2ª PARTE
NOVELA DE OCULTISMO INICIATICO
__ROSACRUCIS__
XI
Sin que lo supiera nadie, la señora Reiman había tenido una entrevista con la viuda
de Kersen, en que la primera había ofendido en lo más íntimo y sagrado a la madre
de Elsa, acusándola a ésta, de que solo la guiaba el interés de atrapar a un marido
rico para su hija ciega.
En esta ocasión, el alma pervertida y negra de la una, habría herido hondamente la
blancura inocente de la otra. Pero podemos sospechar lo que pasó entre las dos, por
las frases lanzadas por la señora Kersen a Bernardo, pidiendo a éste no volviera a la
casa.
La señora Reiman, que había llegado a su casa después de dar una vuelta, pues quiso
que primero se le pasara el enojo ocasionado por la señora Kersen, ordeno esta vez
ella misma el aposento de su esposo, con especial cuidado, poniéndole los mejores
bocados, como también una fuente con fresas silvestres azucaradas, su fruta
predilecta y, además, un ramillete de rosas frescas.
Ella se sonrió al presentir el triunfo que iba a obtener, gracias a su astucia. Le
constaba que su esposo volvería a caer en el garlito cuando viera la solicitud y el
tierno cuidado de que ella lo rodeaba. El amor del hombre, pensó, entra por el
estómago. Esto es universalmente sabido. Así pues, ¿por qué iba a ser justamente su
marido una excepción, él que siempre tenía un buen apetito y chasqueaba la lengua
cuando sentía olor a buen asado?, calculó ella.
Esta receta es a veces de un efecto sorprendente en naturalezas varoniles.
Él tenía que llegar de un momento a otro. La hora a que generalmente llegaba a casa,
ella no la sabía. En los últimos tiempos no se había preocupado de ello, pues ya hacía
mucho que el uno pasaba al lado del otro como extraño. Seguramente debía haber
algo extraño entre ellos, que los alejaba.
Sus ojos se vitrificaron mirando fijamente en el vacío, cuando se puso a pensar en
ello.
De pronto presentóse a su imaginación la señora Kersen. Esta había pregonado a voz
en grito, por decirlo así, que era la elegida de su corazón, y ahora quería cautivar
además a su hijo.
¡Qué mujer!
Sus pensamientos no pudieron seguir adelante. la puerta se abrió precipitadamente y
frente a ella hallábase su esposo, quien con mirada de asombro la contemplaba de
arriba abajo...
—Parece que mi presencia poco te alegra —empezó la señora Reiman con una
irónica sonrisa.
—Efectivamente, estoy admirado...
De repente se interrumpió.
—¿O es que ocurre algo especial? —preguntó con brevedad.
—Es que, de otra manera, no tienes costumbre de venir a mi cuarto y menos a estas
horas.
Hizo como si no viera el cuidado con que estaba preparada la mesa, y no quiso
dignarse mirar las rosas.
—Habla, pues. ¿Qué sucede? —insistió él—. Aun tengo que escribir algunas cartas.
Por consiguiente, explícate pronto.
Costábale a ella gran trabajo dominarse.
—¿Es que tienes mucha prisa hoy en liberarte de mi presencia? —le preguntó
maliciosamente—. Me acuerdo de un tiempo en que me buscabas.
El se rió forzadamente.
—¡Ya! ¡Ríete! Cuando vamos entrando en años, las mujeres solo hacemos un papel
secundario ante vosotros.
Extrañado de su reproche, alzó la vista hacia ella.
—¿Cómo te sobrevienen tales pensamientos? En todo caso, yo no te he dado motivo
alguno para estas quejas. Tienes todo lo que deseas, riquezas y un muchacho sano y
formal.
La señora Reiman notó que su método era falso y que tenía que acudir a una nueva
táctica para influir en su marido.
—Tienes razón —contestó después de reflexionar un rato—, estoy desagradecida...
Cuando todo lo que tengo, lo tengo por ti...
Hipócritamente, lanzó un gemido sordo, al pronunciar estas palabras.
—Pero yo estoy enferma, enferma de verdad. Por ello tienes que disculparme.
Él la escuchó admirado.
—¿Tú estás enferma...?
—¡Sí, naturalmente que lo estoy!
—¿Vuelves a tener quizás tus nervios irritados?
—Puede ser... Por lo visto, ya no puedo soportar bien el aire de la gran ciudad, el
barullo, el ruido, día por día; hasta de noche me despierto sobresaltada.
—Entonces vete a algún lugar tranquilo, en donde tus nervios vuelvan a recuperar su
equilibrio. Nuestro médico ya te indicará alguno apropiado.
Ella quedóse mirando vagamente.
—¡No, no quiero salir! Tengo que quedarme cerca de Berlín.
—¡Ah! Bueno. Entonces...
—Pero bien tenemos nuestra pequeña casita en Schmargendorf. Bien podemos vivir
allí —lo interrumpió ella—. Está tranquila y silenciosamente entre praderas y
bosques y tiene también un hermoso jardín.
—¡Qué...? Esto no puede ser —exclamó él, levantándose de la mesa—. No vas de
ninguna manera. La pequeña casa pertenece a la señora Kersen.
—¿A la señora Kersen? —repitió ella, haciéndose la altamente admirada. y luego
añadió:
—Pero solo mientras no la ocupemos nosotros, como los verdaderos y legítimos
propietarios, que bien lo somos.
—¿Propietarios? Ya no lo somos. La casa pertenece a la señora Kersen. Su marido
me la compró antes de morir.
—¡Ah!, ¿sí? Pues tú no me habías dicho nada de ello.
—¡Cómo! ¿Sostienes que no he dicho nada? Tú estás informada hasta del más ínfimo
detalle.
—¿Es que la hipoteca de que una vez hablaste, ya está paga? Bien tenías una suma
mayor sobre la casa.
—Efectivamente, y ella me paga los intereses.
—Entonces denunciarás tu hipoteca —exclamó ella con dureza—. De esta manera
volveremos en posesión de nuestra casa; lo que estamos obligados a hacer por
nuestro hijo, nuestro heredero.
Él contempló a su mujer con agudeza.
—¿Me estás hablando en serio? ¿Quieres que denuncie la hipoteca a la señora
Kersen?
—Pues sí. Me parece lo natural. ¿Y por qué no?
—Pues yo no pienso, en absoluto, en tal cosa. Yo creo que no tienes tus sentidos
cabales.
—¿Y tampoco si lo pido por consideración a mi salud?
—Tampoco entonces. La mujer estaría arruinada. Considera tan sólo, que entró en la
casa como mujer joven y allí dio a luz a su desgraciada hija. Allí aprendió su hija ciega
a correr y jugar, de manera que conoce camino y sendero. Sabe encontrar todos los
rincones de la casa. A esta pobre mujer, ya de por sí tan digna de lástima, le quitaría
con ello...
(La señora Reiman rióse con dureza.)
...su único sostén. Le costaría la vida, pues desde la muerte de su marido se ha
cultivado ella misma en el pequeño jardín, todas las legumbres, frutas y cuanto
necesita. No, no; es un absurdo, no puedo hacerlo. Sería además una vil ingratitud
hacia su difunto esposo, que fue para mi fábrica un funcionario hábil y sumamente
concienzudo, pudiéndole nombrar, ya después de pocos años, apoderado mío.
Además, fue mi amigo en el sentido más noble de la palabra. En su lecho mortuorio,
le juré ser siempre un amigo leal de su familia y esto lo cumpliré absolutamente, tenlo
presente. Además, la hipoteca ha sido registrada como no denunciable mientras vivan
las dos.
—¡Pero tiene que salir de allí! —objetó con altos gritos la señora Reiman a su
marido—. ¡Tiene que salir a la fuerza! ¿Que se deje comprar una casa por su cuñado
rico (ese aventurero venido de México: ese ricacho de que tanto pregonan por aquí, y
del que tanto ruido mete)! —gimió ella—. Sí, dicen que tiene dinero a montones; que
sabe hacer oro, el charlatán ése. Pero, naturalmente, él... se esquiva, y deja que
personas extrañas se cuiden de su hermana.
—No debes hablar de personas que aun no conoces —replicó Reiman, mientras su
mujer, al darse cuenta de que el proyecto de su aparente enfermedad, tan bien
preparado, quedaba frustrado, mostró ahora sin disimulo alguno todo su odio, e
insistió.
—Me lo he jurado a mí misma: esa mujer tiene que salir de allí.
Reiman abrió desmesuradamente los ojos. Hasta llegó a dudar del juicio cabal de su
esposa.
—¡Pues sí! —¡Tiene que salir! —volvió a gritarle de nuevo—. ¿O te crees tú que
estoy dispuesta a seguir admitiendo vuestras secretas citas?
Esto ya fue demasiado, y Reiman pudo darse cuenta de lo que su mujer se proponía.
—¡Estás loca! ¡No las tienes todas contigo! —dijo, encolerizado.
Pero la señora Reiman no se dejó intimidar por la furia de su marido.
—¡Oh! —exclamó—, yo lo sé todo. A mí ya no me puedes hacer creer este cuento de
vuestra pura amistad o tonterías parecidas. ¿Lo que es? ¡Tu querida! Tu concubina,
que hasta quiere cautivar a mi hijo para su muchacha.
ante tales palabras, Reiman ya no pudo contenerse más
—¡Te prohíbo —exclamó lleno de ira— hablar en tales términos de esa mujer, que en
todas partes es mirada con el mayor respeto! ¡Vergüenza debiera darte una sospecha
tan vil, contra esa mujer que fue lo bastante magnánima para concederte su
protección.
—¡Ya, ya! —replicó ella, exacerbada—. ¡Para aprisionarte, luego, tanto más!
—La peor de las bajezas es la ingratitud..., y yo sentiría muchísimo tenerte que
contar entre tales naturalezas —profirió él en su manera tranquila y prudente—. Pero
—prosiguió elevando la voz—, guárdate de tender el arco demasiado, pues podría
romperse y yo lo sentiría mucho por ti.
—¡Ah! ¡Me amenazas! ¡Me quieres echar! ... ¿A tal punto han llegado ya las cosas,
que tú me amenazas con echarme? —gritó ella temblando con todo su cuerpo—. ¡Y
por una mujer así...
De repente, rompió a llorar desconsolada...
Él dejó tranquilamente que se expansionara. El viejo Reiman se dio cuenta de que el
estado de irritación de su mujer era enfermizo. por consiguiente le dijo, compasivo,
después de algún rato:
—Lo mejor, Augusta, será seguramente que te vayas a la cama. Tus nervios
excesivamente excitados, necesitan descanso.
Con estas palabras, condujo a su mujer, que seguí llorando arrebatadamente, y que,
por lo visto, se hallaba histérica, a su dormitorio.
Reiman quedó meditando sobre el matrimonio, el histerismo y la sensualidad.
XII
Mientras las condiciones fisiológicas y psicológicas difieren, nuestro poder de
percepción tiene que ser diferente; por eso el músico, el pintor, es un especialista,
desde el punto de vista psicológico.
El Rosa-Cruz debe refinar sus sentidos y sentimientos y lo consigue solo cultivando
con ahínco los estudios herméticos.
Debe ser soñador, idealista, refinadamente artista. El verdadero Rosa-Cruz será
pintor, músico, poeta, aunque no sepa manejar pinceles, piano o ignorerimar, pero
todavía no será por eso mago, ni lo llevara al extremo necesario, si no domina la
pasión material, mientras no mate su ego animal.
Tenemos, pues, tres categorías de seres: los insensibles, los hipersensibles y el
consiguiente término medio; existen aún impresionables solo para ciertas cosas, pero
no hay ninguno que no haya sentido la excitación, el deseo de poseer a una mujer;
hasta los eunucos, los hermafroditas, tienen momentos, aunque pasajeros, en que
desean hacer suya a una mujer.
Ello es necesario, es una condición biológica en el hombre; pero ahí está el gran
problema, de como aprovecharlo, para bien o mal, para alimentar el animal o cultivar
a Dios, para denigrarse o elevarse, para ir adelante o retroceder.
La potencia sexual es la vida, el poder, la fuerza; vemos a un tísico que apenas puede
levantarse, un reumático a quien sus dolores no le permiten moverse; hasta ponerlos
en contacto con una mujer, para que recuperen toda su fuerza, toda su agilidad.
Hay seres inferiores, a los cuales se les pueden mutilar los miembros, una pierna por
ejemplo, sin que sientan dolor en el acto sexual.
El esclavo solo puede elevarse a poder mandar, después de ser libre. Un hombre
esclavizado por sus instintos bajos, por sus pasiones, no podrá influir, no dominar a
otros. Solo los hipnotistas natos, que suelen nacer como fenómenos, pueden
influenciar, a pesar de dar rienda suelta a sus vicios; pero el que quiere aprender a
hipnotizar, es decir, a dominar a otros, sin haberse dominado a sí mismo, no logrará
su objeto.
Veamos cómo influye la potencia sexual sobre la fuerza mental.
La glándula pineal, rompecabezas de los sabios, esa pequeña glándula de nuestro
cerebro, según los hindúes, es una ventana de Brahma, es un acumulador para el
hipnotista y para el mago. Desarrollada esa glándula, hace efectuar a los fakires
aquellos fenómenos tan sorprendentes, de fascinación de masas.
Esta glándula hallábase muy desarrollada en los Santos que operaban milagros, y las
tienen agrandadas los negociantes que comercian con éxito, y también los Edison, y
todos los que se adelantan a su época. Se halla atrofiada en los idiotas, en los
hombres de poca fuerza de voluntad, en fin, en la mayoría de los humanos. Es
menester para el ocultista, desarrollar esa glándula, y el secreto lo posee la magia
sexual en cumplir la ley: “No fornicarás”.
Pero tiene sus peligros, y por eso es necesario explicarse, para evitar a los
aspirantes a Rosa-Cruz el cometer errores, y que caigan en los extremos; creo que
es menester abrirles los ojos e indicarles donde pueden hallar algo grande, avisarles
que el refrenar demasiado, acarrearía enfermedades nerviosas, muchas veces
incurables.
Naturalmente, no se puede dar la clave lisa y llana, ésta debe descubrirla cada cual,
según su adelanto.
Sucederá que este libro, en manos de cualquiera, será solo novela, una tontería; pero
en poder del llamado, será una luz, un faro útil que dejará leer entre líneas un secreto
enorme, grandioso, sublime.
La mujer ha sido creada para perpetuar la especie; el hombre halla en ella su dicha,
debe ser su compañera, y, como tal, debe desearla, impulsado por el amor; pero
¿sucede en la mayoría de los casos?, ¿es realmente amor o deseo? Ciertamente lo
último es lo frecuente. La mujer despierta ante todo, ansias de poseerla; mientras
esas ansias no se satisfacen, vibra en el hombre lo más elevado, lo más grande, lo
más divino; el amor, una vez satisfecho, generalmente concluye. Se ama al ser
ausente; se ama, de verdad, a la mujer que no se consigue; hasta a la que se pierde,
como al morir, o al abandonarnos. Si, ya poseída la mujer, el verdadero amor se
pierde, y solo se vuelve a recuperar después de algún tiempo al perderla, en esto
está el misterio del Génesis. Eva comiendo la manzana, perdió el derecho al paraíso.
Ciertamente, el matrimonio es la unión del sexo masculino con el femenino, para
perpetuar la especie; pero es menester que en el matrimonio solo se entregue uno al
otro, en un éxtasis de amor inconsciente, pues hasta desear el goce material, para
que el hombre se rebaje al animal, que solo apetece la satisfacción de apetitos
brutales. Más; se denigra más bajo que el animal irracional; pues éste, por leyes
fisiológicas, tiene cierto tiempo de brama, en que solo guiado por el instinto se une
con su género opuesto, y el hombre, que tiene en su voluntad cometer ese acto o no,
es responsable si hace mal uso de él.
La naturaleza jamás deja de castigar; por eso vemos matrimonios que antes de
casarse se amaban y aunque dure la ilusión más o menos tiempo, la reacción nunca
deja de esperarse; hay todavía otros que se soportan por rutina o debilidad, pero no
gozan la verdadera felicidad a que puede aspirar y tiene derecho el ser humano.
Para el acto se necesitan momentos psicológicos determinados, en que se
experimenta una voluptuosidad suprema, en que ambos sienten delicias indiscutibles;
si en ese momento la pareja hubiese experimentado simultáneamente algún deseo, y
éste hubiese tomado forma en el plano astral, habrían traído la realización de ese
deseo; habrían cometido un acto de magia.
Hay un acto de magia sexual, hay cierto connubio que sabe efectuar el mago, para
sus fenómenos, en que puede con su fuerza mental, en este momento preciso, sanar o
matar, enriquecer o arruinar, al que se propone. Para ello hay una clave, un secreto,
que podéis buscar, yo tendré buen cuidado de no divulgarlo.
Pero esto no interesa a todos los lectores; es menester haber estudiado algo de
ocultismo. Para el público sería ese secreto una arma horrible, con que podía
impunemente cometer crímenes, sin que la justicia humana le alcanzara.
El matrimonio, que debe simbolizar, en el hogar, el cielo en la tierra, se convierte
después del casamiento y en poco tiempo, en más o menos infierno. Si al principio
existió la unión espiritual, luego el hombre que esperaba algo superior, lo que no
puede satisfacer, busca a otras mujeres, trata de alcanzar la dicha fuera del hogar,
vienen las comparaciones, y el castillo de naipes, pompas de jabón, se deshacen,
resultando que, generalmente, de una víctima y un victimario, casi siempre el último
es el hombre, pero también los hay víctimas. El lazo fluidico de su unión, se deshace
poco a poco; y, si no uno, ambos concluyen mal, cuando no saben o no quieren
soportarse.
El verdadero amor, no tiene nada que ver, ni con la ceremonia religiosa, ni con el
pacto social, ésos son convencionalismos sociales, que a veces hacen más daño que
beneficio. La verdadera unión se hace en espíritu; y cuando todas las circunstancias
están previstas, por las leyes superiores, se efectúa sin poderlo evitar, siendo la
mujer soltera o casada, virgen o no. Es una atracción misteriosa e inexplicable.
Muchas veces los jueces castigan casos de inocentes, verdaderamente
irresponsables; mujeres que se entregan, impulsadas por amor, y, ya satisfechas, se
arrepienten, acusan y hacen castigar, siendo ellas las principales culpables. Hay ahí
un hipnotismo inconsciente, en el cual ya uno u otro obedece irremisiblemente;
castigarlos, es igual que condenar a un loco o a uno que cometió un delito en estado
hipnótico, que está previsto en la medicina legal. Mucho más cruel es la sociedad, en
repudiar o despreciar a estas víctimas. ¿Sabe ella acaso el fenómeno íntimo que se
efectúa? ¿Conoce como la serpiente fascina, hipnotiza, al pajarillo que luego devora?
El Rosa-Cruz mago siente la misma excitación nerviosa al operar, que otro ser lleno
de deseo. Si supieran los hombres lo que pudieran hacer en este momento de
nerviosidad, seguro que lo harían todo, menos seguir a la mujer.
Todo fenómeno en el plano material, es provocado en el plano espiritual y solo las
uniones que se efectúan ahí, son duraderas; solo en ellas está el verdadero goce, que
los demás humanos ignoran; solo en la unión espiritual, residen el placer, el éxito y el
poder.
Por eso, jóvenes, huid, aunque sean hermosas, de las mujeres sin alma e incapaces
de unirse espiritualmente. Evitad casaros por interés o por otros motivos. Examinad
primero, si vuestra amada os pertenece en espíritu; sin ello, no podéis ser feliz por
tiempo indefinido, ni acaparar fortuna, sino en raras ocasiones...
¡Cuántos fueron hombres de suerte o fortuna antes de casarse! Después, desde que
se unieron a su mujer, todo fracasó: los persiguió una mala estrella, debido a que
antes sus empresas eran manejadas por fuerzas mentales potentes, que perdieron al
gastarse en la unión sexual. A la inversa, hombres que nunca consiguieron antes
nada, bastó que se casaran, para que el éxito, la fortuna, les fuese favorable, debido a
que el fluido sexual de la mujer les faltaba, y ahora el de ambos estaban afines, y el
poder de que carecían, les vino inconscientemente.
Otro problema necesario de advertir y que hace tan decrépita, enfermiza, impotente a
la generación actual, es el vicio de la masturbación, tan arraigado en la juventud de
ambos sexos. Si supieran los padres y los maestros el grave daño que hacen al no
advertir el peligro a sus hijos y discípulos, tomarían medidas adecuadas para el caso.
Todos, en los primeros años en la escuela, lo hemos tenido, y comprendemos el
perjuicio que nos ha ocasionado; pero una cobardía moral mal comprendida, nos
impide abrir los ojos a nuestros pequeños.
¡Cuántas voluntades se agotan, cuántos rostros, que pudieron haber sido bellos, se
marchitan, cuantas existencias se truncan, por no dar la voz de alarma!
Los estudios de Rosa-Cruz nos enseñan que el semen es el astral líquido del hombre,
es la vida, encierra el poder.
Si no hacéis uso de vuestros órganos genitales, se atrofian y ya no sois hombres, os
convertís en seres impotentes. Por eso el problema es tan difícil, y no existe mas que
este dilema: O cometéis el acto, como un acto necesario, como el comer, con un ser al
cual no queréis, ni apreciáis, y sin mezclar vuestros sentimientos espirituales; o lo
hacéis en un éxtasis de amor, con el ser a que estáis seguros de permanecer unidos
por toda la vida.
En la patria de Sócrates, en aquella hermosa Grecia pagana, la hetaira era sagrada,
era elevada al rango de sacerdotisa del amor: ella servía para satisfacer las
necesidades de los Atenienses, sin que éstos gastasen sus energías intelectuales. Y,
como tal, la prostitución es hasta hoy una necesidad social, en lo único que hacemos
mal es en humillar y escarnecer tanto a esos seres y enaltecer demasiado a ciertas
mujeres casadas. Mal que nos pese, debemos aceptar la definición de Pablo Robin,
que dice: “La principal diferencia entre las mujeres consiste en que, las calificadas de
honradas, trafican al por mayor, y las prostitutas, al menudeo. Estas venden sus
besos por necesidad a todo el mundo, aquellas los suministran a un contratista
vitalicio”.
Pretender satisfacer el acto con el ser querido y experimentar goces animales, no es
posible, más fácil es juntar el aceite con el agua. El mismo espíritu lo castiga,
acabando vuestra fuerza de voluntad, trayendo dolores y enfermedades, y así perdéis
el paraíso prometido.
El Gran Todo, el Alma Cósmica, es el gran almacén universal, de ahí se reparte todo,
como por reflejo. La vida individual es solo una parte de la vida universal, como el
amor particular es una chispa del gran amor universal.
Con amar a un ser, hacemos vibrar todas las vibraciones del amor universal y siendo
el amor origen, principio, energía impulsadora de todo, los átomos químicos no son en
su principio íntimo sino compuestos de amor, y al unirse el átomo oxígeno e
hidrógeno en agua, se realiza un maridaje pasional.
El amor, como ya he dicho, es el origen de todo lo que se agita y muere.
Dios es amor y su amor realizó la creación.
Cuando el hombre se une en el acto secreto a la mujer, es un Dios, pues en este
momento se convierte en creador. Los videntes dicen que en el momento preciso del
amor, del espasmo, ven a los dos seres envueltos en una ráfaga de luz, muy brillante;
se envuelven en las fuerzas más sutiles y potentes que hay en la naturaleza. Si saben
aprovechar el momento, si saben retener esa vibración, con ella pueden operar, como
el mago para purificarse y conseguir todo. Si no saben respetar esa luz, los
abandonará, para recluirse en las corrientes universales, pero dejando tras de sí las
puertas abiertas, por donde se introduce el mal. El amor se convierte en odio, la
ilusión deja lugar a la decepción.
Como el amor, todas las manifestaciones de la naturaleza tienen en el plano material
sus acumuladores. La mujer joven, generalmente, es un acumulador de lozanía, de
salud y belleza, trasmisible como todo a otros. Todo ser es un vampiro, que puede
atraerse esas cualidades para sí. Las corrientes fluidas materiales, una vez chocadas,
una vez confundidas entre sí, se neutralizan y se repelen; las corrientes espirituales,
por metafísicas, no son alcanzadas por esas leyes físicas.
Meditad, hombres casados, ¿Habéis alcanzado en el matrimonio el éxito, la
satisfacción que esperabais? No os engañéis, no os hagáis ilusiones, no os ofusquéis
por la voz de la materia y tengáis que decir: Tiene razón y ahora me explico muchas
cosas, que antes no comprendía.
En el Perú, en la India y en México hay brujos, hechiceros, de los cuales los que no
averiguan se ríen.
Estas brujas o hechiceras han conocido ciertos secretos por tradición de sus
antepasados, para hacer mal. Los hay, que hacen muñecos de cera y los clavan con
alfileres; yo he conocido casos patentes, en que operaban con éxito, pues la mayor
parte emplean la magia sexual, y como primer agente, la sangre, el líquido menstrual
y el semen. Hace años, en Santiago de Chile, un amante, por vengarse de su ex
querida, operaba en su contra, valiéndose de ropa usada. Llegué a ver en el hospital
la muerte del mismo, y al dar cuenta a la justicia se rieron del demandante y el asunto
quedó sin castigo. Hoy mismo conozco un caso en que un conocido mío, valiéndose de
sangre adherida a un paño y de una capa que usaba su amante, opera contra ellos.
Cuando vea el resultado publicaré mis observaciones, con detalles amplios, por ser
estudios curiosísimos, que aunque muchos no creen en brujerías y clasifican estos
hechos en el escalafón de supercherías, en el ánimo publico esta que son cosas reales
y que a cada rato nos vemos enfrente de casos inexplicable de enfermedade s, que no
encontramos la causa.
Por de pronto, puedo anticipar que la amante de referencia, se volvió loca irascible.
¡Cuántas veces vemos hijas que abandonan el hogar con un tenorio de barrio, que no
supieron apreciar el dolor de una madre desilusionada; se enferman o mueren o les
acontece cualquier otra desgracia!
Conocí el caso de un galán que perdió la vista, sin que la ciencia pudiera encontrar la
causa. Se dice: ¡Castigo de Dios!, imaginando que existe un Dios personal, que con
un látigo en la mano, corrige a sus criaturas. No, querido lector; es la influencia de la
mentalidad de la madre que vibra sobre el traidor, hasta destruirlo. Si aquel se
hubiese unido a su amante en un sentimiento de verdadero amor, las corrientes
mentales de la madre no le alcanzarían, pues el amor puro es una coraza férrea que
todo lo rechaza; pero si sólo existió el deseo carnal, no hay excepción, serán
castigados, tanto él como ella, según la magnitud de la falta y el poder mental que
pide venganza.
La magia es la exteriorización de la fuerza de voluntad. Esta puede servirse como
vehículo del amor o del odio; el primero lo emplea el mago blanco; el último el negro.
Sus alcances dependen de la intensidad, cómo, y el tiempo que sabe vibrar, pero el
resultado es inevitable, forzoso.
¡Cuántas veces llegan a nuestros consultorios estos enfermos que dicen estar
embrujados, que alguien les ha hecho daño! Los médicos se ríen de estos casos y
para deshacerse del cliente, recetan bromuros, y sin embargo, hay en el fondo una
verdad; estos individuos están atormentados, heridos y perjudicados por la corriente
mental del que querían impunemente dañar en otros tiempos. Es la ley de Karma que
los alcanzó; la mano de Dios que supo castigar. Lo que el brujo hace a sabiendas,
ellas se lo proporcionan inconscientemente.
Cuando el Rosa-Cruz ve a mujer bella y hermosa, debe tratar de atraerse esas bellas
cualidades para sí, cargarse de fluido bello y sano. No por eso daña a la mujer,
porque su poder acumulador no se agota; mientras más esparce, más acumula.
Cuando un viejo decrépito se casa con una muchacha joven, lo vemos de pronto
rejuvenecerse, y a ella languidecer; concluye, se agota. Es que el anciano atrae
demasiado la vitalidad de la cónyuge. Más tarde se establece cierto equilibrio, hasta
que la fuerza prestada se vuelve y ella torna a su esplendor y lozanía. Sucede lo
contrario cuando una vieja se une con un hombre más joven, su vejez se precipita y el
galán busca de satisfacerse, engañándola.
Para el matrimonio moderno, no se tiene en cuenta nada de estas cosas, ni las
condiciones fisio-psicológicas de los contrayentes; lo esencial es llenar las fórmulas
sociales; se casa el dinero con el dinero. He ahí el motivo de la degeneración actual,
y obligación es de los que saben, incitar una corriente de propaganda en pro de
salvadoras ideas a este respecto.
He leído un trabajo sumamente interesante ante el Congreso Internacional de
Higiene y Demografía celebrado en Berlín en 1907, sobre la disminución rápida de la
población en Francia, en que el autor quiere descubrir causas por todas partes, sin
que se le ocurra la verdadera, es decir, el relajamiento de los placeres sexuales. En
Francia, donde el refutamiento por conseguir goces ha llegado a un grado tal, que la
misma naturaleza se revela, hace que ya no haya hijos; y ese pueblo que lucía en su
Metrópoli el nombre cerebro del mundo será el prostíbulo, si el vértigo del
relajamiento y la perversión sexual no se detiene. No quiere decir esto que sea aquel
el único factor que atrae este resultado. En Francia los matrimonios, generalmente,
no quieren tener hijos, y procuran, por todos los medios artificiales, no concebirlos.
A diario acuden a nuestros estudios médicos, ciertos enfermos, cuyo aspecto fuerte y
robusto nos lleva a falsas conclusiones. Los creemos completamente sanos y el
mismo examen clínico nos confirma la opinión de que este paciente no debía haber
venido hacia nosotros; y, sin embargo, estas personas están muy enfermas, sufren lo
indecible y la mayor parte de los médicos las declaran incurables.
Eso hacen los honrados. los explotadores, los traficantes de la medicina, suelen
recetarles tónicos, unas veces también sedantes, las otras afrodisíacos, aunque casi
todos ellos, en su fuero interno, están completamente convencidos de que todo es
inútil, que todo sale sobrando.
Los enfermos a que me refiero, son los que sufren de neurastenia sexual. Son
hombres que sienten deseos como los demás, ansias de efectuar el connubio. Tienen
erecciones normales; pero, en el mismo momento del acto, fracasan; les basta
aproximarse a la hembra para que la erección ceda en absoluto, quedando
naturalmente con un estado nervioso, con una desesperación espantosa y terrible.
Esta enfermedad puede durar años. No es, como se cree muchas veces, consecuencia
de abusos, ni tiene ninguna causa inmediata. Se podría decir que viene esta
enfermedad por que sí.
El médico que no estudia el parapsiquismo, es incapaz de comprender este estado
patológico y mucho menos de darle un tratamiento adecuado. La corriente nerviosa
en el ser masculino, es una electricidad positiva. Eso, en primer lugar. Y, en segundo,
en una proporción necesaria, es un magnetismo negativo; el uno representa la
materia en nosotros, y la otra, la materia del arcano mater.
Casos iguales pasan en muchas mujeres de temperamento ardiente. Sienten ansias
de unirse con un hombre; pero, en el momento de llegar al hecho, sienten una
sensación de repugnancia y lo rechazan, dejando al hombre desconcertado. Es que en
la intimidad de nuestro ser tenemos que ser algo hermafroditas; hemos de tener algo
de hombre y algo también de mujer en proporción normal. Cuando hay
desproporciones, se da origen a esta enfermedad que describo.
Se ha tratado de curar este mal mediante el hipnotismo, y, en algunas veces, con
resultado halagador, pero en la mayoría resulta impracticable, porque es muy difícil
lograr un sueño hipnótico en estas pacientes. Para esto, solo hay un recurso único
absolutamente eficaz, pero que al mismo tiempo es una gran clave de la magia
sexual.
Dado el estado actual de la sociedad, por consideración a los lectores armados de
falso pudor, y para esta vez valerme del método de la escuela oficial, daré la receta
en latín, que consiste en una suave inmissio membri virilis in vaginam sine ejaculatio
seminis.
Esto no solamente es un remedio seguro para esta enfermedad, sino que también es
un remedio para muchos otros males y a veces el secreto para armonizar los
matrimonios, que hace desaparecer las rencillas, del lugar, como por encanto.
Probadlo.
La posición descrita puede durar una hora y se sentirá una sensación de bienestar
inefable.
Pecho contra pecho, los dos plexos solares en inmediato contacto, todos los centros
astrales sobrepuestos, permiten un intercambio para establecer una justa
androginidad.
Me cuesta trabajo contenerme. Quisiera escribir mucho más sobre esto. pero es...
prohibido para el iniciado...
Estas cosas se pueden tratar de persona a persona, pero no aquí.
Hay todavía un asunto que debo mencionar y que interesa a todos los hombres.
Cuando se ha llevado el exceso sexual, y esto sucede con frecuencia, al máximo,
viene la reacción consiguiente, que llamamos impotencia.
Esta impotencia es diferente de la que dije antes.
La medicina moderna, que ha degenerado en un repugnante comercio, anuncia con
grandes caracteres la curación de este mal y emplea los llamados afrodisíacos.
Yohimbina, Fosfuro de zinc, estricnina, cantárida, mirra, asafétida, gálvano, azafrán,
etcétera. Estas sustancias atacan directamente al sistema nervioso y al cerebro,
agotan las facultades intelectuales y acortan la vida.
¡Desgraciados, infelices, los que caen en manos de profesionales sin conciencia, que
os someten por este medio a un suicidio paulatino!
Es evidente que la impotencia es una enfermedad como otra cualquiera, y, al no
curarla, no solo los órganos genitales se pueden atrofiar, sino que la preocupación
constante de un hombre que ha perdido sus facultades genésicas, acarrea la
neurastenia. Pero con los productos artificiales de la quimioterapia, resulta muchas
veces el remedio peor que la enfermedad. ¿Qué hacer? Ocurrir a la madre
naturaleza, buscar los medios naturales, los agentes físicos para conseguir el alivio.
La fisio y la psicoterapia provocan curaciones maravillosas en estos casos.
En las altas llanuras del Asia Central, el almizclero hembra, en la época de celo
(meses de Mayo y Junio), percibe a centenares de leguas el olor característico del
macho, emanado de un producto que todos conocemos y que es pagado a precios
exorbitantes.
En la nariz del animal aludido, se encuentran los ramos nerviosos que provocan esa
secreción amorosa que preside a las funciones genitales.
Cuando vemos a los toros u otros animales oler antes de verificar el acto, es que se
cargan de unas emanaciones vitales que salen de la hembra, que les dan ánimo y
potencia sexual.
Sabemos que la perfumería barata, solo inspira repugnancia, sobre todo a las mujeres
del gran mundo. Acontece lo contrario con los perfumes finos, cuya base es el
almizcle, el ámbar gris, el cipeto, etcétera, y que son de uso íntimo; no tienen otro
objeto, para las mujeres, que provocar al hombre, pues les trae la sensación genital
por medio del órgano del olfato y estimula esa fuerza misteriosa en que reside el
poder genésico de todo lo creado.
La fisioterapia consigue la curación de la impotencia de una manera segura, siempre
que no haya ya lesión material del sistema nervioso, ni del órgano sexual.
Malherbe es el inventor de un método curativo, el cual consiste en excitar los puntos
genitales de la nariz.
Conocemos todos la suma de conocimientos del gran fisiologista americano Brown-
Sequard, cuyo sistema de curación fue tratado de inmortal por espíritus timoratos,
que se alejaban de la realidad de la vida, y consiste en excitar el aparato sexual, sin
llegar a consumar el acto, y así trata de tonificar el cerebro.
Este sabio no fue ocultista, pero intuitivamente se acercó a un gran secreto.
Excitar el aparato, para producir semen y no derramarlo, sino obligarlo a que se
asimile, es nutrir el sistema nervioso y prolongar la vida en general. Se puede decir:
“El semen se cerebriza, y, excitando el cerebro, éste se seminiza”. Pero es menester
saberlo hacer; llevarlo al extremo, es de lo más peligroso.
Así como se hace la transmisión por las ondas hertzianas; así como por la telepatía se
pueden comunicar los pensamientos a otros, las manifestaciones de un ser bello y
sano, pasan a otro, falto de estas cualidades. He ahí un secreto de cómo podréis
llegar a la salud, a la belleza y a los poderes deseados. El deseo refrenado hará
transmitir el líquido astral hacia vuestra glándula pineal, y, si repetís ese ejercicio por
largo tiempo, os haréis hombres-dioses. Si al contrario, gastáis impunemente esas
fuerzas en holocausto de la materia, os acercáis al animal, falto de voluntad y de
razón.
Al principio, se siente el deseo, la admiración provoca la pasión, pero poco a poco os
convertís en acumuladores inconscientes y tendréis salud, poder, belleza, inteligencia.
La Biblia enseña al hombre el camino de todas las conquistas, por ese decreto: “No
fornicarás”.
Me viene un tropel de ideas, reminiscencias de mis estudios sobre magia sexual,
pero no me atrevo a escribirlas, por temor de dar armas a manos que no conocen su
manejo o por no ser comprendido. Entiendo que son ideas demasiado avanzadas, que
no todos son aptos para digerirlas.
Los esposos quedan unidos a sus hijos por toda la vida, bases fluidicas, y por ellas les
trasmiten constantemente su salud, su saber y su voluntad; si gastan sus energías en
placeres inmoderados, no tendrán que transmitirles a los que dieron el ser. Sus hijos
serán tontos y enfermos, por culpa del egoísmo de sus padres, que solo deseaban
gozar. Igual pasa con los esposos entre sí; gastan y pierden las fuerzas físicas y
mentales, y, cuando los necesitan para el éxito de sus negocios, fracasan. El éxito de
nuestras empresas, sean cuales fueren, depende de nuestras fuerzas mentales, y
éstas a su vez del desgaste de nuestra potencial genital. De manera que “No
fornicarás” quiere decir: Sin abandonar los órganos sexuales, para que no se
atrofien, no abuséis de ellos, para no perder el poder material ni mental. No lo hagáis
con un ser que no haya sido o no sea siempre de vosotros, porque esas fuerzas son
esencialmente individuales. Si se mezcla el fluido con el de otro, con un antecesor,
recibiréis la influencia de todos sus males, es el vehículo donde se transmite su
desgracia, su mala suerte.
El mago al principio de su iniciación puede querer, pero solo una vez y cultivar ese
amor. Si sabe el secreto íntimo puede cortar las malas vibraciones anteriores y amar
de nuevo sin perjudicarse. Pero ¡son tan raros los que saben ese secreto! Menos los
profanos, para ellos, todo el éxito, todo su bienestar depende del cumplimiento de ese
mandamiento: “No fornicarás”, que no exige abstinencia absoluta, pero no permite la
fornicación material. Para el abusador, para el pasional, no hay poderes posibles.
Nuevas encarnaciones tendrán que purificarlo.
La iniciación avanzada nos lleva a un estado de sentir todos los goces del amor, sin
contacto. Entonces comienza la verdadera introducción de la alta magia; entonces nos
elevamos a semidioses.
Al principio basta con una abstinencia de cuarenta días al año; son los cuarenta días
que Cristo se recluyó en la montaña y fue provocado por Satán, que no fue un ser
personal, sino la excitación de sus sentidos sexuales. En el resto del año, solo debía
buscarse la satisfacción por necesidad, los días viernes, pues ese día preside el
planeta Venus, y éste, como nos enseñan los astrólogos, preside el amor. En los
demás días hace, más bien, mayor daño, ese contacto carnal.
El presente problema, desde cualquier punto de vista que se tome, es tan complicado,
tan arduo, que ha sido muy poco estudiado, y menos dado a la publicidad por los
ocultistas. Existe, sin embargo, una sociedad secreta, rama de los Rosa-Cruz: “Los
Hermanos Herméticos de Luxor”, que reparten entre sus afiliados manuscritos que
contienen grandes secretos y por los cuales se obtienen misteriosos poderes.
Como no es dado divulgar lo que yo he podido saber de estos secretos; por razones
de higiene, y para indicar a los estudiantes del ocultismo un camino de alta
trascendencia, donde deben inquirir, creo no hacer mal dando las primeras ideas para
desarrollarlas poco a poco.
¡Hoy, solo, meditar! El amor como impulsador del acto material y como fuerza
creatriz de todo lo existente, es la clave del éxito, de la vida material e intelectual, es
la llave con la cual el hombre puede entrar al anfiteatro de la ciencia trascendental y
elevarse al plano divino. ¿Queréis espiritualizaros? ¿Queréis poderes? ¿Queréis
salud, belleza, talento...? Escuchad a los iniciados que escribieron en la Biblia: “No
fornicarás”.
XIII
Los días siguientes transcurrieron en indolente monotonía. Parecía como si la noche
se hubiese tragado la disputa. Ninguno de ambos esposos volvió a tratar de la
cuestión. Pero la señora Reiman evitaba aún más que antes el encuentro con su
marido. Interiormente estaba enojada por haberse comprometido tanto delante de él.
Ahora, él sabía con certeza, que no era enfermedad el aliciente de su conducta, sino
celos y que ella sentía odio hacia la Kersen, haciéndolo todo para disputar a
Bernardo a la ciega. Entonces sus pensamientos volvieron a dirigirse nuevamente
contra la señora Kersen.
“¡Oh, esta mujer!” Ella estaba junto a la ventana torturándose los labios a mordiscos.
Todo estaba girando en caos tenebroso a su alrededor, sofocando irremisiblemente el
renacimiento de pensamientos mejores. De todas maneras, quería influir sobre su
hijo, para que suspendiera todo trato con los Kersen. Pero, ¿cómo?, ¿con qué medios?
—¡Dios mío! ¿Es tan débil mi voluntad de madre que no pueda hacer ningún uso de
ella? —pensaba.
También aquí sentía la pared divisoria que se hallaba entre su hijo y ella. El concepto
de “madrastra” no era, por cierto, ninguna palabra hueca y sin sentido. Ella trataba
de encontrar el puente que pudiera conducirla hacia él. Una risa sardónica reflejóse
en su semblante mientras desechaba uno que otro medio para tal objeto. Su
impaciencia incitante la hizo marchar de la ventana. De repente, un pensamiento la
hizo estremecer. Su faz se esclareció. El profesor Mertin, el maestro de su hijo que
tanta influencia tenía sobre él. A él se había de confiar. Ahora en los días antes del
examen, había llegado el momento oportuno para ello. El ya hallaría la manera
conveniente para curarlo de su insensato fanatismo por la ciega, y una vez librado de
estas trabas, se pondría por sí mismo al lado de ella y pediría con ella al padre la
denuncia de la hipoteca.
Efectivamente, éste era el único recurso salvador con el cual saciaría su venganza.
Esta tonta, tenía que venir irremisiblemente en su busca a pedirle perdón por la
ofensa que le había hecho. No había sido increíble que la señora Kersen se saliera
corriendo dejándola en medio del cuarto como a una tonta, gritándole aún que ella
había sido la elegida por su esposo. ¡Qué necio había sido de su parte hacerle
recordar esto nuevamente; cuando debía saber muy bien que la más fuerte era ella,
pues el dinero confiere al que lo tiene, al mismo tiempo, un cierto poder!
Echó la cabeza hacia atrás y sus ojos brillaron llenos de triunfo. con una mirada a su
reloj cubierta de brillantes, exclamó:
—Aún hay tiempo. Si no me equivoco, el profesor recibe a esta hora.
Y, rápidamente decidida, llamó a su doncella para que la ayudara a vestirse.
Antes de salir, le encargó que cuando su marido o su hijo preguntaran por ella, les
dijera que había ido a visitar a su amiga, la señora del consejero Wilckens.
Y enseguida se puso en camino, sonriendo llena de confianza.
Al entrar en la casa del profesor, dio con su hija Elfrida, con la cual se conocían de
vista; y parece que una corriente telepática se comunicó entre ambas mujeres.
Elfrida pensó: “Esta es la ocasión de influir a la madre para conquistar a su hijo
Bernardo, de quien sabemos estaba enamorada”. Y la madre se dijo: “Esta es la
mujer que debo elegir como esposa de Bernardo, para poder quitar a la ciega de en
medio”.
La conversación entre ambas mujeres fue un totun revolutum, pero la radio telepatía
entre ambos cerebros excitados, había establecido su comunicación, y, al levantarse,
la muchacha al llamado del alma de llaves, tanto ella como la madrastra de Bernardo,
creían haberse entendido.
XIV
El semestre de estudios acababa de llegar a su fin a causa de los exámenes que iban
a celebrarse, de manera que el profesor Mertin, que aun daba clases
complementarias a varios de sus discípulos para prepararlos para el examen, estaba
doblemente ocupado. Esta era la época en que el exceso de labor excitante y el poco
descanso nocturno, lo tenían muy fatigado y de mal humor. Estaba justamente en su
hora de consulta.
La señora Reiman era la última. Reflexionaba si debía fingir alguna enfermedad
cualquiera, para tratar el asunto de su hijo como asunto secundario, o si fuera mejor
que tratara directamente del asunto que allí la había llevado. Repetidas veces se
levantó nerviosa, yendo de un lado a otro, pero no lograba tomar decisión alguna. El
tiempo de espera se le hacía larguísimo.
Por fin, el último de los pacientes había abandonado por otra puerta el cuarto de
consulta y el profesor Mertin entró en la sala de espera con su traje blanco de
operaciones, con las siguientes palabras:
—Bueno, señora, ¿quiere usted pasar? Es usted la última. Señalóle una silla y con
legítimo acento profesional prosiguió:
—Y bien, ¿qué es lo que le pasa?
—Señor profesor, no se trata de mí. Yo vengo por mi hijo.
—¿Sí? ¿Qué le sucede a ese joven? ¿No podía usted traerlo consigo?
—No, señor profesor.
—Bueno, pues entonces cuénteme usted lo que le ocurre. A ver si nos arreglamos sin
su presencia.
—No, señor profesor, mi hijo no está enfermo.
—Pues entonces, ¿qué es lo que usted quiere de mí, señora? —preguntó él algo
incomodado.
—Mi hijo es un discípulo de usted, señor profesor... Bernardo Reiman.
—¡Ah! ¡Eso...! ¡Ahora lo comprendo! —exclamó el profesor Mertin—. Es muy grato
para mí conocer a usted, señora, pero no debe usted preocuparse para nada, puede
estar absolutamente tranquila. Su hijo de usted, no necesita mi ayuda, pues hará un
examen brillante. Es uno de mis mejores discípulos.
—No, no, señor profesor. No se trata del examen, sino de un... un... amorío que mi
hijo tiene.
—¡Qué me dice usted! ¿Un amorío? —y añadió para sus adentros: ¿Y qué me importa
a mí todo eso?
Sólo, para decir cualquier cosa, terminó:
—¡Ya, ya! La juventud, señora. Pero en su mayoría son cosas pasajeras. Ahora
iniciará pronto su profesión de médico y entonces ya olvidará a las muchachas.
—No, señor profesor; ya está demasiado prendado de esta mujer. Perdóneme usted
si le hago algunas aclaraciones sobre las circunstancias inmediatas.
Fue quizás cierta curiosidad la que indujo al profesor Mertin a dejarse relatar por la
madre de Bernardo algo sobre esta cuestión.
Y la señora Reiman se puso ahora a exponer al viejo profesor el asunto, con aquella
nerviosa minuciosidad histérica, que le era característica. Allí tuvo que salir la
historia de su propia vida, y luego, toda la historia de la familia Kersen; de manera
que el pobre profesor, ya dejó de escucharla a la tercera frase, prestándole
únicamente un poco de atención, cuando creía que iba a concluir.
Fueron muchas las muestras de impaciencia que hizo; pero ella no parecía
comprender que el asunto tenía que ser sumamente aburrido para él, y que lo
consideraba como un robo de su tiempo tan precioso. por consiguiente, aprovechóse
él de la primera pausa que la señora hizo para tomar aliento, para interrumpirla:
—Lo siento muchísimo, señora, pero he de declararle que no puedo mezclarme de
ninguna manera en cuestiones particulares de mis discípulos. Por consiguiente,
lamento de veras, no poderla servir y he de suplicarle me exima usted de este asunto.
Usted ha de comprender, señora, que ahora tengo mis atenciones y preocupaciones
en los exámenes.
—Ya, señor profesor, pero...
Mertin ya estaba fastidiado de la cosa. No quería escuchar nada más y no la dejó
proseguir.
—Señora Reiman, lo siento muchísimo. ¿Me hace el favor...?
En vista del enojo que se marcaba ahora tan visiblemente en las facciones del
profesor, la señora Reiman no tuvo más remedio que despedirse sin haber logrado su
propósito.
Al abandonar el cuarto, habíase ruborizado hasta la frente.
El profesor sin haber escuchado nada de lo que le había contado la señora Kersen,
exclamó, cuando se vio solo:
—¡Qué latosas son algunas mujeres!
XV
Entretanto, Bernardo había hecho una visita a Elsa. Quería exponerle aun antes de
su examen el propósito suyo de emprender un viaje a España. Ya en otras ocasiones
habían hablado con Elsa de este proyectado viaje que había aconsejado el Cónsul
Rasmussen con el objeto de ampliar allí sus estudios sobre la ciencia Rosa-Cruz; si
bien Bernardo estaba obligado a guardar sigilo de muchos de los secretos y
comunicaciones del maestro Rasmussen, otros podían servir de motivo de
conversación, después, entre la pareja. Cuando llegaban a este tema, eran horas
inefables. Se sentían transportados al espacio, y convivían con los hermanos
mayores, en aquellas esferas. Teóricamente, ya sabían cómo dar el paso —que para
la humanidad es tan siniestro— de la muerte; pero Bernardo necesitaba iniciarse,
para poder llevar a la práctica tan hermosas teorías aprendidas. Rasmussen habíale
ofrecido darle instrucciones precisas para su viaje a Barcelona y su iniciación en la
montaña de Montserrat.
Encontró a la ciega sentada en el jardín en una silla, haciendo labores de mano.
Estando aun a veinte pasos de distancia, ya recibió los saludos de su amada. con el
oído atento, y torciendo la cabeza, exclamó:
—¡Bernardo..., Bernardo! Está bien que vengas, justamente estaba pensando en ti.
—¿Es verdad, Elsa? Fue seguramente una excepción.
Pero Elsa iba poniéndose visiblemente más triste cada vez, pues no podía resignarse
a tener que pasar semanas enteras sin la presencia de Bernardo. De pronto,
extendiendo el brazo en el aire, buscó su mano.
Bernardo que había comprendido su movimiento, vino en su ayuda. Pero luego ya vio
que a Elsa se le saltaban las lágrimas. sujetándolo convulsivamente, dijo ella:
—Bernardo, Bernardo mío, no debes dejarme sola; ¡yo te amo!
Bernardo quedó completamente sorprendido del arranque sentimental de Elsa,
sintiéndose invadido de una compasión profunda hacia ella. Lleno de ternura llevó su
mano de alabastro, en la que se distinguían venas azules, a sus labios. Ella se sintió
dominada de una profunda felicidad, y un intenso calor le llegó hasta la frente.
—¡Niña mía! Yo estoy siempre contigo, aun cuando esté lejos de ti. ¿No sabes eso?
Él contempló su cara ardiente, sobre la que las pestañas oscuras yacían como velos
de luto, y se sintió dominado de un sentimiento de dolor. Involuntariamente tuvo que
pensar en las estrellas brillantes de Elfrida, que en aquella noche le habían sonreído
tan llenas de promesas. ¡Ay! ¿Por qué faltaba a la carita de Elsa este brillo? ¿Por qué
sus estrellas debían quedar sumergidas en noche eterna?
—¡Elsa querida! —prorrumpió en su dolor—. Yo parto para lograr estudios que aquí
no me pueden enseñar. Tú eres la blanca flor por la que vivo y muero. Si no es
permitido traerte la luz como te lo prometí, la vida no tiene, para mí, valor alguno —
dijo él, abrazándola dulcemente.
Elsa bajó la cabeza y unas lágrimas, como nacidas de una santa revelación,
humedecieron las rosas en su seno. Bernardo vio cómo su pecho de color de marfil
subía y bajaba de emoción. Entonces alzó su barba y besó las perlas húmedas que
pendían de sus pestañas, haciéndolas desaparecer. Fue el primer beso que la pareja
se daba. Desde el jardín llegaba el regocijo de las aves y el chirriar de un grillo. Elsa
no oía nada. En sí misma había tan poderoso zumbido y campanilleo y canto, que
dominaba todo lo demás. En su corazón había brotado el amor, cual un despertar de
primavera.
—¡Si tú pudieras verme! —exclamó él—, ¡qué feliz sería yo!
Una dolorosa sonrisa pasó por el semblante de ella.
—¿Quién te dice que no te veo? Yo te veo por medio de tu alma que habla conmigo.
El acento de tu voz me revela tu imagen. ¡Tu voz es tan suave y flexible, y, no
obstante, llena de vigor...! Según eso, tu exterior tiene que ser muy hermoso. Y, cosa
curiosa; a veces te veo verdaderamente, y ahora se presenta tu imagen con toda
claridad ante mi alma. Cómo sucede esto, yo mismo no lo sé. Es tan precisa, que
podría dibujarla como las rosas y otras flores. dime: ¿No llevas hoy un traje gris?
—Efectivamente —confirmó él—. ¿Cómo es posible que lo veas?
—Veo tu rubio cabello que hoy se levanta en rizos insubordinados.
—Sí, sí; muy cierto.
—Y tu nariz, tan recta y hermosa.
—Por cierto, recta lo es, y no puede ser fea, si tú lo dices.
De pronto se ofuscaron sus facciones y horrorizada se levantó, exclamando:
—¡Oh, veo un gran peligro para ti! Bernardo, te lo suplico; no te vayas.
—Espero que en este respecto seas una profetisa falsa.
Notábase cierta seriedad en su voz, por más que trataba de dar a sus palabras un
aire de broma.
Pero luego volvió Elisa a exclamar en alta voz, cubriendo su cara con ambas manos:
—¡No quiero ver nada! ¡No quiero ver nada! ¡Dios mío! ¡Eso sí que no! ¡Eso no!
Luego se puso a temblar con todo su cuerpo. Su cara estaba desencajada y su
respiración era jadeante.
—¡Oh, qué terrible es todo esto!
Tenía que haber visto un cuadro espantoso. Bernardo se sintió tan conmovido, que no
pudo proferir palabra alguna. Silencioso la tomó del brazo y la condujo hacia el jardín.
El sol poniente fulguraba en un rojo sangriento en el cielo. No se sentía el menor
aleteo de aire. Bajo su luz dorada caminaban los dos por los caminos circundados de
flores del jardín.
—¡Elsa amada! —con estas palabras interrumpi&oa
Tag continuacion
Por arkaiko
2ªparte NOVELA DE OCULTISMO INICIATICO ROSACRUCIS
Tag continuacion
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