Por arkaiko
CRONICAS MARCIANAS // RAY BRADBURY // MITOS Y LEYENDAS DE LA CIENCIA-FICCION
(link-enlace)
ENERO DE 1999..................El verano del cohete
FEBRERO DE 1999.............Ylla
AGOSTO DE 1999...............Noche de verano
AGOSTO DE 1999...............Los hombres de la Tierra
MARZO DE 2000.................El contribuyente
ABRIL DE 2000...................La tercera expedición
JUNIO DE 2001...................Aunque siga brillando la luna
AGOSTO DE 2001...............Los colonos
DICIEMBRE DE 2001.........La mañana verde
FEBRERO DE 2002.............Las langostas
AGOSTO DE 2002...............Encuentro nocturno
FEBRERO DE 2003..............Intermedio
ABRIL DE 2003....................Los músicos
JUNIO DE 2003.....................Un camino a través del aire
2004-2005...............................La elección de los nombres
ABRIL DE 2005.....................Usher II
AGOSTO DE 2005.................Los viejos
SEPTIEMBRE DE 2005.........El marciano
NOVIEMBRE DE 2005..........La tienda de equipajes
NOVIEMBRE DE 2005..........Fuera de temporada
NOVIEMBRE DE 2005...........Los observadores
DICIEMBRE DE 2005.............Los pueblos silenciosos
ABRIL DE 2026.......................Los largos años
AGOSTO DE 2026...................Vendrán lluvias suaves
OCTUBRE DE 2026.................El picnic de un millón de años
EN LOS DIAS QUE CORREN, LA "CIENCIA-FICCION", ASI COMO MUCHOS DE SUS AUTORES, SE CONVIRTIERON LOS VISIONARIOS DEL FUTURO, LLEGANDO A VER EN ELLOS, UNOS "MITOS Y LEYENDAS", QUE CON EL PASO DEL TIEMPO, SE HAN IDO ACUMULANDO A NUESTRA VIDA, PASANDO DE SER "HISTORIAS DE CIENCIA -FICCION", A HISTORIAS COTIDIANAS CONTEMPORANEAS ; ¿ QUE HAN SIDO, VISIONARIOS?, O LOS PRECURSORES DE IDEAS NO ACORDES CON SU TIEMPO, A CAUSA DE UNA CIENCIA EN VIAS DE CRECIMIENTO, LLEGANDO LOS CIENTIFICOS A LLEVAR ESAS IDEAS A LA VIDA COTIDIANA, SEGUN LOS ADELANTOS DE ESA MISMA CIENCIA; EN SI TODO UN LOGRO PARA LA HUMANIDAD, A LA VEZ QUE UN TENEBRE AVISO, CONOCIENDO POR ESA MISMA "CIENCIA-FICCION", QUE EL HOMBRE TIENE COMO FIN LA DESTRUCCION DE LA HUMANIDAD...
...................................................................................................................... El señor K, impasible, tocó una columna. Fuentes de vapor y agua caliente brotaron del cristal. El frío desapareció de la habitación.
- Luego - dijo Ylla -, ese hombre de nombre tan raro, Nathaniel York, me dijo que yo era hermosa y... y me besó.
- ¡Ah! - exclamó su marido, dándole la espalda.
- Sólo fue un sueño - dijo Ylla, divertida.
- ¡Guárdate entonces esos estúpidos sueños de mujer!
- No seas niño - replicó Ylla reclinándose en los últimos restos de bruma química.
Un momento después se echó a reír.
- Recuerdo algo más - confesó.
- Bueno, ¿qué es, qué es?
- Ylla, tienes muy mal carácter.
- ¡Dímelo! - exigió el señor K inclinándose hacia ella con una expresión sombría y dura -. ¡No debes ocultarme nada!
- Nunca te vi así - dijo Ylla, sorprendida e interesada a la vez -. Ese Nathaniel York me dijo... Bueno, me dijo que me llevaría en la nave, de vuelta a su planeta. Realmente es ridículo.
- ¡Si! ¡Ridículo! - gritó el señor K -. ¡Oh, dioses! ¡Si te hubieras oído, hablándole, halagándolo, cantando con él toda la noche! ¡Si te hubieras oído!
- ¡Yll!
- ¿Cuándo va a venir? ¿Dónde va a descender su maldita nave?
- Yll, no alces la voz.
- ¡Qué importa la voz! ¿No soñaste - dijo el señor K inclinándose rígidamente hacia ella y tomándola de un brazo - que la nave descendía en el valle Verde?
¡Contesta!
- Pero, si...
- Y descendía esta tarde, ¿no es cierto?
- Sí, creo que sí, pero fue sólo un sueño.
- Bueno - dijo el señor K soltándola -, por lo menos eres sincera. Oí todo lo que dijiste mientras dormías. Mencionaste el valle y la hora.
Jadeante, dio unos pasos entre las columnas, como cegado por un rayo. Poco a poco recuperó el aliento. Su mujer lo observaba como si se hubiera vuelto loco. Al fin se levantó y se acercó a él.
- Yll - susurró:
- No me pasa nada.
- Estás enfermo.
- No - dijo el señor K con una sonrisa débil y forzada -. Soy un niño, nada más. Perdóname, querida. - La acarició torpemente. - He trabajado demasiado en estos días. Lo lamento. Voy a acostarme un rato.
- ¡Te excitaste de una manera!
- Ahora me siento bien, muy bien. - Suspiró. - Olvidemos esto. Ayer me dijeron algo de Uel que quiero contarte. Si te parece, preparas el desayuno, te cuento lo de Uel y olvidamos este asunto.
- No fue más que un sueño.
- Por supuesto - dijo el señor K, y la besó mecánicamente en la mejilla -. Nada más que un sueño.
Al mediodía, las colinas resplandecían bajo el sol abrasador.
- ¿No vas al pueblo? - preguntó Ylla.
El señor K arqueó ligeramente las cejas.
- ¿Al pueblo?
- Pensé que irías hoy.
Ylla acomodó una jaula de flores en su pedestal. Las flores se agitaron abriendo las hambrientas bocas amarillas. El señor K cerró su libro.
- No - dijo -. Hace demasiado calor, y además es tarde.
- Ah - exclamó Ylla. Terminó de acomodar las flores y fue hacia la puerta -. En seguida vuelvo - añadió.
- Espera un momento. ¿A dónde vas?
- A casa de Pao. Me ha invitado - contestó Ylla, ya casi fuera de la habitación.
- ¿Hoy?
- Hace mucho que no la veo. No vive lejos.
- ¿En el valle Verde, no es así?
- Sí, es sólo un paseo - respondió Ylla alejándose de prisa.
- Lo siento, lo siento mucho. - El señor K corrió detrás de su mujer, como preocupado por un olvido. - No sé cómo he podido olvidarlo. Le dije al doctor Nlle que viniera esta tarde.
- ¿Al doctor Nlle? - dijo Ylla volviéndose.
- Sí - respondió su marido, y tomándola de un brazo la arrastró hacia adentro.
- Pero Pao...
- Pao puede esperar. Tenemos que obsequiar al doctor Nlle.
- Un momento nada más.
- No, Ylla.
- ¿No?
El señor K sacudió la cabeza.
- No. Además la casa de Pao está muy lejos. Hay que cruzar el valle Verde, y después el canal y descender una colina, ¿no es así? Además hará mucho, mucho calor, y el doctor Nlle estará encantado de verte. Bueno, ¿qué dices?
Ylla no contestó. Quería escaparse, correr. Quería gritar. Pero se sentó, volvió lentamente las manos, y se las miró inexpresivamente.
- Ylla - dijo el señor K en voz baja -. ¿Te quedarás aquí, no es cierto?
- Sí - dijo Ylla al cabo de un momento -. Me quedaré aquí.
- ¿Toda la tarde?
- Toda la tarde.
Pasaba el tiempo y el doctor Nlle no había aparecido aún. El marido de Ylla no parecía muy sorprendido. Cuando ya caía el sol, murmuró algo, fue hacia un armario y sacó de él un arma de aspecto siniestro, un tubo largo y amarillento que terminaba en un gatillo y unos fuelles. Luego se puso una máscara, una máscara de plata, inexpresiva, la máscara con que ocultaba sus sentimientos, la máscara flexible que se ceñía de un modo tan perfecto a las delgadas mejillas, la barbilla y la frente. Examinó el arma amenazadora que tenía en las manos. Los fuelles zumbaban constantemente con un zumbido de insecto. El arma disparaba hordas de chillonas abejas doradas. Doradas, horribles abejas que clavaban su aguijón envenenado, y caían sin vida, como semillas en la arena.
- ¿A dónde vas? - preguntó Ylla.
- ¿Qué dices? - El señor K escuchaba el terrible zumbido del fuelle - El doctor Nlle se ha retrasado y no tengo ganas de seguir esperándolo. Voy a cazar un rato. En seguida vuelvo. Tú no saldrás, ¿no es cierto?
La máscara de plata brillaba intensamente.
- No.
- Dile al doctor Nlle que volveré pronto, que sólo he ido a cazar.
La puerta triangular se cerró. Los pasos de Yll se apagaron en la colina. Ylla observó cómo se alejaba bajo la luz del sol y luego volvió a sus tareas. Limpió las habitaciones con el polvo magnético y arrancó los nuevos frutos de las paredes de cristal. Estaba trabajando, con energía y rapidez, cuando de pronto una especie de sopor se apoderó de ella y se encontró otra vez cantando la rara y memorable canción, con los ojos fijos en el cielo, más allá de las columnas de cristal.
Contuvo el aliento, inmóvil, esperando.
Se acercaba.
Ocurriría en cualquier momento.
Era como esos días en que se espera en silencio la llegada de una tormenta, y la presión de la atmósfera cambia imperceptiblemente, y el cielo se transforma en ráfagas, sombras y vapores. Los oídos zumban, empieza uno a temblar. El cielo se cubre de manchas y cambia de color, las nubes se oscurecen, las montañas parecen de hierro. Las flores enjauladas emiten débiles suspiros de advertencia. Uno siente un leve estremecimiento en los cabellos. En algún lugar de la casa el reloj parlante dice: «Atención, atención, atención, atención...», con una voz muy débil, como gotas que caen sobre terciopelo.
Y luego, la tormenta. Resplandores eléctricos, cascadas de agua oscura y truenos negros, cerrándose, para siempre.
Así era ahora. Amenazaba, pero el cielo estaba claro. Se esperaban rayos, pero no había una nube.
Ylla caminó por la casa silenciosa y sofocante. El rayo caería en cualquier instante; habría un trueno, un poco de humo, y luego silencio, pasos en el sendero, un golpe en los cristales, y ella correría a la puerta...
- Loca Ylla - dijo, burlándose de sí misma -. ¿Por qué te permites estos desvaríos?
Y entonces ocurrió.
Calor, como si un incendio atravesara el aire. Un zumbido penetrante, un resplandor metálico en el cielo.
Ylla dio un grito. Corrió entre las columnas y abriendo las puertas de par en par, miró hacia las montañas. Todo había pasado. Iba ya a correr colina abajo cuando se contuvo. Debía quedarse allí, sin moverse. No podía salir. Su marido se enojaría muchísimo si se iba mientras aguardaban al doctor.
Esperó en el umbral, anhelante, con la mano extendida. Trató inútilmente de alcanzar con la vista el valle Verde.
Qué tonta soy, pensó mientras se volvía hacia la puerta. No ha sido más que un pájaro, una hoja, el viento, o un pez en el canal. Siéntate. Descansa.
Se sentó.
Se oyó un disparo.
Claro, intenso, el ruido de la terrible arma de insectos.
Ylla se estremeció. Un disparo. Venía de muy lejos. El zumbido de las abejas distantes. Un disparo. Luego un segundo disparo, preciso y frío, y lejano.
Se estremeció nuevamente y sin haber por qué se incorporó gritando, gritando, como si no fuera a callarse nunca. Corrió apresuradamente por la casa y abrió otra vez la puerta.
Ylla esperó en el jardín, muy pálida, cinco minutos.
Los ecos morían a los lejos.
Se apagaron.
Luego, lentamente, cabizbaja, con los labios temblorosos, vagó por las habitaciones adornadas de columnas, acariciando los objetos, y se sentó a esperar en el ya oscuro cuarto del vino. Con un borde de su chal se puso a frotar un vaso de ámbar.
Y entonces, a lo lejos, se oyó un ruido de pasos en la grava. Se incorporó y aguardó, inmóvil, en el centro de la habitación silenciosa. El vaso se le cayó de los dedos y se hizo trizas contra el piso.
Los pasos titubearon ante la puerta.
¿Hablaría? ¿Gritaría; «¡Entre, entre!»?, se preguntó
Se adelantó. Alguien subía por la rampa. Una mano hizo girar el picaporte.
Sonrió a la puerta. La puerta se abrió. Ylla dejó de sonreír. Era su marido. La máscara de plata tenía un brillo opaco.
El señor K entró y miró a su mujer sólo un instante. Sacó luego del arma dos fuelles vacíos y los puso en un rincón. Mientras, en cuclillas, Ylla trataba inútilmente de recoger los trozos del vaso.
- ¿Qué estuviste haciendo? - preguntó.
- Nada - respondió él, de espaldas, quitándose la máscara.
- Pero... el arma. Oí dos disparos.
- Estaba cazando, eso es todo. De vez en cuando me gusta cazar. ¿Vino el doctor Nlle?
- No.
- Déjame pensar. - El señor K castañeteó fastidiado los dedos. - Claro, ahora recuerdo. No iba a venir hoy, sino mañana. Qué tonto soy.
Se sentaron a la mesa. Ylla miraba la comida, con las manos inmóviles.
- ¿Qué te pasa? - le preguntó su marido sin mirarla, mientras sumergía en la lava unos trozos de carne.
- No sé. No tengo apetito.
- ¿Por qué?
- No sé. No sé por qué.
El viento se levantó en las alturas. El sol se puso, y la habitación pareció de pronto más fría y pequeña.
- Quisiera recordar - dijo Ylla rompiendo el silencio y mirando a lo lejos, más allá de la figura de su marido, frío, erguido, de mirada amarilla.
- ¿Qué quisieras recordar? - preguntó el señor K bebiendo un poco de vino.
- Aquella canción - respondió Ylla -, aquella dulce y hermosa canción. Cerró los ojos y tarareó algo, pero no la canción. - La he olvidado y no se por qué. No quisiera olvidarla. Quisiera recordarla siempre.
Movió las manos, como si el ritmo pudiera ayudarle a recordar la canción. Luego se recostó en su silla.
- No puedo acordarme - dijo, y se echó a llorar.
- ¿Por qué lloras? - le preguntó su marido.
- No sé, no sé, no puedo contenerme. Estoy triste y no sé por qué. Lloro y no sé por qué.
Lloraba con el rostro entre las manos; los hombros sacudidos por los sollozos.
- Mañana te sentirás mejor - le dijo su marido.
Ylla no lo miró. Miró únicamente el desierto vacío y las brillantísimas estrellas que aparecían ahora en el cielo negro, y a lo lejos se oyó el ruido creciente del viento y de las aguas frías que se agitaban en los largos canales. Cerró los ojos, estremeciéndose.
- Sí - dijo -, mañana me sentiré mejor.
AGOSTO DE 1999
Noche de verano
La gente se agrupaba en las galerías de piedra o se movía entre las sombras, por las colinas azules. Las lejanas estrellas y las mellizas y luminosas lunas de Marte derramaban una pálida luz de atardecer. Más allá del anfiteatro de mármol, en la oscuridad y la lejanía, se levantaban las aldeas y las quintas. El agua plateada yacía inmóvil en los charcos, y los canales relucían de horizonte a horizonte. Era una noche de verano en el templado y apacible planeta Marte. Las embarcaciones, delicadas como flores de bronce, se entrecruzaban en los canales de vino verde, y en las largas, interminables viviendas que se curvaban como serpientes tranquilas entre las lomas, murmuraban perezosamente los amantes, tendidos en los frescos lechos de la noche. Algunos niños corrían aún por las avenidas, a la luz de las antorchas, y con las arañas de oro que llevaban en la mano lanzaban al aire finos hilos de seda. Aquí Y allá, en las mesas donde burbujeaba la lava de plata, se preparaba alguna cena tardía. En un centenar de pueblos del hemisferio oscuro del planeta, los marcianos, seres morenos, de ojos rasgados y amarillos, se congregaban indolentemente en los anfiteatros. Desde los escenarios una música serena se elevaba en el aire tranquilo, como el aroma de una flor.
En uno de los escenarios cantó una mujer.
El público se sobresaltó.
La mujer dejó de cantar. Se llevó una mano a la garganta. Inclinó la cabeza mirando a los músicos, y comenzaron otra vez.
Los músicos tocaron y la mujer cantó, y esta vez el público suspiró y...................................................................................................................
Por arkaiko
PERTURBACION SOLAR // Arthur C. Clarke (link)
El enorme disco de la vela se hallaba tenso en su aparejo, henchido ya por
el viento que soplaba entre los mundos. Tres minutos después iniciaría su
carrera, aunque ahora John Merton se sentía más relajado, más sosegado que
en cualquier otro momento del pasado año. No importaba lo que ocurriese
cuando el comodoro diera la señal de partida, tanto si Diana lo llevaba a la
victoria, como a la derrota, habría realizado su ambición. Tras una vida
dedicada a diseñar naves para los demás, ahora se disponía a conducir la suya
propia.
—Tenemos dos minutos—dijo la radio de la cabina— Por favor, confirmen
cuando estén listos. Uno por uno respondieron los restantes patrones. Merton
reconoció todas las voces—algunas tensas; otras, tranquilas, pues eran las de
sus amigos y rivales. En los cuatro mundos habitados apenas habían veinte
hombres que pudieran manejar un yate solar. Y allí estaban todos, en la línea
de salida o a bordo de las naves de escolta, en órbita a veintidós mil millas
sobre el Ecuador.
—Número uno, Gossamar. . . ¡listo para partir!
—Número dos, Santa María. . . ¡todo dispuesto!
—Número tres, Sunbeam. . . ¡preparado!
—Número cuatro, Woomera. . . ¡todo en orden!
Merton sonrió al oír aquel eco de los días heroicos de la astronáutica. Pero
era algo que se había convertido en una tradición del espacio y a veces el
hombre necesitaba evocar el recuerdo de quienes le habían precedido en su
marcha a las estrellas.
—Número cinco, Lebedev. . . ¡estamos preparados!
—Número seis, Arachné. . . ¡en orden!
Luego le tocaba a él, el último de la fila. Resultaba raro pensar que las
palabras que pronunciaba desde su cabina iban a ser oídas lo menos por cinco
mil millones de personas.
—Número siete, Diana... ¡listo para zarpar!
—Comprobado, gracias —respondió la voz impersonal desde la lancha del
juez—. Tenemos un minuto.
Merton apenas lo oyó, puesto que estaba efectuando la comprobación final
de la tensión del aparejo. Las agujas de los dinamómetros estaban firmes; la
inmensa vela se hallaba tirante, con su superficie de espejo centelleando al sol.
Merton, que flotaba ingrávido entre el periscopio, tenía la sensación de que
llenaba el firmamento, y en realidad casi lo hacía... pues eran cincuenta
millones de pies cuadrados de vela los que estaban sujetos a su cápsula por
casi cien millas de aparejos. Las lonas de todos los clípers que antaño surcaron
los mares de China, cosidas a una sola vela gigantesca, no podrían
compararse con la que el Diana había desplegado bajo el Sol. Sin embargo,
era poco más consistente que una pompa de jabón porque aquellas dos millas
cuadradas de plástico aluminizado tenían un espesor de solo una millonésima
de pulgada.
—"T" menos diez segundos, en marcha todas las cámaras filmadoras.
A la mente le resultaba difícil imaginar algo tan enorme y delicado a la vez
y más aún el que aquel frágil espejo habría de ser el motor que impulsaría la
nave lejos de la Tierra al captar la luz solar.
—... ¡cinco, cuatro, tres, dos, uno, corten!
Siete cuchillas hendieron los siete tenues cabos que sujetaban 109 yates a
las naves nodrizas que los habían reunido y atendido.
Hasta aquel momento, los yates habían ido contorneando la Tierra en
rígida formación y ahora empezaron a dispersarse a semejanza de las semillas
de polen a merced de la brisa. El vencedor sería el primero que pasara ante la
Luna.
Al parecer, a bordo del Diana nada sucedía. Pero Merton sabía que sí;
aunque su cuerpo no sintiera impulso alguno, el panel instrumental le decía que
estaba acelerando a casi una milésima de gravedad. Aquella cifra habría ........................................................................................................





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