Por arkaiko
EL HOMBRE BICENTENARIO
Isaac Asimov
Las Tres Leyes de la robótica:
1.— Un robot no debe causar daño a un ser humano ni, por inacción,
permitir que un ser humano sufra ningún daño.
2.— Un robot debe obedecer las órdenes impartidas por los seres
humanos, excepto cuando dichas órdenes estén reñidas con la Primera
Ley.
3.— Un robot debe proteger su propia existencia, mientras dicha
protección no esté reñida ni con la Primera ni con la Segunda Ley.
—Gracias —dijo Andrew Martin, aceptando el asiento que le ofrecían.
Su semblante no delataba a una persona acorralada, pero eso era.
En realidad su semblante no delataba nada, pues no dejaba ver otra
expresión que la tristeza de los ojos. Tenía el cabello lacio, castaño claro y
fino, y no había vello en su rostro. Parecía recién afeitado. Vestía
anticuadas, pero pulcras ropas de color rojo aterciopelado.
Al otro lado del escritorio estaba el cirujano, y la placa del escrito
incluía una serie indentificatoria de letras y números, pero Andrew no se
molestó en leerla. Bastaría con llamarle “doctor”.
—¿Cuándo se puede realizar la operación doctor? —preguntó.
El cirujano murmuró, con esa inalienable nota de respeto que un
robot siempre usaba ante un ser humano:
—No estoy seguro de entender cómo o en quién debe realizarse esa
operación, señor.
El rostro del cirujano habría revelado cierta respetuosa intransigencia
si tal expresión —o cualquier otra— hubiera sido posible en el acero
inoxidable con un ligero tono de bronce.
Andrew Martin estudió la mano derecha del robot, la mano quirúrgica,
que descansaba en el escritorio. Los largos dedos estaban artísticamente
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modelados en curvas metálicas tan gráciles y apropiadas que era fácil
imaginarlas empuñando un escalpelo que momentáneamente se
transformaría en parte de los propios dedos.
En su trabajo no habría vacilaciones, tropiezos, temblores ni errores.
Eso iba unido a la especialización tan deseada por la humanidad que
pocos robots poseían ya un cerebro independiente. Claro que un cirujano
necesita cerebro, pero éste estaba tan limitado en su capacidad que no
reconocía a Andrew. Tal vez nunca le hubiera oído nombrar.
—¿Alguna vez ha pensado que le gustaría ser un hombre? —le
preguntó Andrew.
El cirujano dudó un momento, como si la pregunta no encajara en sus
sendas positrónicas.
—Pero yo soy un robot, señor.
—¿No sería preferible ser un hombre?
—Sería preferible ser mejor cirujano. No podría serlo si fuera hombre,
sólo si fuese un robot más avanzado. Me gustaría ser un robot más
avanzado.
—¿No le ofende que yo pueda darle órdenes, que yo pueda hacerle
poner de pie, sentarse, moverse a derecha e izquierda, con sólo decirlo?
—Es mi placer agradarle. Si sus órdenes interfiriesen en mi
funcionamiento respecto de usted o de cualquier otro ser humano, no le
obedecería. La primera Ley, concerniente a mi deber para con la seguridad
humana, tendría prioridad sobre la Segunda Ley, la referente a la
obediencia. De no ser así, la obediencia es un placer para mí... Pero ¿a
quién debo operar?
—A mí.
—Imposible. Es una operación evidentemente dañina.
—Eso no importa —dijo Andrew con calma.
—No debo infligir daño —objetó el cirujano.
—A un ser humano no, pero yo también soy un robot.
Andrew tenía mucha más experiencia de robot cuando acabaron de
manufacturarlo. Era como cualquier otro robot, con diseño elegante y
funcional.
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Le fue bien en el hogar adonde lo llevaron, en aquellos días en que
los robots eran una rareza en las casas y en el planeta.
Había cuatro personas en la casa: el “señor”, la “señora”, la “señorita”
y la “niña”. Conocía los nombres, pero nunca los usaba. El Señor se
llamaba Gerald Martin.
Su número de serie era NDR... No se acordaba de las cifras. Había
pasado mucho tiempo, pero si hubiera querido recordarlas habría podido
hacerlo. Sólo que no quería.
La Niña fue la primera en llamarlo Andrew, porque no era capaz de
pronunciar las letras, y todos hicieron lo mismo que ella.
La Niña... Llegó a vivir noventa años y había fallecido tiempo atrás.
En cierta ocasión, él quiso llamarla Señora, pero ella no se lo permitió. Fue
Niña hasta el día de su muerte.
Andrew estaba destinado a realizar tareas de ayuda de cámara, de
mayordomo y de criado. Eran días experimentales para él y para todos los
robots en todas partes, excepto en las factorías y las estaciones
industriales y exploratorias que se hallaban fuera de la Tierra.
Los Martin le tenían afecto y muchas veces le impedían realizar su
trabajo porque la Señorita y la Niña preferían jugar con él.
Fue la Señorita la primera en darse cuenta de cómo se podía
solucionar aquello.
—Te ordenamos a que juegues con nosotras y debes obedecer las
órdenes —le dijo.
—Lo lamento, Señorita —contestó Andrew—, pero una orden previa
del Señor sin duda tiene prioridad.
—Papá sólo dijo que esperaba que tú te encargaras de la limpieza —
replicó ella—. Eso no es una orden. Yo sí te lo ordeno.
Al Señor no le importaba. El Señor sentía un gran cariño por la
Señorita y por la Niña, incluso más que la Señora, y Andrew también les
tenía cariño. Al menos, el efecto que ellas ejercían sobre sus actos eran
aquellos que en un ser humano se hubieran considerado los efectos del
cariño. Andrew lo consideraba cariño, pues no conocía otra palabra
designarlo.
Talló para la Niña un pendiente de madera. Ella se lo había
ordenado. Al parecer, a la Señorita le habían regalado por su cumpleaños
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un pendiente de marfilina con volutas, y la Niña sentía celos. Sólo tenía un
trozo de madera y se lo dio a Andrew con un cuchillo de cocina.
Andrew lo talló rápidamente.
—Qué bonito, Andrew —dijo la niña—. Se lo enseñaré a papá.
El Señor no podía creerlo.
—¿Dónde conseguiste esto Mandy? —Así llamaba el Señor a la
Niña. Cuando la Niña le aseguró que decía la verdad, el Señor se volvió
hacia Andrew—. ¿Lo has hecho tú, Andrew?
—Sí Señor.
—¿De dónde copiaste el diseño?
—Es una representación geométrica, Señor, que armoniza con la
fibra de la madera.
Al día siguiente, el Señor le llevó otro trozo de una madera y un
vibrocuchillo eléctrico.
—Talla algo con esto, Andrew. Lo que quieras.
Andrew obedeció y el Señor le observó; luego, examinó el producto
durante un largo rato. Después de eso, Andrew dejó de servir la mesa. Le
ordenaron que leyera libros sobre diseño de muebles, y aprendió a fabricar
gabinetes y escritorios.
El Señor le dijo:
—Son productos asombrosos, Andrew.
—Me complace hacerlos, Señor.
—¿Cómo que te complace?
—Los circuitos de mi cerebro funcionan con mayor fluidez. He oído
usar el término “complacer” y el modo en que usted lo usa concuerda con
mi modo de sentir. Me complace hacerlos, Señor.
Gerald Martin llevó a Andrew a la oficina regional de Robots y
Hombres Mecánicos de Estados Unidos. Como miembro de la Legislatura
Regional, no tuvo problemas para conseguir una entrevista con el jefe de
robopsicología. Más aún, sólo estaba calificado para poseer un robot por
ser miembro de la Legislatura. Los robots no eran algo habitual en aquellos
días.
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Andrew no comprendió nada al principio, pero en años posteriores,
ya con mayores conocimientos, evocaría esa escena y lo comprendería.
El robopsicólogo, Merton Mansky, escuchó con el ceño cada vez más
fruncido y realizó un esfuerzo para no tamborilear en la mesa con los
dedos. Tenía tensos los rasgos y la frente arrugada y daba la impresión de
ser más joven de lo que aparentaba.
—La robótica no es un arte exacto, señor Martin —dijo—. No puedo
explicárselo detalladamente, pero la matemática que rige la configuración
de las sendas positrónicas es tan compleja que sólo permite soluciones
aproximadas. Naturalmente, como construimos todo en torno de las Tres
Leyes, éstas son incontrovertibles. Desde luego, reemplazaremos ese
robot...
—En absoluto —protestó el Señor—. No se trata de un fallo. Él
cumple perfectamente con sus deberes. El punto es que también realiza
exquisitas tallas en madera y nunca repite los diseños. Produce obras de
arte.
Mansky parecía confundido.
—Es extraño. Claro que actualmente estamos probando con sendas
generalizadas... ¿Cree usted que es realmente creativo?
—Véalo usted mismo.
Le entregó una pequeña esfera de madera, en la que había una
escena con niños tan pequeños que apenas se veían; pero las
proporciones eran perfectas y armonizaban de un modo natural con la
fibra, como si también ésta estuviera tallada.
—¿Él hizo esto? —exclamó Mansky. Se lo devolvió, sacudiendo la
cabeza—. Puramente fortuito. Algo que hay en sus sendas.
—¿Pueden repetirlo?
—Probablemente no. Nunca nos han informado de nada semejante.
—¡Bien! No me molesta en absoluto que Andrew sea el único.
—Me temo que la empresa querrá recuperar ese robot para
estudiarlo.
—Olvídelo —replicó el Señor. Se volvió hacia Andrew—: Vámonos a
casa.
—Como usted desee, Señor —dijo Andrew.
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La Señorita salía con jovencitos y no estaba mucho en casa. Ahora
era la Niña, que ya no era tan niña, quien llenaba el horizonte de Andrew.
Nunca olvidaba que la primera talla en madera de Andrew había sido para
ella. La llevaba en una cadena de plata que le pendía del cuello.
Fue ella la primera que se opuso a la costumbre del Señor a regalar
los productos.
—Vamos, papá. Si alguien los quiere, que pague por ellos. Valen la
pena.
—Tu no eres codiciosa, Mandy.
—No es por nosotros, papá. Es por el artista.
Andrew jamás había oído esa palabra y en cuanto tuvo un momento
a solas la buscó en el diccionario.
Poco después realizaron otro viaje; en esa ocasión para visitar al
abogado del Señor.
—¿Qué piensas de esto John? —le preguntó el Señor.
El abogado se llamaba John Feingold. Era canoso y barrigón, y los
bordes de sus lentes de contacto estaban teñidos de verde brillante. Miró la
pequeña placa que el Señor le había entregado.
—Es bella... Pero estoy al tanto. Es una talla de un robot, ese que
has traído contigo.
—Sí, es obra de Andrew. ¿Verdad, Andrew?
—Sí, Señor.
—¿Cuánto pagarías por esto John? —preguntó el Señor.
—No sé. No colecciono esos objetos.
—¿Creerías que me han ofrecido doscientos cincuenta dólares por
esta cosita? Andrew ha fabricado también sillas que he vendido por
quinientos dólares. Los productos de Andrew nos han permitido depositar
doscientos mil dólares en el banco.
—¡Cielos, te está haciendo rico, Gerald!
—Sólo a medias. La mitad está en una cuenta a nombre de Andrew
Martin.
—¿Del robot?
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—Exacto, y quiero saber si es legal.
—¿Legal? —Feingold se reclinó en la silla, haciéndola crujir—. No
hay precedentes, Gerald. ¿Cómo firmó tu robot los papeles necesarios?
—Sabe hacer la firma de su nombre y yo la llevé. No lo llevé a él al
banco en persona. ¿Es preciso hacer algo más?
—Mmm... —Feingold entrecerró los ojos durante unos segundos—.
Bueno, podemos crear un fondo fiduciario que maneje las finanzas en su
nombre, lo cual hará de capa aislante entre él y el mundo hostil. Aparte de
eso, mi consejo es que no hagas nada más. Hasta ahora nadie te ha
detenido. Si alguien se opone, déjale que se querelle.
—¿Y te harás cargo del caso si hay alguna querella?
—Por un anticipo, claro que sí.
—¿De cuánto?
Feingold señaló la placa de madera.
—Algo como esto.
—Me parece justo —dijo el Señor.
Feingold se rió entre dientes mientras se volvía hacia el robot.
—¿Andrew, te gusta tener dinero?
—Sí, señor.
—¿Qué piensas hacer con él?
—Pagar cosas que de lo contrario tendría que pagar el Señor. Esto le
ahorrará gastos al Señor.
Hubo ocasiones para ello. Las reparaciones eran costosas y las
revisiones aún más. Con los años se produjeron nuevos modelos de robot,
y el Señor se preocupó de que Andrew contara con cada nuevo dispositivo,
hasta que fue un dechado de excelencia metálica. El propio robot se
encargaba de los gastos. Andrew insistía en ello.
Sólo sus sendas positrónicas permanecieron intactas. El Señor
insistía en ello.
—Los nuevos no son tan buenos como tú, Andrew. Los nuevos
robots no sirven. La empresa ha aprendido a hacer sendas más precisas,
más específicas, más particulares. Los nuevos robots no son versátiles.
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Hacen aquello para lo cual están diseñados y jamás desvían. Te prefiero a
ti.
—Gracias, Señor,
—Y es obra tuya, Andrew, no lo olvides. Estoy seguro de que Mansky
puso fin a las sendas generalizadas en cuanto te echó un buen vistazo. No
le gustó que fueras tan imprevisible... ¿Sabes cuántas veces pidió que te
llevaríamos para estudiarte? ¡Nueve veces! Pero nunca se lo permití, y
ahora que se ha retirado quizá nos dejen en paz.
El cabello del Señor disminuyó y encaneció, y el rostro se le puso
fofo, pero Andrew tenía mejor aspecto que cuando entró a formar parte de
la familia. La Señora se había unido a una colonia artística de Europa y la
Señorita era poeta en Nueva York. A veces escribían, pero no con
frecuencia. La Niña estaba casada y vivía a poca distancia. Decía que no
quería abandonar a Andrew y cuando nació su hijo, el Señorito, dejó que el
robot cogiera el biberón para alimentarlo.
Andrew comprendió que el Señor, con el nacimiento de ese nieto,
tenía ya alguien que reemplazara a quienes se habían ido. No sería tan
injusto presentarle su solicitud.
—Señor —le dijo—, ha sido usted muy amable al permitir que yo
gastara mi dinero según mis deseos.
—Era tu dinero, Andrew.
—Sólo por voluntad de usted, Señor. No creo que la ley le hubiera
impedido conservarlo.
—La ley no me va a persuadir de que me porte mal, Andrew.
—A pesar de todos los gastos y a pesar de los impuestos, Señor,
tengo casi seiscientos mil dólares.
—Lo sé, Andrew.
—Quiero dárselos, Señor.
—No los aceptaré, Andrew.
—A cambio de algo que usted puede darme, Señor.
—Ah, ¿Qué es eso, Andrew?
—Mi libertad, Señor.
—Tu...
—Quiero comprar mi libertad, Señor.
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No fue tan fácil. El Señor se sonrojó, soltó un “¡Por amor de Dios!”,
dio media vuelta y se alejó.
Fue la Niña quien logró convencerlo, en un tono duro y desafiante, y
delante de Andrew. Durante treinta años, nadie había dudado en hablar en
su presencia, tratárase de él o no. Era sólo un robot.
—Papá, ¿porqué te lo tomas como una afrenta personal? Él seguirá
aquí. Continuará siéndote leal. No puede evitarlo. Lo tiene incorporado. Lo
único que quiere es formalismo verbal. Quiere que lo llamen libre. ¿Es tan
terrible? ¿No se lo ha ganado? ¡Cielos! él y yo hemos hablado de esto
durante años.
—¿Conque durante años?
—Si, una y otra vez lo ha ido postergando por temor a lastimarte. Yo
le dije que te lo pidiera.
—Él no sabe qué es la libertad. Es un robot.
—Papá, no lo conoces. Ha leído todo lo que hay en la biblioteca. No
sé qué siente por dentro, pero tampoco sé qué sientes tú. Cuando le
hablas, reacciona ante las diversas abstracciones tal como tú y yo. ¿Qué
otra cosa cuenta? Si las reacciones de alguien son como las nuestras,
¿qué más se puede pedir?
—La ley no adoptará esa actitud —se obstinó el Señor, exasperado.
Se volvió hacia Andrew y le dijo con voz ronca—: ¡Mira, oye! No puedo
liberarte a no ser de una forma legal, y si esto llega a los tribunales no sólo
no obtendrás la libertad, sino que la ley se enterará oficialmente de tu
fortuna. Te dirán que un robot no tiene derecho a ganar dinero. ¿Vale la
pena que pierdas tu dinero por esta farsa?
—La libertad no tiene precio, Señor —replicó Andrew—. Sólo la
posibilidad de obtenerla ya vale ese dinero.
El tribunal también podía pensar que la libertad no tenía precio y
decidir que un robot no podía comprarla por mucho que pagase, por alto
que fuese el precio.
La declaración del abogado regional, que representaba a quienes
habían entablado un pleito conjunto para oponerse a la libertad de Andrew,
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fue ésta: La palabra “libertad” no significaba nada cuando se aplicaba a un
robot, pues sólo un ser humano podía ser libre.
Lo repitió varias veces, siempre que le parecía apropiado;
lentamente, moviendo las manos al son de las palabras.
La Niña pidió permiso para hablar en nombre de Andrew.
La llamaron por su nombre completo, el cual Andrew nunca había
oído antes:
—Amanda Laura Martin Charney puede acercarse al estrado.
—Gracias, señoría. No soy abogada y no sé hablar con propiedad,
pero espero que todos presten atención al significado e ignoren las
palabras. Comprendamos qué significa ser libre en el caso de Andrew. En
algunos sentidos, ya lo es. Lleva por lo menos veinte años sin que un
miembro de la familia Martin le ordene hacer algo que él no hubiera hecho
por propia voluntad. Pero si lo deseamos, podemos ordenarle cualquier
cosa y expresarlo con la mayor rudeza posible, porque es una máquina y
nos pertenece. ¿Porqué ha de seguir en esa situación, cuando nos ha
servido durante tanto tiempo y tan lealmente y ha ganado tanto dinero para
nosotros? No nos debe nada más; los deudores somos nosotros. Aunque
se nos prohibiera legalmente someter a Andrew a una cervidumbre
involuntaria, él nos serviría voluntariamente. Concederle la libertad será
sólo una triquiñuela verbal, pero significaría muchísimo para él. Le daría
todo y no nos costaría nada.
Por un momento pareció que el juez contenía una sonrisa.
—Entiendo su argumentación, señora Charney. Lo cierto es que a
este respecto no existe una ley obligatoria ni un precedente. Sin embargo,
existe el supuesto tácito de que sólo el ser humano puede gozar de
libertad. Puedo establecer una nueva ley, o someterme a la decisión de un
tribunal superior; pero no puedo fallar en contra de ese supuesto.
Permítame interpelar al robot. ¡Andrew!
—Sí, señoría.
Era la primera vez que Andrew hablaba ante el tribunal y el juez se
asombró de la modulación humana de aquella voz.
—¿Porqué quieres ser libre, Andrew? ¿En qué sentido es importante
para ti?
—¿Desearía usted ser esclavo, señoría?
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—Pero no eres esclavo. Eres un buen robot, un robot genial, por lo
que me han dicho, capaz de expresiones artísticas sin parangón. ¿Qué
más podrías hacer si fueras libre?
—Quizá no pudiera hacer más de lo que hago ahora, señoría, pero lo
haría con mayor alegría. Creo que sólo alguien que desea la libertad puede
ser libre. Yo deseo la libertad.
Y eso le proporcionó al juez un fundamento. El argumento central de
su sentencia fue: “No hay derecho a negar la libertad a ningún objeto que
posea una mente tan avanzada como para entender y desear ese estado.”
Más adelante, el Tribunal Mundial ratificó la sentencia.
El Señor seguía disgustado y su áspero tono de voz hacía que
Andrew se sintiera como si tuviese un cortocircuito.
—No quiero tu maldito dinero, Andrew. Lo tomaré sólo porque de lo
contrario no te sentirás libre. A partir de ahora, puedes elegir tus tareas y
hacerlas como te plazca. No te daré órdenes, excepto ésta: que hagas lo
que se te plazca. Pero sigo siendo responsable de ti. Esa forma parte de la
sentencia del juez. Espero que lo entiendas.
—No seas irascible, papá —interrumpió la Niña—. La responsabilidad
no es una gran carga. Sabes que no tendrás que hacer nada. Las Tres
Leyes siguieron vigentes.
—Entonces, ¿en qué sentido es libre?
—¿Acaso los seres humanos no están obligados por sus leyes,
Señor?
—No voy a discutir —dijo el Señor.
Se marchó, y a partir de entonces Andrew lo vio con poca frecuencia.
La Niña iba a verlo a menudo a la casita que le habían construido y
entregado. No disponía de cocina ni cuarto de baño. Sólo tenía dos
habitaciones. Una era una biblioteca y la otra servía de depósito y taller.
Andrew aceptó muchos encargos y como robot libre trabajó más que antes,
hasta que pagó el costo de la casa y el edificio se transfirió legalmente.
Un día, fue a verlo el Señorito..., no, ¡George! El Señorito había
insistido en eso después de la sentencia del juez.
—Un robot libre no llama Señorito a nadie —le había dicho George—.
Yo te llamo Andrew. Tú debes llamarme George.
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El día en que George fue a verlo a solas le informó de que el Señor
estaba agonizando. La Niña se encontraba junto al lecho, pero el Señor
también quería estuviese Andrew.
El Señor habló con voz potente, aunque parecía incapaz de moverse.
Se esforzó en levantar la mano.
—Andrew —dijo—, Andrew... No me ayudes, George. Me estoy
muriendo, eso es todo, no estoy impedido... Andrew, me alegra que seas
libre. Sólo quería decirte eso.
Andrew no supo qué decir. Nunca había estado frente a un
moribundo, pero sabía que era el modo humano de dejar de funcionar. Era
como ser desmontado de una manera involuntaria e irreversible, y Andrew
no sabía qué era lo apropiado decir en ese momento. Sólo pudo quedarse
en pie, callado e inmóvil.
Cuando todo terminó, la Niña le dijo:
—Tal vez te haya parecido huraño hacia el final, Andrew, pero estaba
viejo y le dolió que quisieras ser libre.
Y entonces Andrew halló las palabras adecuadas:
—Nunca habría sido libre sin él, Niña.
Andrew comenzó a usar ropa después de la muerte del Señor.
Empezó por ponerse unos pantalones viejos, unos que le había dado
George.
George ya estaba casado y era abogado. Se incorporó a la firma de
Feingold. El viejo Feingold había muerto tiempo atrás, pero su hija continuó
con el bufete, que con el tiempo pasó a llamarse Feingold y Martin.
Conservó ese nombre incluso cuando la hija se retiró y ningún Feingold la
sucedió. En la época en que Andrew se puso ropa por primera vez, el
apellido Martin acababa de añadirse a la firma.
George se esforzó en no sonreír al verle ponerse los pantalones por
primera vez, pero Andrew le notó la sonrisa en los ojos.
George le enseñó a cómo manipular la carga de estática para permitir
que los pantalones se abrieran, le cubrieran la parte inferior del cuerpo y se
cerraran. George le hizo una demostración con sus propios pantalones,
pero Andrew comprendió que él tardaría en imitar la soltura de ese
movimiento.
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—¿Y para qué quieres llevar pantalones, Andrew? —dijo George—.
Tu cuerpo resulta tan bellamente funcional que es una pena cubrirlo;
especialmente, cuando no tienes que preocuparte por la temperatura ni por
el pudor. Y además no se ciñen bien sobre el metal.
—¿Acaso los cuerpos humanos no resultan bellamente funcionales,
George? Sin embargo, os cubrís.
—Para abrigarnos, por limpieza, como protección, como adorno.
Nada de eso aplica en tu caso.
—Me siento desnudo sin ropa. Me siento diferente, George.
—¡Diferente! Andrew, hay millones de robots en la Tierra. En esta
región, según el último censo, hay casi tantos robots como hombres.
—Lo sé, George. Hay robots que realizan cualquier tipo de tarea
concebible.
—Y ninguno de ello usa ropa.
—Pero ninguno de ellos es libre, George.
Poco a poco, Andrew mejoró su guardaropa. Lo inhibían la sonrisa de
George y la mirada de las personas que le encargaban trabajos.
Aunque fuera libre, el detallado programa con que había sido
construido le imponía un determinado comportamiento con la gente, y sólo
se animaba a avanzar poco a poco. La desaprobación directa lo
contrariaba durante meses.
No todos aceptaban la libertad de Andrew. Él era incapaz de
guardarles rencor, pero sus procesos mentales se encontraban con
dificultades al pensar en ello.
Sobre todo, evitaba ponerse ropa cuando creía que la Niña iba a
verlo. Era ya una anciana que a menudo vivía lejos, en un clima más
templado, pero en cuanto regresaba iba a visitarlo.
En uno de esos regresos, George le comentó:
—Ella me ha convencido Andrew. Me presentaré como candidato a la
Legislatura el año próximo. De tal abuelo, tal nieto, dice ella.
—De tal abuelo... —Andrew se interrumpió, desconcertado.
—Quiero decir que yo, el nieto, seré como el Señor, el abuelo, que
estuvo un tiempo en la Legislatura.
—Eso sería agradable, George. Si el Señor aún estuviera...
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Se interrumpió de nuevo, pues no quería decir “en funcionamiento”.
No parecía adecuado.
—Vivo— Lo ayudó George—. Sí, pienso en el viejo monstruo de
cuando en cuando.
Andrew reflexionó sobre esa conversación. Se daba cuenta de sus
limitaciones de lenguaje al hablar con George. El idioma había cambiado
un poco desde que Andrew se había convertido en un ser con vocabulario
innato. Además, George practicaba una lengua coloquial que el Señor y la
Niña no utilizaban. ¿Porqué llamaba monstruo al Señor, cuando esa
palabra no parecía la apropiada?
Los libros no lo ayudaban. Eran antiguos y la mayoría trataban de
tallas en madera, de arte o de diseño de muebles. No había ninguno sobre
el idioma ni sobre las costumbres de los seres humanos.
Pensó que debía buscar los libros indicados y, como robot libre,
supuso que sería mejor no preguntarle a George. Iría a la ciudad y haría
uso de la biblioteca. Fue una decisión triunfal y sintió que su
electropotencial se elevaba tanto que tuvo que activar una bobina de
impedancia.
Se puso un atuendo completo, incluida una cadena de madera en el
hombro. Hubiera preferido plástico brillante, pero George le había dicho
que la madera resultaba más elegante y que el cedro bruñido era mucho
más valioso.
Llevaba recorridos treinta metros cuando una creciente resistencia le
hizo detenerse. Desactivó la bobina de impedancia, pero no fue suficiente.
Entonces, regresó a la casa y anotó cuidadosamente en un papel. “Estoy
en la biblioteca” Lo dejó a la vista, sobre la mesa.
No llegó a la biblioteca. Había estudiado el plano. Conocía el
itinerario, pero no su apariencia. Los monumentos al natural no se
asemejaban a los símbolos del plano y eso le hacía dudar. Finalmente
pensó que debía de haberse equivocado, pues todo parecía extraño.
Se cruzó con algún que otro robot campesino, pero cuando se
decidió a preguntar no había nadie a la vista. Pasó un vehículo y no se
detuvo. Andrew se quedó de pié, indeciso, y entonces vio venir dos seres
humanos por el campo.
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Se volvió hacia ellos, y ellos cambiaron de rumbo para salirse al
encuentro. Un instante antes iban hablando en voz alta, pero se habían
callado. Tenían una expresión que Andrew asociaba con la incertidumbre
de los humanos y eran jóvenes, aunque no mucho. ¿Veinte años? Andrew
nunca sabía determinar la edad de los humanos.
—Señores, ¿podrían indicarme el camino hacia la biblioteca de la
ciudad?
Uno de ellos, el más alto de los dos, que llevaba un enorme
sombrero, le dijo al otro:
—Es un robot.
El otro tenía nariz prominente y párpados gruesos.
—Va vestido— comentó.
El alto cascó los dedos.
—Es el robot libre. En casa de los Martin tienen un robot libre que no
pertenece a nadie. ¿Porqué otra razón iba a usar ropa?
—Pregúntaselo.
—¿Eres el robot de los Martin?
—Soy Andrew Martin, señor.
—Bien, pues quítate esa ropa. Los robots no usan ropa. —Y le dijo al
otro—: Es repugnante. Míralo.
Andrew titubeó. Hacía tanto tiempo que no oía una orden en ese tono
de voz que los circuitos de la Segunda Ley se atascaron un instante.
—Quítate la ropa —repitió el alto—. Te lo ordeno.
Andrew empezó a desvestirse.
—Tíralas allí —le ordenó el alto.
—Si no pertenece a nadie —sugirió el de nariz prominente—, podría
ser nuestro.
—De cualquier modo —dijo el alto— ¿quién va a poner objeciones a
lo que hagamos? No estamos dañando ninguna propiedad... —Y le indicó a
Andrew—: Apóyate sobre la cabeza.
—La cabeza no es para... —balbuceó él.
—Es una orden. Si no sabes cómo hacerlo, inténtalo.
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Andrew volvió a dudar y luego apoyó la cabeza en el suelo. Intentó
levantar las piernas y cayó pesadamente.
—Quédate quieto —le ordenó el alto, y le dijo al otro—: Podemos
desmontarlo. ¿Alguna vez has desmontado un robot?
—¿Nos dejará hacerlo?
—¿Cómo podría impedirlo?
Andrew no tenía modo de impedirlo si le ordenaban no resistirse. La
Segunda Ley, la de obediencia, tenía prioridad sobre la Tercera ley, la de
supervivencia. En cualquier caso, no podía defenderse sin hacerles daño, y
eso significaría violar la Primera Ley. Ante ese pensamiento, sus unidades
motrices se contrajeron ligeramente y Andrew se quedó allí tiritando.
El alto lo empujó con el pie.
—Es pesado. Creo que vamos a necesitar herramientas para este
trabajo.
—Podríamos ordenarle que se desmonte el mismo. Sería divertido
verle intentarlo.
—Sí — asintió el alto, pensativamente—, pero apartémoslo del
camino. Si viene alguien...
Era demasiado tarde. Alguien venía, y era George. Andrew le vio
cruzar una loma a lo lejos. Le hubiera gustado hacerle señas, pero la última
orden había sido que se quedara quieto. George echó a correr y llegó con
el aliento entrecortado. Los dos jóvenes retrocedieron unos pasos.
—Andrew ¿ha pasado algo?
—Estoy bien George.
—Entonces ponte de pie... ¿Qué pasa con tu ropa?
—¿Es tu robot amigo? —preguntó el alto.
—No es el robot de nadie. ¿Qué ha ocurrido aquí?
—Le pedimos cortésmente que se quitara la ropa. ¿Porqué te
molesta, si no es tuyo?
—¿Qué hacían Andrew?
—Tenían la intención de desmebrarme. Estaban a punto de
trasladarme a un lugar tranquilo para ordenarme que me desmontara yo
mismo.
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George se volvió hacia ellos. Le temblaba la barbilla. Los dos jóvenes
no retrocedieron más. Sonreían.
—¿Qué piensas hacer gordinflón? —dijo el alto, con tono burlón—
¿Atacarnos?
—No. No es necesario. Este robot ha vivido con mi familia durante
más de setenta años. Nos conoce y nos estima más que a nadie. Le diré
que vosotros dos me estáis atacando amenazando y queréis matarme. Le
pediré que me defienda. Entre vosotros y yo, optará por mí. ¿Sabéis qué
os ocurrirá cuando os ataque? —Los dos jóvenes recularon
atemorizados—. Andrew, corro peligro porque estos dos quieren hacerme
daño. ¡Vé hacia ellos!
Andrew obedeció, y los dos jóvenes no esperaron. Pusieron los pies
en polvorosa.
—De acuerdo, Andrew, cálmate —dijo George, un poco demudado,
pues ya no estaba en edad para enzarzarse con un joven y menos con
dos.
—No podría haberlos lastimado, George. Vi que no te estaban
atacando.
—No te ordené que los atacaras, sólo que fueras hacia ellos. Su
miedo hizo lo demás.
—¿Cómo pueden temer a los robots?
—Es una enfermedad humana, de la que aún no nos hemos curado.
Pero eso no importa. ¿Qué demonios haces aquí, Andrew? Estaba a punto
de regresar y contratar un helicóptero cuando te encontré. ¿Cómo se te
ocurrió ir a la biblioteca? Yo te hubiera traído los libros que necesitaras.
—Soy un...
—Robot libre. Si, vale. ¿Qué querías de la biblioteca?
—Quiero saber más acerca de los robots, George. Quiero escribir
una historia de los robots.
—Bien, vayamos a casa... Y recoge tus ropas, Andrew. Hay un millón
de libros sobre robótica y todos ellos incluyen historias de la ciencia. El
mundo no sólo se está saturando de robots, sino de información sobre
ellos.
Andrew meneó la cabeza; con un gesto humano que había adquirido
recientemente.
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—No me refiero a una historia de la robótica, George, sino a una
historia de los robots, escrita por un robot. Quiero explicar lo que sienten
los robots acerca de lo que ha ocurrido desde que se les permitió trabajar y
vivir en la Tierra.
George enarcó las cejas, pero no dijo nada.
La Niña ya tenía más de ochenta y tres años, pero no había perdido
energía ni determinación. Usaba el bastón más para gesticular que para
apoyarse.
Escuchó la historia hecha una furia.
—Es espantoso, George ¿Quiénes eran esos rufianes?
—No lo sé. ¿Qué importa? Al final no causaron daño.
—Pero pudieron causarlo. Tú eres abogado, George, y si disfrutas de
una buena posición se debe al talento de Andrew. El dinero que él ganó es
el cimiento de todo lo que tenemos aquí. Él da continuidad a esta familia y
no permitiré que lo traten como a un juguete de cuerda.
—¿Qué quieres que haga, madre?
—He dicho que eres abogado, ¿es que no me escuchas? Prepara
una acción constitutiva, obliga a los tribunales regionales a declarar los
derechos de los robots, logra que la Legislatura apruebe leyes necesarias y
lleva el asunto al Tribunal Mundial si es preciso. Estaré vigilando, George, y
no toleraré vacilaciones.
Hablaba en serio, y lo que comenzó como un modo de aplacar a esa
formidable anciana se transformó en un asunto complejo, tan enmarañado
que resultaba interesante. Como socio más antiguo de Feingold y Martin,
George planeó la estrategia, pero dejó el trabajo a sus colegas más
jóvenes, entre ellos a su hijo Paul, que también trabajaba en la firma y casi
todos los días le presentaba un informe a la abuela. Ella, a su vez,
deliberaba todos los días con Andrew.
Andrew estaba profundamente involucrado. Postergó nuevamente su
trabajo en el libro sobre los robots mientras cavilaba sobre las
argumentaciones judiciales, y en ocasiones hacía útiles sugerencias.
—George me dijo que los seres humanos siempre han temido a los
robots —dijo una vez—. Mientras sea así, los tribunales y las legislaturas
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no trabajarán a favor de ellos. ¿No tendría que hacerse algo con la opinión
pública?
Así que, mientras Paul permanecía con el juzgado, George optó por
la tribuna pública. Eso le permitía ser informal y llegaba al extremo de usar
esa ropa nueva y floja que llamaban “harapos”.
—Pero no te la pises en el estrado, papá —le advirtió Paul.
Interpeló a la convención anual de holonoticias en una ocasión,
diciendo:
—Si en virtud de la Segunda Ley podemos exigir a cualquier robot
obediencia ilimitada en todos los aspectos que entrañan daño para un ser
humano, entonces cualquier ser humano tiene un temible poder sobre
cualquier robot. Como la Segunda Ley tiene prioridad sobre la Tercera,
cualquier ser humano puede hacer uso de la ley de obediencia para anular
la ley de autoprotección. Puede ordenarle a cualquier robot que se haga
daño a sí mismo o que se autodestruya, sólo por capricho.
“¿Es eso justo? ¿Trataríamos así a un animal? Hasta un objeto
inanimado que nos ha prestado un buen servicio se gana nuestra
consideración. Y un robot no es insensible. No es un animal. Puede
pensar, hablar, razonar, bromear. ¿Podemos tratarlos como amigos,
podemos trabajar con ellos y no brindarles el fruto de esa amistad, el
beneficio de la colaboración mutua?
“Si un ser humano tiene el derecho de darle a un robot cualquier
orden que no suponga daño para un ser humano, debería tener la decencia
de no darle a un robot ninguna orden que suponga daño para un robot, a
menos que lo requiera la seguridad humana. Un gran poder supone una
gran responsabilidad, y si los robots tienen tres leyes para proteger a los
hombres ¿es mucho pedir que los hombres tengan un par de leyes para
proteger a los robots?
Andrew tenía razón. La batalla por ganarse la opinión pública fue la
clave en los tribunales y en la Legislatura, y al final se aprobó una ley que
imponía unas condiciones, según las cuales se prohibían las órdenes
lesivas para los robots. Tenía muchos vericuetos y los castigos por violar la
ley eran insuficientes, pero el principio quedó establecido. La Legislatura
Mundial la aprobó el día de la muerte de la Niña.
No fue coincidencia que la Niña se aferrara a la vida tan
desesperadamente durante el último debate y sólo cejara cuando le
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comunicaron la victoria. Su última sonrisa fue para Andrew. Sus últimas
palabras fueron:
—Fuiste bueno con nosotros, Andrew.
Murió cogiéndole la mano, mientras George, con su esposa y sus
hijos, permanecía a respetuosa distancia de ambos.
Andrew aguardó pacientemente mientras el recepcionista entraba al
despacho. El robot podría haber usado el interfono holográfico, pero sin
duda era presa de cierto nerviosismo por tener que tratar con otro robot y
no con un ser humano.
Andrew se detuvo cavilando sobre esa cuestión. ¿“Nerviosismo” era
la palabra adecuada para una criatura que en vez de nervios tenía sendas
positrónicas? ¿Podía usarse como un término analógico?
Esos problemas seguían con frecuencia mientras trabajaba en su
libro sobre los robots. El esfuerzo de pensar frases para expresar todas las
complejidades le había mejorado el vocabulario.
Algunas personas lo miraban al pasar, y él no eludía sus miradas.
Las afrontaba con calma y la gente se alejaba.
Salió Paul Martin. Parecía sorprendido, aunque Andrew tuvo
dificultades para verle la expresión, pues Paul usaba ese grueso maquillaje
que la moda imponía para ambos sexos y, aunque le confería más vigor a
su blando rostro, Andrew lo desaprobaba. Había notado que desaprobar a
los seres humanos no le inquietaba demasiado mientras no lo manifestara
verbalmente. Incluso podía expresarlo por escrito. Estaba seguro de que
no siempre había sido así.
—Entra, Andrew. Lamento haberte hecho esperar, pero tenía que
concluir una tarea. Entra. Me dijiste que querías hablar conmigo, pero no
sabía que querías hablarme aquí.
—Si estás ocupado, Paul, estoy dispuesto a esperar. Paul miró el
juego de sombras cambiantes en el cuadrante de la pared que servía como
reloj.
—Dispongo de un rato. ¿Has venido solo?
—Alquilé un automóvil.
—¿Algún problema? —preguntó Paul, con cierta ansiedad.
—No esperaba ninguno. Mis derechos están protegidos.
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