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Por arkaiko

BESTIARIO -- HEREJIA FUTURISTA : HEREJIAS DE UN DIOS INMENSO

HEREJÍAS DEL DIOS INMENSO
Brian W. Aldiss

EL LIBRO SECRETO DE HARAD IV






.
Yo, Harad IV, Escriba Mayor declaro que éste mi escrito solo puede ser mostrado a
los sacerdotes de rango de la Iglesia Ortodoxa Universal Sacrificial y a los Ancianos
Elegidos del Consejo de la Iglesia Ortodoxa Universal Sacrificial, porque aquí se
entiende en cuestiones relativas a las cuatro Herejías Viles que no deben ser vistas ni
discutidas por el pueblo.
Para una Correcta Consideración de las más recientes y viles herejías, debemos
contemplar en perspectiva los acontecimientos de la historia. Así pues, retrocedamos al
Primer Año de nuestra era, cuando las Tinieblas del Mundo fueron desterradas por la
venida del Dios Inmenso, nuestro más verdadero y enorme Señor, a quien todos
honramos y tememos.
Desde este año actual, 910 D.I., es imposible recordar cómo era el mundo
entonces, pero a partir de los pocos registros que todavía se conservan podemos
hacernos cierta idea de aquellas épocas e incluso realizar las Contorsiones Mentales
necesarias para ver cómo debieron ser juzgados los acontecimientos por aquellos
pecadores que tomaron parte en ellos.
El mundo sobre el que descendió el Dios Inmenso estaba repleto de gentes y de
sus maquinarias, todos completamente desprevenidos para Su Visita. Puede que
hubiera cien mil veces más gente de la que hoy existe.
El Dios Inmenso aterrizó en lo que ahora es el Mar Sagrado, sobre el que
actualmente navegan algunas de nuestras más bellas iglesias dedicadas a Su Nombre.
En aquellos tiempos, la región era mucho menos placentera, pues estaba dividida en
numerosos estados que pertenecían a distintas naciones. Tal era el sistema de
posesión de la tierra antes de que se formasen nuestras actuales teorías sobre la
migración y evacuación constantes.
Las patas traseras del Dios Inmenso se extendieron muy hacia el interior de África -
que entonces no era el continente insular que es hoy en día, casi tocando el río Congo,
en el punto sagrado donde ahora se alza la Iglesia Sacrificial de Basolo-Aketi-Ele, y en
el punto sagrado donde ahora se alza el Templo Santuario de Adén, arrasando el
antiguo puerto de Adén.
Algunas de las patas del Dios Inmenso se extendieron sobre el Sudán y a través de
lo que entonces constituía el Reino de Libia y ahora es parte del Mar del Viejo Pesar,
mientras que uno de sus pies reposaba en una ciudad llamada Túnez en lo que
entonces era la costa de Tunicia. Allí se posaron algunas de las patas del costado
izquierdo del Dios Inmenso.
Las patas de su costado derecho bendijeron y comprimieron las arenas de Arabia
Saudita, hoy denominada Valle de la Vida, y las estribaciones del Cáucaso, arrasando
el Monte llamado Ararat en el Asia Menor, en tanto que su pata Más delantera se
extendió sobre el territorio de Rusia, destruyendo de inmediato la gran ciudad capital de
Moscú.
El cuerpo del Dios Inmenso, descansando en reposo sobre tres antiguos mares, si
hemos de creer a los Viejos Registros, llamados el Mar del Mediterráneo, el Mar Rojo y
el Mar del Nilo, que juntos forman parte del actual Mar Sagrado. Con su Gran Mole
erradicó también parte del Mar Negro, que ahora llamamos Mar Blanco, así como
Egipto, Atenas, Chipre y la Península Balcánica hasta las cercanías de Belgrado, hoy
Santo Belgrado, puesto que sobre esta ciudad se irguió el Cuello del Dios Inmenso en
su Primera Visita a nosotros los mortales, rozando casi los tejados de las casas.
En cuanto a su Cabeza, se cernía sobre la región montañosa que denominamos
Italandia y que entonces era conocida como Europa, una región muy poblada del
planeta, alzándose a tal altitud que en los días despejados fácilmente podía divisarse
desde Londres, entonces como ahora la ciudad principal de la tierra de los
anglofranceses.
En aquellos primeros días se calculó que la longitud del Dios Inmenso era de más
de siete millares de kilómetros de extremo a extremo, y cada una de sus ocho patas
media sobre un millar y medio de kilómetros. Ahora profesamos en nuestro Credo que
el Dios Inmenso cambia su forma, longitud y número de patas según esté Complacido
o Enojado con el hombre.
En aquellos días se desconocía la naturaleza de Dios. Ningún preparativo se había
hecho para su venida, aunque corrían algunos rumores sobre el milenio. Por lo tanto,
las especulaciones sobre su naturaleza se alejaban mucho de la verdad y con
frecuencia eran sumamente blasfemas.
Aquí sigue un resumen del notorio Documento Gersheimer, que contribuyó en gran
medida a precipitar los acontecimientos que condujeron a la Primera Cruzada en 271
D.I. Ignoramos quién era el Gersheimer Negro, con la salvedad carente de significado
de que se trataba de un Profeta Científico de un lugar llamado Cornell o Carnell,
obviamente una Iglesia del Continente Americano (cuya forma era entonces distinta).
"Los reconocimientos aéreos parecen indicar que esta criatura —si podemos
llamarla así—, que se extiende más o menos en línea recta a lo largo del Mar Rojo y
por el sudeste de Europa, no es un ser viviente, al menos tal y como concebimos
nosotros la vida. El hecho de que se parezca vagamente a un lagarto de ocho patas
puede deberse a una mera coincidencia, así que no debemos preocuparnos por su
posible carácter maligno, como han sugerido algunos periódicos sensacionalistas".
La vil jerga de aquellos remotos días no resulta hoy plenamente comprensible, pero
creemos que "reconocimientos aéreos" es una referencia a los aparatos voladores
mecánicos que aquella última generación de Impíos poseía. El Gersheimer Negro
prosigue:
"Si este objeto no está vivo, tal vez sea un fragmento de escombros galácticos que
se ha adherido momentáneamente al planeta, quizá del mismo modo en que una hoja
puede adherirse a un balón de fútbol durante su trayectoria. Esta creencia no implica
necesariamente una modificación de nuestros conceptos científicos del universo. Tanto
si la cosa tiene vida como si no, no hemos de volvernos todos supersticiosos.
Sencillamente, debemos recordarnos que en el universo, tal como lo concebimos a la
luz de la ciencia del siglo XX, existen muchos fenómenos que nos siguen siendo
desconocidos. Por muy dolorosa que resulte esta aparición inesperada, podemos
consolarnos en parte pensando que nos proporcionará nuevos conocimientos, tanto
sobre nosotros mismos como acerca del mundo que se extiende más allá de nuestro
sistema solar".
Aunque términos como "escombros galácticos" han perdido todo su significado, si
es que alguna vez lo tuvieron, el sentido general de este párrafo es claramente
injurioso. Se decreta una restricción contra el culto al Dios Inmenso, oponiendo en su
lugar un herético Dios de la Ciencia. Sólo hace falta citar otro pasaje de este ofensivo
revoltijo, porque resulta esencial para Mostrar la Actitud mental de Gersheimer y, es de
suponer, de la mayoría de sus contemporáneos.
"Como es natural, todos los pueblos del mundo, y especialmente aquellos que aún
se demoran en los umbrales de la civilización, se hallan hoy muy asustados. Les
parece ver algo de sobrenatural en la llegada de esta cosa, y creo que cualquier
hombre, si es sincero consigo mismo, admitirá sentir en su corazón un eco de este
temor. Solamente podremos suprimirlo, solamente podremos enfrentarnos al caos en
que el mundo se halla ahora sumergido, si retenemos en nuestras mentes una imagen
galáctica de la situación. La propia inmensidad de esta cosa que yace perniciosamente
tendida sobre nuestro planeta es causa suficiente para el terror. Pero imaginémosla en
proporción. Un ciempiés está posado sobre una naranja. O, para elegir un ejemplo que
resulte menos repulsivo, una pequeña salamanquesa de unos nueve centímetros
descansa momentáneamente sobre un globo terráqueo de plástico de sesenta
centímetros de diámetro. Nos corresponde a nosotros, a toda la raza humana, con
todas las fuerzas tecnológicas a nuestra disposición, unirnos como nunca lo hemos
hecho y expulsar esta cosa, esta cosa grande y estúpida, hacia las profundidades del
espacio de las que ha surgido. Buenas noches".
El motivo que me impulsa a repetir esta Blasfemia Inicial es que veamos en este
mensaje de un miembro de las Tinieblas del Mundo las huellas de aquel pecado
original que —pese a todos nuestros sacrificios, a todas nuestras penalidades, á todas
nuestras cruzadas— aún no hemos logrado extirpar. Por eso nos enfrentamos ahora
con la mayor Crisis de la Iglesia Ortodoxa Universal Sacrificial, y por eso ha llegado la
hora de una Cuarta Cruzada que supere en su envergadura a todas las anteriores.
El Dios Inmenso permaneció donde se hallaba, en lo que hoy designamos la
Posición del Mar Sagrado, durante cierto número de años, en todo y por todo inmóvil.
Para la humanidad, éste fue el gran período de formación de la Creencia, marcado
por el establecimiento de la Iglesia Universal y caracterizado por sus numerosas
convulsiones. Grandemente hubieron de sufrir los primeros sacerdotes y profetas a fin
de que la Palabra se diseminara por el Mundo y las sectas blasfemas fuesen
destruidas, aunque el Libro Clandestino de los Hechos de la Iglesia parece indicar que
muchos de ellos eran en realidad miembros de anteriores iglesias que, viendo la luz,
mudaron su lealtad.
La poderosa figura del Dios Inmenso se vio sometida a multitud de pequeños
agravios. Las Mayores Armas de aquella remota era, frutos de la charlatanería técnica,
eran llamadas Nucleares, y ésas le fueron arrojadas al Dios Inmenso, pero, como cabía
esperar, sin efecto alguno. Muros de fuego se alzaron en vano a su alrededor. Nuestro
Dios Inmenso, al que todos honramos y tememos, es inmune a la debilidad terrenal. Su
cuerpo estaba revestido como con un Metal —ésa fue la semilla de la Segunda
Cruzada— pero no tenía ninguna de las debilidades del metal.
Su descenso a la tierra fue acogido por la naturaleza con una respuesta inmediata.
Los antiguos vientos que hasta entonces prevalecían se estrellaron contra sus
poderosos costados y fueron desviados hacia otros lugares. Esto produjo el efecto de
enfriar el centro de África, de tal manera que desaparecieron las selvas tropicales y
todas las criaturas que en ellas moraban. En las tierras limítrofes de Caspana
(entonces llamadas Persia y Járkov, según antiguos relatos), se desencadenaron
huracanes de nieve durante una docena de crudos inviernos, llegando por el este hasta
el interior de la India. En los demás lugares, por todo el mundo, la venida del Dios
Inmenso se dejó sentir en los cielos, en forma de lluvias inesperadas, vientos erráticos
y temporales que duraron muchos meses. También los océanos fueron perturbados,
mientras que el gran volumen de agua desplazado por su cuerpo inundó las tierras
cercanas, matando a muchos millares de seres y arrojando diez mil ballenas muertas a
los muelles de Colombo.
La tierra se sumó a las convulsiones. Mientras se hundía el territorio situado bajo la
gran masa del Dios Inmenso, disponiéndose a recibir lo que luego seria el Mar
Sagrado, las tierras de alrededor se elevaron hacia Arriba formando pequeñas colinas,
como las abruptas y salvajes Dolominas que hoy protegen los límites meridionales de
Italandia. Hubo seísmos y nuevos volcanes y géiseres allí donde jamás había manado
el agua, y plagas de serpientes, florestas incendiadas y muchos signos prodigiosos que
ayudaron a los Primeros Padres de nuestra fe a convertir a los ignorantes. Por todas
partes se extendieron, predicando que la única salvación se hallaba en entregarse a él.
Numerosos Pueblos Enteros perecieron en esta época de convulsión, entre ellos
Búlgaros, Egipcios, Israelitas, Moravos, Kurdos, Turcos, Sirios, Turcos de las Montañas
y también la mayor parte de los Eslavos del Sur, Georgianos y Croatas, los robustos
Valacos y las razas Griegas, Chipriotas y Cretenses. Además de otras cuyos pecados
eran muy grandes y cuyos nombres no fueron recogidos en los anales de la iglesia.
El Dios Inmenso abandonó nuestro mundo en el año 89 o, como algunos sostienen,
en el 90. (Ésta fue la primera Partida y como tal se celebra. en el calendario de nuestra
Iglesia, aunque la Iglesia Católica Universal lo denomina Día de la Primera
Desaparición). Regresó en el 91, grande y temido sea su nombre.
Es poco lo que sabemos del periodo en que estuvo ausente de la Tierra. Podemos
hacernos una idea de cómo pensaba entonces la gente si consideramos que, en
general, las naciones de la Tierra se regocijaron grandemente. Siguieron
produciéndose cataclismos naturales, pues los océanos se derramaran en el enorme
hueco que él había creado, formando así nuestro amado y venerado Mar Sagrado. En
toda la faz del planeta estallaron Grandes Guerras.
Su regreso en el año 91 puso fin a las guerras, como un signo de la gran paz que
su presencia le prometía a su pueblo elegido.
Pero los habitantes del mundo en Aquella Época no eran todos de nuestra religión,
por más que los profetas andaban entre ellos, y numerosas eran sus blasfemias. En el
Museo Negro que hay adjunto a la gran basílica de Omán y Yemen se conservan
pruebas documentales de que en este periodo intentaron comunicarse con el Dios
Inmenso por medio de sus máquinas. No hace falta decir que no obtuvieron respuesta;
pero muchos hombres razonaron entonces, en la confusión de sus mentes, que esto se
debía a que el Dios era una Cosa, tal y como había profetizado el Gersheimer Negro.
En ésta su Segunda Venida, el Dios Inmenso bendijo nuestra tierra aposentándose
principalmente dentro de los confines del Círculo Ártico, o lo que entonces era el
Círculo Ártico, con su cuerpo extendido sobre el norte del Canadá, como era llamado,
por encima de una gran península denominada Alaska, a través del Mar de Bering y
por las regiones septentrionales de las tierras rusas hasta el río Lena, hoy Bahía de
Lenn. Algunas de sus patas traseras quebraron grandes fragmentos del Hielo Ártico,
mientras que otras patas delanteras se sumergían en el norte del Océano Pacífico.
Pero en verdad para él no somos más que arena bajo sus pies y sus pies son
indiferentes a nuestras montañas y nuestras Variaciones Climáticas.
En cuanto a su pavorosa cabeza, desde todas las ciudades de la franja costera del
norte de América se la podía ver alzándose hasta la estratosfera y refulgiendo con un
brillo metálico; desde ciudades hoy desaparecidas como Vancouver, Seattle,
Edmonton, Portland, Blanco, Reno e incluso San Francisco. Fue la enérgica y
pecaminosa nación que poseía estas ciudades la que entonces se volvió con más
fuerza contra el Dios Inmenso. Todo el peso de su impía civilización científica se volvió
contra él, pero lo único que consiguieron sus gentes fue destruir sus propias costas.
Mientras tanto, se produjeron nuevos cambios naturales. La masa del Dios
Inmenso desvió a la Tierra en su diario girar, de modo que las estaciones se alteraron y
los libros proféticos nos cuentan cómo los grandes árboles hacían brotar sus hojas para
cubrirse en invierno y las perdían en verano. Los murciélagos volaban a la luz del día y
las mujeres daban a luz niños peludos. La fusión de los casquetes polares causó
grandes inundaciones, olas de marea y rocíos ponzoñosos, y sabemos que una noche
se agitaron las aguas de la Profundidad, de tal forma que la marea que surgió de las
Tierra Altas Malayas (como hoy las conocemos) fue tan poderosa que en pocas horas
formó la península continental de Bestlandia con lo que hasta entonces habían sido los
Continentes o Islas independientes de Singapur, Sumatra, Indonesia, Java, Sidney y
Australia o Austria.
Con tan impresionantes portentos, nuestros sacerdotes pudieron Convertir a los
Pueblos, y millones de supervivientes se apresuraron a ingresar en la Iglesia. Ésa fue
la Primera Gran Época de la Iglesia, cuando la palabra se extendió por todo el asolado
y transformado planeta. Nuestras instituciones se crearon a lo largo de las siguientes
generaciones, principalmente en los diversos Concilios de la Nueva Iglesia (algunos de
los cuales han sido luego reconocidos como heréticos).
No nos establecimos sin dificultades, e hizo falta quemar a mucha gente antes de
que el resto se apercibiera de la fe que Ardía En Ellos. Pero, según fueron pasando las
generaciones, el Verdadero Nombre del Dios se extendió por un territorio cada vez más
amplio.
Solo los habitantes del norte de América seguían aferrándose mayoritariamente a
su abyecta superstición. Fortificados por su ciencia, rechazaban la Gracia. Así fue
como en el Año 271 se emprendió la Primera Cruzada, especialmente contra ellos pero
también contra los Irlandeses, cuyas opiniones heréticas no estaban sustentadas en la
ciencia: los Irlandeses fueron rápidamente Erradicados casi hasta el último hombre.
Los Americanos eran más formidables, pero esta dificultad sólo sirvió para agrupar a la
gente y unir aún más a la Iglesia.
La Primera Cruzada se libró para combatir la Primera Gran Herejía de la Iglesia, la
herejía que proclamaba que el Dios Inmenso era una Cosa y no un Dios, según lo
había expuesto Gersheimer Negro. Concluyó satisfactoriamente cuando el jefe de los
Americanos, Lionel Undermeyer, se reunió con el Venerable Obispo Emperador del
Mundo, Jon II, y consintió en que los mensajeros de la Iglesia disfrutaran de libertad
para predicar en América sin ser estorbados. Tal vez habría podido forzarse un
convenio más severo, como aducen algunos comentaristas, pero para entonces ambos
bandos padecían grandes penurias a causa de la peste y la hambruna, porque las
cosechas del mundo se habían perdido. Fue una afortunada coincidencia que la
población del mundo ya se hubiera reducido a la mitad, pues de otro modo la
reorganización de las estaciones habría ido seguida del hambre más absoluta.
En todas las iglesias del mundo se rogó al Dios Inmenso que diera una señal de
que había sido Testigo de la gran derrota infligida a los infieles Americanos. Quienes se
opusieron a este inspirado acto fueron destruidos. El Dios respondió a las plegarias en
el 297, avanzando velozmente una Pequeña Porción y acomodándose principalmente
en el Océano Pacífico a donde llegaba por el sur a lo que ahora es la Antarta, entonces
era el Trópico de Capricornio y anteriormente había sido el Ecuador. Algunas de sus
patas izquierdas cubrieron numerosas ciudades de la costa occidental de América,
entre las que se contaban algunas de las que ya hemos citado, como San Francisco, y
llegaron por el sur hasta Guadalajara (donde el Templo del Santo Dedo honra todavía
la huella de su pie). Este es el movimiento que designamos Primera Mudanza, y fue
justamente considerado como una prueba indiscutible del desprecio del Dios Inmenso
hacia América.
Tal sensación prevaleció también en la propia América. Purificados por el hambre,
los descomunales terremotos y otras catástrofes naturales, sus habitantes quedaron
mejor preparados para aceptar las palabras de los sacerdotes y se convirtió hasta el
último hombre. Se emprendieron peregrinaciones en masa para contemplar el enorme
cuerpo de Dios, que cubría su nación de un extremo a otro. Los peregrinos más osados
ascendían en aeroplanos voladores y sobrevolaban su lomo, barrido Sin Cesar por
terribles tempestades durante más de cien años. Los que allí se convirtieron se
volvieron más Extremados que sus hermanos del otro lado del mundo, más antiguos en
la fe. Apenas se habían unido las congregaciones americanas con las nuestras cuando
ya se separaban por una desavenencia doctrinal en el Concilio de la Tenca Muerta
(322). Esta fecha marca el surgimiento de la Iglesia Católica Universal Sacrificial. En
aquellos remotos días, los creyentes de la fe Ortodoxa no disfrutábamos de la armonía
que reina hoy con nuestros hermanos Americanos.
El punto de la doctrina que dio lugar al cisma de las iglesias fue, como por todos es
sabido, la cuestión de si la humanidad debía o no utilizar vestiduras que imitaran el
lustre metálico del Dios Inmenso. Se adujo que esto equivalía, a equiparar al hombre
con la Imagen de Dios, pero en realidad se trataba de una calumnia deliberada contra
los sacerdotes Ortodoxos Universales, que utilizaban prendas de plástico o metal en
honor de su hacedor.
De ahí surgió la Segunda Gran Herejía. Como este prolongado y confuso periodo
ha sido estudiado a fondo en otros tratados, no es necesario que nos detengamos en
él: diremos tan sólo que la disputa llegó a su apogeo con la Segunda Cruzada, que los
Católicos Universales Americanos emprendieron contra nosotros en el año 450. Puesto
que todavía poseían una gran preponderancia de máquinas, consiguieron imponer sus
opiniones, saquear varios monasterios a las orillas del Mar Sagrado, deshonrar a
nuestras mujeres y regresar gloriosamente a su tierra.
Desde entonces, todos los habitantes del planeta se cubren únicamente con
prendas de lana o piel. Quienes se opusieron a este inspirado acto fueron destruidos.
Sería un error resaltar excesivamente las querellas del pasado. Durante todo este
tiempo, la mayoría de las personas se dedicaban pacíficamente al culto, eran
sacrificadas regularmente y rezaban cada amanecer y cada anochecer (fuera cuando
fuese) para que el Dios Inmenso abandonara nuestro mundo, ya que no éramos dignos
de él.
La Segunda Cruzada dejó un reguero de problemas tras ella; en conjunto, los
cincuenta años que siguieron no fueron años felices. Las huestes Americanas
regresaron a su país para descubrir que la enorme presión ejercida sobre la plataforma
continental occidental había creado muchos volcanes en su mayor cordillera, las
Montañas Rocosas. Su tierra estaba cubierta de lava y fuego, y su aire cargado de
hedionda ceniza.
Acertadamente, aceptaron esto como una señal de que su conducta dejaba mucho
que desear a los ojos del Dios Inmenso (pues, aunque nunca se ha podido demostrar
que tenga ojos, no cabe duda de que Nos Ve). Puesto que el resto del mundo no había
sido Visitado por un castigo de semejante escala, adivinaron correctamente que su
pecado era que seguían aferrándose a la tecnología y a las armas de la tecnología
contra los deseos de Dios.
Con fe intensa en sus corazones, destruyeron hasta el último artefacto de la ciencia
que aún quedaba, desde los Nucleares a los Abrelatas y, como acto propiciatorio,
arrojaron a cien millares de vírgenes de la fe en los volcanes más a propósito. Quienes
se opusieron a estos inspirados actos fueron destruidos, y algunos ceremonialmente
devorados.
Nosotros, los creyentes de la fe Ortodoxa Universal, aplaudimos esta ejemplar
acción de nuestros hermanos. Pero no estábamos seguros de que se hubieran
purificado lo suficiente. Puesto que ya no poseían armas y nosotros aún teníamos
algunas era evidente que podíamos ayudarles en su purificación. Por consiguiente, una
poderosa flota de ciento sesenta y seis navíos de madera zarpó con rumbo a América,
para ayudarles a sufrir por la religión y, de paso, para recobrar parte del botín que se
habían llevado. Esta fue la Tercera Cruzada del año 482, bajo Jon el Rechoncho.
Mientras los dos ejércitos contendientes libraban la batalla en las afueras de Nueva
York, se produjo la Segunda Mudanza. No duró más allá de cinco minutos.
En este lapso, el Dios Inmenso se volvió hacia su costado izquierdo, se arrastró
sobre el centro de lo que entonces era el continente del Norte de América, cruzó el
Atlántico como si fuera un charco, se desplazó a través de África y vino a detenerse al
Sur del Océano Indico, destruyendo Madagaska con una pata trasera. En Todas las
Partes de la Tierra se hizo la noche.
Cuando llegó el amanecer, difícilmente podía quedar un solo hombre que no
creyera en el poder y la sabiduría del Dios Inmenso, a cuyo nombre corresponde todo
el Terror y la Fuerza. Lamentablemente, entre los que no podían creer figuraban los
dos ejércitos rivales, que habían sido engullidos por una Oleada de Tierra y Rocas ante
el paso del Dios.
En el caos subsiguiente sólo prevaleció una nota de cordura: la cordura de la
Iglesia. La Iglesia estableció como Tercera Gran Herejía la idea de que al hombre
pudiera serle permitida ninguna máquina contra los deseos de Dios. Hubo cierta
disputa doctrinal acerca de si los libros debían considerarse o no como máquinas. Por
las dudas, se decidió que sí lo eran. A partir de entonces todos los hombres quedaron
en libertad de no hacer nada más que trabajar en los campos y rendir culto, y orar al
Dios Inmenso para que se retirase a otro mundo más digno de su poderío. Al mismo
tiempo se incrementó el número de sacrificios y se introdujo el Método de la Quema
Lenta (año 499).
A continuación vino la gran Paz, que duró hasta el 900. Durante todo este tiempo,
el Dios Inmenso no se movió; en verdad se ha dicho que los siglos no son más que
segundos para él. Es probable que la humanidad no haya conocido jamás una paz tan
prolongada como la de estos cuatrocientos años; una paz que existía en el interior de
los corazones ya que no en el exterior, pues, naturalmente, el mundo se hallaba
sumido en Cierto Desorden. La enorme fuerza del desplazamiento del Dios Inmenso a
través de medio mundo había trastornado en gran medida la sucesión de los días y las
noches. Algunas leyendas afirman que, antes de la Segunda Mudanza, el sol salía por
el este y se ponía por el oeste; precisamente al contrario que el orden natural de las
cosas según nosotros las conocemos.
Gradualmente, este periodo de paz conoció cierto restablecimiento del orden de las
estaciones y cierta cesación de las crecidas, chubascos de sangre, pedriscos,
terremotos, diluvios de carámbanos, apariciones de cometas, erupciones volcánicas,
nieblas miasmáticas, vendavales destructivos, plagas agrícolas, plagas de lobos y
dragones, maremotos, tornados de un año de duración, lluvias feroces y demás azotes
que las escrituras de este periodo con tanta elocuencia describen. Los Padres de la
Iglesia, retirándose a la relativa seguridad de los mares interiores y las soleadas
praderas de Gobilandia, en Mongolia, establecieron una nueva ortodoxia bien calculada
en su rigor de oraciones y sacrificios humanos en la hoguera para incitar al Dios
Inmenso a dejar nuestro pobre y miserable mundo rumbo a otro mejor y más
substancioso.
Con esto la historia llega casi al momento actual. El año 900, apenas una década
antes del momento en que vuestro escriba redacta estas notas. ¡Ese año el Dios
Inmenso abandonó nuestra tierra!
Recordad, si os place, que la Primera Partida en el año 89 no duró más de veinte
meses. ¡Ya ahora el Dios Inmenso se ha alejado de nosotros casi la mitad de este
número de años! ¡Necesitamos su vuelta; no podemos vivir sin él, como habríamos
debido comprender Hace Mucho de no haber sido blasfemos en nuestro corazón!
Al partir, impulsó nuestro humilde globo hacia un rumbo tal que estamos
condenados a vivir todo el año en el más crudo de los inviernos; el sol está lejano y
encogido; los mares se congelan durante la mitad del año: témpanos de hielo desfilan
por nuestros campos; a mediodía, es demasiado oscuro para leer sin una vela. ¡Ay de
nosotros!
Pero, en verdad, merecemos nuestro sino. Es un castigo justo, pues durante todos
los siglos de nuestra época, cuando nuestra especie vivía relativamente feliz y sin
perturbaciones, orábamos como dementes para que el Dios Inmenso nos dejara.
Solicito a todos los Ancianos Elegidos del Consejo que repudien tales oraciones
como la Cuarta y Mayor Herejía y declaren que, de ahora en adelante, todos los
esfuerzos de la humanidad se encaminarán a llamar al Dios Inmenso para rogarle que
regrese a nosotros de inmediato.
Igualmente solicito que vuelva a incrementarse el número de sacrificios. Es inútil
tratar de escatimar sólo porque se nos están acabando las mujeres.
Igualmente solicito que se emprenda una Cuarta Cruzada a toda prisa, ¡antes de
que el aire empiece a congelarse dentro de nuestras narices!

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Por arkaiko

UNIVERSIDAD MISKATÓNICA LOVECRAFTIANA

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Los gatos de Ulthar

H. P. Lovecraft

 

Se dice que en Ulthar es un pueblo situado más allá del río Skai, nadie puede matar un solo gato; cosa que creo firmemente cuando contemplo el que tengo ronroneando ante el fuego. Pues el gato es enigmático, y está familiarizado con las cosas extrañas que los hombres no pueden ver. Es el alma del antiguo Egipto, y depositario de las leyendas de las ciudades olvidadas de Meroe y Ophir. Es pariente de los señores de la selva, y heredero de los secretos de la vieja y siniestra África. La Esfinge es su prima, y recuerda lo que ella ha olvidado.

En Ulthar, antes de que sus diputados prohibiesen matar gatos, vivían un viejo campesino y su esposa que disfrutaban poniendo trampas a los gatos del vecindario para matarlos. No sé por qué lo hacían; hay quienes detestan los maullidos por la noche, y no les gusta que los gatos anden furtivamente por patios y jardines al anochecer. Sea cual sea el motivo, este viejo matrimonio gozaba atrapando y matando todo gato que se acercaba a su casucha miserable; y por lo que se oía después en la noche, muchos de los lugareños sospechaban que tenían un modo de matarlos de lo más singular. Sin embargo, no hablaban de esto con el viejo matrimonio, debido a la habitual expresión de sus rostros arrugados, y a que su choza era muy pequeña y estaba oculta y oscurecida bajo unos olmos corpulentos, en el fondo de un patio abandonado. En verdad, aunque los dueños de los gatos odiaban a estos viejos, los temían aún más; y en vez de tacharles de brutales asesinos, se limitaban a cuidar que ninguno de sus adorados gatos se aproximara impensadamente a la apartada casucha oculta bajo los árboles sombríos. Cuando por un descuido inevitable se perdía alguno, y se oían los maullidos por la noche, su dueño lloraba con impotencia, o se consolaba dando gracias al Destino por no haber sido uno de sus hijos el desaparecido de este modo. Pues la gente de Ulthar era simple, y no sabía de donde vinieron los gatos al principio.

Un día entró por las estrechas y empedradas calles de Ulthar una caravana de extraños vagabundos que procedían del sur. Eran trotamundos atezados, distintos de aquellas gentes ambulantes que pasaban por el pueblo dos veces al año. Decían la buenaventura a cambio de plata en los mercados, y compraban alegres abalorios a los mercaderes. Nadie sabía de que país venían estos vagabundos; pero observaron que eran dados a rezar extrañas plegarias, y que a los lados de sus carromatos llevaban pintadas extrañas figuras con cuerpo humano y cabeza de gato, de halcón, de león o de carnero. Y el jefe de la caravana llevaba un tocado con dos cuernos y un curioso disco entremedias.

Iba en esta singular caravana un niño que no te padre ni madre, sino sólo un gatito pequeño y negro al que cuidaba. La peste no había sido amable con él, aunque le había dejado este ser diminuto y peludo que dulcificaba su dolor; cuando se es muy joven, uno puede encontrar gran alivio en las vivarachas travesuras de un gatito negro. Así, el niño a quien las atezadas gentes llamaban Menes sonreía cada vez más, y llora cada vez menos, cuando se sentaba a jugar con su gracioso gatito en las escaleras de un carromato decorado de singular manera.

A la mañana del tercer día de estancia en Ulthar, Menes no pudo encontrar a su gatito; al verle sollozando en el mercado, los lugareños le hablaron del viejo y de su esposa, y de lo que se oía por la noche. Al escuchar todo aquello sus sollozos dieron paso a la reflexión, y finalmente a la plegaria. Extendió los brazos hacia el sol y rezó en una lengua que los lugareños no entendieron; aunque no pusieron mucho empeño en entender, ya que les acaparaban la atención el cielo y las formas curiosas que adoptaban las nubes. Era muy extraño, pero tan pronto como el niño hubo terminado su oración, parecieron formarse en lo alto las figuras brumosas y oscuras de unos seres exóticos, criaturas híbridas coronadas con los cuernos y el disco entremedias. La Naturaleza está llena de tales ilusiones para sugestionar a quienes son imaginativos.

Esa noche, los trotamundos se fueron de Ulthar, y no se les volvió a ver. Y los habitantes se sintieron consternados al darse cuenta de que no había un solo gato en todo el pueblo. De cada uno de los hogares había desaparecido el gato familiar; los grandes y los pequeños, los negros, los grises, los rayados, los amarillos y los blancos. El viejo Kranon, que era el burgomaestre, juró que habían sido las gentes atezadas quienes se los habían llevado en venganza por la muerte del gatito de Menes; y maldijo a la caravana y al niño. Pero Nith, el flaco notario, declaró que el viejo campesino y su esposa eran más sospechosos aun, ya que su odio a los gatos era conocido por todos, y más atrevido cada vez. Sin embargo, nadie se atrevió a acusar al siniestro matrimonio, aun cuando el hijo del posadero, el pequeño Atal, aseguraba haber visto a todos los gatos en aquel patio maldito, bajo los árboles, avanzando con paso medido, lenta y ceremoniosamente, y describiendo un círculo alrededor de la choza en fila de a dos, como si ejecutasen algún inaudito ritual. Los lugareños no sabían si creer al chico; y aunque temían que el malvado matrimonio hubiese hechizado y exterminado a todos los gatos, preferían no enfrentarse con el viejo campesino mientras no saliese de su patio tenebroso y repugnante.

Así que el pueblo de Ulthar se acostó embargado por la ira y la impotencia; y he aquí que al despertar por la madrugada, ¡cada gato había regresado a su hogar respectivo! Los grandes, los pequeños, los negros, los grises, los rayados, los amarillos y los blancos; no faltaba ninguno. Todos aparecieron gordos y lustrosos, emitiendo sonoros ronroneos de satisfacción. Los ciudadanos hablaban maravillados del caso. El viejo Kranon insistió una vez más en que había sido el pueblo atezado quien se los había llevado, puesto que los gatos jamás regresaban vivos de la choza del viejo matrimonio. Pero todos coincidieron en una cosa: que la negativa de los gatos a probar sus respectivas raciones de comida y su plato de leche era sumamente singular. Y durante dos días enteros, los lustrosos y perezosos gatos de Ulthar no tocaron alimento alguno, y se limitaron a dormitar junto al fuego o al sol. Una semana transcurrió, hasta que los lugareños observaron que no había luz, por la noche, en las ventanas de la choza oculta bajo los árboles. Luego, el flaco Nith comentó que nadie había visto al viejo ni a la vieja desde la noche en que desaparecieron los gatos. Una semana después, el burgomaestre decidió vencer su temor y visitar la vivienda extrañamente silenciosa; como era su deber, aunque tuvo el cuidado de hacerse acompañar por Shang el herrero y Thul el cantero como testigos. Y cuando echaron abajo la frágil puerta no encontraron otra cosa que dos esqueletos humanos limpios y mondos en el suelo de tierra, y un montón de cucarachas que corrían por los rincones oscuros.

Mucho se habló después entre los habitantes de Ulthar. Zath, el alguacil, discutió largamente con Nith, el flaco notario; y Kranon y Shang y Thul fueron abrumados a preguntas. En cuanto al pequeño Atal, el hijo del posadero, fue interrogado a fondo, y se le dio un caramelo en recompensa. Hablaron del viejo campesino y su mujer, de la caravana de atezados vagabundos, del pequeño Menes, de su gatito negro, de la plegaria de Menes y el cambio del cielo, de la acción de los gatos la noche en que se fue la caravana, así como de lo que encontraron mas tarde en la choza que hay bajo los árboles sombríos del patio repugnante.

Al final, los diputados aprobaron esa famosa ley de que hablan los mercaderes en Hatheg, y que discuten los viajeros de Nir; a saber: que en Ulthar, nadie puede matar un solo gato.

 

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H. P. Lovecraft

 

EL SABUESO                     

 

 

 

            En mis atormentados oídos resuena incesantemente una pesadilla de zumbidos y aleteos, y un aullido débil y dis­tante, como el de un gigantesco sabueso. No es sueño -ni tampoco, me temo, locura-, ya que han tenido lugar demasia­dos sucesos como para permitirme tales dudas misericordiosas. St. John es un cadáver destrozado; tan sólo yo sé por qué, y por­que lo sé voy a saltarme los sesos por temor a sufrir igual des­tino. A través de tenebrosos e ilimitados pasadizos de espantosa fantasmagoría se escabulle la némesis negra e informe que me empuja al suicidio.

 

            ¡Quiera el cielo perdonar la locura y morbo que nos llevaron a este monstruoso final! Hastiados de los lugares comunes de un mundo prosaico donde pronto se pierde el regusto del romance y la aventura, St. John y yo habíamos seguido con entusiasmo cada movimiento estético e intelectual que nos prometiera un respiro en nuestro devastador aburrimiento. En tiempos nos habíamos empapado de los enigmas de los simbolistas y los éxtasis de los prerrafaelistas, pero cada nueva moda agotaba pronto su divertida novedad y su reclamo. Sólo la sombría filo­sofía de los decadentes lograba retenernos, y tan sólo nos resul­taba suficientemente fuerte incrementando progresivamente la hondura y lo demoníaco de nuestras exploraciones. Baudelaire y Huysman pronto quedaron vacíos de estremecimiento, hasta que por último sólo nos restaron los más directos estímulos de antinaturales aventuras y experiencias personales. Fue esta espantosa necesidad emocional lo que finalmente nos condujo por este detestable camino que aún en mi presente estado de temor menciono con vergüenza y reparo... ese odioso extremo de la atrocidad humana, la horrenda práctica de violar tumbas.

 

            No puedo revelar los detalles de nuestras estremecedoras expediciones, o dar cuenta ni siquiera parcialmente de los peores trofeos que adornaban el indescriptible museo diseñado por nosotros mismos en la gran casa de piedra que habitábamos, solos y sin criados. Nuestro museo era un sitio blasfemo e in­concebible, donde con el satánico gusto de un virtuoso neuró­tico habíamos recreado un universo de terror y decadencia desti­nado a excitar nuestra mortecina sensibilidad. Era un cuarto secreto, abajo, muy abajo, donde grandes demonios alados, esculpidos en basalto y ónice, vomitaban por sus amplias y son­rientes bocas salvajes luces verdes y anaranjadas; y ocultos respi­raderos agitaban en calidoscópicas danzas de la muerte las filas de rojos seres de ultratumba que entrelazaban las manos en las voluminosas colgaduras negras. A través de esos suspiros llega­ban a voluntad los aromas que nuestros sentidos más apetecie­sen. A veces el olor de los pálidos lirios fúnebres, en ocasiones el narcótico incienso de imaginarios sepulcros orientales conte­niendo a regios difuntos, y a veces —¡cómo me estremezco al recordarlo!— el espantoso, el agobiante hedor de las tumbas abiertas.

 

            Contra los muros de esta repelente estancia se encontraban sarcófagos de antiguas momias, alternando con hermosos cuer­pos, casi vivos, perfectamente disecados y conservados por el arte del taxidermista, y con lápidas hurtadas a todos los mas vie­jos camposantos del mundo. Nichos dispersos contenían crá­neos de todas las formas, así como cabezas conservadas en dis­tintos estadios de descomposición. Allí podían verse los restos podridos y expuestos de famosos aristócratas, así como los cabe­llos dorados, lozanos y radiantes de un chiquillo recién desente­rrado. Había estatuas y pinturas, sobre todo tocantes a inferna­les temas; algunos de ellos obras de St. John y de mí mismo. Un portafolios cerrado con llave, realizado con piel humana curtida, contenía ciertos dibujos desconocidos e indescriptibles atribui­dos al propio Goya, de quien se decía que nunca osó exponerlos a la opinión pública. Había nauseabundos instrumentos musica­les de cuerda, metal y madera, con los que St. John y yo a veces interpretábamos disonancias de exquisita morbidez y horror cacodemoníaco; mientras que en una multitud de casilleros de ébano descansaba la más increíble e inimaginable variedad de trofeos fúnebres jamás reunida por la locura y la perversidad humana. Pero de estos trofeos no debo hablar... gracias a Dios, tuve el valor de destruirlos completamente antes de pensar en destruirme a mí mismo.

 

            Las incursiones predadoras en las que recogíamos nuestros inmencionables tesoros eran siempre eventos artísticamente memorables. No éramos vulgares necrófilos, sino que obrába­mos tan sólo en ciertas condiciones de humor, escenario, ambiente, clima, estación y fase lunar. Tales pasatiempos eran para nosotros la más exquisita forma de expresión artística y prestábamos a cada detalle un fastidioso cuidado técnico. Una hora inadecuada, un efecto de luz desentonando o una inade­cuada manipulación de la tierra húmeda podía espantar casi totalmente de nosotros ese extasiado temblor que resultaba de la exumación de algún ominoso y burlón secreto de la tierra. Nuestra búsqueda de escenarios novedosos y excitantes condi­ciones era febril, jamás satisfecha... St. John guiaba siempre, y fue él quién al final abrió el camino hacia ese burlesco, ese mal­dito lugar que acarreó sobre nosotros la espantosa e inevitable condenación.

 

            ¿A través de qué maligna fatalidad fuimos atraídos a ese terrible camposanto holandés? Creo que fue el rumor y la leyenda acerca de alguien que llevaba enterrado allí cinco siglos, alguien que también fuera en vida un profanador de tumbas y que había robado un objeto de poder en un gran sepulcro. Aún puedo recordar los momentos finales de aquella escena... la pálida luz otoñal sobre las tumbas, derramando sombras horriblemente largas, los árboles deformes, inclinados de forma sombría contra la descuidada maleza y las losas desvencijadas; las legiones de murciélagos extraños y colosales volando al trasluz de la luna; la vieja iglesia cubierta de hierba, apuntando un inmenso dedo espectral hacia el cielo lívido; los insectos fosforescentes que bai­laban como fuegos fatuos bajo los tejos en un rincón apanado; el hedor a moho, vegetación y cosas menos identificables, entre­mezclándose débilmente con los aires nocturnos llegados de lejanos pantanos y mares; y, lo peor de todo, el débil aullido, con notas profundas, de algún gigantesco sabueso que no podía­mos ver ni ubicar. Nos estremecimos al oír este atisbo de ladrido, recordando los relatos de labriegos, ya que a quien bus­cábamos había sido descubierto hacía siglos en este mismo sitio, destrozado y mutilado por las garras y los dientes de alguna bes­tia inexplicable.

 

            Recuerdo cómo hurgamos con las palas en la tumba de aquel necrófilo; cómo nos estremecíamos de nuestra propia ima­gen, la tumba, la pálida luna menguante, las horribles sombras, los árboles deformes, los titánicos murciélagos, la vieja iglesia, los danzarines fuegos fatuos, los nauseabundos hedores, el leve soplo del viento nocturno y el extraño, oído a medias, aullido que no llegaba de ninguna dirección concreta y de cuya existen­cia real apenas podíamos estar seguros. Luego dimos con una sustancia más dura que el húmedo moho y vimos una caja ova­lada y podrida, incrustada de depósitos minerales durante su larga e inalterada presencia en la tierra. Resultaba increíble­mente dura y densa, pero era tan vieja que finalmente logramos forzarla y nos regalamos los ojos con el contenido.

 

            Quedaba mucho, demasiado, a pesar de los quinientos años transcurridos. El esqueleto, aunque quebrantado en ciertas par­tes por las mandíbulas del ser que le diera muerte, se conservaba asombrosamente sólido, y nos congratulamos de la limpia cala­vera blanca y de sus largos y firmes dientes, así como de las órbi­tas vacías que una vez resplandecieran con una fiebre sepulcral parecida a la que nos consumía. Dentro del ataúd había un amuleto de curioso y exótico diseño, que aparentemente había estado suspendido del cuello del yacente. Era una figura, extra­ñamente formal, de un sabueso agazapado y alado, o la de una esfinge de rostro semicanino, y estaba exquisitamente trabajada en un estilo oriental y antiguo, en una pieza de jade verde. La expresión de ese rostro resultaba sumamente repulsiva, traslu­ciendo a un tiempo muerte, bestialidad y malevolencia. En torno a la base se encontraba una inscripción en caracteres que ni St. John ni yo pudimos reconocer; y al fondo, como la marca del artífice, habían esculpido una calavera grotesca y formidable.

 

            Apenas pusimos los ojos en ese amuleto supimos que tenía­mos que poseerlo; que tal tesoro tenía que ser la lógica recom­pensa que tomásemos de esa tumba centenaria. Lo habríamos deseado aunque su diseño nos fuera ajeno por completo; pero, una vez examinado más detenidamente, descubrimos que nos era completamente extraño. De hecho, estaba lejos de todo arte o literatura que un lector cuerdo y equilibrado pueda conocer, pero lo reconocimos como ese ser que es insinuado en el prohibido Necronomicón del árabe loco Abdul Alhazred; ese horripi­lante símbolo espiritual del culto necrófago de la inaccesible Leng, en el Asia Central. Demasiado bien pudimos encontrar los siniestros perfiles descritos por el viejo demonólogo árabe; perfiles, escribía, tomados de alguna oscura manifestación sobre­natural de los espíritus de aquellos que mancillaron y se alimen­taron de los muertos.

 

            Cogiendo el objeto de jade verde, echamos un último vis­tazo a la calavera blanca y de órbitas vacías de su dueño y cubri­mos la tumba hasta dejarla tal como la encontramos. Al abando­nar ese lugar espantoso, con el amuleto robado en el bolsillo de St. John, creímos ver a los murciélagos abalanzarse en masa sobre la tierra recién profanada, como buscando algún alimento maldito y repugnante. Y, asimismo, mientras navegábamos al día siguiente entre Holanda y nuestro hogar, creímos oír el débil aullido lejano de algún sabueso gigantesco en la distancia. Pero el viento de otoño gemía triste y desasosegado y no pudimos estar seguros.

 

 

 

II

 

 

 

            Menos de una semana después de nuestro regreso a Inglate­rra comenzaron a acaecer sucesos extraños. Vivíamos como ermitaños, sin amigos, solos y sin criados, en unas pocas habita­ciones de una casa solariega, sita en un páramo baldío y poco transitado; así que raramente venía alguna visita a llamar a nues­tra puerta. Ahora, sin embargo, nos vimos perturbados por lo que parecía ser un deambular en la noche, no sólo en torno a las puertas, sino también de ventanas, tanto las altas como las bajas. En una ocasión nos pareció que un cuerpo largo y opaco oscure­cía la ventana de la biblioteca al pasar ante la luna, y otra vez escuchamos zumbidos o aleteos a lo lejos. La investigación no reveló nada y comenzamos a achacar esos sucesos a nuestra ima­ginación... la misma imaginación curiosamente perturbada que aún sostenía en nuestros oídos el débil y lejano aullido que ha­bíamos creído oír en el camposanto holandés. El amuleto de jade verde reposaba ahora en uno de los nichos de nuestro museo, y a veces encendíamos velas extrañamente aromatizadas ante él. Leíamos mucho en el Necronomicón de Alhazred acerca de sus propiedades, y sobre la relación de los espíritus de los demonios con los objetos que los simbolizaba, y nos sentimos turbados por lo leído. Entonces llegó el terror.

 

            La noche del 24 de septiembre de 19... oí un golpe en la puerta de mi alcoba. Creyendo que era St. John, le invité a entrar, pero tan sólo obtuve como respuesta una risa estridente. No había nadie en el pasillo. Cuando hube despertado a St. John, se manifestó totalmente ajeno al suceso, y se vio tan per­plejo como yo. Fue la noche en la que el aullido débil y lejano sobre el páramo se convirtió para nosotros en una certeza tangi­ble y espantosa. Cuatro días después, mientras estábamos en el museo oculto, se produjo un rasguñar bajo y cauteloso en la puerta sencilla que llevaba a la escalera secreta de la biblioteca. Nuestro susto fue doble, ya que unido al miedo a lo descono­cido estaba el que siempre habíamos tenido el temor a que se descubriese nuestra espantable colección. Apagando todas las luces, fuimos a la puerta y la abrimos de golpe; fue entonces cuando sentimos un inexplicable soplo de aire y escuchamos, como en retroceso, una mescolanza de susurros, risas entre dien­tes y charla articulada. No tratamos de determinar si nos había­mos vuelto loco, soñábamos o si estábamos en nuestros cabales. Tan sólo supimos, sumidos en la más negra aprensión, que aquella charla aparentemente incorpórea se realizaba sin duda alguna en holandés.

 

            A partir de entonces vivimos en un creciente horror y fasci­nación. Principalmente sustentábamos la teoría de que estábamos enloqueciendo junto por culpa de nuestra vida de placeres antinaturales; pero a veces nos complacíamos en plantearnos el drama de las víctimas de alguna maldición reptante y abomina­ble. Las manifestaciones extravagantes resultaban demasiado fre­cuentes ahora como para relatarlas. Nuestra solitaria casa parecía albergar la presencia de algún ser maligno cuya naturaleza no podíamos conjeturar, y cada noche el demoníaco aullido iba y venía a través del ventoso páramo, incrementándose sin cesar. El 29 de octubre encontramos en la tierra blanca, bajo la ventana de la biblioteca, una serie de pisadas imposibles por completo de describir. Eran tan desconcertantes como las hordas de grandes murciélagos que merodeaban alrededor de la vieja casa en un número sin precedentes, siempre aumentando.

 

            El horror culminó el 18 de noviembre, cuando St. John, que volvía a casa tras el ocaso desde la lejana estación de tren, fue atrapado por algún espantoso carnívoro y resultó despeda­zado. Sus gritos llegaron hasta la casa y, mientras yo corría hacia la terrible escena, tuve tiempo de escuchar batir de alas y atisbar una nebulosa silueta negra perfilada contra la luna naciente. Mi amigo agonizaba cuando pude hablar con él, y no fue capaz de darme respuestas coherentes. Todo cuanto pudo fue el susurrar:

 

            —El amuleto... esa cosa maldita...

 

            Entonces cedió, convertido en una masa inerte de carne desgarrada.

 

            Lo enterré a la medianoche siguiente en uno de nuestros des­cuidados jardines, murmurando sobre su cuerpo uno de los dia­bólicos rituales de los que tanto gustara en vida. Al pronunciar la última y demoníaca frase, oí a lo lejos en el páramo el débil aullido de algún sabueso gigantesco. Había salido la luna, pero no osé mirar. Y cuando vi sobre el páramo, tenuemente ilumi­nado, una gran sombra indistinta que saltaba de un montículo a otro, cerré los ojos y me lancé de bruces al suelo. Cuando me incorporé tembloroso, no sé cuánto después, fui tambaleándome hacia la casa y realicé estremecidas reverencias en honor de amuleto de jade.

 

            Temeroso ahora de vivir solo en la vieja casa del páramo, me fui al día siguiente a Londres, llevándome el amuleto tras quemar y enterrar el resto de nuestra impía colección. Pero tres noches más tarde oí de nuevo el aullido y, antes de una semana, sentía en la oscuridad ojos extraños clavados en mí. Una tarde, paseando por el muelle Victoria en busca de un poco de aire fresco, vi una negra silueta oscurecer el reflejo de una de las lámparas en el agua. Soplaba un aire más fuerte que el viento nocturno y comprendí que lo que había alcanzado a St. John me alcanzaría también a mí.

 

            Al día siguiente envolví cuidadosamente el amuleto de jade y me embarqué rumbo a Holanda. Cuánta misericordia podía lograr devolviendo aquello a su silencioso y yacente dueño era algo que no podía saber, pero pensaba que al menos debía dar cualquier paso lógicamente concebible. Qué era el sabueso y por qué me perseguía eran preguntas aún indistintas; pero yo había oído por primera vez su aullido en el viejo camposanto y cada suceso posterior, incluso el susurro agonizante de St. John, habían servido para conectar la maldición con el robo del amu­leto. Por tanto, me vi sumido en el más profundo abismo de desesperación cuando, en un hotel de Rotterdam, descubrí que los rateros me habían privado del único medio de salvación.

 

            El aullido resonó con fuerza esa noche, y a la mañana si­guiente leí de un indescriptible suceso acaecido en el peor barrio de la ciudad. La chusma estaba aterrorizada, ya que sobre una turbia casa de vecindad había caído una muerte roja que reba­saba los más enloquecidos crímenes del barrio. En una mísera madriguera de ladrones toda una familia había resultado despe­dazada por algún ser ignorado que no dejó huella alguna, y quienes se encontraban en las proximidades habían oído por la noche, entre la habitual algarabía de voces ebrias, una nota débil, profunda e insistente, como la de un sabueso gigantesco.

 

            Así que al fin me encontré de nuevo en aquel maligno cam­posanto sobre el que una pálida luna invernal lanzaba sombras espantosas, y los árboles deshojados se ladeaban de forma som­bría hacia la hierba rala y helada y las lápidas desmenuzadas, y la iglesia cubierta de hiedra apuntaba un ofensivo dedo hacia el cielo hostil, y el viento nocturno aullaba de forma maníaca pro­cedente de helados pantanos y mares gélidos. El aullido ahora era muy débil y se detuvo al acercarme a la vieja tumba que ya una vez profanara, y mi llegada espantó a una horda anormal­mente grande de murciélago que antes viera remolonear de forma curiosa por los alrededores.

 

            No sé si había ido sólo a rezar o a farfullar súplicas y discul­pas enloquecidas para el quieto ser blanco que yacía en su inte­rior; pero, cualesquiera que fueran mis motivos, ataqué el cés­ped medio helado con una desesperación que me salía en parte de dentro y en parte de una dominante voluntad externa a la mía. El cavar resultó mucho más fácil de lo esperado, aunque en cierto momento sufrí una extraña interrupción, cuando un bui­tre flaco se abatió desde el cielo helado para picotear frenético la tierra de la tumba hasta que lo maté con un golpe de pala. Por último llegué a la podrida caja ovalada e hice a un lado las húmedas incrustaciones que la cubrían. Ése resultó el último acto racional que llevé a cabo.

 

            Ya que, agazapado en ese ataúd centenario, arropado por un prieto séquito de pesadilla de inmensos, nervudos, dormidos murciélagos, se hallaba el ser óseo al que despojáramos mi amigo y yo; pero ya no limpio y tranquilo como lo viéramos, sino cubierto de sangre coagulada y jirones de carne y pelo aje­nos, acechándome despierto con órbitas fosforescentes y agudos colmillos ensangrentados que sonreían aviesamente, burlándose de mi inevitable condenación. Y cuando de aquellas sonrientes fauces brotó un aullido profundo y sardónico, como el de algún sabueso gigantesco, y vi que sostenía en su sucia zarpa ensangrentada el perdido y fatídico amuleto de jade verde, tan sólo grité y eché a correr de forma estúpida, con mis gritos desembo­cando sin tardanza en carcajadas de risa histérica.

 

La locura cabalga el viento entre las estrellas... garras y dien­tes afilándose sobre cientos de cadáveres... muerte goteando a horcajadas de una bacanal de murciélagos procedentes de ruinas negras como la noche, en sepultados templos de Belial... ahora, mientras el aullido de esta monstruosidad muerta y descarnada se hace más y más fuerte, y los sigilosos susurros y aleteos de esas malditas alas membranosas dan vueltas más y más cerca, lograré gracias a mi revólver el olvido, que es el único refugio contra lo innombrado y lo innombrable.

 

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UN HABITANTE DE CARCOSA --- Ambrose Bierce

UN HABITANTE DE CARCOSA --- Ambrose Bierce

UN HABITANTE
DE CARCOSA
Ambrose Bierce
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***
"Existen diversas clases de muerte. En algunas, el cuerpo perdura, en otras se
desvanece por completo con el espíritu. Esto solamente sucede, por lo general, en la
soledad (tal es la voluntad de Dios), y, no habiendo visto nadie ese final, decimos
que el hombre se ha perdido para siempre o que ha partido para un largo viaje, lo
que es de hecho verdad. Pero, a veces, este hecho se produce en presencia de
muchos, cuyo testimonio es la prueba. En una clase de muerte el espíritu muere
también, y se ha comprobado que puede suceder que el cuerpo continúe vigoroso
durante muchos años. Y a veces, como se ha testificado de forma irrefutable, el
espíritu muere al mismo tiempo que el cuerpo, pero, según algunos, resucita en el
mismo lugar en que el cuerpo se corrompió."
Meditando estas palabras de Hali (Dios le conceda la paz eterna), y
preguntándome cuál sería su sentido pleno, como aquel que posee ciertos indicios,
pero duda si no habrá algo más detrás de lo que él ha discernido, no presté atención
al lugar donde me había extraviado, hasta que sentí en la cara un viento helado que
revivió en mí la conciencia del paraje en que me hallaba. Observé con asombro que
todo me resultaba ajeno. A mi alrededor se extendía una desolada y yerma llanura,
cubierta de yerbas altas y marchitas que se agitaban y silbaban bajo la brisa del
otoño, portadora de Dios sabe qué misterios e inquietudes. A largos intervalos, se
erigían unas rocas de formas extrañas y sombríos colores que parecían tener un
mutuo entendimiento e intercambiar miradas significativas, como si hubieran
asomado la cabeza para observar la realización de un acontecimiento previsto. Aquí
y allá, algunos árboles secos parecían ser los jefes de esta malévola conspiración de
silenciosa expectativa.
A pesar de la ausencia del sol, me pareció que el día debía estar muy avanzado,
y aunque me di cuenta de que el aire era frío y húmedo, mi conciencia del hecho era
más mental que física; no experimentaba ninguna sensación de molestia. Por encima
del lúgubre paisaje se cernía una bóveda de nubes bajas y plomizas, suspendidas
como una maldición visible. En todo había una amenaza y un presagio, un destello
de maldad, un indicio de fatalidad. No había ni un pájaro, ni un animal, ni un
insecto. El viento suspiraba en las ramas desnudas de los árboles muertos, y la yerba
gris se curvaba para susurrar a la tierra secretos espantosos. Pero ningún otro ruido,
ningún otro movimiento rompía la calma terrible de aquel funesto lugar.
Observé en la yerba cierto número de piedras gastadas por la intemperie y
evidentemente trabajadas con herramientas. Estaban rotas, cubiertas de musgo, y
medio hundidas en la tierra. Algunas estaban derribadas, otras se inclinaban en
ángulos diversos, pero ninguna estaba vertical. Sin duda alguna eran lápidas
funerarias, aunque las tumbas propiamente dichas no existían ya en forma de
túmulos ni depresiones en el suelo. Los años lo habían nivelado todo. Diseminados
aquí y allá, los bloques más grandes marcaban el sitio donde algún sepulcro
pomposo o soberbio había lanzado su frágil desafío al olvido. Estas reliquias, estos
vestigios de la vanidad humana, estos monumentos de piedad y afecto me parecían
tan antiguos, tan deteriorados, tan gastados, tan manchados, y el lugar tan
descuidado y abandonado, que no pude más que creerme el descubridor del
U n habitante de Carcosa Ambrose Bierce
cementerio de una raza prehistórica de hombres cuyo nombre se había extinguido
hacía muchísimos siglos.
Sumido en estas reflexiones, permanecí un tiempo sin prestar atención al
encadenamiento de mis propias experiencias, pero después de poco pensé: "¿Cómo
llegué aquí?". Un momento de reflexión pareció proporcionarme la respuesta y
explicarme, aunque de forma inquietante, el extraordinario carácter con que mi
imaginación había revertido todo cuanto veía y oía. Estaba enfermo. Recordaba
ahora que un ataque de fiebre repentina me había postrado en cama, que mi familia
me había contado cómo, en mis crisis de delirio, había pedido aire y libertad, y cómo
me habían mantenido a la fuerza en la cama para impedir que huyese. Eludí
vigilancia de mis cuidadores, y vagué hasta aquí para ir... ¿adónde? No tenía idea.
Sin duda me encontraba a una distancia considerable de la ciudad donde vivía, la
antigua y célebre ciudad de Carcosa.
En ninguna parte se oía ni se veía signo alguno de vida humana. No se veía
ascender ninguna columna de humo, ni se escuchaba el ladrido de ningún perro
guardián, ni el mugido de ningún ganado, ni gritos de niños jugando; nada más que
ese cementerio lúgubre, con su atmósfera de misterio y de terror debida a mi cerebro
trastornado. ¿No estaría acaso delirando nuevamente, aquí, lejos de todo auxilio
humano? ¿No sería todo eso una ilusión engendrada por mi locura? Llamé a mis
mujeres y a mis hijos, tendí mis manos en busca de las suyas, incluso caminé entre las
piedras ruinosas y la yerba marchita.
Un ruido detrás de mí me hizo volver la cabeza. Un animal salvaje -un lince-
se acercaba. Me vino un pensamiento: "Si caigo aquí, en el desierto, si vuelve la fiebre
y desfallezco, esta bestia me destrozará la garganta." Salté hacia él, gritando. Pasó a
un palmo de mí, trotando tranquilamente, y desapareció tras una roca.
Un instante después, la cabeza de un hombre pareció brotar de la tierra un poco
más lejos. Ascendía por la pendiente más lejana de una colina baja, cuya cresta
apenas se distinguía de la llanura. Pronto vi toda su silueta recortada sobre el fondo
de nubes grises. Estaba medio desnudo, medio vestido con pieles de animales; tenía
los cabellos en desorden y una larga y andrajosa barba. En una mano llevaba un arco
y flechas; en la otra, una antorcha llameante con un largo rastro de humo. Caminaba
lentamente y con precaución, como si temiera caer en un sepulcro abierto, oculto por
la alta yerba.
Esta extraña aparición me sorprendió, pero no me causó alarma. Me dirigí hacia
él para interceptarlo hasta que lo tuve de frente; lo abordé con el familiar saludo:
-¡Que Dios te guarde!
No me prestó la menor atención, ni disminuyó su ritmo.
-Buen extranjero -proseguí-, estoy enfermo y perdido. Te ruego me
indiques el camino a Carcosa.
El hombre entonó un bárbaro canto en una lengua desconocida, siguió
caminando y desapareció.
Sobre la rama de un árbol seco un búho lanzó un siniestro aullido y otro le
contestó a lo lejos. Al levantar los ojos vi a través de una brusca fisura en las nubes a
U n habitante de Carcosa Ambrose Bierce
Aldebarán y las Híadas. Todo sugería la noche: el lince, el hombre portando la
antorcha, el búho. Y, sin embargo, yo veía... veía incluso las estrellas en ausencia de
la oscuridad. Veía, pero evidentemente no podía ser visto ni escuchado. ¿Qué
espantoso sortilegio dominaba mi existencia?
Me senté al pie de un gran árbol para reflexionar seriamente sobre lo que más
convendría hacer. Ya no tuve dudas de mi locura, pero aún guardaba cierto
resquemor acerca de esta convicción. No tenía ya rastro alguno de fiebre. Más aún,
experimentaba una sensación de alegría y de fuerza que me eran totalmente
desconocidas, una especie de exaltación física y mental. Todos mis sentidos estaban
alerta: el aire me parecía una sustancia pesada, y podía oír el silencio.
La gruesa raíz del árbol gigante (contra el cual yo me apoyaba) abrazaba y
oprimía una losa de piedra que emergía parcialmente por el hueco que dejaba otra
raíz. Así, la piedra se encontraba al abrigo de las inclemencias del tiempo, aunque
estaba muy deteriorada. Sus aristas estaban desgastadas; sus ángulos, roídos; su
superficie, completamente desconchada. En la tierra brillaban partículas de mica,
vestigios de su desintegración. Indudablemente, esta piedra señalaba una sepultura
de la cual el árbol había brotado varios siglos antes. Las raíces hambrientas habían
saqueado la tumba y aprisionado su lápida.
Un brusco soplo de viento barrió las hojas secas y las ramas acumuladas sobre
la lápida. Distinguí entonces las letras del bajorrelieve de su inscripción, y me incliné
a leerlas. ¡Dios del cielo! ¡Mi propio nombre...! ¡La fecha de mi nacimiento...! ¡y la
fecha de mi muerte!
Un rayo de sol iluminó completamente el costado del árbol, mientras me ponía
en pie de un salto, lleno de terror. El sol nacía en el rosado oriente. Yo estaba en pie,
entre su enorme disco rojo y el árbol, pero ¡no proyectaba sombra alguna sobre el
tronco!
Un coro de lobos aulladores saludó al alba. Los vi sentados sobre sus cuartos
traseros, solos y en grupos, en la cima de los montículos y de los túmulos irregulares
que llenaban a medias el desierto panorama que se prolongaba hasta el horizonte.
Entonces me di cuenta de que eran las ruinas de la antigua y célebre ciudad de
Carcosa.

* * *

Tales son los hechos que comunicó el espíritu de Hoseib Alar Robardin al
médium Bayrolles.

http://bloodgothic.blogspot.com/2009/04/un-habitante-de-carcosa-ambrose-bierce.html

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