Por arkaiko
Alejandro Dumas - La Hermosa Vampirizada
Yo soy polaca, nacida en Sandomir,vale decir en un país donde las
leyendas se tornan artículos de fe, donde creemos en las tradiciones de
familia como y —acaso más que— en el Evangelio. No hay castillo entre
nosotros que no tenga su espectro, ni una cabaña que no tenga su genio
familiar. En la casa del rico como en la del pobre, en el castillo como en
la cabaña, se reconoce el principio amigo y el principio enemigo.
A veces estos dos principios entran en lucha y se combaten. Entonces se
escuchan ruidos tan misteriosos en los corredores, rugidos tan horrendos
en las antiguas torres, sacudidas tan formidables en las murallas, que los
habitantes huyen de la cabaña como del castillo, y aldeanos y nobles
corren a la iglesia en procura de la cruz bendita o de las santas
reliquias, únicos resguardos contra los demonios que nos atormentan. Pero
otros dos principios más terribles aún, más furiosos e implacables, se
encuentren allí enfrentados: la tiranía y la libertad.
El año 1825 vio empeñarse entre Rusia y Polonia una de esas luchas en las
cuales creyérase agotada toda la sangre de un pueblo, como a menudo se
agota la sangre de una familia entera. Mi padre y mis dos hermanos,
rebelados contra el nuevo zar, habían ido a alinearse bajo la bandera de
la independencia polaca, postrada siempre, siempre renacida. Un día supe
que mi hermano menor había sido muerto; otro día me anunciaron que mi
hermano mayor estaba mortalmente herido; y por fin, después de una jornada
angustiosa, durante la cual yo había escuchado aterrorizada el tronar
siempre más cercano del cañón, vi llegar a mi padre con un centenar de
soldados de a caballo, residuo de tres mil hombres que él comandaba.
Había venido a encerrarse en nuestro castillo con la intención de
sepultarse bajo sus ruinas. Mientras no temía nada por él, temblaba por
mí. Y en efecto, para él era único riesgo la muerte, porque estaba
segurísimo de no caer vivo en manos del enemigo; pero a mí me amenazaba la
esclavitud, el deshonor, la vergüenza. Mi padre escogió diez hombres entre
los cien que le quedaban, llamó al intendente, le hizo entrega de cuanto
dinero y objetos preciosos poseíamos y, recordando que —en ocasión de la
segunda división de Polonia— mi madre, casi niña aún, había encontrado un
asilo inaccesible en el monasterio de Sabastru, situado en medio de los
montes Cárpatos, le ordenó conducirme a aquel monasterio que abriría a la
hija, como hacía tiempo a la madre, sus hospitalarias puertas.
A despecho del gran amor que mi padre alimentaba por mí, nuestros saludos
no fueron largos. Según todas las probabilidades, los rusos debían llegar
el día siguiente a la vista del castillo, por lo que no había tiempo que
perder. Me puse de prisa un vestido de amazona, con el que solía acompañar
a mis hermanos en la caza. Me trajeron ensillado el mejor caballo de la
cuadra; mi padre me puso en los bolsillos del arzón sus propias pistolas,
obras maestras de las fábricas de Tula, me abrazó y dio la orden de
partida.
Durante aquella noche y el día siguiente recorrimos veinte leguas,
costeando uno de esos ríos sin nombre que desembocan en el Vístula. Esta
primer doble etapa nos había sustraído al peligro de caer en manos de los
rusos. El sol se dirigía al tramonto, cuando vimos brillar las nevadas
cimas de los Cárpatos.
Hacia la noche del día siguiente llegamos a su pie: al fin, en la mañana
del tercer día, comenzamos a avanzar por una de sus gargantas. Nuestros
Cárpatos no se parecen a los fértiles montes de vuestro occidente. Cuanto
la naturaleza tiene de extraordinario y grandioso se presenta allí en toda
su majestad. Sus tempestuosas cumbres se pierden en las nubes cubiertas de
eternas nieves; sus inmensos bosques de abetos se inclinan sobre el terso
espejo de lagos que por su vastedad semejan mares; y de aquellos lagos,
jamás navecilla alguna ha surcado sus ondas, jamás redes de pescadores
turbaron su cristal profundo como el azul del cielo; apenas, de tiempo en
tiempo, resuena allí la voz humana, haciendo escuchar un canto moldavo al
que contestan los gritos de los animales selváticos: y cantos y gritos van
a desvelar algún solitario eco, atónito de que un ruido cualquiera le haya
revelado su propia existencia. Por millas y millas se viaja allí bajo la
umbría bóveda de los bosques entrecruzados de las inesperadas maravillas
que la soledad nos descubre a cada instante, y que hacen pasar nuestro
ánimo del estupor a la admiración. Ahí doquiera hay peligro, y el peligro
se compone de mil riesgos diversos; pero no se tiene tiempo para
atemorizarse, tan sublimes son aquellos riesgos. Aquí hay alguna cascada a
la que dio origen imprevistamente la licuefacción de los hielos y que,
saltando de roca en roca, invade de pronto el angosto sendero que se
recorre, trazado por el paso de las fieras en fuga y del cazador que las
persigue; allí hay árboles minados por el tiempo, que se desprenden del
suelo y se derrumban con horrible estrépito semejante al de un terremoto;
en otra parte, en fin, son los huracanes los que os envuelven de nubes, en
medio de las cuales se ve centellear, extenderse y contorsionarse el
relámpago, como sierpe inflamada. Luego, tras de haber superado aquellas
moles agrestes, aquellos bosques primitivos, tras de encontraros en medio
de gigantescas montañas y bosques interminables, os veis ante inmensos
páramos, como mares que tienen también sus ondas y sus tempestades, áridas
y gibosas estepas, donde la vista se pierde en un horizonte sin límite.
Entonces no es terror lo que experimentáis, sino una triste y profunda
melancolía, de la cual nada hay que pueda distraeros, porque el aspecto de
la región, por lejos que se alargue vuestra mirada, es siempre el mismo.
Ascended o descended las cien veces iguales pendientes, buscando en vano
un camino trazado: al hallaros tan perdidos en aquel aislamiento, en medio
de desiertos, os creéis solos en la naturaleza, y vuestra melancolía se
convierte en desolación. Os parece inútil caminar más adelante, porque no
veis una meta para vuestros pasos; no encontráis una aldea, ni un
castillo, ni una cabaña, ni en suma vestigio de humana morada. Sólo de
cuando en cuando, como una tristeza más en aquella región melancólica, un
pequeño lago sin cañas, sin arbustos, dormido en el fondo de un barranco,
casi otro mar Muerto, os cierra el camino con sus verdes aguas, sobre las
cuales se levantan al acercaros algunas aves acuáticas de gritos
prolongados y discordantes. Rodead ese lago, trasponed el collado que está
delante de vosotros, descended a otro valle, superad otra colina, y así
sucesivamente, hasta que hayáis llegado a los comienzos de la cadena de
montes que van siempre disminuyendo más. Pero si al concluir esa cadena os
volvéis hacia el mediodía, la región recobra un carácter majestuoso, se os
presenta una naturaleza más grandiosa y descubriréis otra cadena de
montañas más altas, de forma más pintoresca, de más rica vegetación, toda
cubierta de espesos bosques, toda surcada de arroyos: con la sombra y con
el agua renace también la vida en aquella comarca; se escucha ya el tañido
de la campana de una ermita, y sobre el flanco de aquella montaña se ve
serpentear una caravana. Por fin, a los últimos rayos del sol poniente se
perciben desde lejos, a guisa de bandada de pájaros blancos, apoyándose
las unas en las otras, las casas de una aldea, que parece se hubieran
agrupado en cierto modo para defenderse de un asalto nocturno; pues con la
vida ha vuelto el peligro: aquí no se luchará con osos y lobos, como en
aquella altas montañas, sino con hordas de bandidos moldavos.
Entretanto nos acercábamos a nuestra meta. Diez días de camino habían
transcurrido sin ningún incidente. Ya distinguíamos la cumbre del monte
Pion, que se eleva sobre toda aquella familia de gigantes, y sobre cuya
vertiente meridional está situado el convento de Sabastru al cual yo me
trasladaba. Tres días más, y nos hallábamos al término de nuestro viaje.
Eran los últimos días de julio. Habíamos tenido una jornada muy cálida, y
hacia las cuatro respirábamos con ansioso deleite las primeras brisas del
atardecer. Habíamos dejado atrás hacía poco las torres ruinosas de
Niantzo. Bajábamos a una llanura que empezábamos a ver a través de una
hendidura de la montaña.
Desde el sitio donde estábamos, ya podíamos seguir con la vista el curso
del Bistriza, de riberas esmaltadas de bermejeantes viñedos y de altas
campánulas de flores blancas. Bordeábamos un abismo en cuyo fondo corría
el río, que en aquel lugar tenía apenas forma de torrente, y nuestras
cabalgaduras tenían escaso espacio para caminar dos de frente. Nos
precedía un guía, quien, inclinado de flanco sobre la grupa de su caballo,
cantaba una canción morlaca, cuyas palabras seguía con singular atención.
El cantor era también al mismo tiempo el poeta. Necesitaría ser uno de
aquellos montañeses para poder expresarnos la melancolía de su canción con
su salvaje tristeza, con toda su profunda sencillez. Las palabras de la
canción eran poco más o menos las siguientes:
"¡Ved allí ese cadáver en la palude de Stavila, donde corriera tanta
sangre de guerreros! No es un hijo de Iliria, no; es un feroz bandido, que
después de haber engañado a la gentil María, robó, exterminó, incendió.
"Rauda como el relámpago una bala ha venido a atravesar el corazón del
bandido; un yatagán le ha tronchado el cuello. Pero, oh misterio, después
de tres días, su sangre, tibia aún, riega la tierra bajo el pino tétrico y
solitario y ennegrece el pálido Ovigan.
"Sus ojos turquíes brillan siempre; huyamos, huyamos: guay de quien pase
por la palude cerca de él: ¡es un vampiro! El feroz lobo se aleja del
impuro cadáver, y el fúnebre buitre huye al monte de calvo frontis."
De pronto se oyó la detonación de un arma de fuego y el silbar de una
bala. La canción quedó interrumpida, y el guía, herido de muerte,
precipitóse al abismo, mientras su caballo se detenía temblando y
tendiendo la inteligente testa hacia el fondo del precipicio, donde
desapareciera su dueño. Al mismo tiempo, se levantó por los aires un grito
estridente, y sobre los flancos de la montaña vimos aparecer una treintena
de bandidos: estábamos completamente rodeados. Cada uno de los nuestros
empuñó un arma, y bien que tomados inopinadamente, mis acompañantes, como
que eran viejos soldados avezados al fuego, no se dejaron intimidar, y se
pusieron en guardia. Yo misma, dando el ejemplo, empuñé una pistola, y
conociendo bien cuán desventajosa era nuestra situación, grité:
¡Adelante!, y di con la espuela a mi caballo que se lanzó a toda carrera
hacia la llanura. Pero teníamos que vérnosla con montañeses que brincaban
de roca en roca como verdaderos demonios de los abismos, que aun saltando,
hacían fuego, manteniendo a nuestros flancos la posición tomada. Por lo
demás, nuestro plan había sido previsto. En un punto donde el camino se
ensanchaba y la montaña se allanaba un poco, aguardaba nuestro paso un
joven a la cabeza de diez hombres a caballo. Cuando nos vieron, pusieron
al galope sus cabalgaduras, y nos asaltaron de frente, mientras aquellos
que nos perseguían bajaban saltando en gran cantidad, y cortada de tal
modo nuestra retirada, nos rodeaban por todas partes.
La situación era grave y sin embargo, acostumbrada desde niña a las
escenas de guerra, pude apreciarla sin que se me escapara una sola
circunstancia. Todos aquellos hombres, vestidos de pieles de carnero,
llevaban inmensos sombreros redondos, coronados de flores naturales al
modo de los húngaros. Cada uno de ellos manejaba un largo fusil turco, que
agitaban vivamente luego de haber disparado, dando gritos salvajes, y en
la cintura portaba un sable corvo y dos pistolas. Su jefe era un joven de
apenas veintidós años, de tez pálida, de ojos negros y cabellos
ensortijados y cayéndole sobre las espaldas. Vestía la casaca moldava
guarnecida de piel y ajustada al cuerpo por una faja con listas de oro y
seda. En su mano resplandecía un sable corvo, y en su cintura relucían
cuatro pistolas. Durante la lucha daba gritos roncos e inarticulados que
parecían no pertenecer al habla humana, y sin embargo eran una eficaz
expresión de sus deseos, pues a aquellos gritos obedecían todos sus
hombres, ora echándose a tierra boca abajo para esquivar nuestras
descargas, ora levantándose para disparar a su vez, haciendo caer a
aquellos de nosotros que aún estaban de pie, matando a los heridos,
haciendo en suma de la lucha una carnicería. Yo había visto caer uno
después del otro los dos tercios de mis defensores. Cuatro estaban aún
ilesos y se apretaban a mi alrededor, no pidiendo una gracia que tenían la
certidumbre de no conseguir, y pensando sólo en vender la vida lo más cara
que fuese posible. Entonces el joven jefe dio un grito más expresivo que
los anteriores, tendiendo la punta de su sable hacia nosotros. En verdad
aquella orden significaba que debía rodearse nuestro último grupo de un
cerco de fuego y fusilarnos a todos juntos, pues de un golpe vimos
apuntarnos todos aquellos largos mosquetes.
Comprendí, que había llegado la hora final. Alcé los ojos y las manos al
cielo, murmurando una última plegaria, y aguardé la muerte. En ese
instante vi, no descender sino precipitarse de peña en pena, un joven que
se detuvo enhiesto sobre una roca que dominaba la escena, semejante a una
estatua en un pedestal, y, extendiendo la mano hacia el campo de batalla,
pronunció esta sola palabra: "¡Basta!" Todas las miradas se volvieron a
esa voz, y cada uno pareció obedecer al nuevo amo. Sólo un bandido apuntó
de nuevo su fusil e hizo el disparo. Uno de nuestros hombres dio un grito;
la bala le había roto el brazo izquierdo. Se volvió al punto para lanzarse
sobre el que le hiriera, pero aún no había hecho cuatro pasos su caballo,
que un relámpago brilló por encima de nosotros y el bandido rebelde cayó
herido por una bala en la cabeza... Tantas y tan diversas emociones habían
acabado mis fuerza; me desvanecí. Cuando recobré los sentidos, me hallé
acostada sobre la hierba, con la cabeza apoyada en las rodillas de un
hombre, de quien no veía sino la mano blanca y cubierta de anillos
rodeándome el cuerpo, mientras ante mí estaba parado, de brazos cruzados y
la espada bajo la axila, el joven jefe moldavo que dirigiera el asalto
contra nosotros. "Kostaki", decía en francés y con gesto autoritario el
que me sostenía, "haced que vuestros hombres se retiren de inmediato, y
dejadme el cuidado de esta joven. "Hermano, hermano", respondió aquel a
quien eran dirigidas tales palabras, y que parecía contenerse con
esfuerzo, "cuídate de no cansar mi paciencia; yo os dejo el castillo,
dejadme a mí el bosque. En el castillo vos sois el amo, pero aquí yo soy
todopoderoso. Aquí me bastaría una sola palabra para obligaros a
obedecerme". "Kostaki, yo soy el mayor; lo que quiere decir que soy amo en
todas partes, así en el bosque como en el castillo, allá y aquí. Como a
vos, me corre por las venas la sangre de los Brankovan, sangre real que
tiene el hábito de mandar, y yo mando." "Mandad a vuestros servidores,
Gregoriska, no a mis soldados." "Vuestros soldados son bandidos,
Kostaki... bandidos que haré ahorcar en las almenas de nuestras torres si
no me obedecen al instante." "Bien, probad de darles una orden."
Sentí entonces que quien me sostenía retiraba su rodilla, y colocaba
suavemente mi cabeza sobre una piedra.
Le seguí ansiosa con la mirada, y pude examinar a aquel joven, que cayera,
por así decirlo, del cielo en medio de la refriega, y que yo había podido
ver apenas, estando desmayada, mientras aparecía a punto en escena. Era un
joven de veinticuatro años, de alta estatura y con dos grandes ojos
celestes y resplandecientes como el relámpago, en los que se leía una
extraordinaria decisión y firmeza. Los largos cabellos rubios, indicio de
la estirpe eslava, le caían sobre las espaldas como los del arcángel
Miguel, circundando dos mejillas rubicundas y frescas; sus labios
realzados por una sonrisa desdeñosa, dejaban ver una doble hilera de
perlas. Vestía una especie de túnica de velludo negro, calzones ceñidos a
las piernas y botas bordadas; en la cabeza tenía un gorro puntiagudo
ornado de una pluma de águila; en la cintura portaba un cuchillo de caza,
y al hombro una pequeña carabina de dos caños, cuya precisión había
aprendido a apreciar uno de los bandidos. Extendió la mano, y con ese
gesto imperioso pareció imponerse hasta a su hermano. Pronunció algunas
palabras en lengua moldava, las cuales parecieron causar profunda
impresión sobre los bandidos. Entonces, a su vez, habló en la misma lengua
el joven jefe, y me pareció que su discurso estaba lleno de amenazas y de
imprecaciones. A aquel largo y vehemente discurso el hermano mayor
contestó con una sola palabra. Los bandidos se sometieron; hizo un gesto,
y los bandidos se sometieron; hizo un gesto, y los bandidos se reunieron
detrás de nosotros.
"¡Bien! Sea, pues, Gregoriska", dijo Kostaki volviendo a hablar en
francés. "Esta mujer no irá a la caverna, pero no por ello será menos mía.
La encuentro hermosa, la he conquistado yo y la quiero yo." Así diciendo,
se lanzó él hacia mí, y me levantó entre sus brazos. "Esta mujer será
llevada al castillo y entregada a mi madre, yo no la abandonaré", dijo mi
protector. "¡Mi caballo!", gritó Kostaki en lengua moldava. Varios
bandidos se apresuraron a obedecer, condujeron a su señor la cabalgadura
pedida... Gregoriska miró en torno, asió las bridas de un caballo sin
dueño, y saltó a la silla sin tocar los estribos. Kostaki, bien que me
tenía aún apretada entre sus brazos, montó en la silla casi tan ágilmente
como su hermano, y partió a todo galope. El caballo de Gregoriska pareció
haber recibido el mismo impulso y fue a ponerse pegado al flanco y al
pescuezo del corcel de Kostaki. Extraño de verse eran aquellos dos
caballeros que volaban el uno junto al otro, taciturnos, silenciosos, sin
perderse de vista un solo instante, aun cuando aparentaran no mirarse, y
se entregaban por entero a sus cabalgaduras, cuya impetuosa carrera los
llevaba a través de bosques, rocas y precipicios.
Tenía la cabeza caída, y esto me permitía ver los bellos ojos de
Gregoriska fijos en mí. Kostaki lo advirtió, me levantó la cabeza, y ya no
vi más que su tétrica mirada devorándome. Bajé los párpados, pero en vano;
a través de su velo, veía no obstante siempre aquella mirada
relampagueante que me penetraba hasta las vísceras y me punzaba el
corazón. Entonces me acaeció una extraña alucinación; parecíame ser la
Leonora de la balada de Bürger, llevada por el caballo y el caballero
fantasmas, y cuando sentí que se me cerraban abrí los ojos amedrentada,
tan persuadida estaba de ver alrededor mío sólo cruces rotas y tumbas
abiertas. Vi algo un poco más alegre; era el patio interno de un castillo
moldavo construido en el siglo décimocuarto.
Kostaki me dejó resbalar a tierra, bajando casi en seguida después que yo;
pero, por rápido que hubiera sido su acto, Gregoriska le había precedido.
Como lo dijera, en el castillo él era el amo. Al ver llegar a los dos
jóvenes y a la extranjera que llevaban con ellos, acudieron los
servidores; pero, aunque dividieron sus diligencias entre Kostaki y
Gregoriska, aparecía claro que los mayores miramientos, el respeto más
profundo eran para el segundo. Se aproximaron dos mujeres, Gregoriska les
dio una orden en lengua moldava, y con la mano me indicó que la siguiera.
La mirada que acompañaba aquel gesto era tan respetuosa que yo no vacilé
absolutamente en obedecerle. Cinco minutos después me encontraba en una
cámara que, aun cuando pudiera parecer desnuda y triste a una persona de
menos fácil contentamiento, era sin embargo evidentemente la más hermosa
del castillo. Una gran habitación cuadrada, con una especie de diván de
sayal verde, asiento de día, lecho de noche. Había también allí cinco o
seis sillones de encina, un inmenso cofre, y en un ángulo un trono
semejante a una gran silla de coro.
No había que hablar de cortinas en las ventanas y en el lecho. A los
costados de la escalera que llevaba a aquella cámara, erguíanse, dentro de
nichos, tres estatuas de los Brankovan de tamaño superior al natural. Al
poco rato trajeron nuestros bagajes, entre los cuales se encontraban
también mis maletas. Las mujeres me ofrecieron sus servicios. Pero no
obstante, reparando el desorden que lo sucedido causara en mi tocado,
conservé mi vestimenta de amazona, la cual, más que cualquier otra,
acordaba con el modo de vestir de mis huéspedes. Apenas había hecho los
pocos cambios necesarios en mis ropas, cuando oí golpear levemente en la
puerta.
"Adelante", dije en francés, siendo esta lengua para nosotros los
polacos, como sabéis, casi una segunda lengua materna. Entró Gregoriska.
"¡Ah! señora, cuánto me complace que habléis francés." "Y yo también",
respondí, "estoy contenta de saber esta lengua, porque de tal modo he
podido, gracias a este hecho, apreciar toda la generosidad de vuestra
conducta conmigo. En esa lengua vos me defendisteis de los designios de
vuestro hermano, y en esa lengua os ofrezco yo la expresión de mi sincero
reconocimiento". "Os lo agradezco, señora. Era cosa muy natural que me
preocupara de una mujer que se encontraba en vuestra situación. Andaba de
caza por los montes, cuando llegaron a mi oído algunas detonaciones
anormales y continuas; comprendí que se trataba de un asalto a mano
armada, y marché al encuentro del fuego, como decimos nosotros en términos
guerreros. A Dios gracias, llegué a tiempo, pero ¿sería tal vez demasiado
atrevido si os preguntara, oh señora, por cuál motivo una mujer de alto
linaje, como lo sois vos, se ha visto reducida a aventurarse en nuestros
montes?" "Yo soy polaca", le contesté: "Mis dos hermanos sucumbieron, no
ha mucho, en la guerra contra Rusia; mi padre, a quien dejé yo mientras se
preparaba a defender su castillo, sin duda se les ha reunido ya a esta
hora, y yo, huyendo por orden de mi padre, de todos aquellos estragos, iba
en busca de refugio al monasterio de Sabastru, donde mi madre, en su
juventud y en circunstancias semejantes, había encontrado asilo seguro."
"Sois enemiga de los rusos, tanto mejor", dijo el joven; "este título os
será poderosa ayuda en el castillo, y nosotros necesitaremos de todas
nuestras fuerzas para sostener la lucha que se prepara. Pero ante todo,
señora, pues que yo sé quién sois vos, sabed también quiénes somos
nosotros: el nombre de los Brankovan no os es desconocido, ¿verdad,
señora?" Yo me incliné. "Mi madre es la última princesa de este nombre, la
última descendiente del ilustre jefe mandado matar por los Cantimir, los
viles cortesanos de Pedro I. Casó en primeras nupcias con mi padre, Serban
Waivady, príncipe también él, pero de estirpe menos ilustre. Mi padre
había sido educado en Viena, y allí pudo apreciar las ventajas de la
civilización. Decidió hacer de mí un europeo. Partimos para Francia,
Italia, España y Alemania. Mi madre —no le toca a un hijo, lo sé, narraros
lo que os diré, pero, ya que por nuestra salvación es necesario que nos
conozcamos bien, reconoceréis justos los motivos de esta revelación— mi
madre, digo, que durante los primeros viajes de mi padre, mientras era yo
aún niño, había tenido culpables relaciones con un jefe de parciales (que
con tal nombre, agregó sonriendo Gregoriska, se llaman en este país a los
hombres por quienes fuisteis agredida), cierto conde Giordaki Koproli,
medio griego y medio moldavo, escribió a mi padre confesándole todo y
pidiéndole el divorcio, apoyando su demanda en que no quería ella, una
Brankovan, continuar siendo por más tiempo mujer de un hombre que se
tornaba día a día más extranjero a su patria. ¡Ay! Mi padre no tuvo
necesidad de dar su asentimiento a esa petición, que os podrá parecer
extraña, pero entre nosotros es cosa muy natural. Él había muerto de un
aneurisma que desde mucho tiempo le atormentaba, y la carta de mi madre la
recibí yo. A mí ahora no me quedaba otra cosa que hacer votos sinceros por
la felicidad de mi madre, y le escribí una carta, en la que le comunicaba
estos votos míos junto con la noticia de su viudez. En aquella carta le
pedía también permiso para poder continuar mis viajes, que me fue
concedido. Tenía yo la firme intención de establecerme en Francia o
Alemania para no encontrarme cara a cara con un hombre que aborrecía, y
que no podía amar, quiero decir al marido de mi madre; cuando he aquí,
que, de improviso, vine a saber que el conde Giordaki Koproli había sido
asesinado, según decires, por los viejos cosacos de mi padre. Amaba yo
demasiado a mi madre para no apresurarme a regresar a la patria,
comprendía su aislamiento y la necesidad en que debía encontrarse de tener
junto a ella en tales circunstancias las personas que podían serle
queridas. Aun cuando ella nunca se hubiera mostrado muy tierna conmigo,
era su hijo. Una mañana llegué inesperadamente al castillo de mis padres.
Allí encontré un joven, a quien al principio tomé por un extranjero, pero
luego supe que era mi hermano. Era Kostaki, el hijo del adulterio,
legitimado por un segundo matrimonio; Kostaki, la indomable criatura que
visteis, para quien son leyes sólo sus pasiones, que nada tiene por
sagrado aquí abajo fuera de su madre, que me obedece como la tigresa
obedece al brazo que la ha domado, pero rugiendo por siempre, en la vaga
esperanza de poder devorarme un día. En el interior del castillo, en el
hogar de los Brakovan y de los Waivady, yo soy aún el amo; pero fuera de
este recinto, en la abierta campiña, él se convierte en el salvaje hijo de
los bosques y de los montes, que quiere doblegarlo todo bajo su férrea
voluntad. Cómo hoy él y sus hombres hicieron para ceder, no lo sé; quizá
por antigua costumbre, o por un resto de respeto que me tienen. Pero no
quisiera arriesgar otra prueba. Permaneced aquí, no salgáis de esta
cámara, del patio, del castillo en suma, y respondo de todo; si dais un
paso fuera del castillo, no puedo prometeros otra cosa que hacerme matar
por defenderos."
"¿No podré entonces", dije yo, "según el deseo de mi padre, continuar el
viaje hacia el convento de Sabastru?" "Obrad, intentad, ordenad, yo os
acompañaré, pero quedaré en mitad del camino, y vos... vos ciertamente no
alcanzaréis la meta de vuestro viaje." "Pero ¿qué hacer, entonces?"
"Quedaros aquí, aguardar, tomar consejo de los hechos y aprovechar las
circunstancias. Suponeos haber caído en una caverna de bandidos, y que
sólo vuestro valor podrá sacaros del apuro, vuestra calma salvaros. Mi
madre, a despecho de la preferencia que concede a Kostaki, hijo de su
amor, es buena y generosa. Por otra parte, es una Brankovan, vale decir
una verdadera princesa. La veréis: ella os defenderá de las brutales
pasiones de Kostaki. Poneos bajo la protección de ella: sed cortés, os
amará. Y en realidad (agregó él con expresión indefinible), ¿quién podría
veros y no amaros? Venid ahora al comedor donde mi madre os espera. No
demostréis fastidio ni desconfianza: hablad polaco: aquí nadie conoce esta
lengua; yo traduciré a mi madre vuestras palabras, y estáos tranquila, que
sólo diré aquello que sea conveniente decir. Sobre todo ni una palabra de
cuanto os he revelado: nadie debe sospechar que estamos de acuerdo. Vos no
sabéis aún de cuanta astucia y disimulación es capaz el más sincero de
entre nosotros. Venid."
Le seguí por la escalera iluminada de antorchas de resina ardiendo,
puestas dentro de manos de hierro que sobresalían del muro. Era evidente
que aquella insólita iluminación había sido dispuesta para mí. Llegamos al
comedor. Apenas Gregoriska hubo abierto la puerta de aquella sala, y
pronunciado en el umbral una palabra en lengua moldava, que después supe
significaba la extranjera, vino a nuestro encuentro una mujer de alta
estatura. Era la princesa Brankovan. Tenía cabellos blancos entrelazados
alrededor de la cabeza, la cual estaba cubierta de un gorro de cibelina,
ornado de un penacho, signo de su origen principesco. Vestía una especie
de túnica de brocado, el corpiño sembrado de piedras preciosas,
sobrepuesta a una larga hopalanda de estofa turca, guarnecida de piel
igual a la del gorro. Tenía en la mano un rosario de cuentas de ámbar, que
hacía correr rápidamente entre los dedos. Junto a ella estaba Kostaki,
vestido con el espléndido y majestuoso traje magiar, en el cual me pareció
aún más extraño. Su traje estaba compuesto de una sobrevesta de velludo
negro, de ancha mangas, que le caía hasta debajo de la rodilla, calzones
de casimir rojo, y los largos cabellos de color negro tirando a azulado le
caían sobre el cuello desnudo, rodeado solamente por la orla blanca de una
fina camisa de seda. Me saludó torpemente, y pronunció en moldavo algunas
palabras para mí ininteligibles.
"Podéis hablar en francés, hermano mío", dijo Gregoriska; "la señora es
polaca y comprende esta lengua".
Entonces Kostaki dijo en francés algunas palabras casi tan
incomprensibles para mí como las que pronunciara en moldavo; pero la
madre, tendiendo gravemente el brazo, interrumpió a los dos hermanos.
Aparecía claro que intimaba a sus hijos que esperaran a que sólo ella me
recibiera. Comenzó entonces en lengua moldava un discurso de cumplimiento,
al cual la movilidad de sus facciones daba un sentido fácil de explicarse.
Me indicó la mesa, me ofreció una silla cerca de ella, señaló con un gesto
la casa toda, como diciendo que estaba a mi disposición, y, sentándose
antes que los demás con benévola dignidad, hizo la señal de la cruz y
pronunció una plegaria. Entonces cada uno ocupó su lugar propio,
establecido por la etiqueta, Gregoriska cerca de mí. Como extranjera, yo
había determinado que a Kostaki le tocara el puesto de honor junto a su
madre Smeranda. Así se llamaba la condesa. También Gregoriska había mudado
de vestimenta. Llevaba él igualmente la túnica magiar y los calzones de
casimir, pero aquélla de color granate y estos turquíes. Tenía colgada del
cuello una espléndida condecoración, el nisciam del sultán Mahmud. Los
otros comensales de la casa cenaban en la misma mesa, cada uno en el sitio
que le correspondía según el grado que ocupaba entre los amigos o los
servidores. La cena fue triste: Kostaki no me dirigió nunca la palabra, si
bien su hermano tuvo siempre la atención de hablarme en francés. La madre
me ofrecía de todo con sus propias manos con ese ademán solemne que le era
natural; Gregoriska había dicho la verdad: era una verdadera princesa.
Luego de la cena, Gregoriska se acercó a su madre, y le explicó en lengua
moldava el deseo que yo debía tener de estar sola, y cuán necesario que
sería el reposo después de las emociones de aquella jornada. Smeranda hizo
un gesto de aprobación, me tendió la mano, me besó en la frente, como lo
hubiera hecho con una hija suya, y me deseó buena noche en su castillo.
Gregoriska no se había engañado: yo ansiaba ardientemente aquel instante
de soledad. Agradecí por eso a la princesa, quien me condujo hasta la
puerta, donde me esperaban las dos mujeres que antes ya me acompañaran en
mi cámara. Saludado que hube a la madre y a los dos hijos, volví a mi
aposento, de donde saliera una hora antes.
El sofá estaba transformado en lecho. Otros cambios no se habían hecho.
Agradecí a las mujeres: les hice comprender que me desvestiría sola, y
ellas salieron en seguida con mil testimonios de respeto que querían
significar tener órdenes de obedecerme en todo y por todo. Quedé sola en
aquella inmensa cámara, que mi candela podía alumbrar apenas en parte. Era
un singular juego de luces, una especie de lucha entre el resplandor
trémulo de mi cirio y los rayos de la luna que pasaban a través de la
ventana sin cortinados. Además de la puerta por la que entrara, y que caía
sobre la escalera, habían otras dos en la cámara; pero sus gruesos
cerrojos, que se cerraban por dentro, bastaban para tranquilizarme. Miré
la puerta de entrada; también ella tenía medios de defensa. Abrí la
ventana: daba sobre un abismo. Comprendí que Grigoriska había elegido
aquella cámara calculadamente. De vuelta por fin a mi sofá, encontré sobre
una mesita puesta junto a la cabecera una tarjeta doblada. La abrí y leí
en polaco: Dormid tranquila: nada tenéis que temer mientras permanezcáis
en el interior del castillo. Seguí el buen consejo, y como el cansancio
vencía sobre las preocupaciones que me tenían desazonada, me acosté y en
seguida me dormí.
Desde aquel momento quedaba fijada mi permanencia en el castillo y tenía
principio el drama que voy a narraros.
Los dos hermanos se enamoraron de mí, cada uno según su propia índole.
Kostaki me confesó de improviso al día siguiente que me amaba, y declaró
que sería suya y no de otro, y que me mataría antes que cederme a
quienquiera que fuese. Gregoriska no me dijo nada, pero se mostró lleno de
amor y de consideraciones conmigo. Para complacerme puso en práctica todos
los medios de su refinada educación, todos los recuerdos de una juventud
transcurrida en la más nobles Cortes de Europa. ¡Ay! No era cosa tan
difícil pues ya el primer sonido de su voz me había acariciado el alma, y
ya su primera mirada me había serenado el corazón. Al cabo de tres meses
Kostaki me había repetido cien veces que me amaba, y yo le odiaba;
Gregoriska aun no me había dicho una palabra de amor y yo sentía que
cuando él lo deseara sería toda suya.
Kostaki había renunciado a sus incursiones. Encerrado siempre en el
castillo, había cedido momentáneamente el mando a un lugarteniente, quién
de cuando en cuando venía a pedirle órdenes, y en seguida desaparecía.
También Smeranda había concebido por mí una amistad apasionada, cuyas
expresiones me causaban temor. Protegía ella visiblemente a Kostaki, y
parecía celosa de mí más aún de lo que él lo fuera. Pero como no hablaba
polaco ni francés, y yo no comprendía el moldavo, ella no tenía modo de
insistir ante mí en favor de su hijo predilecto. Había sin embargo
aprendido a decir en francés unas palabras que me repetía siempre cuando
posaba sus labios en mi frente: —¡Kostaki ama a Edvige!...—
Un día recibí una noticia horrible que colmó mi desventura. Los cuatro
hombres sobrevivientes al combate habían sido puestos en libertad y
regresado a Polonia, prometiendo que uno de ellos, antes de que pasaran
tres meses, volvería para darme noticias de mi padre. En efecto, una
mañana se presentó de nuevo uno de ellos. Nuestro castillo había sido
tomado, incendiado, destruido, y mi padre se había hecho matar
defendiéndolo. En adelante estaba sola en el mundo. Kostaki redobló sus
insinuaciones, y Smeranda sus ternuras; pero esta vez aduje como pretexto
mi duelo por la muerte de mi padre. Kostaki insistió diciendo que cuanto
más sola me encontraba tanto más necesidad tenía de apoyo, y su madre
insistió al par y acaso más que él.
Gregoriska me había hablado del poder que los moldavos tienen sobre sí
mismos, cuando no quieren que otros lean en su corazón. Él era un vivo
ejemplo de ello. Estaba segurísima de su amor, y sin embargo, si alguien
me hubiera preguntado en qué prueba se fundaba tal certidumbre, me habría
sido imposible decirlo: nadie en el castillo había visto nunca que su mano
tocara la mía, o que sus ojos buscaran los míos. Sólo los celos podían
hacer clara a Kostaki la rivalidad del hermano, como sólo el amor que
alimentaba yo por Gregoriska podía hacerme claro su amor. Sin embargo, lo
confieso, me inquietaba mucho aquel poder de Gregoriska sobre sí mismo. Yo
tenía fe en él, pero no bastaba; necesitaba ser convencida; cuando he aquí
que una noche, de vuelta apenas en mi cámara, oí golpear levemente a una
de las dos puertas que se cerraban por dentro. Por el modo de golpear
adiviné que era una llamada amiga. Me acerqué, preguntando quién estaba
allí.
"Gregoriska", contestó una voz cuyo acento no podía engañarme. "¿Qué
queréis de mí?", le pregunté toda temblorosa. "Si tenéis fe en mí", dijo
Gregoriska, "si me creéis hombre de honor, ¿me permitís una pregunta?"
"¿Cuál?" "Apagad la luz como si os hubierais acostado, y de aquí en media
hora, abridme esta puerta." "Volved dentro de media hora...", fue mi única
respuesta.
Apagué la luz, y aguardé. El corazón me palpitaba con violencia, pues
comprendía yo que se trataba de un hecho importante. Transcurrió la media
hora: oí golpear más levemente aún que la primera vez. Durante el
intervalo había descorrido los cerrojos; no me quedaba pues sino abrir la
puerta, Gregoriska entró, y sin que me dijera, cerré la puerta tras él y
eché los cerrojos. Él permaneció un instante mudo e inmóvil, imponiéndome
silencio con el gesto. Luego, cuando estuvo seguro de que ningún peligro
nos amenazaba por el momento, me llevó al centro de la vasta cámara, y
sintiendo, por mi temblor, que no habría podido sostenerme de pie, me
buscó una silla. Me senté o más bien me dejé caer sobre el asiento.
"¡Dios mío!", le dije; "¿qué hay de nuevo, o por qué tantas
precauciones?" "Porque mi vida, que no contaría para nada, y acaso también
la vuestra, dependen de la conversación que tendremos."
Amedrentada, le aferré una mano. Se la llevó él a los labios, mirándome
como si quisiera pedir excusas por tanta audacia. Bajé yo los ojos, era un
tácito consentimiento.
"Yo os amo", me dijo con aquella voz melodiosa como un canto; "¿me amáis
vos?" "Sí", le respondí. "¿Y consentiréis en ser mi mujer?" "Sí."
Llevó la mano a la frente con profunda expresión de felicidad. "Entonces,
¿no rehusaréis seguirme?" "Os seguiré doquiera." "Pues comprenderéis bien
que no podemos ser felices sino huyendo de estos lugares."
"¡Oh sí! Huyamos", exclamé. "¡Silencio", dijo él estremeciéndose,
"¡Silencio!" "Tenéis razón." Y me le acerqué toda tremante. "Escuchad lo
que he hecho", continuó Gregoriska; "escuchad por qué he estado tanto
tiempo sin confesaros que os amaba. Quería yo, cuando estuviera seguro de
vuestro amor, que nadie pudiera oponerse a nuestra unión. Yo soy rico,
querida Edvige, inmensamente rico, pero como lo son los señores moldavos:
rico en tierras, en ganados, en servidores. Ahora bien, he vendido por un
millón, tierras, rebaños y campesinos al monasterio de Hango. Me han dado
trescientos mil francos en muchas piedras preciosas, cien mil francos en
oro, el resto en letras de cambio sobre Viena. ¿Os bastará un millón?" Le
apreté la mano. "Me hubiera bastado vuestro amor, Gregoriska, juzgadlo
vos." "¡Bien! Escuchad; mañana voy al monasterio de Hango para tomar mis
últimas disposiciones con el superior. Él me tiene listos caballos que nos
esperarán de las nueve de la mañana en adelante ocultos a cien pasos de
castillo. Después de la cena, subiréis de nuevo como hoy a vuestra cámara;
como hoy apagaréis la luz; como hoy entraré yo en vuestro aposento. Pero
mañana, en vez de salir solo vos me seguiréis, saldremos por la puerta que
da sobre los campos, encontraremos los caballos, montaremos, y pasado
mañana por la mañana habremos recorrido treinta leguas. —¡Oh! ¡Por qué no
será ya pasado mañana!— ¡Querida Edvige!"
Gregoriska me apretó sobre el corazón, y nuestros labios se encontraron.
¡Oh! Lo había dicho él, yo había abierto la puerta de mi cámara a un
hombre de honor; pero comprendió bien que si no le pertenecía en cuerpo le
pertenecía en alma. Transcurrió la noche sin que pudiera cerrar los ojos.
Me veía huir con Gregoriska, me sentía transportada por él como ya lo
había sido por Kostaki: sólo que aquella carrera terrible, espantable,
fúnebre, se trocaba ahora en un apuro suave y delicioso, al que la
velocidad del movimiento agregaba deleite, pues también el movimiento
veloz tiene un deleite propio... Nació el día. Bajé. Parecióme que el
ademán con que me saludó Kostaki era aún más tétrico que de costumbre. Su
sonrisa era irónica y amenazadora. Smeranda no me pareció cambiada.
Durante la colación, Gregoriska ordenó sus caballos. Parecía que Kostaki
no pusiera ni la mínima atención en aquella orden. Hacia loas once,
Gregoriska nos saludó, anunciando que estaría de regreso recién a la
noche, y rogando a su madre que no le esperase a cenar: después, volvióse
hacia mí y rogóme quisiera admitir sus excusas.
Salió. La mirada de su hermano le siguió hasta cuando dejó la cámara, y
en ese momento le brotó de los ojos un tal relámpago de odio que me
estremecí. Podéis imaginaros con qué inquietud pasé aquel día. A nadie
había confiado nuestros designios, a duras penas le hablé a Dios de ello
en mis plegarias, y parecíame que todos los conocieran, que cada mirada
puesta en mí pudiera penetrar y leer en lo íntimo de mi corazón... La cena
fue un suplicio; hosco y taciturno, Kostaki, por costumbre, hablaba
raramente: esta vez no dijo más que dos o tres palabras en moldavo a su
madre, y siempre con tal acento que hacía estremecer. Cuando me levanté
para subir a mi aposento, Smeranda, como de ordinario, me abrazó, y al
abrazarme repitió aquella frase que desde ya ocho días no le saliera de la
boca: ¡Kostaki ama a Edvige!
Esta frase me siguió como una amenaza hasta mi cámara, y aun allí
parecíame que una voz fatal me susurrase al oído: ¡Kostaki ama a Edvige!
Ahora el amor de Kostaki, me lo había dicho Gregoriska, equivalía a la
muerte. Hacia las siete de la noche vi a Kostaki atravesar el patio. Se
volvió para verme, pero me aparté para que no pudiera descubrirme. Estaba
inquieta, pues por cuanto podía yo ver desde mi ventana, me parecía que él
iba directamente hacia la caballeriza. Me arriesgué a correr los cerrojos
de una de las puertas internas de mi cámara y pasar a la cámara vecina,
desde donde podía ver todo lo que él estaba por hacer. Dirigíase, en
efecto, hacia la caballeriza, y cuando hubo llegado a ella sacó él mismo
su caballo favorito, ensillándolo de su propia mano con el cuidado de un
hombre que da la mayor importancia a cada detalle. Vestía el mismo traje
que cuando se me apareciera la vez primera, pero no llevaba otra arma que
el sable. Cuando hubo ensillado el caballo, miró otra vez hacia la ventana
de mi cámara. No habiéndome visto, saltó sobre la silla, se hizo abrir la
misma puerta por la que saliera y debía volver su hermano, y se alejó a
todo galope en dirección del monasterio de Hango. Se me apretó entonces
terriblemente el corazón; un fatal presentimiento me decía que Kostaki iba
al encuentro de su hermano. Estuve a la ventana hasta cuando pude
distinguir el camino que, a un cuarto de legua de distancia del castillo,
hacía un recodo a la izquierda y se perdía en el comienzo de un bosque.
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Por arkaiko
E L E N T I E R R O
P R E M A T U R O
E D G A R A L L A N P O E
EL ENTIERRO PREMATURO
Hay ciertos temas de interés absorbente, pero
demasiado horribles para ser objeto de una obra de
ficción. El buen escritor romántico debe evitarlos si
no quiere ofender o ser desagradable. Sólo se tratan
con propiedad cuando lo grave y majestuoso de la
verdad los santifican y sostienen. Nos estremecemos,
por ejemplo, con el más intenso «dolor agradable
» ante los relatos del paso del Beresina, del
terremoto de Lisboa, de la peste de Londres y de la
matanza de San Bartolomé o de la muerte por asfixia
de los ciento veintitrés prisioneros en el Agujero
Negro de Calcuta. Pero en estos relatos lo excitante
es el hecho, la realidad, la historia. Como ficciones,
nos parecerían sencillamente abominables.
He mencionado algunas de las más destacadas y
augustas calamidades que registra la historia, pero
en ellas el alcance, no menos que el carácter de la
calamidad, es lo que impresiona tan vivamente la
imaginación. No necesito recordar al lector que, del
largo y horrible catálogo de miserias humanas, podría
haber escogido muchos ejemplos individuales
más llenos de sufrimiento esencial que cualquiera de
esos inmensos desastres generales. La verdadera
desdicha, la aflicción última, en realidad es particular,
no difusa. ¡Demos gracias a Dios misericordioso
que los horrorosos extremos de agonía los sufra el
hombre individualmente y nunca en masa!
Ser enterrado vivo es, sin ningún género de duda,
el más terrorífico extremo que jamás haya caído
en suerte a un simple mortal. Que le ha caído en
suerte con frecuencia, con mucha frecuencia, nadie
con capacidad de juicio lo negará. Los límites que
separan la vida de la muerte son, en el mejor de los
casos, borrosos e indefinidos... ¿Quién podría decir
dónde termina uno y dónde empieza el otro? Sabemos
que hay enfermedades en las que se produce
un cese total de las funciones aparentes de la vida, y,
sin embargo, ese cese no es más que una suspensión,
para llamarle por su nombre. Hay sólo pausas
temporales en el incomprensible mecanismo.
Transcurrido cierto período, algún misterioso principio
oculto pone de nuevo en movimiento los mágicos
piñones y las ruedas fantásticas. La cuerda de
plata no quedó suelta para siempre, ni irreparablemente
roto el vaso de oro. Pero, entretanto, ¿dónde
estaba el alma?
Sin embargo, aparte de la inevitable conclusión
a priori de que tales causas deben producir tales
efectos, de que los bien conocidos casos de vida en
suspenso, una y otra vez, provocan inevitablemente
entierros prematuros, aparte de esta consideración,
tenemos el testimonio directo de la experiencia médica
y del vulgo que prueba que en realidad tienen
lugar un gran número de estos entierros. Yo podría
referir ahora mismo, si fuera necesario, cien ejemplos
bien probados. Uno de características muy
asombrosas, y cuyas circunstancias igual quedan aún
vivas en la memoria de algunos de mis lectores,
ocurrió no hace mucho en la vecina ciudad de Baltimore,
donde causó una conmoción penosa, intensa
y muy extendida. La esposa de uno de los más
respetables ciudadanos- abogado eminente y miembro
del Congreso- fue atacada por una repentina e
inexplicable enfermedad, que burló el ingenio de los
médicos. Después de padecer mucho murió, o se
supone que murió. Nadie sospechó, y en realidad
no había motivos para hacerlo, de que no estaba
verdaderamente muerta. Presentaba todas las apariencias
comunes de la muerte. El rostro tenía el
habitual contorno contraído y sumido. Los labios
mostraban la habitual palidez marmórea. Los ojos
no tenían brillo. Faltaba el calor. Cesaron las pulsaciones.
Durante tres días el cuerpo estuvo sin enterrar,
y en ese tiempo adquirió una rigidez pétrea.
Resumiendo, se adelantó el funeral por el rápido
avance de lo que se supuso era descomposición.
La dama fue depositada en la cripta familiar, que
permaneció cerrada durante los tres años siguientes.
Al expirar ese plazo se abrió para recibir un sarcófago,
pero, ¡ay, qué terrible choque esperaba al marido
cuando abrió personalmente la puerta! Al empujar
los portones, un objeto vestido de blanco cayó rechinando
en sus brazos. Era el esqueleto de su mujer
con la mortaja puesta.
Una cuidadosa investigación mostró la evidencia
de que había revivido a los dos días de ser sepultada,
que sus luchas dentro del ataúd habían
provocado la caída de éste desde una repisa o nicho
al suelo, y al romperse el féretro pudo salir de él.
Apareció vacía una lámpara que accidentalmente se
había dejado llena de aceite, dentro de la tumba;
puede, no obstante, haberse consumido por evaporación.
En los peldaños superiores de la escalera que
descendía a la espantosa cripta había un trozo del
ataúd, con el cual, al parecer, la mujer había intentado
llamar la atención golpeando la puerta de hierro.
Mientras hacía esto, probablemente se desmayó o
quizás murió de puro terror, y al caer, la mortaja se
enredó en alguna pieza de hierro que sobresalía hacia
dentro. Allí quedó y así se pudrió, erguida.
En el año 1810 tuvo lugar en Francia un caso de
inhumación prematura, en circunstancias que contribuyen
mucho a justificar la afirmación de que la
verdad es más extraña que la ficción. La heroína de
la historia era mademoiselle [señorita] Victorine Lafourcade,
una joven de ilustre familia, rica y muy
guapa. Entre sus numerosos pretendientes se contaba
Julien Bossuet, un pobre littérateur [literato] o
periodista de París. Su talento y su amabilidad habían
despertado la atención de la heredera, que, al
parecer, se había enamorado realmente de él, pero el
orgullo de casta la llevó por fin a rechazarlo y a casarse
con un tal Monsieur [señor] Rénelle, banquero y
diplomático de cierto renombre. Después del matrimonio,
sin embargo, este caballero descuidó a su
mujer y quizá llegó a pegarla. Después de pasar
unos años desdichados ella murió; al menos su estado
se parecía tanto al de la muerte que engañó a
todos quienes la vieron. Fue enterrada, no en una
cripta, sino en una tumba común, en su aldea natal.
Desesperado y aún inflamado por el recuerdo de su
cariño profundo, el enamorado viajó de la capital a
la lejana provincia donde se encontraba la aldea, con
el romántico propósito de desenterrar el cadáver y
apoderarse de sus preciosos cabellos. Llegó a la
tumba. A medianoche desenterró el ataúd, lo abrió
y, cuando iba a cortar los cabellos, se detuvo ante
los ojos de la amada, que se abrieron. La dama había
sido enterrada viva. Las pulsaciones vitales no habían
desaparecido del todo, y las caricias de su amado
la despertaron de aquel letargo que
equivocadamente había sido confundido con la
muerte. Desesperado, el joven la llevó a su alojamiento
en la aldea. Empleó unos poderosos reconstituyentes
aconsejados por sus no pocos
conocimientos médicos. En resumen, ella revivió.
Reconoció a su salvador. Permaneció con él hasta
que lenta y gradualmente recobró la salud. Su corazón
no era tan duro, y esta última lección de amor
bastó para ablandarlo. Lo entregó a Bossuet. No
volvió junto a su marido, sino que, ocultando su
resurrección, huyó con su amante a América. Veinte
años después, los dos regresaron a Francia, convencidos
de que el paso del tiempo había cambiado
tanto la apariencia de la dama, que sus amigos no
podrían reconocerla. Pero se equivocaron, pues al
primer encuentro monsieur Rénelle reconoció a su
mujer y la reclamó. Ella rechazó la reclamación y el
tribunal la apoyó, resolviendo que las extrañas circunstancias
y el largo período transcurrido habían
abolido, no sólo desde un punto de vista equitativo,
sino legalmente la autoridad del marido.
La Revista de Cirugía de Leipzig, publicación de
gran autoridad y mérito, que algún editor americano
haría bien en traducir y publicar, relata en uno de
los últimos números un acontecimiento muy penoso
que presenta las mismas características.
Un oficial de artillería, hombre de gigantesca estatura
y salud excelente, fue derribado por un caballo
indomable y sufrió una contusión muy grave en la
cabeza, que le dejó inconsciente. Tenía una ligera
fractura de cráneo pero no se percibió un peligro
inmediato. La trepanación se hizo con éxito. Se le
aplicó una sangría y se adoptaron otros muchos remedios
comunes. Pero cayó lentamente en un sopor
cada vez más grave y por fin se le dio por muerto.
Hacía calor y lo enterraron con prisa indecorosa
en uno de los cementerios públicos. Sus funerales
tuvieron lugar un jueves. Al domingo siguiente, el
parque del cementerio, como de costumbre, se llenó
de visitantes, y alrededor del mediodía se produjo
un gran revuelo, provocado por las palabras de un
campesino que, habiéndose sentado en la tumba del
oficial, había sentido removerse la tierra, como si
alguien estuviera luchando abajo. Al principio nadie
prestó demasiada atención a las palabras de este
hombre, pero su evidente terror y la terca insistencia
con que repetía su historia produjeron, al fin, su
natural efecto en la muchedumbre. Algunos con
rapidez consiguieron unas palas, y la tumba, vergonzosamente
superficial, estuvo en pocos minutos
tan abierta que dejó al descubierto la cabeza de su
ocupante. Daba la impresión de que estaba muerto,
pero aparecía casi sentado dentro del ataúd, cuya
tapa, en furiosa lucha, había levantado parcialmente.
Inmediatamente lo llevaron al hospital más cercano,
donde se le declaró vivo, aunque en estado de
asfixia. Después de unas horas volvió en sí, reconoció
a algunas personas conocidas, y con frases inconexas
relató sus agonías en la tumba.
Por lo que dijo, estaba claro que la víctima
mantuvo la conciencia de vida durante más de una
hora después de la inhumación, antes de perder los
sentidos. Habían rellenado la tumba, sin percatarse,
con una tierra muy porosa, sin aplastar, y por eso le
llegó un poco de aire. Oyó los pasos de la multitud
sobre su cabeza y a su vez trató de hacerse oír. El
tumulto en el parque del cementerio, dijo, fue lo
que seguramente lo despertó de un profundo sueño,
pero al despertarse se dio cuenta del espantoso horror
de su situación.
Este paciente, según cuenta la historia, iba mejorando
y parecía encaminado hacia un restablecimiento
definitivo, cuando cayó víctima de la
charlatanería de los experimentos médicos. Se le
aplicó la batería galvánica y expiró de pronto en uno
de esos paroxismos estáticos que en ocasiones produce.
La mención de la batería galvánica, sin embargo,
me trae a la memoria un caso bien conocido y muy
extraordinario, en que su acción resultó ser la manera
de devolver la vida a un joven abogado de Londres
que estuvo enterrado dos días. Esto ocurrió en
1831, y entonces causó profunda impresión en todas
partes, donde era tema de conversación.
El paciente, el señor Edward Stapleton, había
muerto, aparentemente, de fiebre tifoidea acompañada
de unos síntomas anómalos que despertaron la
curiosidad de sus médicos. Después de su aparente
fallecimiento, se pidió a sus amigos la autorización
para un examen post-mortem [autopsia], pero éstos se
negaron. Como sucede a menudo ante estas negativas,
los médicos decidieron desenterrar el cuerpo y
examinarlo a conciencia, en privado. Fácilmente
llegaron a un arreglo con uno de los numerosos
grupos de ladrones de cadáveres que abundan en
Londres, y la tercera noche después del entierro el
supuesto cadáver fue desenterrado de una tumba de
ocho pies de profundidad y depositado en el quirófano
de un hospital privado.
Al practicársele una incisión de cierta longitud
en el abdomen, el aspecto fresco e incorrupto del
sujeto sugirió la idea de aplicar la batería. Hicieron
sucesivos experimentos con los efectos acostumbrados,
sin nada de particular en ningún sentido,
salvo, en una o dos ocasiones, una apariencia de
vida mayor de la norma en cierta acción convulsiva.
Era ya tarde. Iba a amanecer y se creyó oportuno,
al fin, proceder inmediatamente a la disección.
Pero uno de los estudiosos tenía un deseo especial
de experimentar una teoría propia e insistió en aplicar
la batería a uno de los músculos pectorales. Tras
realizar una tosca incisión, se estableció apresuradamente
un contacto; entonces el paciente, con un
movimiento rápido pero nada convulsivo, se levantó
de la mesa, caminó hacia el centro de la habitación,
miró intranquilo a su alrededor unos
instantes y entonces habló. Lo que dijo fue ininteligible,
pero pronunció algunas palabras, y silabeaba
claramente. Después de hablar, se cayó pesadamente
al suelo.
Durante unos momentos todos se quedaron paralizados
de espanto, pero la urgencia del caso
pronto les devolvió la presencia de ánimo. Se vio
que el señor Stapleton estaba vivo, aunque sin sentido.
Después de administrarle éter volvió en sí y
rápidamente recobró la salud, retornando a la sociedad
de sus amigos, a quienes, sin embargo, se les
ocultó toda noticia sobre la resurrección hasta que
ya no se temía una recaída. Es de imaginar la maravilla
de aquellos y su extasiado asombro.
El dato más espeluznante de este incidente, sin
embargo, se encuentra en lo que afirmó el mismo
señor Stapleton. Declaró que en ningún momento
perdió todo el sentido, que de un modo borroso y
confuso percibía todo lo que le estaba ocurriendo
desde el instante en que fuera declarado muerto por
los médicos hasta cuando cayó desmayado en el
piso del hospital. «Estoy vivo», fueron las incomprendidas
palabras que, al reconocer la sala de disección,
había intentado pronunciar en aquel grave
instante de peligro.
Sería fácil multiplicar historias como éstas, pero
me abstengo, porque en realidad no nos hacen falta
para establecer el hecho de que suceden entierros
prematuros. Cuando reflexionamos, en las raras veces
en que, por la naturaleza del caso, tenemos la
posibilidad de descubrirlos, debemos admitir que tal
vez ocurren más frecuentemente de lo que pensamos.
En realidad, casi nunca se han removido muchas
tumbas de un cementerio, por alguna razón, sin que
aparecieran esqueletos en posturas que sugieren la
más espantosa de las sospechas.
La sospecha es espantosa, pero es más espantoso
el destino. Puede afirmarse, sin vacilar, que ningún
suceso se presta tanto a llevar al colmo de la angustia
física y mental como el enterramiento antes de la
muerte. La insoportable opresión de los pulmones,
las emanaciones sofocantes de la tierra húmeda, la
mortaja que se adhiere, el rígido abrazo de la estrecha
morada, la oscuridad de la noche absoluta, el
silencio como un mar que abruma, la invisible pero
palpable presencia del gusano vencedor; estas cosas,
junto con los deseos del aire y de la hierba que crecen
arriba, con el recuerdo de los queridos amigos
que volarían a salvarnos si se enteraran de nuestro
destino, y la conciencia de que nunca podrán saberlo,
de que nuestra suerte irremediable es la de los
muertos de verdad, estas consideraciones, digo, llevan
el corazón aún palpitante a un grado de espantoso
e insoportable horror ante el cual la
imaginación más audaz retrocede. No conocemos
nada tan angustioso en la Tierra, no podemos imaginar
nada tan horrible en los dominios del más
profundo Infierno. Y por eso todos los relatos sobre
este tema despiertan un interés profundo, interés
que, sin embargo, gracias a la temerosa
reverencia hacia este tema, depende justa y específicamente
de nuestra creencia en la verdad del asunto
narrado. Lo que voy a contar ahora es mi conocimiento
real, mi experiencia efectiva y personal.
Durante varios años sufrí ataques de ese extraño
trastorno que los médicos han decidido llamar catalepsia,
a falta de un nombre que mejor lo defina.
Aunque tanto las causas inmediatas como las
predisposiciones e incluso el diagnóstico de esta enfermedad
siguen siendo misteriosas, su carácter evidente
y manifiesto es bien conocido. Las
variaciones parecen serlo, principalmente, de grado.
A veces el paciente se queda un solo día o incluso
un período más breve en una especie de exagerado
letargo. Está inconsciente y externamente inmóvil,
pero las pulsaciones del corazón aún se perciben
débilmente; quedan unos indicios de calor, una leve
coloración persiste en el centro de las mejillas y, al
aplicar un espejo a los labios, podemos detectar una
torpe, desigual y vacilante actividad de los pulmones.
Otras veces el trance dura semanas e incluso
meses, mientras el examen más minucioso y las
pruebas médicas más rigurosas no logran establecer
ninguna diferencia material entre el estado de la
víctima y lo que concebimos como muerte absoluta.
Por regla general, lo salvan del entierro prematuro
sus amigos, que saben que sufría anteriormente de
catalepsia, y la consiguiente sospecha, pero sobre
todo le salva la ausencia de corrupción. La enfermedad,
por fortuna, avanza gradualmente. Las primeras
manifestaciones, aunque marcadas, son
inequívocas. Los ataques son cada vez más característicos
y cada uno dura más que el anterior. En esto
reside la mayor seguridad, de cara a evitar la inhumación.
El desdichado cuyo primer ataque tuviera la
gravedad con que en ocasiones se presenta, sería
casi inevitablemente llevado vivo a la tumba.
Mi propio caso no difería en ningún detalle importante
de los mencionados en los textos médicos.
A veces, sin ninguna causa aparente, me hundía poco
a poco en un estado de semisíncope, o casi desmayo,
y ese estado, sin dolor, sin capacidad de
moverme, o realmente de pensar, pero con una borrosa
y letárgica conciencia de la vida y de la presencia
de los que rodeaban mi cama, duraba hasta que
la crisis de la enfermedad me devolvía, de repente,
el perfecto conocimiento. Otras veces el ataque era
rápido, fulminante. Me sentía enfermo, aterido, helado,
con escalofríos y mareos, y, de repente, me
caía postrado. Entonces, durante semanas, todo estaba
vacío, negro, silencioso y la nada se convertía
en el universo. La total aniquilación no podía ser
mayor. Despertaba, sin embargo, de estos últimos
ataques lenta y gradualmente, en contra de lo repentino
del acceso. Así como amanece el día para el
mendigo que vaga por las calles en la larga y desolada
noche de invierno, sin amigos ni casa, así lenta,
cansada, alegre volvía a mí la luz del alma.
Pero, aparte de esta tendencia al síncope, mi
salud general parecía buena, y no hubiera podido
percibir que sufría esta enfermedad, a no ser que
una peculiaridad de mi sueño pudiera considerarse
provocada por ella. Al despertarme, nunca podía
recobrar en seguida el uso completo de mis facultades,
y permanecía siempre durante largo rato en un
estado de azoramiento y perplejidad, ya que las facultades
mentales en general y la memoria en particular
se encontraban en absoluta suspensión.
En todos mis padecimientos no había sufrimiento
físico, sino una infinita angustia moral. Mi
imaginación se volvió macabra. Hablaba de «gusanos,
de tumbas, de epitafios» Me perdía en meditaciones
sobre la muerte, y la idea del entierro
prematuro se apoderaba de mi mente. El espeluznante
peligro al cual estaba expuesto me obsesionaba
día y noche. Durante el primero, la tortura de la
meditación era excesiva; durante la segunda, era suprema,
Cuando las tétricas tinieblas se extendían
sobre la tierra, entonces, presa de los más horribles
pensamientos, temblaba, temblaba como las trémulas
plumas de un coche fúnebre. Cuando mi naturaleza
ya no aguantaba la vigilia, me sumía en una
lucha que al fin me llevaba al sueño, pues me estremecía
pensando que, al despertar, podía encontrarme
metido en una tumba. Y cuando, por fin, me
hundía en el sueño, lo hacía sólo para caer de inmediato
en un mundo de fantasmas, sobre el cual flotaba
con inmensas y tenebrosas alas negras la única,
predominante y sepulcral idea.
De las innumerables imágenes melancólicas que
me oprimían en sueños elijo para mi relato una visión
solitaria. Soñé que había caído en un trance
cataléptico de más duración y profundidad que lo
normal. De repente una mano helada se posó en mi
frente y una voz impaciente, farfullante, susurró en
mi oído: «¡Levántate!»
Me incorporé. La oscuridad era total. No podía
ver la figura del que me había despertado. No podía
recordar ni la hora en que había caído en trance, ni
el lugar en que me encontraba. Mientras seguía inmóvil,
intentando ordenar mis pensamientos, la fría
mano me agarró con fuerza por la muñeca, sacudiéndola
con petulancia, mientras la voz farfullante
decía de nuevo:
-¡Levántate! ¿No te he dicho que te levantes?
-¿Y tú- pregunté- quién eres?
-No tengo nombre en las regiones donde habito-
replicó la voz tristemente- Fui un hombre y soy
un espectro. Era despiadado, pero soy digno de lástima.
Ya ves que tiemblo. Me rechinan los dientes
cuando hablo, pero no es por el frío de la noche, de
la noche eterna. Pero este horror es insoportable.
¿Cómo puedes dormir tú tranquilo? No me dejan
descansar los gritos de estas largas agonías. Estos
espectáculos son más de lo que puedo soportar.
¡Levántate! Ven conmigo a la noche exterior, y deja
que te muestre las tumbas. ¿No es este un espectáculo
de dolor?... ¡Mira!
Miré, y la figura invisible que aún seguía apretándome
la muñeca consiguió abrir las tumbas de
toda la humanidad, y de cada una salían las irradiaciones
fosfóricas de la descomposición, de forma
que pude ver sus más escondidos rincones y los
cuerpos amortajados en su triste y solemne sueño
con el gusano. Pero, ¡ay!, los que realmente dormían,
aunque fueran muchos millones, eran menos
que los que no dormían en absoluto, y había una
débil lucha, y había un triste y general desasosiego, y
de las profundidades de los innumerables pozos
salía el melancólico frotar de las vestiduras de los
enterrados. Y, entre aquellos que parecían descansar
tranquilos, vi que muchos habían cambiado, en mayor
o menor grado, la rígida e incómoda postura en
que fueron sepultados. Y la voz me habló de nuevo,
mientras contemplaba:
-¿No es esto, ¡ah!, acaso un espectáculo lastimoso?
Pero, antes de que encontrara palabras para
contestar, la figura había soltado mi muñeca, las luces
fosfóricas se extinguieron y las tumbas se cerraron
con repentina violencia, mientras de ellas salía
un tumulto de gritos desesperados, repitiendo:
«¿No es esto, ¡Dios mío!, acaso un espectáculo
lastimoso?»
Fantasías como ésta se presentaban por la noche
y extendían su terrorífica influencia incluso en
mis horas de vigilia. Mis nervios quedaron destrozados,
y fui presa de un horror continuo. Ya no me
atrevía a montar a caballo, a pasear, ni a practicar
ningún ejercicio que me alejara de casa. En realidad,
ya no me atrevía a fiarme de mí lejos de la presencia
de los que conocían mi propensión a la catalepsia,
por miedo de que, en uno de esos ataques, me enterraran
antes de conocer mi estado realmente. Dudaba
del cuidado y de la lealtad de mis amigos más
queridos. Temía que, en un trance más largo de lo
acostumbrado, se convencieran de que ya no había
remedio. Incluso llegaba a temer que, como les causaba
muchas molestias, quizá se alegraran de considerar
que un ataque prolongado era la excusa suficiente
para librarse definitivamente de mí. En vano
trataban de tranquilizarme con las más solemnes
promesas. Les exigía, con los juramentos más sagrados,
que en ninguna circunstancia me enterraran
hasta que la descomposición estuviera tan avanzada,
que impidiese la conservación. Y aun así mis terrores
mortales no hacían caso de razón alguna, no
aceptaban ningún consuelo. Empecé con una serie
de complejas precauciones. Entre otras, mandé remodelar
la cripta familiar de forma que se pudiera
abrir fácilmente desde dentro. A la más débil presión
sobre una larga palanca que se extendía hasta
muy dentro de la cripta, se abrirían rápidamente los
portones de hierro. También estaba prevista la entrada
libre de aire y de luz, y adecuados recipientes
con alimentos y agua, al alcance del ataúd preparado
para recibirme. Este ataúd estaba acolchado con un
material suave y cálido y dotado de una tapa elaborada
según el principio de la puerta de la cripta, incluyendo
resortes ideados de forma que el más débil
movimiento del cuerpo sería suficiente para que se
soltara. Aparte de esto, del techo de la tumba colgaba
una gran campana, cuya soga pasaría (estaba previsto)
por un agujero en el ataúd y estaría atada a
una mano del cadáver. Pero, ¡ay!, ¿de qué sirve la
precaución contra el destino del hombre? ¡Ni siquiera
estas bien urdidas seguridades bastaban para
librar de las angustias más extremas de la inhumación
en vida a un infeliz destinado a ellas!
Llegó una época- como me había ocurrido antes
a menudo- en que me encontré emergiendo de un
estado de total inconsciencia a la primera sensación
débil e indefinida de la existencia. Lentamente, con
paso de tortuga, se acercaba el pálido amanecer gris
del día psíquico. Un desasosiego aletargado. Una
sensación apática de sordo dolor. Ninguna preocupación,
ninguna esperanza, ningún esfuerzo. Entonces,
después de un largo intervalo, un zumbido
en los oídos. Luego, tras un lapso de tiempo más
largo, una sensación de hormigueo o comezón en
las extremidades; después, un período aparentemente
eterno de placentera quietud, durante el cual
las sensaciones que se despiertan luchan por transformarse
en pensamientos; más tarde, otra corta
zambullida en la nada; luego, un súbito restablecimiento.
Al fin, el ligero estremecerse de un párpado;
e inmediatamente después, un choque eléctrico de
terror, mortal e indefinido, que envía la sangre a
torrentes desde las sienes al corazón. Y entonces, el
primer esfuerzo por pensar. Y entonces, el primer
intento de recordar. Y entonces, un éxito parcial y
evanescente. Y entonces, la memoria ha recobrado
tanto su dominio, que, en cierta medida, tengo conciencia
de mi estado. Siento que no me estoy despertado
de un sueño corriente. Recuerdo que he
sufrido de catalepsia. Y entonces, por fin, como si
fuera la embestida de un océano, el único peligro
horrendo, la única idea espectral y siempre presente
abruma mi espíritu estremecido.
Unos minutos después de que esta fantasía se
apoderase de mí, me quedé inmóvil. ¿Y por qué?
No podía reunir valor para moverme. No me atrevía
a hacer el esfuerzo que desvelara mi destino, sin
embargo algo en mi corazón me susurraba que era
seguro. La desesperación- tal como ninguna otra clase
de desdicha produce-, sólo la desesperación me
empujó, después de una profunda duda, a abrir mis
pesados párpados. Los levanté. Estaba oscuro, todo
oscuro. Sabía que el ataque había terminado. Sabía
que la situación crítica de mi trastorno había pasado.
Sabía que había recuperado el uso de mis facultades
visuales, y, sin embargo, todo estaba oscuro, oscuro,
con la intensa y absoluta falta de luz de la noche que
dura para siempre.
Intenté gritar, y mis labios y mi lengua reseca se
movieron convulsivamente, pero ninguna voz salió
de los cavernosos pulmones, que, oprimidos como
por el peso de una montaña, jadeaban y palpitaban
con el corazón en cada inspiración laboriosa y difícil.
El movimiento de las mandíbulas, en el esfuerzo
por gritar, me mostró que estaban atadas, como
se hace con los muertos. Sentí también que yacía
sobre una materia dura, y algo parecido me apretaba
los costados. Hasta entonces no me había atrevido a
mover ningún miembro, pero al fin levanté con
violencia mis brazos, que estaban estirados, con las
muñecas cruzadas. Chocaron con una materia sólida,
que se extendía sobre mi cuerpo a no más de
seis pulgadas de mi cara. Ya no dudaba de que reposaba
al fin dentro de un ataúd.
Y entonces, en medio de toda mi infinita desdicha,
vino dulcemente la esperanza, como un querubín,
pues pensé en mis precauciones. Me retorcí e
hice espasmódicos esfuerzos para abrir la tapa: no
se movía. Me toqué las muñecas buscando la soga:
no la encontré. Y entonces mi consuelo huyó para
siempre, y una desesperación aún más inflexible reinó
triunfante pues no pude evitar percatarme de la
ausencia de las almohadillas que había preparado
con tanto cuidado, y entonces llegó de repente a mis
narices el fuerte y peculiar olor de la tierra húmeda.
La conclusión era irresistible. No estaba en la cripta.
Había caído en trance lejos de casa, entre desconocidos,
no podía recordar cuándo y cómo, y ellos me
habían enterrado como a un perro, metido en algún
ataúd común, cerrado con clavos, y arrojado bajo
tierra, bajo tierra y para siempre, en alguna tumba
común y anónima.
Cuando este horrible convencimiento se abrió
paso con fuerza hasta lo más íntimo de mi alma,
luché una vez más por gritar. Y este segundo intento
tuvo éxito. Un largo, salvaje y continuo grito o
alarido de agonía resonó en los recintos de la noche
subterránea.
-Oye, oye, ¿qué es eso?- dijo una áspera voz,
como respuesta.
-¿Qué diablos pasa ahora?- dijo un segundo.
-¡Fuera de ahí!- dijo un tercero.
-¿Por qué aúlla de esa manera, como un gato
montés?- dijo un cuarto.
Y entonces unos individuos de aspecto rudo me
sujetaron y me sacudieron sin ninguna consideración.
No me despertaron del sueño, pues estaba
completamente despierto cuando grité, pero me
devolvieron la plena posesión de mi memoria.
Esta aventura ocurrió cerca de Richmond, en
Virginia. Acompañado de un amigo, había bajado,
en una expedición de caza, unas millas por las orillas
del río James. Se acercaba la noche cuando nos sorprendió
una tormenta. La cabina de una pequeña
chalupa anclada en la corriente y cargada de tierra
vegetal nos ofreció el único refugio asequible. Le
sacamos el mayor provecho posible y pasamos la
noche a bordo. Me dormí en una de las dos literas;
no hace falta describir las literas de una chalupa de
sesenta o setenta toneladas. La que yo ocupaba no
tenía ropa de cama. Tenía una anchura de dieciocho
pulgadas. La distancia entre el fondo y la cubierta
era exactamente la misma. Me resultó muy difícil
meterme en ella. Sin embargo, dormí profundamente,
y toda mi visión- pues no era ni un sueño ni
una pesadilla- surgió naturalmente de las circunstancias
de mi postura, de la tendencia habitual de
mis pensamientos, y de la dificultad, que ya he mencionado,
de concentrar mis sentidos y sobre todo de
recobrar la memoria durante largo rato después de
despertarme. Los hombres que me sacudieron eran
los tripulantes de la chalupa y algunos jornaleros
contratados para descargarla. De la misma carga
procedía el olor a tierra. La venda en torno a las
mandíbulas era un pañuelo de seda con el que me
había atado la cabeza, a falta de gorro de dormir.
Las torturas que soporté, sin embargo, fueron
indudablemente iguales en aquel momento a las de
la verdadera sepultura. Eran de un horror inconcebible,
increíblemente espantosas; pero del mal procede
el bien, pues su mismo exceso provocó en mi
espíritu una reacción inevitable. Mi alma adquirió
temple, vigor. Salí fuera. Hice ejercicios duros.
Respiré aire puro. Pensé en más cosas que en la
muerte. Abandoné mis textos médicos. Quemé el
libro de Buchan. No leí más Pensamientos nocturnos, ni
grandilocuencias sobre cementerios, ni cuentos de
miedo como éste. En muy poco tiempo me convertí
en un hombre nuevo y viví una vida de hombre.
Desde, aquella noche memorable descarté para
siempre mis aprensiones sepulcrales y con ellas se
desvanecieron los achaques catalépticos, de los
cuales quizá fueran menos consecuencia que causa.
Hay momentos en que, incluso para el sereno
ojo de la razón, el mundo de nuestra triste humanidad
puede parecer el infierno, pero la imaginación
del hombre no es Caratis para explorar con impunidad
todas sus cavernas. ¡Ay!, la torva legión de los
terrores sepulcrales no se puede considerar como
completamente imaginaria, pero los demonios, en
cuya compañía Afrasiab hizo su viaje por el Oxus,
tienen que dormir o nos devorarán..., hay que permitirles
que duerman, o pereceremos.
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