado de la calle el fuego ardía con orgullo en las entrañas de la monstruosa parrilla. Nuestras silenciosas miradas hicieron que Barnes se estremeciera, con la taza en una mano y una gota de café colgando de su mentón.

–¿Por qué? ¿Por qué no gritan? ¿Por qué no luchan contra mí?

–Yo estoy luchando –dije, tomando el libro que había traído bajo mi brazo. Lo abrí por la página que decía DEMÓSTENES, dejé que Barnes viera bien el nombre, la enrollé en forma de cigarro, la prendí, contemplé la creciente llama y murmuré–-: Aunque el hombre pueda escapar a todos los demás peligros, jamás podrá escapar completamente a aquellos que no reconocen, a una persona como él, el derecho a existir.

Barnes saltó, de pie, gritando, me arrancó el “cigarro” de la mano, lo pateó, y el salió del lugar dando un portazo.

Lo único que podía hacer era seguirle.

En la puerta, Barnes tropezó con un hombre ya anciano que entraba en el café. El viejo estuvo a punto de caer. Lo sostuve del brazo.

–Profesor Einstein –dije.

–Señor Shakespeare –respondió.

Barnes huyó.

Lo encontré de nuevo en el césped ante la antigua y hermosa biblioteca, donde los hombres de negro desprendían olor a gasolina a cada movimiento y seguían transportando brazadas de palomas abatidas, de moribundos faisanes, todo un otoño de oro y plata que caía de las altas ventanas. Y todo silenciosa, pausadamente. Mientras esta tranquila y casi serena pantomima continuaba, Barnes permanecía inmóvil, gritando en silencio, ahogando los gritos que pugnaban por surgir por entre sus dientes apretados, su lengua, sus labios, sus mandíbulas, acallándolos de modo que nadie los pudiera oír. Pero los gritos surgían igualmente de sus ojos muy abiertos, en relámpagos que estallaban en sus puños crispados y daban color a su rostro, ahora blanco, ahora rojo, mientras me miraba fijamente, miraba al café, a su maldito propietario y al terrible camarero que, desde la puerta, le hacían gestos amigables. El incinerador de Baal saciaba su enorme apetito, esparciendo chispas por todas partes, y Barnes contemplaba aquel ciego sol rojo que ardía y llameaba en su estómago.

–Ustedes –dije con voz suave a los hombres de negro, se detuvieron–. Recuerden las Ordenanzas Municipales: se cierra a las nueve en punto. Por favor, procuren terminar antes de entonces. No me gustaría quebrantar la ley... Buenas noches, señor Lincoln.

–Ochenta –dijo un hombre, pasando a nuestro lado–, y siete años...

–¿Lincoln? –el Jefe Censor se giró, lentamente–. Ese es Bowman. Charlie Bowman. Le conozco, Charlie, venga aquí un momento... Charlie... ¡Chuck!

Pero el hombre se había alejado, y los coches pasaban, y de tanto en tanto, mientras el fuego seguía ardiendo, algunos hombres me saludaban y yo les saludaba, y era “¡Hola señor Poe!”, o un gesto amable a algún extranjero cuyo nombre sonaba algo así como Freud, y nuestras voces eran alegres al saludarnos, y el señor Barnes se estremecía cada vez como si fuera atravesado por un dardo de fuego que continuara ardiendo en su interior y consumiera su vida. Y nadie se detenía a ver el espectáculo.

De pronto, por alguna razón oculta, el señor Barnes cerró los ojos, abrió mucho la boca, inspiró profundamente y gritó:

–¡Alto!

Los hombres, en el piso de arriba, dejaron inmediatamente de arrojar libros por las ventanas.

–Pero –dije–, aún no es la hora de cerrar.

–¡Es la hora de cerrar! ¡Todo el mundo fuera! –Profundos pozos habían devorado las pupilas de Jonathan Barnes. Hizo una seña, indicando que bajaran. Obedientes, todas las ventanas descendieron como otras tantas guillotinas, y se oyó el ruido de las contraventanas al cerrarse.

Los hombres de negro, la sorpresa reflejada en sus semblantes, descendieron y salieron fuera.

–Jefe Censor –metí en su mano la llave que no quería aceptar, le obligué a tomarla–, vuelva usted mañana, mantenga el silencio y termine con su trabajo.

Sus ahora insondables y vacíos ojos intentaron en vano mantener mi mirada.

–¿Cuánto... cuánto tiempo hace que dura...?

–¿Esto?

–Esto... y... esto... y ellos.

Intentó, sin éxito, señalar el café, los coches que pasaban, los tranquilos lectores que salían ahora de la acogedora biblioteca, saludando con la cabeza cuando pasaban a nuestro lado en el frío aire del anochecer, amigos, todos ellos amigos míos. Sus ciegos y crispados ojos devoraron la oscuridad que era ahora mi rostro, su lengua paralizada murmuró no sin esfuerzo:

–¿Creen ustedes, estúpidos, que van a engañarme a mí, a mí, a ?

No contesté.

–¿Cómo pueden estar seguros –dijo– de que no voy a quemar gente, como ahora quemo libros?

No contesté.

Lo dejé de pie, inmóvil, allá en medio de la noche.

En la biblioteca, comprobé los últimos volúmenes de los que se iban, mientras la noche llegaba finalmente y la gran máquina de Baal seguía vomitando la humareda de su mugriento fuego sobre el alto césped allá donde el Jefe Censor permanecía inmóvil como una estatua de cemento, sin ver siquiera cómo sus hombres se marchaban. Su puño se levantó bruscamente y algo rápido y brillante fue a golpear contra el cristal de la puerta de entrada. Luego Barnes se giró y se fue tras el Incinerador que resonaba contra el pavimento, una panzuda urna funeraria que dejaba tras ella jirones de negros velos de duelo, humo, y olor a papel quemado.

Me senté y escuché.

En las salas de lectura más alejadas, sumidas en una débil penumbra, se oía aún un suave y otoñal tornar de hojas, el sonido de un brisa ligera, movimientos infinitesimales, el gesto de una mano, el destello de un anillo, el brillar de una pupila vivaz como la de una ardilla. Algún viajero nocturno se había demorado entre las estanterías ahora medio vacías. Con una tranquila serenidad, las aguas se deslizaban suavemente hacia un quieto y distante mar. Mi gente, mis amigos, uno por uno, salían del acogedor mármol, de la cálida luz verdosa, a una noche mejor de lo que nunca me hubiera atrevido a esperar.

A las nueve, salí para recoger la llave que Barnes había arrojado contra la puerta. Acompañé al último lector, un hombre viejo, hasta fuera, y mientras cerraba aspiró a pleno pulmón el frío aire, miró a la ciudad, a la hierba amarilleada por las chispas, y dijo:

–¿Crees que volverán?

–Dejemos que lo hagan. Ya estamos preparados para recibirlos, ¿no?

El anciano sujetó mi mano.

–Y el lobo cohabitará con el cordero, y el leopardo yacerá con el antílope, y el ternero y el joven león andarán juntos.

Bajamos juntos los últimos peldaños.

–Buenas noches, Isaías –dije.

–Buenas noches, señor Sócrates –dijo.

Y cada cual tomó su camino en la oscuridad.

 

 

 

POSTFACIO (es absurdo que no exista esta palabra):

Sí, este relato es el embrión de lo que, seis años después, en 1.953, se convertiría en Fahrenheit 451. Puede ser simple, puede ser sólo una curiosidad, puede ser muchas cosas, pero sólo por una de sus frases ya creo que vale la pena. Una frase que, desgraciadamente, resume la actitud de muchas personas desde el principio de los tiempos hasta nuestros días:

“¿Cómo pueden estar seguros de que no voy a quemar gente, como ahora quemo libros?”

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Por arkaiko

EL COHETE -- RAY BRADBURY

 

 

El Cohete
Ray Bradbury


..
Muchas noches, Fiorello Bodoni se despertaba para escuchar los cohetes que
pasaban suspirando por el cielo oscuro.
Mientras su buena esposa estaba soñando, se levantaba y salía de puntillas al
aire de la noche. Durante unos momentos no sentiría el olor a comida vieja de la
casita junto al río. Después de permanecer un rato en silencio, dejaría que su
corazón volase hacia el espacio, siguiendo a los cohetes.
Ahora, esta noche, estaba medio desnudo en la oscuridad, observando los
surtidores de fuego que murmuraban en el aire. ¡Los cohetes en sus largos y
veloces viajes a Marte, a Saturno, a Venus!
-Bien, bien, Bodoni.
Bodoni se sobresaltó.
Sobre un cajón, junto al río silencioso, estaba sentado un anciano que también
contemplaba los cohetes en la medianoche tranquila.
-¡Oh, eres tú, Bramante!
-¿Sales todas las noches, Bodoni?
-Sólo a tomar aire.
-¿Sí? Yo prefiero mirar los cohetes -dijo el viejo Bramante-. Yo era casi un
niño cuando empezaron a volar. Hace ochenta años. Y todavía no he estado en
ninguno.
-Yo haré un viaje uno de estos días -dijo Bodoni.
-No seas tonto -dijo Bramante-. Nunca lo harás. Este mundo es para los ricos.
-Sacudió la cabeza gris, recordando-. Cuando yo era joven, alguien escribió un
anuncio con letras de fuego: «¡EL MUNDO DEL FUTURO. Ciencia, Confort y
Novedades para todos!». ¡Bah! Ochenta años. El futuro ha llegado. ¿Volamos en
cohetes? No. Vivimos en casuchas como nuestros padres.
-Acaso mis hijos... -dijo Bodoni.
-¡No, ni los hijos de tus hijos! -gritó el anciano-. ¡Sólo los ricos tienen sueños y
cohetes!
Bodoni vaciló.
-Bramante, tengo ahorrados tres mil dólares. Me costó seis años reunirlos. Los
destinaba a mi taller, para invertirlos en maquinaria. Pero, desde hace un mes,
todas las noches me despierto en la cama y oigo los cohetes. Pienso en ellos. Y
esta noche me he decidido. ¡Uno de nosotros irá a Marte!
Los ojos de Bodoni eran brillantes y oscuros.
-Idiota -estalló Bramante-. ¿A quién eligirás? ¿Quién irá? Si vas tú, tu mujer te
aborrecerá, porque en el espacio habrás estado un poco más cerca de Dios. Cada
vez que le cuentes tu asombroso viaje, ¿no se sentirá roída por la amargura?
-No, no.
-¡Sí! ¿Y tus hijos? ¿No se pasarán la vida pensando en su padre, que voló hasta
Marte mientras ellos se quedaban aquí? ¡Qué obsesión insensata impondrás a tus
hijos! Pensarán en el cohete toda su vida. No dormirán por la noche. Enfermarán
de deseo. Lo mismo que tú ahora. Desearán la muerte si no pueden conseguir ese
viaje. No les despiertes ese sueño, te lo aconsejo. Déjalos vivir contentos en su
pobreza. Haz que miren sus manos y a tu chatarra, no hacia las estrellas.
-Pero...
-Supón que vaya tu mujer. ¿Cómo te sentirás sabiendo que ella ha visto y tú no?
No podrás ni mirarla. Desearás arrojarla al río. No, Bodoni, cómprate una nueva
excavadora, la necesitas, y aparta esos sueños, hazlos pedazos.
El anciano se calmó, con los ojos clavados en el río, en el cual se ahogaban
imágenes de cohetes cayendo en llamas desde el cielo.
-Buenas noches -dijo Bodoni.
-Que duermas bien -dijo el otro.
Cuando la tostada saltó de su caja de plata, Bodoni casi dio un grito. No había
dormido en toda la noche dando vueltas y vueltas. Entre sus nerviosos niños, al
lado de su voluminosa mujer, Bodoni había reflexionado. Bramante tenía razón.
Era mejor invertir el dinero. ¿Para qué guardarlo si sólo un miembro de la familia
podría viajar en el cohete? Los otros se sentirían sumidos en el desengaño.
-Fiorello, come tu tostada -dijo María, su mujer.
-Tengo la garganta irritada -dijo Bodoni.
Los niños entraron corriendo. Los tres varones luchaban por la posesión de un
cohete de juguete; las dos niñas traían unas muñecas que representaban a los
habitantes de Marte, Venus y Neptuno: maniquíes verdes con tres ojos amarillos y
manos de seis dedos.
-¡Yo vi el cohete de Venus! -gritó Paolo.
-Despegó haciendo siiiii... -silbó Antonello.
-¡Niños! -gritó Bodoni, tapándose los oídos.
Los niños lo miraron. Bodoni rara vez gritaba.
El hombre se levantó.
-Escuchad todos -dijo-. Tengo dinero suficiente para que uno de vosotros
vaya en el cohete a Marte.
Todos se pusieron a gritar.
-¿Comprendéis? -preguntó-. Sólo uno de nosotros. ¿Quién?
-¡Yo, yo, yo! -gritaron los niños.
-Tú -dijo María.
-Tú -dijo Bodoni.
Todos callaron.
Los niños pensaron un poco.
-Que vaya Lorenzo..., es el mayor.
-Que vaya Miriam..., es la más chica.
-Piensa en todo lo que verás -dijo María a Bodoni. Pero sus ojos tenían una
extraña expresión. Su voz temblaba-. Los meteoros, como peces. El Universo.
La Luna. Debería ir alguien que luego pueda contarnos todo eso. Siempre tuviste
facilidad de palabra.
-Tonterías. Tú también la tienes -objetó Bodoni.
Todos temblaban.
-Venid aquí -dijo Bodoni tristemente. De una escoba arrancó varias pajitas de
distinta longitud-. La más corta, gana.-Mantuvo el puño cerrado-. Escoge.
Solemnemente, todos sacaron su pajita.
-Larga.
-Larga.
Otro:
-Larga.
Los niños habían terminado. La habitación estaba en silencio.
Quedaban dos pajitas. Bodoni sintió que el corazón le dolía en el pecho.
-Vamos, María -suspiró.
María tiró de la pajita.
-Corta -dijo.
-Ah -suspiró Lorenzo, mitad feliz, mitad triste-. Mamá va a Marte.
Bodoni trató de sonreír.
-Felicidades. Hoy mismo te compraré el pasaje.
-Espera, Fiorello...
-Puedes salir la semana próxima -murmuró él.
María miró los ojos tristes de los niños y las sonrisas bajo las narices largas y
rectas. Devolvió la pajita lentamente a su marido.
-No puedo ir a Marte.
-¿Por qué no?
-Pronto llegará otro niño.
-¿Qué?
Ella no lo miraba.
-No me conviene viajar en este estado.
Bodoni la tomó por el codo.
-¿Es verdad eso?
-Probad suerte otra vez.
-¿Por qué no me lo dijiste antes? -preguntó Bodoni, incrédulo.
-Se me olvidó.
-María, María... -suspiró, dándole palmaditas en la cara. Se volvió a los
niños-: Empecemos de nuevo.
Paolo sacó inmediatamente la pajita corta.
-¡Voy a Marte! -gritó, dando saltos como un salvaje-. ¡Gracias, papá!
Los otros niños dieron un paso atrás.
-Eso es magnífico, Paolo.
Paolo dejó de sonreír y examinó detenidamente a sus padres, hermanos y
hermanas.
-¿Puedo ir, no es cierto? -preguntó con incertidumbre.
-Sí.
-¿Y me seguiréis queriendo cuando regrese?
-Naturalmente.
Paolo estudió con mano temblorosa la preciosa pajita, la dejó caer meneando la
cabeza.
-Había olvidado que comienza la escuela. No puedo ir. Sacad otra vez.
Pero ninguno quiso hacerlo. Una gran tristeza los envolvía.
-Ninguno de nosotros irá -dijo Lorenzo.
-Será lo mejor -dijo María.
-Bramante tenía razón -concluyó Bodoni.
Después de desayunar, Fiorello Bodoni se puso a trabajar en el depósito de
chatarra, cortando el metal, fundiéndolo, vaciándolo en lingotes útiles. Se rompían
sus herramientas. La competencia lo estaba arrastrando hacia la desgraciada
orilla de la pobreza desde hacía veinte años. Aquella era una mala mañana.
-Por la tarde entró un hombre en el depósito y llamó a Bodoni, que trabajaba en
su máquina de trocear.
-Eh, Bodoni, tengo metal para ti.
-¿Qué es, señor Matthews? -preguntó Bodoni con indiferencia.
-Un cohete. ¿Qué hay de malo en ello? ¿No lo quieres?
-¡Sí, sí! -Tomó al hombre por el brazo y se detuvo perplejo.
-Claro que es sólo una maqueta -dijo Matthews-. Ya sabes. Cuando proyectan
un cohete, consytruyen primero un modelo de aluminio, a tamaño natural. Puedes
ganar algo fundiéndolo. Te lo dejaré por dos mil...
Bodoni dejó caer la mano.
-No tengo dinero.
-Lo siento. Pensé que podría ayudarte. La última vez me dijiste que todos los
otros se llevaban la chatarra. Creí que yo te hacía un favor. Bueno...
-Necesito nuevas herramientas. He ahorrado para eso.
-Comprendo.
-Si compro el cohete, no podré fundirlo. Mi horno de aluminio se vino abajo la
semana pasada.
-Ya lo sé.
-Posiblemente no podré utilizar el cohete si se lo compro a usted.
-Lo comprendo.
Bodoni parpadeó y cerró los ojos. Los abrió después y miró al señor Matthews.
-Pero soy un tonto. Sacaré mi dinero del banco y le compraré el cohete.
-Pero si no puedes fundirlo ahora...
-Mándemelo -dijo Bodoni.
-Conforme, si tu lo dices... ¿Esta noche?
-Esta noche -dijo Bodoni-, estaría muy bien. Sí, me gustaría tener el cohete
esta noche.
Era noche de Luna. El cohete se erguía blanco y enorme en el depósito. Tenía la
blancura de la Luna y la luz de las estrellas: Bodoni lo miraba con amor. Sentía
deseos de abrazarlo, de oprimir la cara contra el metal y contarle todos los
secretos de su corazón.
Lo miraba fijamente.
-Eres enteramente mío -dijo-. Aunque nunca te muevas, ni escupas fuego, y
te quedes ahí cincuenta años enmoheciéndote, eres mío.
El cohete tenía aroma de tiempo y de distancias. Caminar por dentro del cohete
era como hacerlo por el interior de un reloj. Estaba acabado con una precisión
suiza. Podría uno llevarlo como un dije en el bolsillo del chaleco. «Hasta podría
dormir aquí esta noche», murmuró el exaltado Bodoni.
Se sentó en el asiento del piloto.
Movió una palanca.
Bodoni zumbó con la boca cerrada, entornando los ojos.
El zumbido se elevó de tono, se hizo más intenso, más elevado, más salvaje, más
alegre, estremeciendo a Bodoni de pies a cabeza, inclinándolo hacia delante y
tirando de él y de la nave en un crujiente silencio, en una especie de grito
metálico, mientras sus manos volaban entre los controles y sus ojos cerrados le
latían, y el sonido crecía y crecía hasta ser un fuego, un impulso, una fuerza tal
que trataba de partirlo en dos. Lanzó un grito sofocado. Una vez y otra vez
zumbaba, sin parar, porque no podía detenerse; sólo podía seguir, seguir, y él iba
con los ojos cerrados y el corazón furioso.
-¡Despegamos! -gritó Bodoni con euforia-. ¡La enorme sacudida! ¡El trueno!
¡La Luna! -gritó con los ojos cerrados-. ¡Los meteoros! ¡La silenciosa
precipitación en una luz volcánica! Marte. ¡Oh, Dios! ¡Marte! ¡Marte!
Cayó hacia atrás, exhausto y jadeante. Las manos temblorosas abandonaron los
controles, y la cabeza le cayó hacia atrás, con violencia. Se quedó sentado
durante mucho tiempo, respirando anhelante, hasta que el corazón latió con más
lentitud.
Lenta, muy lentamente, abrió los ojos.
El depósito de chatarra estaba todavía allí.
Bodoni se movió. Miró durante un minuto las pilas de metal y sus ojos no se
separaban de ellas. Después, incorporándose de un salto, golpeó las palancas.
-¡Despega ya, maldito!
La nave guardó silencio.
-¡Ya te enseñaré! -gritó Bodoni.
Salió afuera, al aire nocturno, tambaleándose, puso en marcha el potente motor
de su terrible máquina demoledora y avanzó sobre el cohete. Maniobró. Los
pesados martillos se alzaron hacia el cielo iluminado por la Luna. Preparó sus
temblorosas manos para aplastar, para hacer pedazos ese sueño insolentemente
falso, esa cosa estúpida que le había costado todo su dinero, que no se movería,
que no quería obedecerle.
Pero sus manos no se movieron.
El cohete de plata se erguía a la luz de la Luna. Y más allá del cohete se veían las
luces amarillentas de su casa, en la otra manzana, luciendo afectuosamente.
Bodoni escuchó la radio familiar, donde sonaba alguna música distante. Se quedó
sentado durante media hora, pensando en el cohete y en las luces de la casa, y
sus ojos se le achicaron y se le abrieron. Bajó de la máquina y echó a andar, y
mientras caminaba comenzó a reír, y cuando llegó a la puerta trasera tomó aliento
y gritó:
-¡María, María, prepara las maletas! ¡Nos vamos a Marte!
-¡Oh!
-¡Ah!
-¡No puedo creerlo!
-Lo creerás, lo creerás.
Los niños se balanceaban en el patio atravesado por el viento, bajo el
deslumbrante cohete, sin atreverse a tocarlo. En seguida se echaron a gritar,
llorando de alegría.
María observó a su marido.
-¿Qué has hecho? -preguntó-. ¿Has gastado nuestro dinero en esto? Nunca
volará.
-Volará -dijo Bodoni mirando el cohete.
-Estas naves cuestan millones. ¿Es que los tienes?
-Volará -repitió Bodoni-. Ahora regresen todos a casa. Tengo que telefonear,
hacer algunas cosas. ¡Salimos mañana! No se lo digáis a nadie, ¿comprendéis?
Es un secreto.
Los niños, aturdidos, se alejaron del cohete. Bodoni vio sus rostros menudos y
febriles en las ventanas de la casa, a lo lejos.
María no se había movido.
-Nos arruinaste-se lamentó-. Nuestro dinero gastado en... esa cosa. Cuando
necesitabas tanto un nuevo equipo.
-Ya verás -dijo Bodoni.
Sin pronunciar una palabra, María dio media vuelta y se fue.
-Que Dios me ayude -suspiró su marido, y se puso a trabajar.
Hacia la media noche llegaron unos camiones, dejaron su carga, y Bodoni,
sonriendo, agotó su cuenta del banco. Con sopletes de soldar y tiras metálicas
asaltó el cohete, añadió, suprimió, pronunció sobre él artificios de fuego y secretos
insultos. Metió en el vacío cuarto de las máquinas viejos motores de automóvil.
Luego cerró herméticamente el cuarto, para que nadie pudiera ver su trabajo.
Al amanecer entró en la cocina.
-María -dijo-. Estoy listo para desayunar.
Ella no quiso hablarle.
A la caída de la tarde llamó a los niños.
-¡Estamos dispuestos! ¡Vamos!
La casa estaba en silencio.
-Los encerré en la despensa -dijo María.
-¿Qué quieres decir? -preguntó Bodoni.
-Te matarás en ese cohete -dijo ella-. ¿Qué clase de cohete puedes comprar
con dos mil dólares? -agregó-. ¡Uno que no sirve!
-Escúchame, María.
-Estallará contigo dentro. Ni siquiera eres piloto.
-No importa, puedo hacerlo volar. Lo arreglé muy bien.
-Te has vuelto loco -dijo María
-¿Dónde está la llave de la despensa?
-La tengo aquí.
Bodoni extendió la mano.
-Dámela.
María se la dio.
-Los matarás.
-No, no.
-Sí, los matarás. Lo presiento.
Quedó en pie delante de ella.
-¿No vendrás conmigo?
-Me quedo aquí.
-Ya comprenderás; lo vas a ver -dijo Bodoni y sonrió. Abrió la puerta de la
despensa-. Vamos, chicos. Sigan a vuestro padre.
-¡Adiós, adiós, mamá!
María se quedó asomada a la ventana de la cocina, mirándolos salir, muy erguida
y silenciosa.
Ante la puerta del cohete, Bodoni dijo:
-Niños, estaremos fuera una semana. Deben regresar para ir a la escuela, y yo a
mi trabajo.-Fue cogiendo a cada uno de la mano-. Escuchen. Este cohete es
muy viejo y no volverá a volar. Éste será nuestro único viaje. Abran bien los ojos.
-Sí, papá.
-Escuchen con atención: Perciban los olores de un cohete. Sientan. Recuerden.
Así, al volver podrán hablar de esta experiencia todo el resto de vuestras vidas.
-Sí, papá.
La nave estaba quieta y en silencio, como un reloj parado. La cámara de aire se
cerró susurrando tras ellos. Bodoni los envolvió a todos como a menudas momias,
en las hamacas de caucho.
-¿Listos?
-Listos -contestaron los niños.
-Allá vamos.
Bodoni movió diez conmutadores. El cohete tronó y dio un salto. Los niños
chillaron y bailaron en sus hamacas.
-¡Aquí viene la Luna!
La Luna pasó como un sueño. Los meteoros se deshicieron como fuegos
artificiales. El tiempo se deslizó como una serpentina de gas. Los niños
alborotaban. Horas después, liberados de sus hamacas, espiaron por las
ventanillas. ¡Allí está la Tierra! ¡Allá está Marte!
El cohete despedía rosados pétalos de fuego, mientras las esferas horarias
giraban en forma vertiginosa. Los ojos de los niños se cerraban. Al fin, se
durmieron, como polillas ebrias de luz en los capullos de sus hamacas de goma.
-Bueno -murmuró Bodoni para sí.
Salió de puntillas desde la cabina de control, y se detuvo largo rato, lleno de
temor, ante la puerta de la cámara de aire.
Apretó un botón. La puerta se abrió de par en par. Bodoni salió por ella. ¿Hacia el
vacío? ¿Hacia los mares de tinta donde flotaban los gases ardientes? ¿Hacia los
años y kilómetros y las infinitas dimensiones?
No, Bodoni sonrió.
Alrededor del tembloroso cohete se extendía el depósito de chatarra.
Oxidada, idéntica, allí estaba la puerta del patio con su cadena y su candado. Allí
estaban la casita en silencio junto al agua, la iluminada ventana de la cocina, y el
río que discurría hacia el mismo mar. Y en el centro del patio, elaborando un
mágico ensueño, reposaba el estremecido y ronroneante cohete. Se sacudía,
rugía, agitando a los niños, prisioneros como moscas en una tela de araña.
María lo miraba desde la ventana de la cocina.
Bodoni la saludó con un gesto apropiado y sonrió.
No pudo ver si ella le correspondía. Un leve saludo, quizás. Una débil sonrisa.
Salía el Sol.
Bodoni entró apresuradamente en el cohete. Silencio. Todos dormidos. Bodoni
suspiró aliviado. Se ató a una hamaca y cerró los ojos. Rezó en silencio para sí.
Oh, no permitas que nada destruya esta ilusión durante los próximos seis días.
Haz que todo el espacio venga y vaya, y que el rojo Marte se alce sobre el cohete,
y también las lunas de Marte, e impide que fallen las películas en colores. Haz que
aparezcan las tres dimensiones, haz que nada se estropee en los espejos. Haz
que el tiempo pase sin un error.
Se despertó.
El rojo Marte flotaba cerca del cohete.
-¡Papá!
Los niños trataban de salir de las hamacas.
Bodoni miró y vio al rojo Marte. Estaba bien, no había ningún fallo. Bodoni se
sintió muy feliz.
A la puesta de Sol del séptimo día, el cohete se detuvo con un estremecimiento.
-Estamos en casa -dijo Bodoni.
Salieron del cohete y cruzaron el patio. La sangre les cantaba en las venas. Les
brillaban las caras.
-He preparado jamón y huevos para todos -dijo María desde la puerta de la
cocina.
-¡Mamá, mamá, deberías haber ido a ver a Marte, y los meteoros, y todo!
-Sí -dijo María.
A la hora de acostarse, los niños se reunieron alrededor de Bodoni.
-Queremos darte las gracias, papá.
-No es necesario.
-Lo recordaremos siempre, papá. Nunca lo olvidaremos.
Aquella noche, muy tarde ya, Bodoni abrió los ojos. Sintió que su mujer se hallaba
a su lado, contemplándolo. Durante un largo rato María no se movió y al fin, de
pronto, lo besó en las mejillas y en la frente.
-¿Qué es esto? -preguntó Bodoni.
-Eres el mejor padre del mundo -susurró María.
-¿Por qué?
-Ahora veo -dijo ella-. Ahora comprendo.
María se echó de espaldas y cerró los ojos, tomando la mano de Bodoni.
-¿Fue un viaje hermoso? -preguntó.
-Sí.
-Quizás -dijo ella-, quizás alguna noche, puedas llevarme a hacer un viaje, un
viaje corto, ¿cierto?
-Un viaje corto, quizás.
-Gracias -dijo María-. Buenas noches.
-Buenas noches -dijo Fiorello Bodoni
.

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Por arkaiko

CRONICAS MARCIANAS // RAY BRADBURY // MITOS Y LEYENDAS DE LA CIENCIA-FICCION

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ENERO DE 1999..................El verano del cohete
FEBRERO DE 1999.............Ylla
AGOSTO DE 1999...............Noche de verano
AGOSTO DE 1999...............Los hombres de la Tierra
MARZO DE 2000.................El contribuyente
ABRIL DE 2000...................La tercera expedición
JUNIO DE 2001...................Aunque siga brillando la luna
AGOSTO DE 2001...............Los colonos
DICIEMBRE DE 2001.........La mañana verde
FEBRERO DE 2002.............Las langostas
AGOSTO DE 2002...............Encuentro nocturno
FEBRERO DE 2003..............Intermedio
ABRIL DE 2003....................Los músicos
JUNIO DE 2003.....................Un camino a través del aire
2004-2005...............................La elección de los nombres
ABRIL DE 2005.....................Usher II
AGOSTO DE 2005.................Los viejos
SEPTIEMBRE DE 2005.........El marciano
NOVIEMBRE DE 2005..........La tienda de equipajes
NOVIEMBRE DE 2005..........Fuera de temporada
NOVIEMBRE DE 2005...........Los observadores
DICIEMBRE DE 2005.............Los pueblos silenciosos
ABRIL DE 2026.......................Los largos años
AGOSTO DE 2026...................Vendrán lluvias suaves
OCTUBRE DE 2026.................El picnic de un millón de años

 

EN LOS DIAS QUE CORREN, LA "CIENCIA-FICCION", ASI COMO MUCHOS DE SUS AUTORES, SE CONVIRTIERON LOS VISIONARIOS DEL FUTURO, LLEGANDO A VER EN ELLOS, UNOS "MITOS Y LEYENDAS", QUE CON EL PASO DEL TIEMPO, SE HAN IDO ACUMULANDO A NUESTRA VIDA, PASANDO DE SER "HISTORIAS DE CIENCIA -FICCION", A HISTORIAS COTIDIANAS CONTEMPORANEAS ; ¿ QUE HAN SIDO, VISIONARIOS?, O LOS PRECURSORES DE IDEAS NO ACORDES CON SU TIEMPO, A CAUSA DE UNA CIENCIA EN VIAS DE CRECIMIENTO, LLEGANDO LOS CIENTIFICOS A LLEVAR ESAS IDEAS A LA VIDA COTIDIANA, SEGUN LOS ADELANTOS DE ESA MISMA CIENCIA; EN SI TODO UN LOGRO PARA LA HUMANIDAD, A LA VEZ QUE UN TENEBRE AVISO, CONOCIENDO POR ESA MISMA "CIENCIA-FICCION", QUE EL HOMBRE TIENE COMO FIN LA DESTRUCCION DE LA HUMANIDAD...

 

 

 

...................................................................................................................... El señor K, impasible, tocó una columna. Fuentes de vapor y agua caliente brotaron del cristal. El frío desapareció de la habitación.
- Luego - dijo Ylla -, ese hombre de nombre tan raro, Nathaniel York, me dijo que yo era hermosa y... y me besó.
- ¡Ah! - exclamó su marido, dándole la espalda.
- Sólo fue un sueño - dijo Ylla, divertida.
- ¡Guárdate entonces esos estúpidos sueños de mujer!
- No seas niño - replicó Ylla reclinándose en los últimos restos de bruma química.
Un momento después se echó a reír.
- Recuerdo algo más - confesó.
- Bueno, ¿qué es, qué es?
- Ylla, tienes muy mal carácter.
- ¡Dímelo! - exigió el señor K inclinándose hacia ella con una expresión sombría y dura -. ¡No debes ocultarme nada!
- Nunca te vi así - dijo Ylla, sorprendida e interesada a la vez -. Ese Nathaniel York me dijo... Bueno, me dijo que me llevaría en la nave, de vuelta a su planeta. Realmente es ridículo.
- ¡Si! ¡Ridículo! - gritó el señor K -. ¡Oh, dioses! ¡Si te hubieras oído, hablándole, halagándolo, cantando con él toda la noche! ¡Si te hubieras oído!
- ¡Yll!
- ¿Cuándo va a venir? ¿Dónde va a descender su maldita nave?
- Yll, no alces la voz.
- ¡Qué importa la voz! ¿No soñaste - dijo el señor K inclinándose rígidamente hacia ella y tomándola de un brazo - que la nave descendía en el valle Verde?
¡Contesta!
- Pero, si...
- Y descendía esta tarde, ¿no es cierto?
- Sí, creo que sí, pero fue sólo un sueño.
- Bueno - dijo el señor K soltándola -, por lo menos eres sincera. Oí todo lo que dijiste mientras dormías. Mencionaste el valle y la hora.
Jadeante, dio unos pasos entre las columnas, como cegado por un rayo. Poco a poco recuperó el aliento. Su mujer lo observaba como si se hubiera vuelto loco. Al fin se levantó y se acercó a él.
- Yll - susurró:
- No me pasa nada.
- Estás enfermo.
- No - dijo el señor K con una sonrisa débil y forzada -. Soy un niño, nada más. Perdóname, querida. - La acarició torpemente. - He trabajado demasiado en estos días. Lo lamento. Voy a acostarme un rato.
- ¡Te excitaste de una manera!
- Ahora me siento bien, muy bien. - Suspiró. - Olvidemos esto. Ayer me dijeron algo de Uel que quiero contarte. Si te parece, preparas el desayuno, te cuento lo de Uel y olvidamos este asunto.
- No fue más que un sueño.
- Por supuesto - dijo el señor K, y la besó mecánicamente en la mejilla -. Nada más que un sueño.
Al mediodía, las colinas resplandecían bajo el sol abrasador.
- ¿No vas al pueblo? - preguntó Ylla.
El señor K arqueó ligeramente las cejas.
- ¿Al pueblo?
- Pensé que irías hoy.
Ylla acomodó una jaula de flores en su pedestal. Las flores se agitaron abriendo las hambrientas bocas amarillas. El señor K cerró su libro.
- No - dijo -. Hace demasiado calor, y además es tarde.
- Ah - exclamó Ylla. Terminó de acomodar las flores y fue hacia la puerta -. En seguida vuelvo - añadió.
- Espera un momento. ¿A dónde vas?
- A casa de Pao. Me ha invitado - contestó Ylla, ya casi fuera de la habitación.
- ¿Hoy?
- Hace mucho que no la veo. No vive lejos.
- ¿En el valle Verde, no es así?
- Sí, es sólo un paseo - respondió Ylla alejándose de prisa.
- Lo siento, lo siento mucho. - El señor K corrió detrás de su mujer, como preocupado por un olvido. - No sé cómo he podido olvidarlo. Le dije al doctor Nlle que viniera esta tarde.
- ¿Al doctor Nlle? - dijo Ylla volviéndose.
- Sí - respondió su marido, y tomándola de un brazo la arrastró hacia adentro.
- Pero Pao...
- Pao puede esperar. Tenemos que obsequiar al doctor Nlle.
- Un momento nada más.
- No, Ylla.
- ¿No?
El señor K sacudió la cabeza.
- No. Además la casa de Pao está muy lejos. Hay que cruzar el valle Verde, y después el canal y descender una colina, ¿no es así? Además hará mucho, mucho calor, y el doctor Nlle estará encantado de verte. Bueno, ¿qué dices?
Ylla no contestó. Quería escaparse, correr. Quería gritar. Pero se sentó, volvió lentamente las manos, y se las miró inexpresivamente.
- Ylla - dijo el señor K en voz baja -. ¿Te quedarás aquí, no es cierto?
- Sí - dijo Ylla al cabo de un momento -. Me quedaré aquí.
- ¿Toda la tarde?
- Toda la tarde.
Pasaba el tiempo y el doctor Nlle no había aparecido aún. El marido de Ylla no parecía muy sorprendido. Cuando ya caía el sol, murmuró algo, fue hacia un armario y sacó de él un arma de aspecto siniestro, un tubo largo y amarillento que terminaba en un gatillo y unos fuelles. Luego se puso una máscara, una máscara de plata, inexpresiva, la máscara con que ocultaba sus sentimientos, la máscara flexible que se ceñía de un modo tan perfecto a las delgadas mejillas, la barbilla y la frente. Examinó el arma amenazadora que tenía en las manos. Los fuelles zumbaban constantemente con un zumbido de insecto. El arma disparaba hordas de chillonas abejas doradas. Doradas, horribles abejas que clavaban su aguijón envenenado, y caían sin vida, como semillas en la arena.
- ¿A dónde vas? - preguntó Ylla.
- ¿Qué dices? - El señor K escuchaba el terrible zumbido del fuelle - El doctor Nlle se ha retrasado y no tengo ganas de seguir esperándolo. Voy a cazar un rato. En seguida vuelvo. Tú no saldrás, ¿no es cierto?
La máscara de plata brillaba intensamente.
- No.
- Dile al doctor Nlle que volveré pronto, que sólo he ido a cazar.
La puerta triangular se cerró. Los pasos de Yll se apagaron en la colina. Ylla observó cómo se alejaba bajo la luz del sol y luego volvió a sus tareas. Limpió las habitaciones con el polvo magnético y arrancó los nuevos frutos de las paredes de cristal. Estaba trabajando, con energía y rapidez, cuando de pronto una especie de sopor se apoderó de ella y se encontró otra vez cantando la rara y memorable canción, con los ojos fijos en el cielo, más allá de las columnas de cristal.
Contuvo el aliento, inmóvil, esperando.
Se acercaba.
Ocurriría en cualquier momento.
Era como esos días en que se espera en silencio la llegada de una tormenta, y la presión de la atmósfera cambia imperceptiblemente, y el cielo se transforma en ráfagas, sombras y vapores. Los oídos zumban, empieza uno a temblar. El cielo se cubre de manchas y cambia de color, las nubes se oscurecen, las montañas parecen de hierro. Las flores enjauladas emiten débiles suspiros de advertencia. Uno siente un leve estremecimiento en los cabellos. En algún lugar de la casa el reloj parlante dice: «Atención, atención, atención, atención...», con una voz muy débil, como gotas que caen sobre terciopelo.
Y luego, la tormenta. Resplandores eléctricos, cascadas de agua oscura y truenos negros, cerrándose, para siempre.
Así era ahora. Amenazaba, pero el cielo estaba claro. Se esperaban rayos, pero no había una nube.
Ylla caminó por la casa silenciosa y sofocante. El rayo caería en cualquier instante; habría un trueno, un poco de humo, y luego silencio, pasos en el sendero, un golpe en los cristales, y ella correría a la puerta...
- Loca Ylla - dijo, burlándose de sí misma -. ¿Por qué te permites estos desvaríos?
Y entonces ocurrió.
Calor, como si un incendio atravesara el aire. Un zumbido penetrante, un resplandor metálico en el cielo.
Ylla dio un grito. Corrió entre las columnas y abriendo las puertas de par en par, miró hacia las montañas. Todo había pasado. Iba ya a correr colina abajo cuando se contuvo. Debía quedarse allí, sin moverse. No podía salir. Su marido se enojaría muchísimo si se iba mientras aguardaban al doctor.
Esperó en el umbral, anhelante, con la mano extendida. Trató inútilmente de alcanzar con la vista el valle Verde.
Qué tonta soy, pensó mientras se volvía hacia la puerta. No ha sido más que un pájaro, una hoja, el viento, o un pez en el canal. Siéntate. Descansa.
Se sentó.
Se oyó un disparo.
Claro, intenso, el ruido de la terrible arma de insectos.
Ylla se estremeció. Un disparo. Venía de muy lejos. El zumbido de las abejas distantes. Un disparo. Luego un segundo disparo, preciso y frío, y lejano.
Se estremeció nuevamente y sin haber por qué se incorporó gritando, gritando, como si no fuera a callarse nunca. Corrió apresuradamente por la casa y abrió otra vez la puerta.
Ylla esperó en el jardín, muy pálida, cinco minutos.
Los ecos morían a los lejos.
Se apagaron.
Luego, lentamente, cabizbaja, con los labios temblorosos, vagó por las habitaciones adornadas de columnas, acariciando los objetos, y se sentó a esperar en el ya oscuro cuarto del vino. Con un borde de su chal se puso a frotar un vaso de ámbar.
Y entonces, a lo lejos, se oyó un ruido de pasos en la grava. Se incorporó y aguardó, inmóvil, en el centro de la habitación silenciosa. El vaso se le cayó de los dedos y se hizo trizas contra el piso.
Los pasos titubearon ante la puerta.
¿Hablaría? ¿Gritaría; «¡Entre, entre!»?, se preguntó
Se adelantó. Alguien subía por la rampa. Una mano hizo girar el picaporte.
Sonrió a la puerta. La puerta se abrió. Ylla dejó de sonreír. Era su marido. La máscara de plata tenía un brillo opaco.
El señor K entró y miró a su mujer sólo un instante. Sacó luego del arma dos fuelles vacíos y los puso en un rincón. Mientras, en cuclillas, Ylla trataba inútilmente de recoger los trozos del vaso.
- ¿Qué estuviste haciendo? - preguntó.
- Nada - respondió él, de espaldas, quitándose la máscara.
- Pero... el arma. Oí dos disparos.
- Estaba cazando, eso es todo. De vez en cuando me gusta cazar. ¿Vino el doctor Nlle?
- No.
- Déjame pensar. - El señor K castañeteó fastidiado los dedos. - Claro, ahora recuerdo. No iba a venir hoy, sino mañana. Qué tonto soy.
Se sentaron a la mesa. Ylla miraba la comida, con las manos inmóviles.
- ¿Qué te pasa? - le preguntó su marido sin mirarla, mientras sumergía en la lava unos trozos de carne.
- No sé. No tengo apetito.
- ¿Por qué?
- No sé. No sé por qué.
El viento se levantó en las alturas. El sol se puso, y la habitación pareció de pronto más fría y pequeña.
- Quisiera recordar - dijo Ylla rompiendo el silencio y mirando a lo lejos, más allá de la figura de su marido, frío, erguido, de mirada amarilla.
- ¿Qué quisieras recordar? - preguntó el señor K bebiendo un poco de vino.
- Aquella canción - respondió Ylla -, aquella dulce y hermosa canción. Cerró los ojos y tarareó algo, pero no la canción. - La he olvidado y no se por qué. No quisiera olvidarla. Quisiera recordarla siempre.
Movió las manos, como si el ritmo pudiera ayudarle a recordar la canción. Luego se recostó en su silla.
- No puedo acordarme - dijo, y se echó a llorar.
- ¿Por qué lloras? - le preguntó su marido.
- No sé, no sé, no puedo contenerme. Estoy triste y no sé por qué. Lloro y no sé por qué.
Lloraba con el rostro entre las manos; los hombros sacudidos por los sollozos.
- Mañana te sentirás mejor - le dijo su marido.
Ylla no lo miró. Miró únicamente el desierto vacío y las brillantísimas estrellas que aparecían ahora en el cielo negro, y a lo lejos se oyó el ruido creciente del viento y de las aguas frías que se agitaban en los largos canales. Cerró los ojos, estremeciéndose.
- Sí - dijo -, mañana me sentiré mejor.


AGOSTO DE 1999

Noche de verano



La gente se agrupaba en las galerías de piedra o se movía entre las sombras, por las colinas azules. Las lejanas estrellas y las mellizas y luminosas lunas de Marte derramaban una pálida luz de atardecer. Más allá del anfiteatro de mármol, en la oscuridad y la lejanía, se levantaban las aldeas y las quintas. El agua plateada yacía inmóvil en los charcos, y los canales relucían de horizonte a horizonte. Era una noche de verano en el templado y apacible planeta Marte. Las embarcaciones, delicadas como flores de bronce, se entrecruzaban en los canales de vino verde, y en las largas, interminables viviendas que se curvaban como serpientes tranquilas entre las lomas, murmuraban perezosamente los amantes, tendidos en los frescos lechos de la noche. Algunos niños corrían aún por las avenidas, a la luz de las antorchas, y con las arañas de oro que llevaban en la mano lanzaban al aire finos hilos de seda. Aquí Y allá, en las mesas donde burbujeaba la lava de plata, se preparaba alguna cena tardía. En un centenar de pueblos del hemisferio oscuro del planeta, los marcianos, seres morenos, de ojos rasgados y amarillos, se congregaban indolentemente en los anfiteatros. Desde los escenarios una música serena se elevaba en el aire tranquilo, como el aroma de una flor.

En uno de los escenarios cantó una mujer.

El público se sobresaltó.

La mujer dejó de cantar. Se llevó una mano a la garganta. Inclinó la cabeza mirando a los músicos, y comenzaron otra vez.

Los músicos tocaron y la mujer cantó, y esta vez el público suspiró y...................................................................................................................

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