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Por arkaiko

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H. P. Lovecraft

 

EL SABUESO                     

 

 

 

            En mis atormentados oídos resuena incesantemente una pesadilla de zumbidos y aleteos, y un aullido débil y dis­tante, como el de un gigantesco sabueso. No es sueño -ni tampoco, me temo, locura-, ya que han tenido lugar demasia­dos sucesos como para permitirme tales dudas misericordiosas. St. John es un cadáver destrozado; tan sólo yo sé por qué, y por­que lo sé voy a saltarme los sesos por temor a sufrir igual des­tino. A través de tenebrosos e ilimitados pasadizos de espantosa fantasmagoría se escabulle la némesis negra e informe que me empuja al suicidio.

 

            ¡Quiera el cielo perdonar la locura y morbo que nos llevaron a este monstruoso final! Hastiados de los lugares comunes de un mundo prosaico donde pronto se pierde el regusto del romance y la aventura, St. John y yo habíamos seguido con entusiasmo cada movimiento estético e intelectual que nos prometiera un respiro en nuestro devastador aburrimiento. En tiempos nos habíamos empapado de los enigmas de los simbolistas y los éxtasis de los prerrafaelistas, pero cada nueva moda agotaba pronto su divertida novedad y su reclamo. Sólo la sombría filo­sofía de los decadentes lograba retenernos, y tan sólo nos resul­taba suficientemente fuerte incrementando progresivamente la hondura y lo demoníaco de nuestras exploraciones. Baudelaire y Huysman pronto quedaron vacíos de estremecimiento, hasta que por último sólo nos restaron los más directos estímulos de antinaturales aventuras y experiencias personales. Fue esta espantosa necesidad emocional lo que finalmente nos condujo por este detestable camino que aún en mi presente estado de temor menciono con vergüenza y reparo... ese odioso extremo de la atrocidad humana, la horrenda práctica de violar tumbas.

 

            No puedo revelar los detalles de nuestras estremecedoras expediciones, o dar cuenta ni siquiera parcialmente de los peores trofeos que adornaban el indescriptible museo diseñado por nosotros mismos en la gran casa de piedra que habitábamos, solos y sin criados. Nuestro museo era un sitio blasfemo e in­concebible, donde con el satánico gusto de un virtuoso neuró­tico habíamos recreado un universo de terror y decadencia desti­nado a excitar nuestra mortecina sensibilidad. Era un cuarto secreto, abajo, muy abajo, donde grandes demonios alados, esculpidos en basalto y ónice, vomitaban por sus amplias y son­rientes bocas salvajes luces verdes y anaranjadas; y ocultos respi­raderos agitaban en calidoscópicas danzas de la muerte las filas de rojos seres de ultratumba que entrelazaban las manos en las voluminosas colgaduras negras. A través de esos suspiros llega­ban a voluntad los aromas que nuestros sentidos más apetecie­sen. A veces el olor de los pálidos lirios fúnebres, en ocasiones el narcótico incienso de imaginarios sepulcros orientales conte­niendo a regios difuntos, y a veces —¡cómo me estremezco al recordarlo!— el espantoso, el agobiante hedor de las tumbas abiertas.

 

            Contra los muros de esta repelente estancia se encontraban sarcófagos de antiguas momias, alternando con hermosos cuer­pos, casi vivos, perfectamente disecados y conservados por el arte del taxidermista, y con lápidas hurtadas a todos los mas vie­jos camposantos del mundo. Nichos dispersos contenían crá­neos de todas las formas, así como cabezas conservadas en dis­tintos estadios de descomposición. Allí podían verse los restos podridos y expuestos de famosos aristócratas, así como los cabe­llos dorados, lozanos y radiantes de un chiquillo recién desente­rrado. Había estatuas y pinturas, sobre todo tocantes a inferna­les temas; algunos de ellos obras de St. John y de mí mismo. Un portafolios cerrado con llave, realizado con piel humana curtida, contenía ciertos dibujos desconocidos e indescriptibles atribui­dos al propio Goya, de quien se decía que nunca osó exponerlos a la opinión pública. Había nauseabundos instrumentos musica­les de cuerda, metal y madera, con los que St. John y yo a veces interpretábamos disonancias de exquisita morbidez y horror cacodemoníaco; mientras que en una multitud de casilleros de ébano descansaba la más increíble e inimaginable variedad de trofeos fúnebres jamás reunida por la locura y la perversidad humana. Pero de estos trofeos no debo hablar... gracias a Dios, tuve el valor de destruirlos completamente antes de pensar en destruirme a mí mismo.

 

            Las incursiones predadoras en las que recogíamos nuestros inmencionables tesoros eran siempre eventos artísticamente memorables. No éramos vulgares necrófilos, sino que obrába­mos tan sólo en ciertas condiciones de humor, escenario, ambiente, clima, estación y fase lunar. Tales pasatiempos eran para nosotros la más exquisita forma de expresión artística y prestábamos a cada detalle un fastidioso cuidado técnico. Una hora inadecuada, un efecto de luz desentonando o una inade­cuada manipulación de la tierra húmeda podía espantar casi totalmente de nosotros ese extasiado temblor que resultaba de la exumación de algún ominoso y burlón secreto de la tierra. Nuestra búsqueda de escenarios novedosos y excitantes condi­ciones era febril, jamás satisfecha... St. John guiaba siempre, y fue él quién al final abrió el camino hacia ese burlesco, ese mal­dito lugar que acarreó sobre nosotros la espantosa e inevitable condenación.

 

            ¿A través de qué maligna fatalidad fuimos atraídos a ese terrible camposanto holandés? Creo que fue el rumor y la leyenda acerca de alguien que llevaba enterrado allí cinco siglos, alguien que también fuera en vida un profanador de tumbas y que había robado un objeto de poder en un gran sepulcro. Aún puedo recordar los momentos finales de aquella escena... la pálida luz otoñal sobre las tumbas, derramando sombras horriblemente largas, los árboles deformes, inclinados de forma sombría contra la descuidada maleza y las losas desvencijadas; las legiones de murciélagos extraños y colosales volando al trasluz de la luna; la vieja iglesia cubierta de hierba, apuntando un inmenso dedo espectral hacia el cielo lívido; los insectos fosforescentes que bai­laban como fuegos fatuos bajo los tejos en un rincón apanado; el hedor a moho, vegetación y cosas menos identificables, entre­mezclándose débilmente con los aires nocturnos llegados de lejanos pantanos y mares; y, lo peor de todo, el débil aullido, con notas profundas, de algún gigantesco sabueso que no podía­mos ver ni ubicar. Nos estremecimos al oír este atisbo de ladrido, recordando los relatos de labriegos, ya que a quien bus­cábamos había sido descubierto hacía siglos en este mismo sitio, destrozado y mutilado por las garras y los dientes de alguna bes­tia inexplicable.

 

            Recuerdo cómo hurgamos con las palas en la tumba de aquel necrófilo; cómo nos estremecíamos de nuestra propia ima­gen, la tumba, la pálida luna menguante, las horribles sombras, los árboles deformes, los titánicos murciélagos, la vieja iglesia, los danzarines fuegos fatuos, los nauseabundos hedores, el leve soplo del viento nocturno y el extraño, oído a medias, aullido que no llegaba de ninguna dirección concreta y de cuya existen­cia real apenas podíamos estar seguros. Luego dimos con una sustancia más dura que el húmedo moho y vimos una caja ova­lada y podrida, incrustada de depósitos minerales durante su larga e inalterada presencia en la tierra. Resultaba increíble­mente dura y densa, pero era tan vieja que finalmente logramos forzarla y nos regalamos los ojos con el contenido.

 

            Quedaba mucho, demasiado, a pesar de los quinientos años transcurridos. El esqueleto, aunque quebrantado en ciertas par­tes por las mandíbulas del ser que le diera muerte, se conservaba asombrosamente sólido, y nos congratulamos de la limpia cala­vera blanca y de sus largos y firmes dientes, así como de las órbi­tas vacías que una vez resplandecieran con una fiebre sepulcral parecida a la que nos consumía. Dentro del ataúd había un amuleto de curioso y exótico diseño, que aparentemente había estado suspendido del cuello del yacente. Era una figura, extra­ñamente formal, de un sabueso agazapado y alado, o la de una esfinge de rostro semicanino, y estaba exquisitamente trabajada en un estilo oriental y antiguo, en una pieza de jade verde. La expresión de ese rostro resultaba sumamente repulsiva, traslu­ciendo a un tiempo muerte, bestialidad y malevolencia. En torno a la base se encontraba una inscripción en caracteres que ni St. John ni yo pudimos reconocer; y al fondo, como la marca del artífice, habían esculpido una calavera grotesca y formidable.

 

            Apenas pusimos los ojos en ese amuleto supimos que tenía­mos que poseerlo; que tal tesoro tenía que ser la lógica recom­pensa que tomásemos de esa tumba centenaria. Lo habríamos deseado aunque su diseño nos fuera ajeno por completo; pero, una vez examinado más detenidamente, descubrimos que nos era completamente extraño. De hecho, estaba lejos de todo arte o literatura que un lector cuerdo y equilibrado pueda conocer, pero lo reconocimos como ese ser que es insinuado en el prohibido Necronomicón del árabe loco Abdul Alhazred; ese horripi­lante símbolo espiritual del culto necrófago de la inaccesible Leng, en el Asia Central. Demasiado bien pudimos encontrar los siniestros perfiles descritos por el viejo demonólogo árabe; perfiles, escribía, tomados de alguna oscura manifestación sobre­natural de los espíritus de aquellos que mancillaron y se alimen­taron de los muertos.

 

            Cogiendo el objeto de jade verde, echamos un último vis­tazo a la calavera blanca y de órbitas vacías de su dueño y cubri­mos la tumba hasta dejarla tal como la encontramos. Al abando­nar ese lugar espantoso, con el amuleto robado en el bolsillo de St. John, creímos ver a los murciélagos abalanzarse en masa sobre la tierra recién profanada, como buscando algún alimento maldito y repugnante. Y, asimismo, mientras navegábamos al día siguiente entre Holanda y nuestro hogar, creímos oír el débil aullido lejano de algún sabueso gigantesco en la distancia. Pero el viento de otoño gemía triste y desasosegado y no pudimos estar seguros.

 

 

 

II

 

 

 

            Menos de una semana después de nuestro regreso a Inglate­rra comenzaron a acaecer sucesos extraños. Vivíamos como ermitaños, sin amigos, solos y sin criados, en unas pocas habita­ciones de una casa solariega, sita en un páramo baldío y poco transitado; así que raramente venía alguna visita a llamar a nues­tra puerta. Ahora, sin embargo, nos vimos perturbados por lo que parecía ser un deambular en la noche, no sólo en torno a las puertas, sino también de ventanas, tanto las altas como las bajas. En una ocasión nos pareció que un cuerpo largo y opaco oscure­cía la ventana de la biblioteca al pasar ante la luna, y otra vez escuchamos zumbidos o aleteos a lo lejos. La investigación no reveló nada y comenzamos a achacar esos sucesos a nuestra ima­ginación... la misma imaginación curiosamente perturbada que aún sostenía en nuestros oídos el débil y lejano aullido que ha­bíamos creído oír en el camposanto holandés. El amuleto de jade verde reposaba ahora en uno de los nichos de nuestro museo, y a veces encendíamos velas extrañamente aromatizadas ante él. Leíamos mucho en el Necronomicón de Alhazred acerca de sus propiedades, y sobre la relación de los espíritus de los demonios con los objetos que los simbolizaba, y nos sentimos turbados por lo leído. Entonces llegó el terror.

 

            La noche del 24 de septiembre de 19... oí un golpe en la puerta de mi alcoba. Creyendo que era St. John, le invité a entrar, pero tan sólo obtuve como respuesta una risa estridente. No había nadie en el pasillo. Cuando hube despertado a St. John, se manifestó totalmente ajeno al suceso, y se vio tan per­plejo como yo. Fue la noche en la que el aullido débil y lejano sobre el páramo se convirtió para nosotros en una certeza tangi­ble y espantosa. Cuatro días después, mientras estábamos en el museo oculto, se produjo un rasguñar bajo y cauteloso en la puerta sencilla que llevaba a la escalera secreta de la biblioteca. Nuestro susto fue doble, ya que unido al miedo a lo descono­cido estaba el que siempre habíamos tenido el temor a que se descubriese nuestra espantable colección. Apagando todas las luces, fuimos a la puerta y la abrimos de golpe; fue entonces cuando sentimos un inexplicable soplo de aire y escuchamos, como en retroceso, una mescolanza de susurros, risas entre dien­tes y charla articulada. No tratamos de determinar si nos había­mos vuelto loco, soñábamos o si estábamos en nuestros cabales. Tan sólo supimos, sumidos en la más negra aprensión, que aquella charla aparentemente incorpórea se realizaba sin duda alguna en holandés.

 

            A partir de entonces vivimos en un creciente horror y fasci­nación. Principalmente sustentábamos la teoría de que estábamos enloqueciendo junto por culpa de nuestra vida de placeres antinaturales; pero a veces nos complacíamos en plantearnos el drama de las víctimas de alguna maldición reptante y abomina­ble. Las manifestaciones extravagantes resultaban demasiado fre­cuentes ahora como para relatarlas. Nuestra solitaria casa parecía albergar la presencia de algún ser maligno cuya naturaleza no podíamos conjeturar, y cada noche el demoníaco aullido iba y venía a través del ventoso páramo, incrementándose sin cesar. El 29 de octubre encontramos en la tierra blanca, bajo la ventana de la biblioteca, una serie de pisadas imposibles por completo de describir. Eran tan desconcertantes como las hordas de grandes murciélagos que merodeaban alrededor de la vieja casa en un número sin precedentes, siempre aumentando.

 

            El horror culminó el 18 de noviembre, cuando St. John, que volvía a casa tras el ocaso desde la lejana estación de tren, fue atrapado por algún espantoso carnívoro y resultó despeda­zado. Sus gritos llegaron hasta la casa y, mientras yo corría hacia la terrible escena, tuve tiempo de escuchar batir de alas y atisbar una nebulosa silueta negra perfilada contra la luna naciente. Mi amigo agonizaba cuando pude hablar con él, y no fue capaz de darme respuestas coherentes. Todo cuanto pudo fue el susurrar:

 

            —El amuleto... esa cosa maldita...

 

            Entonces cedió, convertido en una masa inerte de carne desgarrada.

 

            Lo enterré a la medianoche siguiente en uno de nuestros des­cuidados jardines, murmurando sobre su cuerpo uno de los dia­bólicos rituales de los que tanto gustara en vida. Al pronunciar la última y demoníaca frase, oí a lo lejos en el páramo el débil aullido de algún sabueso gigantesco. Había salido la luna, pero no osé mirar. Y cuando vi sobre el páramo, tenuemente ilumi­nado, una gran sombra indistinta que saltaba de un montículo a otro, cerré los ojos y me lancé de bruces al suelo. Cuando me incorporé tembloroso, no sé cuánto después, fui tambaleándome hacia la casa y realicé estremecidas reverencias en honor de amuleto de jade.

 

            Temeroso ahora de vivir solo en la vieja casa del páramo, me fui al día siguiente a Londres, llevándome el amuleto tras quemar y enterrar el resto de nuestra impía colección. Pero tres noches más tarde oí de nuevo el aullido y, antes de una semana, sentía en la oscuridad ojos extraños clavados en mí. Una tarde, paseando por el muelle Victoria en busca de un poco de aire fresco, vi una negra silueta oscurecer el reflejo de una de las lámparas en el agua. Soplaba un aire más fuerte que el viento nocturno y comprendí que lo que había alcanzado a St. John me alcanzaría también a mí.

 

            Al día siguiente envolví cuidadosamente el amuleto de jade y me embarqué rumbo a Holanda. Cuánta misericordia podía lograr devolviendo aquello a su silencioso y yacente dueño era algo que no podía saber, pero pensaba que al menos debía dar cualquier paso lógicamente concebible. Qué era el sabueso y por qué me perseguía eran preguntas aún indistintas; pero yo había oído por primera vez su aullido en el viejo camposanto y cada suceso posterior, incluso el susurro agonizante de St. John, habían servido para conectar la maldición con el robo del amu­leto. Por tanto, me vi sumido en el más profundo abismo de desesperación cuando, en un hotel de Rotterdam, descubrí que los rateros me habían privado del único medio de salvación.

 

            El aullido resonó con fuerza esa noche, y a la mañana si­guiente leí de un indescriptible suceso acaecido en el peor barrio de la ciudad. La chusma estaba aterrorizada, ya que sobre una turbia casa de vecindad había caído una muerte roja que reba­saba los más enloquecidos crímenes del barrio. En una mísera madriguera de ladrones toda una familia había resultado despe­dazada por algún ser ignorado que no dejó huella alguna, y quienes se encontraban en las proximidades habían oído por la noche, entre la habitual algarabía de voces ebrias, una nota débil, profunda e insistente, como la de un sabueso gigantesco.

 

            Así que al fin me encontré de nuevo en aquel maligno cam­posanto sobre el que una pálida luna invernal lanzaba sombras espantosas, y los árboles deshojados se ladeaban de forma som­bría hacia la hierba rala y helada y las lápidas desmenuzadas, y la iglesia cubierta de hiedra apuntaba un ofensivo dedo hacia el cielo hostil, y el viento nocturno aullaba de forma maníaca pro­cedente de helados pantanos y mares gélidos. El aullido ahora era muy débil y se detuvo al acercarme a la vieja tumba que ya una vez profanara, y mi llegada espantó a una horda anormal­mente grande de murciélago que antes viera remolonear de forma curiosa por los alrededores.

 

            No sé si había ido sólo a rezar o a farfullar súplicas y discul­pas enloquecidas para el quieto ser blanco que yacía en su inte­rior; pero, cualesquiera que fueran mis motivos, ataqué el cés­ped medio helado con una desesperación que me salía en parte de dentro y en parte de una dominante voluntad externa a la mía. El cavar resultó mucho más fácil de lo esperado, aunque en cierto momento sufrí una extraña interrupción, cuando un bui­tre flaco se abatió desde el cielo helado para picotear frenético la tierra de la tumba hasta que lo maté con un golpe de pala. Por último llegué a la podrida caja ovalada e hice a un lado las húmedas incrustaciones que la cubrían. Ése resultó el último acto racional que llevé a cabo.

 

            Ya que, agazapado en ese ataúd centenario, arropado por un prieto séquito de pesadilla de inmensos, nervudos, dormidos murciélagos, se hallaba el ser óseo al que despojáramos mi amigo y yo; pero ya no limpio y tranquilo como lo viéramos, sino cubierto de sangre coagulada y jirones de carne y pelo aje­nos, acechándome despierto con órbitas fosforescentes y agudos colmillos ensangrentados que sonreían aviesamente, burlándose de mi inevitable condenación. Y cuando de aquellas sonrientes fauces brotó un aullido profundo y sardónico, como el de algún sabueso gigantesco, y vi que sostenía en su sucia zarpa ensangrentada el perdido y fatídico amuleto de jade verde, tan sólo grité y eché a correr de forma estúpida, con mis gritos desembo­cando sin tardanza en carcajadas de risa histérica.

 

La locura cabalga el viento entre las estrellas... garras y dien­tes afilándose sobre cientos de cadáveres... muerte goteando a horcajadas de una bacanal de murciélagos procedentes de ruinas negras como la noche, en sepultados templos de Belial... ahora, mientras el aullido de esta monstruosidad muerta y descarnada se hace más y más fuerte, y los sigilosos susurros y aleteos de esas malditas alas membranosas dan vueltas más y más cerca, lograré gracias a mi revólver el olvido, que es el único refugio contra lo innombrado y lo innombrable.

 

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Por arkaiko

LOS AMADOS MUERTOS -- H. P. LOVECRAFT Y C. M. EDDY

 

 

LOS AMADOS MUERTOS
H. P. LOVECRAFT & C. M. EDDY

_
Es media noche. Antes del alba darán conmigo y me encerrarán en una celda
negra, donde languideceré interminablemente, mientras insaciables deseos roen
mis entrañas y consumen mi corazón, hasta ser al fin uno con los muertos que
amo.
Mi asiento es la fétida fosa de una vetusta tumba; mi pupitre, el envés de una
lápida caída y desgastada por los siglos implacables; mi única luz es la de las
estrellas y la de una angosta media luna, aunque puedo ver tan claramente
como si fuera mediodía. A mi alrededor, como sepulcrales centinelas
guardando descuidadas tumbas, las inclinadas y decrépitas lápidas yacen
medio ocultas por masas de nauseabunda maleza en descomposición. Y sobre
todo, perfilándose contra el enfurecido cielo, un solemne monumento alza su
austero chapitel ahusado, semejando el espectral caudillo de una horda
fantasmal. El aire está enrarecido por el nocivo olor de los hongos y el hedor de
la húmeda tierra mohosa, pero para mí es el aroma del Elíseo. Todo es quietud -
terrorífica quietud -, con un silencio cuya intensidad promete lo solemne y lo
espantoso.
De haber podido elegir mi morada, lo hubiera hecho en alguna ciudad de carne
en descomposición y huesos que se deshacen, pues su proximidad brinda a mi
alma escalofríos de éxtasis, acelerando la estancada sangre en mis venas y
forzando a latir mi lánguido corazón con júbilo delirante... ¡Porque la presencia
de la muerte es vida para mí !
Mi temprana infancia fue de una larga, prosaica y monótona apatía.
Sumamente ascético, descolorido, pálido, enclenque y sujeto a prolongados
raptos de mórbido ensimismamiento, fui relegado por los muchachos
saludables y normales de mi propia edad. Me tildaban de aguafiestas y "vieja"
porque no me interesaban los rudos juegos infantiles que ellos practicaban, o
porque no poseía el suficiente vigor para participar en ellos, de haberlo
deseado.
Como todas las poblaciones rurales, Fenham tenía su cupo de chismosos de
lengua venenosa. Sus imaginaciones maledicentes achacaban mi temperamento
letárgico a alguna anormalidad aborrecible; me comparaban con mis padres
agitando la cabeza con ominosa duda en vista de la gran diferencia. Algunos de
los más supersticiosos me señalaban abiertamente como un niño cambiado por
otro, mientras que otros, que sabían algo sobre mis antepasados, llamaban la
atención sobre rumores difusos y misteriosos acerca de un tataratío que había
sido quemado en la hoguera por nigromante.
De haber vivido en una ciudad más grande, con mayores oportunidades para
encontrar amistades, quizás hubiera superado esta temprana tendencia al
aislamiento.
Cuando llegué a la adolescencia, me torné aún más sombrío, morboso y apático.
Mi vida carecía de alicientes. Me parecía ser preso de algo que ofuscaba mis
sentidos, trababa mi desarrollo, entorpecía mis actividades y me sumía en una
inexplicable insatisfacción. Tenía dieciséis años cuando acudí a mi primer
funeral. Un sepelio en Fenham era un suceso de primer orden social, ya que
nuestra ciudad era señalada por la longevidad de sus habitantes. Cuando,
además, el funeral era el de un personaje tan conocido como el de mi abuelo,
podía asegurarse que el pueblo entero acudiría en masa para rendir el debido
homenaje a su memoria. Pero yo no contemplaba la próxima ceremonia con
interés ni siquiera latente. Cualquier asunto que tendiera a arrancarme de mi
inercia habitual sólo representaba para mí una promesa de inquietudes físicas y
mentales. Cediendo ante las presiones de mis padres, y tratando de hurtarme a
sus cáusticas condenas sobre mi actitud poco filial, convine en acompañarles.
No hubo nada fuera de lo normal en el funeral de mi abuelo salvo la
voluminosa colección de ofrendas florales; pero esto, recuerdo, fue mi iniciación
en los solemnes ritos de tales ocasiones.
Algo en la estancia oscurecida, el ovalado ataúd con sus sombrías colgaduras,
los apiñados montones de fragantes ramilletes, las demostraciones de dolor por
parte de los ciudadanos congregados, me arrancó de mi normal apatía captando
mi atención. Saliendo de mi momentáneo ensueño merced a un codazo de mi
madre, la seguí por la estancia hasta el féretro donde yacía el cuerpo de mi
abuelo.
Por primera vez, estaba cara a cara con la Muerte. Observé el rostro sosegado y
surcado por infinidad de arrugas, y no vi nada que causara demasiado pesar. Al
contrario, me pareció que el abuelo estaba inmensamente contento,
plácidamente satisfecho. Me sentí sacudido por algún extraño y discordante
sentido de regocijo. Tan suave, tan furtivamente me envolvió que apenas puedo
determinar su llegada. Mientras rememoro lentamente ese instante portentoso,
me parece que debe haberse originado con mi primer vistazo a la escena del
funeral, estrechando silenciosamente su cerco con sutil insidia. Una funesta y
maligna influencia que parecía provenir del cadáver mismo me aferraba con
magnética fascinación. Mi mismo ser parecía cargado de electricidad estática y
sentí mi cuerpo tensarse involuntariamente. Mis ojos intentaban traspasar los
párpados cerrados del difunto y leer el secreto mensaje que ocultaban. Mi
corazón dio un repentino salto de júbilo impío batiendo contra mis costillas con
fuerza demoníaca, como tratando de librarse de las acotadas paredes de mi caja
torácica.
Una salvaje y desenfrenada sensualidad complaciente me envolvió. Una vez
más, el vigoroso codazo maternal me devolvió a la actividad. Había llegado con
pies de plomo hasta el ataúd tapizado de negro, me alejé de él con vitalidad
recién descubierta.
Acompañé al cortejo hasta el cementerio con mi ser físico inundado de místicas
influencias vivificantes. Era como si hubiera bebido grandes sorbos de algún
exótico elixir... alguna abominable poción preparada con las blasfemas fórmulas
de los archivos de Belial. La población estaba tan volcada en la ceremonia que el
radical cambio de mi conducta pasó desapercibido para todos, excepto para mi
padre y mi madre; pero en la quincena siguiente, los chismosos locales
encontraron nuevo material para sus corrosivas lenguas en mi alterado
comportamiento. Al final de la quincena, no obstante, la potencia del estímulo
comenzó a perder efectividad. En uno o dos días había vuelto por completo a
mi languidez anterior, aunque no era total y devoradora insipidez del pasado.
Antes, había una total ausencia del deseo de superar la inactividad; ahora,
vagos e indefinidos desasosiegos me turbaban. De puertas afuera, había vuelto
a ser el de siempre, y los maledicentes buscaron algún otro sujeto más propicio.
Ellos, de haber siquiera soñado la verdadera causa de mi reanimación, me
hubieran rehuido como a un ser leproso y obsceno.
Yo, de haber adivinado el execrable poder oculto tras mi corto periodo de
alegría, me habría aislado para siempre del resto del mundo, pasando mis
restantes años en penitente soledad.
Las tragedias vienen a menudo de tres en tres, de ahí que, a pesar de la
proverbial longevidad de mis conciudadanos, los siguientes cinco años me
trajeron la muerte de mis padres. Mi madre fue la primera, en un accidente de
la naturaleza mas inesperada, y tan genuino fue mi pesar que me sentí
sinceramente sorprendido de verlo burlado y contrarrestado por ese casi
perdido sentimiento de supremo y diabólico éxtasis. De nuevo mi corazón
brincó salvajemente, otra vez latió con velocidad galopante enviando la sangre
caliente a recorrer mis venas con meteórico fervor. Sacudí de mis hombros el
fatigoso manto de inacción, sólo para reemplazarlo por la carga, infinitamente
más horrible, del deseo repugnante y profano. Busqué la cámara mortuoria
donde yacía el cuerpo de mi madre, con el alma sedienta de ese diabólico néctar
que parecía saturar el aire de la estancia oscurecida.
Cada inspiración me vivificaba, lanzándome a increíbles cotas de seráfica
satisfacción. Ahora sabía que era como el delirio provocado por las drogas y
que pronto pasaría, dejándome igualmente ávido de su poder maligno; pero no
podía controlar mis anhelos más de lo que podía deshacer los nudos gordianos
que ya enmarañaban la madeja de mi destino.
Demasiado bien sabía que, a través de alguna extraña maldición satánica, la
muerte era la fuerza motora de mi vida, que había una singularidad en mi
constitución que sólo respondía a la espantosa presencia de algún cuerpo sin
vida. Pocos días más tarde, frenético por la bestial intoxicación de la que la
totalidad de mi existencia dependía, me entrevisté con el único enterrador de
Fenham y le pedí que me admitiera como aprendiz.
El golpe causado por la muerte de mi madre había afectado visiblemente a mi
padre. Creo que de haber sacado a relucir una idea tan trasnochada como la de
mi empleo en otra ocasión, la hubiera rechazado enérgicamente. En cambio,
agitó la cabeza aprobadoramente, tras un momento de sobria reflexión. ¡ Qué
lejos estaba de imaginar que sería el objeto de mi primera lección práctica!.
También el murió bruscamente, por culpa de alguna afección cardiaca
insospechada hasta el momento. Mi octogenario patrón trató por todos los
medios de disuadirme de realizar la inconcebible tarea de embalsamar su
cuerpo, sin detectar el fulgor entusiasta de mis ojos cuando finalmente logré
que aceptara mi condenable punto de vista. No creo ser capaz de expresar los
reprensibles, los desquiciados pensamientos que barrieron en tumultuosas olas
de pasión mi desbocado corazón mientras trabajaba sobre aquel cuerpo sin
vida.
Amor sin par era la nota clave de esos conceptos, un amor más grande - con
mucho - que el que más hubiera sentido hacia él cuando estaba vivo.
Mi padre no era un hombre rico, pero había poseído bastantes bienes
mundanos como para ser lo suficientemente independiente. Como su único
heredero, me encontré en una especie de paradójica situación. Mi temprana
juventud había sido un fracaso total en cuento a prepararme para el contacto
con el mundo moderno; pero la sencilla vida de Fenham, con su cómodo
aislamiento, había perdido sabor para mí. Por otra parte, la longevidad de sus
habitantes anulaba el único motivo que me había hecho buscar empleo.
La venta de los bienes me proveyó de un medio fácil de asegurarme la salida y
me trasladé a Bayboro, una ciudad a unos 50 kilómetros. Aquí, mi año de
aprendizaje me resultó sumamente útil. No tuve problemas para lograr una
buena colocación como asistente de la Gresham Corporation, una empresa que
mantenía las mayores pompas fúnebres de la ciudad. Incluso logré que me
permitieran dormir en los establecimientos... porque ya la proximidad de la
muerte estaba convirtiéndose en una obsesión.
Me aplique a mi tarea con celo inusitado. Nada era demasiado horripilante para
mi impía sensibilidad, y pronto me convertí en un maestro en mi oficio electo.
Cada cadáver nuevo traído al establecimiento significaba una promesa
cumplida de impío regocijo, de irreverentes gratificaciones, una vuelta al
arrebatador tumulto de las arterias que transformaba mi hosco trabajo en
devota dedicación... aunque cada satisfacción carnal tiene su precio. Llegué a
odiar los días que no traían muertos en los que refocilarme, y rogaba a todos los
dioses obscenos de los abismos inferiores para que dieran rápida y segura
muerte a los residentes de la ciudad.
Llegaron entonces las noches en que una sigilosa figura se deslizaba
subrepticiamente por las tenebrosas calles de los suburbios; noches negras
como boca de lobo, cuando la luna de la medianoche se oculta tras pesadas
nubes bajas. Era una furtiva figura que se camuflaba con los árboles y lanzaba
esquivas miradas sobre su espalda; una silueta empeñada en alguna misión
maligna. Tras una de esas noches de merodeo, los periódicos matutinos
pudieron vocear a su clientela ávida de sensación los detalles de un crimen de
pesadilla; columna tras columna de ansioso morbo sobre abominables
atrocidades; párrafo tras párrafo de soluciones imposibles, y sospechas
contrapuestas y extravagantes.
Con todo, yo sentía una suprema sensación de seguridad, pues ¿quién, por un
momento, recelaría que un empleado de pompas fúnebres - donde la Muerte
presumiblemente ocupa los asuntos cotidianos - abandonaría sus
indescriptibles deberes para arrancar a sangre fría la vida de sus semejantes?
Planeaba cada crimen con astucia demoníaca, variando el método de mis
asesinatos para que nadie los supusiera obra de un solo par de manos
ensangrentadas. El resultado de cada incursión nocturna era una extática hora
de placer, pura y perniciosa; un placer siempre aumentado por la posibilidad de
que su deliciosa fuente fuera más tarde asignada a mis deleitados cuidados en
el curso de mi actividad habitual. De cuando en cuando, ese doble t postrer
placer tenía lugar...¡Oh, recuerdo escaso y delicioso!
Durante las largas noches en que buscaba el refugio de mi santuario, era
incitado por aquel silencio de mausoleo a idear nuevas e indecibles formas de
prodigar mis afectos a los muertos que amaba...¡los muertos que me daban
vida!
Una mañana, Mr. Gresham acudió mucho más temprano de lo habitual... llegó
para encontrarme tendido sobre una fría losa, hundido en un sueño
monstruoso, ¡con los brazos alrededor del cuerpo rígido, tieso y desnudo de un
fétido cadáver! Con los ojos llenos de entremezcla de repugnancia y compasión,
me arrancó de mis salaces sueños.
Educada pero firmemente, me indicó que debía irme, que mis nervios estaban
alterados, que necesitaba un largo descanso de las repelentes tareas que mi
oficio exige, que mi impresionable juventud estaba demasiado profundamente
afectada por la funesta atmósfera del lugar. ¡Cuán poco sabía de los demoníacos
deseos que espoleaban mi detestable anormalidad! Fui suficientemente juicioso
como para ver que el responder sólo le reafirmaría en su creencia de mi
potencial locura...resultaba mucho mejor marcharse que invitarle a descubrir los
motivos ocultos tras mis actos.
Tras eso, no me atreví a permanecer mucho tiempo en un lugar por miedo a que
algún acto abierto descubriera mi secreto a un mundo hostil. Vagué de ciudad
en ciudad, de pueblo en pueblo. Trabajé en depósitos de cadáveres, rondé
cementerios, hasta un crematorio... cualquier sitio que me brindara la
oportunidad de estar cerca de la muerte que tanto anhelaba.
Entonces llegó la Guerra Mundial. Fui uno de los primeros en alistarme y uno
de los últimos en volver, cuatro años de infernal osario ensangrentado...
nauseabundo légamo de trincheras anegadas de lluvia...mortales explosiones de
histéricas granadas...el monótono silbido de balas sardónicas...humeantes
frenesíes de las fuentes del Flegeton (1)... letales humaredas de gases
venenosos... grotescos restos de cuerpos aplastados y destrozados... cuatro años
de trascendente satisfacción.
En cada vagabundo hay una latente necesidad de volver a los lugares de su
infancia. Unos pocos meses más tarde, me encontré recorriendo los familiares y
apartados caminos de Fenhman. Deshabitadas y ruinosas granjas se alineaban
junto a las cunetas, mientras que los años habían deparado un retroceso igual
en la propia ciudad. Apenas había un puñado de casas ocupadas, aunque entre
ellas estaba la que una vez yo considerara mi hogar. El sendero descuidado e
invadido por malas hierbas, las persianas rotas, los incultos terrenos de detrás,
todo era una muda confirmación de las historias que había obtenido con ciertas
indagaciones: que ahora cobijaba a un borracho disoluto que arrastraba una
mísera existencia con las faenas que le encomendaban algunos vecinos, por
simpatía hacia la maltratada esposa y el mal nutrido hijo que compartían su
suerte. Con todo esto, el encanto que envolvía los ambientes de mi juventud
había desaparecido totalmente; así, acuciado por algún temerario impulso
errante, volví mis pasos a Bayboro.
Aquí, también los años habían traído cambios, aunque en sentido inverso. La
pequeña ciudad de mis recuerdos casi había duplicado su tamaño a pesar de su
despoblamiento en tiempo de guerra. Instintivamente busqué mi primitivo
lugar de trabajo, descubriendo que aún existía, pero con nombre desconocido y
un "Sucesor de" sobre la puerta, puesto que la epidemia de gripe había hecho
presa de Mr. Gresham, mientras que los muchachos estaban en ultramar.
Alguna fatídica disposición me hizo pedir trabajo. Comenté mi aprendizaje bajo
Mr. Gresham con cierto recelo, pero se había llevado a al tumba el secreto de mi
poco ética conducta. Una oportuna vacante me aseguró la inmediata
recolocación.
Entonces volvieron erráticos recuerdos sobre noches escarlatas de impíos
peregrinajes y un incontrolable deseo de reanudar aquellos ilícitos placeres.
Hice a un lado la precaución, lanzándome a otra serie de condenables
desmanes. Una vez más, la prensa amarilla dio la bienvenida a los diabólicos
detalles de mis crímenes, comparándolos con las rojas semanas de horror que
habían pasmado ala ciudad años atrás. Una vez más la policía lanzó sus redes,
sacando entre sus enmarañados pliegues...¡nada!
Mi sed del nocivo néctar de la muerte creció hasta ser un fuego devastador, y
comencé a acortar los períodos entre mis odiosas explosiones. Comprendí que
pisaba suelo resbaladizo, pero el demoníaco deseo me aferraba con torturantes
tentáculos y me obligaba a proseguir.
Durante todo este tiempo, mi mente estaba volviéndose progresivamente
insensible a cualquier otra influencia que no fuera la satisfacción de mis
enloquecidos anhelos. Dejé deslizar, en alguna de esas maléficas escapadas,
pequeños detalles de vital importancia para identificarme. De cierta forma, en
algún lugar, dejé una pequeña pista, un rastro fugitivo, detrás... no lo bastante
como para ordenar mi arresto, pero sí lo suficiente como para volver la marea
de sospechas en mi dirección. Sentía el espionaje, pero aun así era incapaz de
contener la imperiosa demanda de más muerte para acelerar mi enervado
espíritu.
Enseguida llegó la noche en que el estridente silbato de la policía me arrancó de
mi demoníaco solaz sobre el cuerpo de mi postrer víctima, con una
ensangrentada navaja todavía firmemente asida. Con un ágil movimiento, cerré
la hoja y la guardé en el bolsillo de mi chaqueta. Las porras de la policía
abrieron grandes brechas en la puerta. Rompí la ventana con una silla,
agradeciendo al destino haber elegido uno de los distritos más pobres como
morada. Me descolgué hasta un callejón mientras las figuras vestidas de azul
irrumpían por la destrozada puerta. Huí saltando inseguras vallas, a través de
mugrientos patios traseros, cruzando míseras casas destartaladas, por estrechas
calles mal iluminadas. Inmediatamente, pensé en los boscosos pantanos que se
alzaban más allá de la ciudad, extendiéndose unos 60 kilómetros hasta alcanzar
loa arrabales de Fenham. Si pudiera llegar a esta meta, estaría temporalmente a
salvo. Antes del alba me había lanzado de cabeza por el ansiado despoblado,
tropezando con los podridos troncos de árboles moribundos cuyas ramas
desnudas se extendían como brazos grotescos tratando de estorbarme con su
burlón abrazo.
Los diablos de las funestas deidades a quienes había ofrecido mis idólatras
plegarias debían haber guiado mis pasos hacia aquella amenazadora ciénaga.
Una semana más tarde, macilento, empapado y demacrado, rondaba por los
bosques a kilómetro y medio de Fenham. Había eludido por fin a mis
perseguidores, pero no osaba mostrarme, a sabiendas de que la alarma debía
haber sido radiada. Tenía remota la esperanza de haberlos hecho perder el
rastro. Tras la primera y frenética noche, no había oído sonido de voces extrañas
ni los crujidos de pesados cuerpos entre la maleza. Quizás habían decidido que
mi cuerpo yacía oculto en alguna charca o se había desvanecido para siempre
entre los tenaces cenagales.
El hambre ría mis tripas con agudas punzadas, y la sed había dejado mi
garganta agotada y reseca. Pero, con mucho, lo peor era el insoportable hambre
de mi famélico espíritu, hambre del estímulo que sólo encontraba en la
proximidad de los muertos. Las ventanas de mi nariz temblaban con dulces
recuerdos. No podía engañarme demasiado con el pensamiento de que tal
deseo era un simple capricho de la imaginación. Sabía que era parte integral de
la vida misma, que sin ella me apagaría como una lámpara vacía. Reuní todas
mis restantes energías para aplicarme en la tarea de satisfacer mi inicuo apetito.
A pesar del peligro que implicaban mis movimientos, me adelanté a explorar
contorneando las protectoras sombras como un fantasma obsceno. Una vez más
sentí la extraña sensación de ser guiado por algún invisible acólito de Satanás.
Y aun mi alma endurecida por el pecado se agitó durante un instante al
encontrarme ante mi domicilio natal, el lugar de mi retiro de juventud.
Luego, esos inquietantes recuerdos pasaron. En su lugar llegó el ávido y
abrumador deseo. Tras las podridas cercas de esa vieja casa aguardaba mi
presa. Un momento más tarde había alzado una de las destrozadas ventanas y
me había deslizado por el alféizar. Escuché durante un instante, con los sentidos
alerta y los músculos listos para la acción. El silencio me recibió. Con pasos
felinos recorrí las familiares estancias, hasta que unos ronquidos estentóreos
indicaron el lugar donde encontraría remedio a mis sufrimientos. Me permití
un vistazo de éxtasis anticipado mientras franqueaba la puerta de la alcoba.
Como una pantera, me acerqué a la tendida forma sumida en el estupor de la
embriaguez. La mujer y el niño - ¿dónde estarían? -, bueno, podían esperar. Mis
engarfiados dedos se deslizaron hacia su garganta...
Horas más tarde volvía a ser el fugitivo, pero una renovada fortaleza robada era
mía. Tres silenciosos cuerpos dormían para no despertar. No fue hasta que la
brillante luz del día invadió mi escondrijo que visualicé las inevitables
consecuencias de la temeraria obtención alivio. En ese tiempo los cuerpos
debían haber sido descubiertos. Aun el más obtuso de los policías rurales
seguramente relacionaría la tragedia con mi huida de la ciudad vecina. Además,
por primera vez había sido lo bastante descuidado como para dejar alguna
prueba tangible de identidad...
las huellas dactilares en las gargantas de mis recientes víctimas. Durante todo el
día temblé preso de aprensión nerviosa. El simple chasquido de una ramita seca
bajo mis pies conjuraba inquietantes imágenes mentales. Esa noche, al amparo
de la oscuridad protectora, bordeé Fenham y me interné en los bosques de más
allá. Antes del alba tuve el primer indicio definido de la renovada persecución...
el distante ladrido de los sabuesos.
Me apresuré a través de la larga noche, pero durante la mañana pude sentir
cómo mi artificial fortaleza menguaba. El mediodía trajo, una vez más, la
persistente llamada de la perturbadora maldición y supe que me derrumbaría
de no volver a experimentar la exótica intoxicación que sólo llegaba en la
proximidad de mis adorados muertos. Había viajado en un amplio semicírculo.
Si me esforzaba en línea recta, la medianoche me encontraría en el cementerio
donde había enterrado a mis padres años atrás. Mi única esperanza, lo sabía,
residía en alcanzar esta meta antes de ser capturado. Con un silencioso ruego a
los demonios que dominaban mi destino, me volví encaminando mis pasos en
la dirección de mi último baluarte.
¡Dios! ¿Pueden haber pasado escasas doce horas desde que partí hacia mi
espectral santuario? He vivido una eternidad en cada pesada hora. Pero he
alcanzado una espléndida recompensa ¡El nocivo aroma de este descuidado
paraje es como incienso para mi doliente alma!
Los primeros reflejos del alba clarean en el horizonte. ¡Vienen! ¡Mis agudos
oídos captan el todavía lejano aullido de los perros! Es cuestión de minutos que
me encuentren y me aparten para siempre del resto del mundo, ¡para perder
mis días en anhelos desesperados, hasta que al final sea uno con los muertos
que amo!
¡No me cogerán! ¡Hay una puerta de escape abierta! Una elección de cobarde,
quizás, pero mejor - mucho mejor - que los interminables meses de
indescriptible miseria. Dejaré esta relación tras de mí para que algún alma
pueda quizás entender por qué hice lo que hice.
¡La navaja de afeitar! Aguardaba olvidada en mi bolsillo desde mi huida de
Bayboro. Su hoja ensangrentada reluce extrañamente en la menguante luz de la
angosta luna. Un rápido tajo en mi muñeca izquierda y la liberación está
asegurada... cálida, la sangre fresca traza grotescos dibujos sobre las carcomidas
y decrépitas lápidas... hordas fantasmales se apiñan sobre las tumbas en
descomposición... dedos espectrales me llaman por señas... etéreos fragmentos
de melodías no escritas en celestial crescendo... distantes estrellas danzan
embriagadoramente en demoníaco acompañamiento... un millar de diminutos
martillos baten espantosas disonancias sobre yunques en el interior de mi
caótico cerebro... fantasmas grises de asesinados espíritus desfilan ante mí en
silenciosa burla... abrasadoras lenguas de invisible llama estampan la marca del
Infierno en mi alma enferma... no puedo... escribir... más...


(1) un río de fuego, uno de los cinco que existen en el Hades

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Por arkaiko

LA LAMPARA DE ALHAZRED

H. P. LOVECRAFT Y AUGUST DERLETH

Siete años habían transcurrido desde la desaparición de su abuelo Whipple

cuando Ward Phillips recibió la lámpara. Esta, así como la casa de la calle

Angell, donde vivía Ward, habían pertenecido a su abuelo. Phillips había

estado habitando en la casa desde la desaparición de su abuelo, pero la lámpara

había quedado en manos del abogado hasta pasados los siete años que deberían

transcurrir hasta darle definitivamente por muerto. Había sido deseo de su

abuelo que la lámpara estuviese bien guardada durante esos años, en manos del

ahogado, por si acaeciese algo imprevisto, la muerte o cualquier otro accidente.

El caso era que Phillips dispusiese del tiempo necesario para familiarizarse con

la imponente biblioteca de Whipple, en la que le esperaba una gran cantidad de

sabiduría. El viejo Whipple había decidido que, cuando Phillips hubiese

acabado de leer los enormes volúmenes que llenaban las estanterías, habría

alcanzado un grado de madurez suficiente para poder heredar el «tesoro más

valioso» de su abuelo, según declaración del propio Whipple.

Phillips tenía entonces treinta años y una salud delicada, lo cual era normal,

pues desde niño, siempre había sido un poco enfermizo. Había nacido en el

seno de una familia medianamente rica, pero los ahorros de su abuelo volaron

en unas inversiones desacertadas, de modo que a Phillips lo único que le

quedaba era la casa de la calle Angell y lo que ésta encerraba. Phillips trabajaba

como redactor en unas revistas de escándalo, y luego, para redondear las pocas

ganancias que le producía el oficio, se dedicaba a revisar y corregir los

innumerables y poco prometedores manuscritos de prosa o de poesía que otros

escritores, más inexpertos que él, le enviaban con la esperanza de llegar a ver su

obra publicada, una vez que la pluma de Phillips hubiese obrado un milagro.

La vida sedentaria que llevaba no había mejorado su resistencia a la

enfermedad; era alto, delgado, llevaba gafas, tenía frecuentes catarros y, una

vez, para gran vergüenza suya, enfermó del sarampión.

Cuando los días eran cálidos, le gustaba mucho pasear por los campos donde

había jugado de pequeño. En esas ocasiones, solía llevar sus papeles debajo del

brazo y trabajar al aire libre, sentado en la encantadora y frondosa ribera del río

que, durante su infancia, había sido su escondite predilecto. Esta orilla del río

Seekonk no había cambiado en todos esos años, y Phillips, que vivía mucho del

pasado, creía que una forma de desafiar el tiempo era permanecer cerca de los

lugares que no cambiaban. En una carta a un corresponsal, había descrito esta

forma de sentir suya: «Entre esos caminos del bosque que tan bien conozco, el

salto entre el presente y los años 1899 ó 1900 desaparece totalmente, de modo

que muchas veces me sorprende, al encontrarme nuevamente en la ciudad,

constatar que ésta ha perdido su apariencia de fin de siècle». Además de la ribera

del Seekonk, otro de los lugares que elegía para sus paseos era la colina de

Nentaconhaunt. Le gustaba poder contemplar, desde allí, su ciudad natal a la

puesta del sol, y esperar el plácido panorama de la población al recogerse en su

vida nocturna, con los campanarios y los tejados de estilo holandés que,

progresivamente, iban oscureciéndose sobre el fondo anaranjado y carmín del

atardecer. Le emocionaba el brillo esmeralda o perlado en que se fundía el

horizonte, y finalmente las luces centelleantes que transformaban la vasta y

desigual ciudad en una tierra mágica que ejercía para Phillips una mayor

atracción que durante el día.

Hacía mucho tiempo que Phillips había renunciado a alumbrarse con luz

eléctrica, pues ésta resultaba excesivamente cara para sus modestos ingresos.

Pero como sus largas excursiones diurnas le obligaban a trabajar hasta muy

avanzada la noche, la famosa lámpara de su abuelo Whipple, por muy extraña

y vieja que fuera, le iba a ser de una gran utilidad. La carta que acompañaba el

último regalo del viejo, cuya relación con su nieto había sido muy profunda

desde la muerte de los padres del niño, le explicaba que la lámpara provenía de

una tumba de Arabia, en los comienzos de la historia. Decía que había

pertenecido a un árabe medio loco, llamado Abdul Alhazred. Era obra de la

fabulosa tribu de Ad, una de las cuatro misteriosas y poco conocidas de Arabia

-Ad estaba en el sur, Thamood en el norte, y el centro de la península estaba

ocupado por Tasm y Jadis-. Había sido hallada hace mucho tiempo en una

ciudad oculta llamada Irem. Edificada por Shedad, el último de los déspotas de

Ad, era la Ciudad de las Columnas, conocida por algunos como la Ciudad Sin

Nombre. Decían que se encontraba cerca de Hadramant; según otros, debía

estar enterrada bajo las antiquísimas y siempre movedizas arenas de Arabia. De

todas maneras, salvo los favoritos del profeta que habían logrado encontrarla,

nunca nadie había conseguido verla. Para terminar su larga carta, el viejo

Whipple había escrito: «Puede proporcionar tanto placer encendida como

apagada. Igualmente puede traer dolor. Es la fuente del éxtasis o del terror.»

El aspecto de la lámpara de Alhazred era poco corriente. Funcionaba con aceite,

y parecía ser de oro. Por su forma, se asemejaba a una marmita oblonga, con un

asa curvada a un lado y una espita para la llama al otro. Su decoración consistía

en unos extraños dibujos, mezclados con letras y colocados de tal manera que

parecían formar unas palabras. Pero aquel lenguaje era desconocido para

Phillips, que conocía varios dialectos árabes y, sin embargo, no lograba

descifrar la inscripción de la lámpara. No era sánscrito. Indudablemente se

trataba de un idioma más antiguo; su escritura se componía de letras y

jeroglíficos, algunos de los cuales eran pictografías. Phillips dedicó una tarde

entera a limpiarla por dentro, por fuera y , después de haberle sacado brillo, la

llenó de aceite.

Esa misma noche, Phillips retiró las velas y la lámpara de petróleo, que le

habían alumbrado durante tantas y tantas noches de trabajo, y encendió la

lámpara de Alhazred. Le sorprendió un poco lo cálido de su brillo, la

estabilidad de su llama, y la calidad de su luz. Pero la cantidad de trabajo que le

esperaba era tal que no podía seguir entreteniéndose con la lámpara. Sin perder

más tiempo, se puso a revisar una obra en verso, que empezaba de la siguiente

manera:

En la brillante y temprana alborada

De un año, mucho antes de nacer yo,

Cuando la tierra era aún el caos,

Mucho antes de cubrirse de luchas...

y continuaba así, en ese mismo estilo arcaico caído completamente en desuso.

Sin embargo, era un estilo que a Phillips le gustaba. Vivía tanto en el pasado

que sus puntos de vista y su filosofía acerca de la influencia del pasado

desbordaban toda fantasía. Su noción del tiempo y del espacio estaba, desde sus

primeros recuerdos, tan inextricablemente ligada a sus más profundos

pensamientos y sentimientos, que cualquier intento de describir con palabras

sus estados de ánimo parecería artificial, exótico o convencional. Durante

décadas enteras, los sueños de Phillips estuvieron compuestos por una extraña

mezcla de inquietud aventurera unida a paisajes, perspectivas arquitectónicas y

efectos de la bóveda celeste. En su mente conservaba cierta imagen de sí mismo

a los tres años: se encontraba sobre un puente ferroviario. A través de los

huecos de la barandilla, su vista penetraba en la parte más densa de la ciudad.

Y entonces sintió la inminencia de algún prodigio, que no podía describir ni

llegar a comprender en su totalidad; era la intuición de algo maravilloso, de una

liberación escondida en oscuras dimensiones. Presentía que, aunque raras veces

y con muchas dificultades, aquellas dimensiones podían alcanzarse mediante

ciertas perspectivas visuales, tales como la de una vieja calle vista a través de

leguas de campo montañoso; o la de las balaustradas de unas terrazas

enfocadas desde abajo, desde el mismo pie de la interminable escalera de

mármol que conduce a ellas. Es cierto que Phillips soñaba con vivir en el siglo

dieciocho, o incluso antes, cuando todavía había tiempo para el arte de la

conversación y cuando el hombre podía vestirse con cierta elegancia sin ser

observado con extrañeza por sus vecinos. Pero por muy intenso que fuera su

deseo de volver a un tiempo en que el mundo era más joven y menos apurado,

la falta de imaginación y las pocas ideas que reflejaban las líneas sobre las

cuales estaba trabajando, sumadas a su propio cansancio, le hicieron sentirse

incapaz de seguir con su tarea. Reconoció que no podía interesarse por estas

líneas tan poco inspiradas; apartó el manuscrito y se inclinó hacia atrás para

descansar.

Fue entonces cuando observó el súbito cambio que se había operado a su

alrededor.

Las familiares paredes tapizadas de libros, salvo en los huecos de las ventanas -

Phillips tenía la manía de taparlas con cortinas para que ninguna luz exterior,

ya fuera la del sol, la de la luna, o la de las estrellas, invadiese su santuarioestaban

extrañamente cambiadas. No era sólo la claridad difundida sobre ellas

por la lámpara de Arabia lo que las había modificado, sino que la misma luz

proyectaba contra las paredes objetos desconocidos para Phillips. Dondequiera

que iluminara la lámpara, contra las paredes, sobre los tomos de los libros

alineados en sus estantes, Phillips contemplaba unas escenas que ni los fondos

más misteriosos de su imaginación hubiesen podido crear. En cambio, en todas

las zonas oscuras, tales como la gran mancha de sombra que el respaldo de la

silla de Phillips proyectaba sobre una parte de los estantes, no veía nada, nada

más que la oscuridad de las sombras y en ellas la monotonía de los libros

alineados.

Phillips permaneció sentado y, maravillado, contempló las escenas que se

desarrollaban ante él. Luego quiso reaccionar y pensó que era víctima de una

ilusión óptica. Pero tal explicación a ese fenómeno no le satisfacía, y la rechazó.

Por otra parte, tenía el curioso convencimiento de que no deseaba hallar

explicación alguna, de que no la necesitaba: algo maravilloso había ocurrido,

sabía que tenía que ser pasajero y no quería conocer o sentir más que la

admiración por lo que sus ojos presenciaban. El mundo que veía a la luz de la

lámpara era de una rareza suprema. Era un mundo al que nunca había tenido

acceso, ni por la vista, ni por la lectura, ni siquiera por la vía de sus sueños.

La escena parecía representar la tierra en sus principios, cuando aún estaba en

período de formación. Unos chorros de vapor salían de las fisuras de sus rocas.

Las huellas dejadas por unos reptiles se veían claramente dibujadas en el barro.

Arriba, volando en el aire, unas bestias gigantescas peleaban y se destrozaban

entre sí. Entre las rocas de una playa, el tentáculo de algún animal monstruoso

se desenroscaba sinuosa y amenazadoramente en la luz roja del día, como una

criatura extraída de alguna ficción fantástica.

Entonces, suavemente, la escena cambió. Las rocas fueron sustituidas por un

desierto arrasado por el viento, y, como un espejismo, surgió la oculta y desierta

Ciudad de las Columnas, conocida también como Irem. Phillips sabía que

ahora, cuando ningún pie humano pisaba ya las calles de esa ciudad, unos seres

terribles seguían merodeando entre los pilares de piedra de las viviendas, que

no estaban en ruinas, sino que permanecían en el estado en que se encontraban

cuando sus antiguos habitantes fueron aniquilados o echados de la ciudad por

aquellos entes venidos del cielo para asediar Irem y apoderarse de ella. De

aquellos seres no se veía nada, tan sólo se adivinaba el angustioso movimiento

merodeante, como una sombra fuera del tiempo. Y a lo lejos, detrás de la ciudad

y del desierto, se erguían las montañas cuyas cimas estaban cubiertas de nieve;

cuando aún las estaba contemplando, Phillips tuvo conocimiento do sus

nombres, porque en ese mismo momento se revelaron a su mente. La ciudad en

el desierto era la Ciudad Sin Nombre, y las cumbres nevadas eran las Montañas

de la Locura, o quizá Kadath en el Páramo Frío. A Phillips le divertía dar sus

nombres a estos lugares del paisaje, pues se le ocurrían con facilidad; le venían

a la mente como si hubiesen estado rondando el perímetro de sus

pensamientos, en espera de la oportunidad que les permitiera encarnar en una

vivencia real.

Permaneció sentado durante mucho tiempo, fascinado, hasta que una leve

sensación de alarma le removió. Los paisajes que desfilaban ante sus ojos eran

similares a los que podrían aparecer en un sueño, y sin embargo, Phillips sentía

crecer su inquietud. Intuía algo parecido a la presencia de lo maligno, a la vez

que tomaba conciencia de ciertos inconfundibles indicios de los horribles seres

que ocupaban estos parajes. Finalmente, no pudo resistir más tiempo a esa

angustia envolvente; apagó la luz y, algo tembloroso, encendió una vela. Se

sintió inmediatamente confortado por su brillo descolorido y familiar.

Estuvo meditando largo rato sobre todo cuanto había visto. Su abuelo le había

dicho de la lámpara que era su «más valiosa posesión»; con lo cual resultaba

evidente que sus propiedades le eran conocidas. ¿Y qué eran esas propiedades

sino el poder de transmitir el recuerdo ancestral y mágico de una revelación, de

tal modo que quien se sentara a su luz podía contemplar los lugares de terror y

belleza que sus dueños habían conocido? Phillips estaba convencido de que los

paisajes que había podido ver eran lugares familiares a Alhazred. Pero esta

explicación tenía muy poca lógica. Y cuantas más vueltas le daba, más

aumentaba su perplejidad. Decidió volver al trabajo que había apartado; se

volcó en él y consiguió alejar de sí todas las fantasías y alarmas que empezaban

a instalarse en su mente.

Al día siguiente, Phillips salió a la declinante luz de octubre para pasearse fuera

de la ciudad. Tomó el coche de línea hasta el final del barrio residencial, y

después caminó en dirección al campo. Llegó a un lugar que no conocía, y que

distaba por lo menos una milla de cualquier lugar por donde hubiera paseado

antes. Siguió una carretera hasta la bifurcación al noroeste de Plainfield Pike y

subió por la falda oeste del Nentaconhaunt. Allí pudo disfrutar de una vista

realmente idílica. Era un panorama de praderas, de viejas paredes de piedra, de

blancas alamedas y de lejanos tejados al oeste y al sur. Phillips se encontraba a

menos de tres millas del corazón de la ciudad y sin embargo, estaba como

sumergido en la primaria Nueva Inglaterra rural de los primeros colonizadores.

Antes de la puesta del sol, subió hasta arriba de la colina en dirección a uno de

sus escondrijos familiares, que siempre le había atraído. Nunca hasta entonces

se había percatado ante la perspectiva que tenía del extenso campo. Todo era

resplandor de riachuelos, bosques lejanos y cielo naranja místico, con el gran

disco solar rojo hundiéndose entre las franjas de estratos de nubes. Se adentró

en el bosque y pudo contemplar la misma puesta del sol a través de los árboles.

Luego volvió hacia el este para cruzar la colina en dirección a uno de sus

escondrijos familiares y que siempre le había atraído. Nunca hasta entonces se

había percatado de la inmensa extensión de Nentaconhaunt. Más que una

simple colina, era una verdadera planicie en miniatura, con sus valles, sus

cordilleras, y sus cimas propias. Desde alguna de sus praderas ocultas -tan

alejadas de toda señal de vida humana- la vista que se le ofrecía sobre el remoto

cielo urbano le maravilló: era un sueño de picachos encantados y de cúpulas

medio flotando en el

aire y rodeadas de un oscuro aura de misterio. Las ventanas superiores de

algunas de las torres más altas conservaban la incandescencia que el sol ya

había perdido, y ofrecían una visión de resplandor irreal. Seguidamente,

Phillips pudo admirar el gran disco de la luna de Orión flotando alrededor de

los campanarios y alminares, mientras que al oeste, en el horizonte

brillantemente anaranjado, Venus y Júpiter empezaban a parpadear. Se adentró

en la llanura. El camino atravesaba unos paisajes muy variados: algunas veces

serpenteaba por el interior, y otras penetraba en los bosques y los cruzaba para

acercarse a los valles oscuros que se deslizaban hacia la llanura inferior. Los

grandes pedruscos que se balanceaban en las alturas rocosas producían un

efecto espectral, druídico, al recortarse en el crepúsculo.

Finalmente llegó a unos parajes que le eran más familiares. Allí, recubierto por

la hierba, el promontorio de un viejo acueducto enterrado le daba la ilusión de

pisar los restos de una carretera romana; y allí estaba la cima de la colina que

siempre habla conocido. Extendida a sus pies, la ciudad se iluminaba

rápidamente y se asemejaba a una constelación yaciendo en el profundo

anochecer. La luna derramaba una inundación de oro pálido, y, al oeste, el

resplandor de Venus y de Júpiter se acrecentaba con intensidad en el horizonte

cada vez más difuso. El camino que le conduciría a su casa estaba ante él; no

tenía más que bajar esa última pendiente para llegar al coche de línea que le

llevaría a los prosaicos lugares frecuentados por el hombre.

Pero durante todas estas horas apacibles, Phillips no había olvidado un solo

instante su experiencia de la noche anterior, y no podía negar que ansiaba

anticipar la llegada de la noche. La sensación de alarma que se había apoderado

de él se había convertido en la promesa de una nueva experiencia nocturna de

naturaleza desconocida.

Esa noche, tomó su solitaria cena con más rapidez que de costumbre para poder

acudir en seguida al estudio, donde las hileras de libros, que llegaban al techo,

le esperaban con su saludo permanente. Pero él no miró siquiera el trabajo que

había abandonado sobre la mesa, sino que encendió la lámpara de Alhazred y

se sentó a esperar lo que pudiese ocurrir.

El suave resplandor amarillento de la lámpara se extendía sobre las paredes

cubiertas de estantes. La llama no se movía; ardía tranquila y establemente, e

igual que la víspera, la primera impresión que Phillips recibió fue la de un calor

confortante y arrullador. Entonces, con suavidad, los libros y los estantes

parecieron difuminarse, desteñirse, y dieron paso a escenas de otro mundo y

otros tiempos. Aunque le fueran completamente desconocidos, los nombres de

las escenas y de los lugares que veía afloraban con naturalidad a su mente,

como si el resplandor de la lámpara de Alhazred estimulase su imaginación.

Vio una casa muy bella, coronada de humo, en un promontorio como el cercano

Gloucester. Vio un antiguo pueblo de estilo holandés, con un oscuro río que lo

atravesaba, un pueblo como Salem, pero más malvado y misterioso, y llamó al

pueblo Arkham, y al río Miskatonic. Vio la oscura ciudad costera de Innsmouth,

y detrás de ella el Arrecife del Diablo. Vio las profundidades acuáticas de R'lyeh

donde el difunto Cthulhu yacía durmiendo. Contempló la Meseta de Leng,

arrasada por el viento, y las oscuras islas de los Mares del Sur. Pudo apreciar las

Tierras del Ensueño, los paisajes de otros lugares, del espacio, así como las

formas de vida que habían existido en otros tiempos y que, más viejos que la

propia tierra, remontaban a los Primordiales, hasta Hali, e incluso más allá.

Pero presenciaba estas escenas como a través de una ventana que parecía

invitarle a abandonar su propio mundo para viajar a estos reinos de maravilla y

belleza; y en Phillips la tentación era cada vez más fuerte: temblaba con el deseo

de obedecer, de dejar de ser lo que era, de intentar ser lo que tal vez podría ser.

Pero, como la noche anterior, apagó la luz y agradeció la aparición de las

paredes llenas de libros del estudio de su abuelo Whipple.

Renunció a las monótonas revisiones que le esperaban, y se pasó el resto de la

noche, a la luz de la vela, escribiendo relatos cortos, inspirándose en las escenas

y los seres que había visto a la luz de la lámpara de Alhazred.

Pasó toda la noche escribiendo, y todo el día siguiente durmiendo, exhausto.

Y a la noche, antes de ponerse de nuevo a escribir, estuvo contestando unas

cartas. En ellas hablaba de sus «sueños», como ignorando si había visto

realmente las imágenes que habían pasado ante sus ojos, o si las había soñado.

Reconocía que los mundos de su propia ficción se entretejían con los mundos de

la lámpara. Los deseos y anhelos de su juventud se habían fundido en su mente

con las visiones de sus intentos creativos, que habían absorbido de igual forma

los lugares de la lámpara y los secretos ocultos de su corazón, el cual, como la

lámpara de Alhazred, había alcanzado los lejanos extremos del universo.

Pasaron muchas noches sin que Phillips volviese a encender la lámpara.

Las noches se sumaron, llegando a formar meses, y los meses años.

Envejeció, sus relatos de ficción fueron publicados, y con ellos las mitologías de

Cthulhu; de Hastur el Inefable; de Yog-Sothoth; de Shub-Niggurath, la Cabra

Negra de los Bosques con sus Mil Crías; de Hypnos, el dios del sueño; de los

Primigenios Mayores y de su mensajero, Nyarlathotep; todos esos seres

mitológicos, con el oscuro mundo de sombras que representaban, llegaron a

formar parte integrante de la intimidad de Phillips. Su conocimiento de ellos era

tal que pudo traer Arkham a la realidad. Descubrió la sombra sobre Innsmouth,

habló de los murmullos en la oscuridad y del moho de Yuggoth, y dio a conocer

el horror de Dunwich. Y en toda su prosa, en todos sus versos, la luz de la

lámpara de Alhazred brillaba, aun cuando Phillips ya no la utilizara.

Dieciséis años transcurrieron de esta forma, hasta que, una noche, Ward

Phillips se acercó a donde había dejado la lámpara, detrás de una fila de libros,

sobre uno de los estantes inferiores de la biblioteca de su abuelo Whipple. La

sacó de allí, e inmediatamente todos los viejos encantos y todas las maravillas se

reavivaron para él. Volvió a limpiarla y la colocó sobre la mesa. En los últimos

años, el estado de salud de Phillips había empeorado mucho. Padecía una

enfermedad incurable y sabía que sus días estaban contados; pero no quería

morir sin volver a contemplar, una última vez, los mundos de belleza y de

terror que encerraba la lámpara de Alhazred.

Encendió la lámpara otra vez y miró hacia las paredes. Pero sucedió algo

extraño. En las mismas paredes donde antes le habían sido presentados los

lugares y seres relacionados con la vida de Alhazred, surgía ahora la aparición

mágica de un lugar muy conocido por Ward Phillips, pero no del tiempo actual,

sino tal como era en una época pasada, un tiempo querido y perdido, cuando

retozaba de chiquillo en las orillas del Seekonk, ocupado con los juegos que

inspiraba a su imaginación la mitología griega. Allí estaba otra vez la niñez; allí

estaban las ensenadas donde había pasado sus años de juventud; allí estaba la

glorieta que había construido en honor del gran Pan; toda la irresponsabilidad y

la feliz libertad de aquella niñez se reproducían sobre las paredes, porque lo

que la lámpara reflejaba ahora eran sus propios recuerdos.

Anhelante, pensó que quizá siempre le había proporcionado la lámpara

recuerdos ancestrales, pues ¿quién podía negar que su abuelo Whipple, cuando

era joven, o los que le precedieron en la línea de Ward Phillips, habían visto

todos aquellos lugares iluminados por la lámpara?

Y otra vez fue como si mirase por una puerta abierta. La escena le invitaba. Se

levantó dificultosamente y caminó hacia la pared. No dudó más que un

instante; luego siguió hacia los libros.

La luz del sol irrumpió repentinamente a su alrededor. Se sintió libre de sus

cadenas y empezó a correr ligeramente a lo largo de la orilla del Seekonk,

donde los escenarios de sus primeros años le esperaban para que rejuveneciese,

para que volviera a empezar una vida en los tiempos apacibles, cuando el

mundo era joven...

Se descubrió la desaparición de Ward Phillips cuando un admirador de sus

cuentos, que sentía curiosidad por conocerle, vino a la ciudad a hacerle una

visita. Se llegó a la conclusión de que se había sentido mal en el bosque y había

fallecido allí, pues sus paseos solitarios eran bien conocidos por los vecinos de

la calle Angell, así como el paulatino agravamiento de su salud.

Organizaron varias excursiones para explorar los alrededores de

Nentaconhaunt y las orillas, pero no encontraron rastro de Ward Phillips. La

policía confiaba en que algún día se encontrarían sus restos, pero nada

descubrió y, con el tiempo, el misterio sin resolver se perdió en los archivos.

Los años pasaron. La casa de la calle Angell fue derribada, la biblioteca

adquirida por algunas librerías, y lo que había en la casa se vendió como

chatarra, incluyendo una vieja y antigua lámpara árabe, por la que nadie, en un

mundo tecnológico posterior a la época de Phillips, se interesó y a la que no se

encontró utilidad alguna.

 

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