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Por arkaiko

AGATHA CHRISTIE -- OCHO CASOS DE POIROT

 

 

OCHO CASOS DE POIROT
AGATHA CHRISTIE

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ÍNDICE:
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El Inferior
El Expreso de Plymouth
El caso del Baile de la Victoria
El misterio de Market Basing
El misterio de Cornwall
El rey de bastos
El robo de los planos del submarino
La Aventura de la cocinera.




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EL INFERIOR

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Lily Murgrave alisó los guantes con gesto nervioso sin quitárselos de encima de la rodilla y dirigió una ojeada rápida al que ocupaba el sillón que tenía enfrente.
Había oído hablar mucho de monsieur Hércules Poirot, el famoso investigador, pero ésta era la primera vez que le veía en carne y hueso. El cómico, casi ridículo, aspecto del digno caballero variaba la idea que se había hecho de él. ¿Podría haber llevado a cabo, en realidad, las cosas maravillosas que se le atribuían con aquella cabeza de huevo y aquellos desmesurados bigotes? De momento estaba absorbido en una tarea verdaderamente infantil: amontonaba, uno sobre otro, pequeños dados de madera, de diversos colores, y la tarea parecía despertar en él una atención mayor que la explicación de ella.
Sin embargo, cuando Lily guardó silencio la miró vivamente.
-Continúe, mademoiselle, por favor. La escucho; esté segura de que la escucho con interés.
Casi en seguida volvió a apilar los dados de madera. La muchacha reanudó la historia, terrorífica, violenta, pero su voz era serena, inexpresiva, y su narración tan concisa, que diríase que se hallaba al margen de todo sentimiento de humanidad.
-Confío -observó al terminar- que me habré expresado con claridad.
Poirot hizo repetidas veces un gesto afirmativo y enfático. De un revés derribó los dados, diseminándolos sobre la mesa,
y acto seguido se recostó en el sillón, unió las puntas de los dedos y fijó la mirada en el techo.
-Veamos -dijo-, a sir Ruben Astwell le asesinaron hace diez días, y el miércoles, o sea anteayer, la policía detuvo a su sobrino Charles Leverson. Le acusan de los hechos siguientes (si me equivoco en algo, dígalo, mademoiselle): Hace diez días sir Ruben escribía, sentado en la habitación de la Torre, su sanctasanctórum. Míster Leverson llegó tarde y abrió la puerta con su llave particular. El mayordomo, cuya habitación estaba situada precisamente debajo de la Torre, oyó reñir a tío y sobrino. La disputa concluyó con un golpe ahogado.
»Este hecho alarmó al mayordomo y pensó en levantarse para ver lo que sucedía, pero pocos segundos después oyó salir a míster Leverson, dejar la habitación tarareando una canción de moda y renunció a su propósito. Sin embargo, a la mañana siguiente la doncella encontró muerto a sir Ruben sobre la mesa escritorio. Le habían asestado un golpe en la cabeza con un instrumento pesado. De todas maneras, el mayordomo no refirió en seguida su historia a la policía, ¿verdad, mademoiselle?
La inesperada pregunta sobresaltó a Lily Murgrave.
-¿Qué dice? -exclamó.
-Que en estos casos todos solemos alardear de humanidad. Mientras me refería lo sucedido en casa de sir Ruben, de manera admirable y detallada, hay que confesarlo, convertía en muñecos de guiñol a los actores del drama. Pero yo siempre busco en ellos lo que tienen de humano. Por eso digo que el mayordomo ese..., ¿cómo se llama?
-Parsons.
-Digo, pues, que ese Parsons debe poseer las características de su clase. Es decir: que alberga cierta prevención hacia los agentes de policía y que está poco dispuesto a darles explicaciones. Por encima de todo no declarará nada que pueda comprometer a los habitantes de la casa. Estará convencido de que el crimen es obra de cualquier escalador nocturno, de un ladrón vulgar, y se aferrará a la idea con una obstinación
extraordinaria. Sí, la fidelidad de los asalariados es curiosa y digna de estudio, de un estudio muy interesante.
Poirot se recostó en el sillón con el rostro resplandeciente. -Entretanto -continuó-, los demás actores habrán referido cada uno una historia, entre ellos míster Leverson, que asegura que volvió a casa a hora avanzada y no fue a ver a su tío, pues se fue directamente a la cama.
-Eso es lo que dice, en efecto.
-Y nadie duda de la afirmación -murmuró Poirot-, a excepción, quizá, de Parsons. Luego le toca entrar en escena al inspector Miller, de Scotland Yard, ¿no es eso? Le conozco, nos hemos visto una o dos veces en tiempos pasados. Es lo que se llama un hombre listo, astuto como zorro viejo. ¡Sí, le conozco bien! El inspector ve lo que nadie ha visto y Parsons no está tranquilo porque sabe algo que no ha revelado. Sin embargo, el inspector lo pasa por alto. Pero, de momento, queda suficientemente demostrado que nadie entró en casa de sir Ruben por la noche y que debe buscarse dentro, no fuera de ella, al asesino. Y Parsons se siente desgraciado, tiene miedo, por lo que le aliviaría muchísimo compartir con alguien su secreto.
»Ha hecho cuanto ha estado en su mano para evitar un escándalo, pero todo tiene un límite y por ello el inspector Miller ha escuchado su historia y, después de dirigirle una o dos preguntas, ha llevado a cabo averiguaciones que sólo él conoce. El resultado es peligroso, muy peligroso para Charles Leverson porque ha dejado la huella de sus dedos manchados de sangre en un mueble que se encontraba en la habitación de la Torre. La doncella ha declarado también que a la mañana siguiente del crimen vació una palangana llena de agua y sangre que sacó de la habitación de míster Leverson y que a sus preguntas dicho señor contestó que se había cortado un dedo. En efecto, tenía un corte ridículamente insignificante. Y aun cuando lavó uno de los puños de la camisa que llevaba puesta la noche anterior, se descubrieron manchas de sangre en la manga de la chaqueta. Todo el mundo sabe que tenía necesidad urgente de dinero y que a la muerte
de sir Ruben debía heredar una fortuna. ¡Oh, sí, mademoiselle! Se trata de un caso muy interesante.
Poirot hizo una pausa.
-Usted ha venido a verme hoy, ¿por qué? -interrogó después.
Lily Murgrave se encogió de hombros.
-Me manda aquí lady Astwell, como le he dicho -contestó.
-Pero viene usted de mala gana, ¿no es cierto?
La muchacha no contestó y el hombrecillo le dirigió una mirada penetrante.
-¿No desea responder?
Lily volvió a calzarse los guantes.
-Me es difícil, monsieur Poirot. Deseo ser fiel a lady Astwell. No soy más que una señorita de compañía a la que se le pagan sus servicios, pero me ha tratado mejor que a una hija o una hermana. Es muy afectuosa y aunque conozco sus defectos no deseo criticar sus actos... ni impedir que usted se encargue de solucionar el caso. No quiero influir en su decisión.
-Monsieur Poirot no se deja influir por nada ni por nadie, cela ne se fait pas -manifestó, gozoso, el hombrecillo-. Me doy cuenta de que usted cree que lady Astwell tiene una sospecha, ¿me equivoco en mi presunción?
-Si he de serle franca...
-¡Hable, mademoiselle, hable!
-Estoy convencida de que cree una tontería...
-¿Sí?
-Sin que esto sea una crítica en contra de lady Astwell.
-Comprendo -murmuró Poirot-. Comprendo perfectamente.
Sus ojos la invitaban a continuar.
-Como le decía a usted, es muy buena y amable, pero... ¿cómo lo expresaría yo? No es mujer educada. Ya sabe que actuaba en el teatro cuando sir Ruben se casó con ella y por eso alberga muchos prejuicios, es muy supersticiosa. Cuando dice una cosa, hay que creerla a pies juntillas, porque no atiende a razones. El inspector la ha tratado con poco tacto
y esto la mueve a retroceder. Pero dice que es una tontería sospechar de míster Leverson, porque el pobre Charles no es un criminal. La policía es estúpida y comete un terrible error.
-Supongo que tendrá sus razones para afirmarlo, ¿no es así?
-No, señor, ninguna.
-¡Ya! ¿De veras?
-Ya le he dicho -continuó Lily Murgrave- que de nada le va a servir acudir a usted y reclamar su ayuda sin tener nada que exponer ni nada en qué basar lo que cree.
-¿De verdad le ha dicho eso? Es muy interesante -dijo Poirot.
Sus ojos dirigieron a Lily una rápida y comprensiva ojeada desde la cabeza a la punta de los pies. Su mirada captó con todo detalle el pulcro y negro traje sastre, el lazo blanco del cuello, la blusa de crespón de China, adornada con gusto exquisito, el elegante sombrero de fieltro negro. Reparó en su elegancia, en el bonito semblante de barbilla afilada, las largas pestañas de un negro azulado e insensiblemente varió de actitud. No era el caso, sino la muchacha que tenía delante lo que despertaba en él un nuevo interés.
-Supongo, mademoiselle, que lady Astwell es una persona algo desequilibrada e histérica...
Lily Murgrave hizo un gesto ansioso de afirmación. -Sí, la describe usted exactamente -dijo-. Es muy afectuosa, lo repito, pero es imposible discutir con ella, convencerla de que sea lógica.
-Posiblemente sospecha de alguien -insinuó Poirot-. De alguien tan inofensivo que son absurdas sus sospechas. -¡Precisamente! -exclamó Lily Murgrave-. Le ha tomado ojeriza al secretario de sir Ruben, que es un pobre hombre. Dice que es el asesino de sir Ruben, que ella lo sabe, aunque está demostrado que míster Owen Trefusis no pudo cometer el crimen.
-¿Se funda en algún motivo, en algún hecho, para acusarle?
-Se funda exclusivamente en su intuición.
En la voz de Lily Murgrave se traslucía el desdén.
-Ya veo, mademoiselle, que no cree usted en la intuición -observó Poirot, sonriendo.
-Es una tontería.
Poirot se recostó en el sillón.
-A les femmes -murmuró- les gusta creer en ellas. Dicen que es un arma que el buen Dios les ha dado. Pero aunque algunas veces no las engaña otras las extravía.
-Lo sé. Pero ya le he dicho cómo es lady Astwell. No es posible discutir con ella.
-Por eso usted, mademoiselle, que es prudente y discreta, ha creído que de paso que viene a buscarme, debe ponerme au courant de la situación...
Una inflexión particular en la voz de Poirot hizo que Lily Murgrave levantase la cabeza.
-Sí -murmuró excusándose-, aunque conozco el valor de su tiempo.
-Usted me lisonjea, mademoiselle. Mas, en efecto, en estos momentos me encuentro ocupado en la solución de varios casos.
-Ya me lo temía -dijo Lily poniéndose en pie-. Le diré a lady Astwell que...
Pero Poirot no se levantó. Permaneció sentado mirando fijamente a la muchacha.
-¿Tiene prisa, mademoiselle? -interrogó-. Aguarde un momento, por favor.
Lily se ruborizó, luego se puso pálida, pero volvió a tomar asiento de mala gana.
-Mademoiselle es viva y adopta sus decisiones rápidamente. Perdone que un viejo como yo sea más lento. Usted se equivoca, mademoiselle. Yo no me niego a hacerle una visita a lady Astwell.
-Entonces, ¿vendrá a verla?
La muchacha se expresó en un tono frío. No miraba a Poirot, tenía los ojos fijos en el suelo y por eso no se dio cuenta del examen atento a que él la sometía en aquel momento.
-Diga a lady Astwell, mademoiselle, que estoy a su disposición. Iré por la tarde a Mon Repos. Es el nombre de la finca, ¿verdad?
Poirot se puso de pie y la muchacha le imitó.
-Se lo diré. Agradezco mucho la atención, monsieur Poirot. Sin embargo, temo que va usted a perder el tiempo.
-Bien pudiera ser. Sin embargo, ¡quién sabe!
Poirot la acompañó con versallesca cortesía hasta la puerta. Luego volvió a entrar en la salita pensativo, con el ceño fruncido. Abrió una puerta y llamó al ayuda de cámara.
-Mi buen George, prepáreme una maleta, se lo ruego. Me voy al campo.
-Sí, señor -repuso George.
Era de tipo muy inglés: alto, cadavérico, inexpresivo.
-¡Qué fenómeno tan interesante es una muchacha, George! -observó Poirot dejándose caer sobre el sillón y encendiendo un cigarrillo-. Sobre todo cuando es inteligente, ¿comprendes? Te pide una cosa y al propio tiempo pretende convencerte de que no lo hagas. Para ello se requiere suma finesse d'esprit. Pero esa muchacha es muy lista, sí, muy lista. Sólo que ha tropezado con Hércules Poirot y éste posee una inteligencia excepcional, George.
-Se lo he oído decir al señor varias veces.
-No es el secretario quien le interesa y desprecia la acusación de lady Astwell, pero no quiere que «se altere el sueño de los que duermen». Y yo, George, lo alteraré. ¡Les obligaré
a luchar! En Mon Repos se está desarrollando un drama, un drama humano que me excita los nervios. Y aunque esa pequeña es lista, no lo es lo suficiente. ¿Qué será, señor, lo que vamos a encontrar allí?
Interrumpió la pausa dramática que sucedió a estas palabras la voz de George, que preguntó en un tono muy natural:
-¿El señor desea llevarse el traje de etiqueta? Poirot le miró con tristeza.
-Siempre ese cuidado, esa atención constante a sus obligaciones. Es muy bueno para mí, George -repuso. Cuando el tren de las cuatro y cuarenta y cinco llegó a la estación de Abbots Cross descendió de él monsieur Hércules Poirot, vestido de manera impecable y con los bigotes rígidos
a fuerza de cosmético. Entregó su billete, franqueó la barrera y se vio delante de un chófer de buena estatura.
-¿Monsieur Poirot?
El hombrecillo le dirigió una mirada alegre.
-Así me llaman -dijo.
-Entonces tenga la bondad de seguirme. Por aquí. Y abrió la portezuela de un hermoso Rolls Royce. Mon Repos distaba apenas tres minutos de la estación. Allí el chófer descendió del coche, abrió la portezuela y Poirot echó pie a tierra. El mayordomo tenía ya la puerta de entrada abierta.
Antes de franquear el umbral, Poirot lanzó una rápida ojeada a su alrededor. La casa era hermosa y sólida, de ladrillo rojo, sin ninguna pretensión de belleza, pero con el aspecto de una comodidad positiva.
Poirot entró en el vestíbulo. El mayordomo tomó de sus manos, con la desenvoltura que da la práctica, el abrigo y el sombrero, y a continuación murmuró con esa media voz respetuosa y característica de los buenos servidores:
-Su Señoría espera al señor.
Poirot le siguió pisando una escalera alfombrada. Aquel bien educado sirviente debía ser Parsons, no cabía duda, y sus modales no revelaban la menor emoción. Al llegar a lo alto de la escalera torció a la derecha y marchó seguido de Poirot por un pasillo. Desembocaron en una pequeña antesala en la que se abrían dos puertas. Parsons abrió la de la izquierda y anunció:
-Monsieur Poirot, milady.
La habitación, de dimensiones reducidas, estaba atestada de muebles y de bibelots. Una mujer, vestida de negro, se levantó de un sofá y salió vivamente a su encuentro. -¿Cómo está usted?
Su mirada recorrió rápidamente la figura del detective.
-Bien, ¿y usted, milady? -exclamó éste, tras darle un vigoroso y fugaz apretón de manos.
-¡Creo en los hombres pequeños! Son inteligentes.
-Pues si mal no recuerdo, el inspector Miller es también de corta estatura -murmuró Poirot.
-¡Es un idiota presuntuoso! -dijo lady Astwell-. Siéntese aquí, a mi lado, si no tiene inconveniente.
Indicó a Poirot el sofá y siguió diciendo:
-Lily ha tratado de convencerme de que no le llamase pero ya comprenderá que a mis años sé muy bien lo que quiero.
-¿De veras? Pues es un don poco común -observó Poirot, siguiéndola hasta el sofá.
Lady Astwell sentóse sobre los almohadones y hecho esto, se volvió a mirarle.
-Lily es bonita -dijo-, pero cree saberlo todo y las personas que creen saberlo todo se equivocan. Me lo dice la experiencia. Yo no soy inteligente, no, monsieur Poirot, pero creo en las corazonadas. Y ahora, ¿quiere o no que le diga quién es el asesino de mi marido? Porque una mujer lo sabe.
-¿Lo sabe también miss Murgrave?
-¿Qué le ha dicho ella? -preguntó con acento vivo lady Astwell.
-Nada. Se ha limitado a exponer los hechos del caso.
-¿Los hechos? Sí, son desfavorables a Charles, naturalmente, pero le digo a usted, monsieur Poirot, que él no ha cometido el crimen. ¡Sé que no lo ha cometido!
Lo dijo con una seriedad desconcertante.
-¿Está bien segura, lady Astwell?
-Trefusis mató a mi marido, monsieur Poirot, estoy segura de ello.
-¿Por qué?
-¿Por qué le mató, quiere usted decir o por qué estoy tan segura? ¡Lo sé, repito! Créame, me di cuenta de ello en seguida y lo sostengo.
-¿Beneficia en algo a míster Trefusis la muerte de sir Ruben?
-Mi marido no le deja un solo penique -replicó prontamente lady Astwell-, lo que demuestra que ni le gustaba su secretario ni confiaba en él.
-¿Llevaba mucho tiempo a su servicio?
-Unos nueve años, poco más o menos.
-No es mucho -dijo Poirot en voz baja-. Sin embargo,
sí lo es permanecer ese tiempo al lado de una misma persona. Sí, míster Trefusis debía conocerle a fondo.
Lady Astwell le miró fijamente.
-¿Adónde quiere ir a parar? No veo qué relación tiene una cosa con otra.
-No me haga caso. Mi observación responde a una idea. Es una idea poco interesante, pero original, quizá, que se relaciona con el efecto que produce en algunas personas la servidumbre.
Lady Astwell le seguía mirando fijamente sin comprender.
-Es usted muy perspicaz, ¿verdad? Lo asegura todo el mundo -dijo como si lo pusiera en duda.
Hércules Poirot se echó a reír.
-Quizá me haga el mismo cumplido cualquier día de estos, madame. Pero, volvamos al móvil del crimen. Hábleme del servicio, de las personas que estaban en esta casa el día de la tragedia.
-Charles estaba en ella, naturalmente.
-Tengo entendido que era sobrino de su marido, no de usted...
-En efecto. Charles es el único hijo de una hermana de Ruben. Esta señora se casó con un hombre relativamente rico, pero murió arruinado, como tantos jugadores de Bolsa de la City; su mujer murió también y entonces Charles se vino a vivir con nosotros. Tenía entonces veintitrés años y seguía la carrera de leyes, pero poco después, Ruben le colocó en el negocio.
-¿Era trabajador míster Leverson?
-Veo que posee una comprensión rápida, eso me agrada -dijo lady Astwell-. No, Charles no era trabajador, por desgracia. Y por ello reñía continuamente con su tío, que le reprendía por lo mal que desempeñaba sus obligaciones. Claro que el pobre Ruben no era tampoco muy comprensivo. En más de una ocasión me había visto obligada a recordarle que él también fue joven una vez. Pero había cambiado mucho, monsieur Poirot -concluyó lady Astwell con un suspiro. -Es la vida, milady -repuso Poirot.
-Sin embargo, nunca fue grosero conmigo. Y si alguna vez se fue de la lengua, pobre Ruben, se arrepentía al momento.
-Tenía un carácter difícil, ¿verdad?
-Yo sabía manejarle -repuso lady Astwell con aire de triunfo-, pero a veces perdía la paciencia con los sirvientes. Hay muchas maneras de mandar, monsieur Poirot, pero Ruben no acertaba a dar con la que convenía.
-¿A quién ha legado sir Ruben su fortuna, lady Astwell? -Me deja una mitad y a Charles la otra -replicó lady Astwell-. Los abogados no lo explican de una manera tan rotunda, pero en esencia viene a ser lo mismo tal como le digo.
Poirot hizo un gesto de afirmación.
-Comprendo, comprendo -murmuró-: Ahora le ruego, señora, que me describa a los habitantes de la casa. Viven en ella usted, míster Charles Leverson, sobrino de sir Ruben, el secretario Owen Trefusis y miss Lily Murgrave. Cuénteme alguna cosa de la señorita.
-¿Se refiere a Lily?
-Sí. ¿Lleva muchos años a su servicio?
-Un año tan sólo. He tenido muchas compañeras secretarias, ¿sabe?, pero todas ellas han acabado por excitarme los nervios. Lily es distinta. Está llena de tacto, de sentido común, y además es muy simpática. A mí me gusta tener al lado caras bonitas, monsieur Poirot. Soy muy especial: siento simpatías y antipatías y me guío por ellas. En cuanto vi a esta muchacha me dije: «servirá». Y así ha sido.
-¿Se la recomendó alguna amiga?
-No, vino en respuesta a un anuncio que puse en los periódicos.
-¿Sabe quiénes son sus padres? ¿De dónde procede? -Su padre y su madre viven en la India, según creo. En realidad no conozco muchos detalles de su vida. Pero Lily es una señora. Se ve en seguida, ¿verdad?
-Sí, desde luego, desde luego.
-Yo no soy una señora -siguió diciendo lady Astwell-. Lo sé y los sirvientes también lo saben, pero no soy mezquina. Sé apreciar lo bueno que tengo delante y nadie se ha portado mejor conmigo que Lily. Por ello considero a esa muchacha como a una hija, monsieur Poirot.
Poirot alargó el brazo y colocó en su sitio uno o dos objetos que estaban encima de la mesa vecina. -¿Compartía sir Ruben los mismos sentimientos? -interrogó después.
Tenía puestos los ojos en los pantalones de sport, pero se dio cuenta de la pausa que hizo lady Astwell antes de contestar a la pregunta.
-Los hombres son distintos. Pero los dos estaban en buenas relaciones.
-Gracias, madame -sonrió Poirot. Hubo una pausa.
-Bien, ¿conque todas estas personas estaban aquella noche en casa... a excepción, claro está, de la servidumbre? ¿No es eso?
-También estaba Victor.
-¿Victor?
-Sí, mi cuñado, el socio de Ruben.
-¿Vive con ustedes?
-No, acababa de llegar a Inglaterra. Ha estado varios años en África Occidental.
-En África Occidental -murmuró Poirot.
Se estaba dando cuenta de que si le daban el tiempo suficiente lady Astwell sabría desarrollar, por sí sola, un tema de conversación.
-Dicen que es un país maravilloso, pero a mí me parece que ejerce una influencia perniciosa sobre determinadas personas. Beben mucho y se desmoralizan. Ningún Astwell tiene buen carácter, pero el de Victor ha empeorado desde su ida al África. A mí misma me ha asustado más de una vez.
-Y también a miss Murgrave, ¿no es así?
-¿A Lily? No creo, apenas se han visto.
Poirot escribió una o dos palabras en el diminuto libro de notas que guardaba en el bolsillo.
-Gracias, lady Astwell. Y ahora, si no tiene inconveniente, deseo hablar con Parsons.
-¿Quiere que le diga que suba?
La mano de lady Astwell se acercó al timbre, pero Poirot detuvo el ademán rápidamente.
-¡No, mil veces no! -exclamó-. Bajaré yo a verle.
-Si lo juzga preferible...
Lady Astwell se sintió decepcionada, porque hubiera deseado tomar parte en la futura escena, pero Poirot añadió, adoptando un aire de misterio:
-Preferible, no; es esencial.
Con lo que dejó a la buena mujer impresionada. Encontró a Parsons, el mayordomo, en la cocina, limpiando la plata. Poirot inició la conversación con una de sus graciosas inclinaciones de cabeza.
-Soy detective -dijo.
-Sí, señor, lo sé -repuso Parsons.
Su acento era respetuoso, pero impersonal.
-Lady Astwell envió a buscarme -le explicó Poirot- porque no está satisfecha, no, no está satisfecha.
-He oído decir eso a Su Señoría en diversas ocasiones.
-Bueno. ¿Para qué voy a contarle lo que ya sabe? No perdamos el tiempo en esas tonterías. Condúzcame, por favor, a su habitación y me dirá lo que oyó la noche del crimen. La habitación del mayordomo se hallaba en la planta baja. En el vestíbulo de la servidumbre. Tenía rejas en las ventanas. Parsons indicó a Poirot el angosto lecho.
-Me metí en la cama a las once de la noche, señor --dijo-. Miss Murgrave se había retirado ya a descansar y lady Astwell se encontraba con sir Ruben en la habitación de la Torre.
-¡Ah! ¿Estaba con sir Ruben? Está bien, prosiga.
-Esa habitación está ahí arriba, encima de ésta. Cuando sus ocupantes hablan en voz alta se oye el murmullo de sus voces, pero naturalmente, no se comprende lo que dicen, excepto alguna que otra palabra suelta, ¿comprende? A las once y media dormía a pierna suelta. A las doce me despertó un portazo. Míster Leverson volvía de la calle. Poco después oí el ruido de pasos y a continuación su voz. Hablaba con sir Ruben, por lo visto.
»No puedo asegurarlo, pero me pareció que si no estaba precisamente embriagado se sentía inclinado a hacer ruido y a mostrarse indiscreto porque dijo no sé qué a su tío a voz en cuello. Luego sonó un grito agudo al que sucedió un golpe particular, como la caída de un cuerpo pesado.
Hubo una pausa. Parsons repitió con acento impresionante las últimas palabras.
-La caída de un cuerpo pesado, ¿comprende? Después oí exclamar a míster Leverson, lo mismo que si le tuviera delante: «¡Oh, Dios mío, Dios mío!».
A pesar de su primera y visible repugnancia, Parsons disfrutaba ahora con su relato. Se creía sin duda buen narrador y para llevarle la corriente Poirot hizo un comentario lisonjero.
-Mon Dieu! -murmuró-. ¡Qué emoción debió usted sentir!
-Y que lo diga, señor. Ciertamente, señor -repuso el mayordomo-. Pero entonces no me paré a pensar en lo que sentía o dejara de sentir; sólo se me ocurrió ir a ver lo que pasaba. Por cierto que al encender la luz eléctrica derribé una silla.
»Crucé el vestíbulo de la servidumbre y fui a abrir la puerta del pasillo. Al llegar al pie de la escalera que conduce a la Torre me detuve, indeciso, y entonces sonó por encima de mi cabeza la voz de míster Leverson que decía cordial y alegremente: «Por fortuna no ha sucedido nada. ¡Buenas noches!». Y le oí avanzar, silbando entre dientes, por el pasillo en dirección a su dormitorio.
»Entonces me volví a la cama pensando que sin duda se habría caído algún mueble porque, dígame señor, ¿cómo iba a sospechar que acababa de asesinar a sir Ruben después de darme, con toda despreocupación, míster Leverson, las buenas noches?
-¿Está bien seguro de que oyó usted su voz?
Parsons miró al pequeño belga con aire de compasión. Estaba convencido de lo que afirmaba.
-¿Desea saber algo más el señor?
-No, deseo hacerle una sola pregunta. ¿Le gusta a usted Leverson?
-No le comprendo, señor.
-Se trata de una simple pregunta. ¿Le es simpático míster Leverson?
Parsons pasó del sobresalto al embarazo.
-Es opinión general de la servidumbre... -comenzó a decir; y calló de repente.
-Diga, dígalo en la forma que guste.
-Pues la servidumbre opina, señor, que es un caballero muy generoso, pero... no muy inteligente.
-¡Ah! ¿Sabe, Parsons, que sin tener el gusto de conocerle, me adhiero a esa opinión?
-Ciertamente, señor.
-¿Y puede saberse ahora qué opina usted... qué opina la servidumbre, del secretario de sir Ruben?
-Opina que es un caballero muy callado, muy paciente, que no ocasiona ninguna molestia.
-Vraiment! -dijo Poirot. El mayordomo tosió.
-Su Señoría, señor -murmuró-, es algo precipitada en sus juicios.
-¿De manera que, en opinión de la servidumbre, míster Leverson es el autor del crimen?
-Verá: a nadie le gusta pensar que ha sido él; además, no posee un temperamento criminal.
-Pero tiene mal genio, ¿no es así? Parsons se le acercó un poco más.
-¿Desea saber cuál es el miembro de la familia que tiene peor carácter? -preguntó.
Poirot levantó la mano.
-No -contestó-. Por el contrario, me disponía a preguntarle cuál es el que lo tiene mejor.
Parsons se le quedó mirando con la boca abierta.
Poirot no perdió más tiempo. Le dirigió una amable inclinación de cabeza, porque era amable con todo el mundo, y salió de la habitación al gran vestíbulo cuadrado de Mon
Repos. Al llegar a su centro se detuvo, absorto un instante y después, al oír un leve sonido, ladeó la cabeza como un pajarillo y, sin hacer el menor ruido, se acercó a una puerta.
Al llegar al umbral volvió a detenerse para echarle un vistazo a la habitación que hacía las veces de biblioteca. Sentado a una mesita divisó, escribiendo, a un joven pálido y delgado. Tenía una barbilla saliente y llevaba gafas.
Poirot le examinó unos segundos y a continuación rompió el silencio reinante con una tosecilla teatral.
-¡Ejem! -exclamó.
El joven dejó de escribir y levantó la cabeza. No parecía sobresaltado, pero miró a Poirot con expresión perpleja. Éste avanzó unos pasos.
-¿Tengo el honor de hablar con míster Trefusis? -preguntó-. Me llamo Hércules Poirot. Pero supongo que ya habrá oído hablar de mí...
-Oh, sí, ya lo creo -balbuceó el joven. Poirot le miró con más atención.
Representaba tener unos treinta años y el detective vio en seguida que no era posible que nadie tomara en serio la acusación de lady Astwell, porque míster Trefusis era un joven correcto, atildado, tímido, es decir, el tipo de hombres a quien puede tratarse y se trata sin ningún miramiento.
-Ya veo que lady Astwell le ha hecho venir -dijo-. ¿Puedo servirle en algo?
Se mostraba cortés sin ser efusivo. Poirot tomó una silla y murmuró con acento suave:
-¿Le ha confiado lady Astwell sus sospechas? ¿Está enterado de lo que supone?
Owen Trefusis sonrió un poco.
-Creo que sospecha de mí -contestó-. Es un absurdo, pero no deja de ser cierto. Desde la noche del crimen no me dirige la palabra y cuando yo paso se estremece y se pega a la pared.
Su actitud era perfectamente natural y su voz dejaba traslucir más diversión que resentimiento. Poirot adoptó un aire de atrayente franqueza.
-Quede esto entre nosotros, pero así lo ha dicho -declaró-. Yo no he querido discutir jamás con las señoras, sobre todo cuando se sienten tan seguras de sí mismas. Es una lamentable pérdida de tiempo, ¿comprende?
-Oh, sí, comprendo.
-Sólo le he contestado: «Sí, milady. Perfectamente, milady. Précisement, milady». Esas palabras no significan nada o muy poca cosa, pero tranquilizan. Entretanto llevo a cabo una investigación porque parece imposible que nadie, a excepción de míster Leverson, haya cometido el crimen, pero..., bien, lo imposible ha sucedido ya antes de ahora.
-Comprendo perfectamente su actitud -repuso el secretario- y le ruego que me considere a su entera disposición.
-Bon -dijo Poirot-. Ahora nos entendemos. Tenga la bondad de referirme los acontecimientos de aquella noche. Será mejor para la buena comprensión que comience por la cena.
-Leverson no asistió a ella -dijo el secretario-. Había tenido una seria desavenencia con su tío y se fue a cenar al Golf Club. Por tanto, sir Ruben estaba de pésimo humor. -No era muy amable ese monsieur, ¿verdad? -dijo Poirot.
-¡Oh, no! Era un bárbaro. Le conocí bien; no en balde le serví por espacio de nueve años y digo, monsieur Poirot, que era hombre extraordinariamente difícil de complacer: Cuando se encolerizaba era presa de verdaderos ataques infantiles de rabia, durante los cuales insultaba a todo aquel que se le acercaba. Yo ya me había habituado y adopté la costumbre de no prestar, en absoluto, la menor atención a lo que decía. No era mala persona, pero sí exasperante y bobo. Lo mejor era, pues, no responder ni una palabra.
-¿Se mostraban los demás tan prudentes como lo era usted?
Trefusis se encogió de hombros.
-Lady Astwell disfrutaba oyéndole despotricar. No le tenía miedo, por el contrario le defendía y le daba cuanto exigía. Después hacían las paces porque sir Ruben la quería de veras.
-¿Riñeron la noche del crimen?
El secretario le miró de soslayo, titubeó un momento y contestó luego:
-Así lo creo. ¿Por qué lo pregunta?
-Porque se me ha ocurrido. Eso es todo.
-Naturalmente, no lo sé -explicó el secretario-, pero me parece que sí.
-¿Quién más se sentó a la mesa?
-Miss Murgrave, míster Victor Astwell y un servidor.
-¿Qué hicieron después de cenar?
-Pasamos al salón. Sir Ruben no nos acompañó. Diez minutos después vino a buscarme y me armó un escándalo por algo sin importancia relacionado con una carta. Yo subí con él a la Torre y arreglé el error; luego llegó míster Victor Astwell diciendo que deseaba hablar a solas con su hermano y entonces bajé a reunirme con las señoras.
»Al cabo de un cuarto de hora sir Ruben tocó, con violencia, la campanilla y Parsons vino a rogarme que subiera a la Torre en seguida. Cuando entré en ella salía míster Astwell con tanta prisa que a poco más me derriba. Era evidente que había ocurrido algo y que se sentía trastornado. Tiene un carácter muy violento y es muy posible que no me viera.
-¿Hizo sir Ruben algún comentario?
-Me dijo: «Victor es un lunático; en uno de esos ataques de rabia hará alguna sonada».
-¡Ah! -exclamó Poirot-. ¿Tiene idea de qué trataron?
-No, señor, en absoluto.
Poirot volvió con lentitud la cabeza y miró al secretario. Había pronunciado con demasiada precipitación estas últimas palabras y estaba convencido de que Trefusis podía ha
ber dicho más si hubiera querido. Pero no le instó a que lo dijera.
-¿Y después...? Continúe, por favor.
-Trabajé con sir Ruben por espacio de hora y media. A las once en punto llegó sir lady Astwell y sir Ruben me dio permiso para que me retirase.
-¿Y se retiró?
-Sí.
-¿Tiene idea del tiempo que permaneció lady Astwell haciéndole compañía?
-No, señor. Su habitación está en el primer piso, la mía en el segundo y por esto no la oí salir de la Torre.
-Entendido.
Poirot se puso en pie de golpe.
-Ahora, monsieur, tenga la bondad de conducirme a la Torre.
Siguió al secretario por la amplia escalera hasta el primer rellano y allí Trefusis le condujo por un corredor, y luego por una puerta falsa que había al final, a la escalera de servicio. Sucedía a ésta un corto pasillo que terminaba ante una puerta cerrada. Franqueada esta puerta se encontraron en la escena del crimen.
Era una habitación de techo más elevado que el de los demás de la casa y tenía poco menos de treinta metros cuadrados. Espadas y azagayas ornaban las paredes y sobre las mesas vio Poirot muchas antigüedades indígenas. En uno de sus extremos, junto a una ventana, había un hermoso escritorio. Poirot se dirigió en línea recta hacia aquella mesa.
-¿Es aquí donde encontraron muerto a sir Ruben? -interrogó.
Trefusis hizo un gesto de afirmación.
-¿Le golpearon por detrás, según tengo entendido? El secretario volvió a afirmar con el gesto.
-El crimen se cometió con una de esas armas indígenas -explicó-, tremendamente pesada. La muerte fue instantánea.
-Esto afirma mi convicción de que no fue premeditado. Tras una acalorada discusión, el asesino debió arrancar el... arma de la pared casi inconscientemente.
-¡Sí, pobre míster Leverson!
-¿Y después se encontraría, sin duda, el cadáver caído sobre la mesa?
-No, había resbalado hasta el suelo.
-¡Ah, es curioso!
-¿Curioso? ¿Por qué? -Por eso.
Poirot señaló a Trefusis una mancha redonda e irregular que había en la bruñida superficie de la mesa.
-Es una mancha de sangre, mon ami.
-Debió salpicar o quizá la dejaron después los que levantaron el cadáver -sugirió Trefusis.
-Sí, es muy posible -repuso Poirot-. ¿La habitación tiene dos puertas?
-Sí, ahí detrás hay otra escalera.
Trefusís descorrió una cortina de terciopelo, que ocultaba el ángulo de la habitación más próxima a la puerta de entrada y apareció una escalera de caracol.
-La Torre perteneció a un astrónomo. Esa escalera conduce a la parte superior, donde estaba colocado el telescopio. Sir Ruben instaló en ella un dormitorio y en ocasiones, cuando trabajaba hasta horas avanzadas de la noche, dormía en él.
Poirot subió torpemente los peldaños. La habitación circular en que se terminaba la escalera estaba amueblada simplemente con un lecho de campaña, una silla y un tocador. Después de asegurarse de que no tenía otra salida, Poirot volvió a bajar a la habitación donde Trefusis se había quedado aguardando
-¿Oyó llegar de la calle a míster Leverson? -le preguntó.
Trefusís meneó la cabeza.
-No, señor. Dormía profundamente.
-Eh bien! -exclamó después-. Me parece que ya no nos resta nada que hacer aquí a excepción de..., ¿me hace el favor de correr las cortinas?
Trefusís tiró, obediente, de las pesadas cortinas negras que pendían de la ventana al otro extremo de la habitación. Poirot encendió la luz central oculta en el fondo de un enorme cuenco de alabastro que pendía del techo.
-¿Tiene alguna otra luz la habitación? -interrogó.
El secretario encendió, como respuesta, una enorme lámpara de pie, de pantalla verde, que estaba colocada junto al escritorio. Poirot apagó la del techo, luego la encendió y la volvió a apagar.
-C'est bien -exclamó-. Hemos concluido.
-Se cena a las siete y media -murmuró el secretario.
-Bien. Gracias, míster Trefusis, por sus bondades.
-No hay de qué.
Poirot se dirigió pensativo por el pasillo a la habitación que se le había asignado. El inconmovible George estaba ya en ella sacando la ropa de la maleta.
-Mi buen George -dijo Poirot al verle-, esta noche a la hora de cenar voy a conocer a un caballero que me intriga muchísimo. Vuelve de los trópicos, George, y posee un carácter... muy tropical. Parsons pretendía hablarme de él, pero Lily Murgrave no le ha mencionado. También el difunto sir Ruben tenía un carácter irascible, George. Vamos a suponer que se pusiera en contacto con un hombre más colérico que él, ¿qué pasaría? Que uno de los dos saltaría, ¿,no?
-Sí, señor, saltaría... o no.
-¿No?
-No, señor. Mi tía Jemima, señor, tenía una lengua muy larga y mortificaba sin cesar a una hermana pobre, que vivía con ella. Le hacía la vida imposible, en realidad. Pues bien: la hermana no toleraba que se le defendiera. No soportaba la dulzura ni la conmiseración de las gentes.
-¡Ya! Tiene gracia -observó Poirot. George tosió.
-¿Desea algo más el señor? -dijo muy circunspecto-. ¿Quiere que le ayude a vestirse?
-Mire, hágame un pequeño favor -repuso Poirot prontamente-. Averigüe, si puede, de qué color era el vestido que llevaba miss Murgrave la noche del crimen y qué doncella la sirve.
George recibió el encargo con su impasibilidad acostumbrada.
-El señor lo sabrá mañana por la mañana -contestó. Poirot se levantó de la silla y se situó delante del fuego encendido en la chimenea.
-George, me es usted muy útil -murmuró-. No me olvidaré de la tía Jemima.
Sin embargo, aquella noche no fue presentado a Victor Astwell, a quien sus obligaciones retenían en Londres, según explicó en un telegrama.
-Atiende los negocios de su difunto marido, ¿verdad? -preguntó a lady Astwell.
-Victor era un socio -explicó ella-. Fue al África para echarle una ojeada a unas concesiones mineras que interesaban a la sociedad. Es decir... ¿eran mineras, Lily?
-Sí, lady Astwell.
-Eso es. Son minas de... oro o de cobre o de estaño. Tú debes saberlo, Lily, mejor que yo porque recuerdo que hiciste varias preguntas a Ruben. ¡Oh, cuidado, querida! Vas a tirar ese jarrón.
-Hace calor junto al fuego -dijo la muchacha-. ¿Podría... abrir un poco la ventana?
-Como gustes, querida -repuso lady Astwell.
Poirot siguió con la vista a la muchacha cuando fue a abrir la ventana y permaneció un minuto o dos junto a ella aspirando el aire puro de la noche. A su vuelta aguardó a que tomara asiento para interrogar cortésmente:
-Así que, mademoiselle, le interesa el negocio de minas, ¿no es eso?
-Oh, no, nada de eso -repuso Lily con indiferencia-. Me gustaba escuchar las explicaciones de sir Ruben, pero soy profana en la materia.
-Pues si no te interesa finges muy bien -insinuó lady Astwell- porque el pobre Ruben creía que tenías una razón secreta para interrogarle.
Los ojos del detective no se separaron del fuego que contemplaba fijamente. Sin embargo, advirtió el rubor con que la contrariedad tiñó las mejillas de Lily Murgrave y con sumo tacto cambió de conversación. Cuando llegó la hora de dar las buenas noches dijo a la dueña de la casa:
-¿Me permite dos palabras, madame?
Lily Murgrave se eclipsó discretamente y lady Astwell dirigió una mirada de curiosa interrogación al detective. -¿Fue usted la última persona que vio con vida a sir Ruben? -preguntó Poirot.
Lady Astwell afirmó con un gesto. Las lágrimas brotaron de sus ojos y las enjugó apresuradamente con un pañuelo orlado de negro.
-¡Ah, no se aflija, no se aflija, por Dios!
-Perdón, monsieur Poirot. No puedo remediarlo. -Soy un imbécil y la estoy atormentando.
-No, no, de ninguna manera. Prosiga. ¿Qué iba usted a decir?
-Usted entró en la habitación de la Torre a las once en punto y sir Ruben despidió entonces a míster Trefusis; ¿me equivoco?
-No, señor. Así debió ser.
-¿Cuánto rato estuvo haciendo compañía a su marido?
-Eran las doce menos cuarto cuando entré en mi habitación; lo recuerdo porque miré el reloj.
-Lady Astwell, tenga la bondad de decirme sobre qué versó la conversación que sostuvo con su marido.
Lady Astwell se dejó caer en el sofá y prorrumpió en fuertes sollozos.
-Re... ñi... mos -gimió.
-¿Acerca de qué? -dijo insinuante, casi tiernamente, la voz de Poirot.
-Ah... acerca de... muchas cosas. La cosa comenzó por... Lily. Ruben le cobró antipatía sin motivo y decía haberla sorprendido leyendo sus papeles. Quería despedirla; yo le dije que era muy buena y que no se lo consentiría. Entonces comenzó a... chillarme. Pero yo le hice frente. Le dije todo cuanto pensaba de él.
»En el fondo no pensaba nada malo, monsieur Poirot. Estaba ofendida porque dijo que me había sacado del arroyo para casarse conmigo, pero ¿qué importancia tiene eso ahora? Nunca me perdonaré. Le conocía bien, y yo siempre he sostenido que una buena discusión purifica el ambiente. ¿Cómo iba a saber que iban a asesinarle aquella misma noche? ¡Pobre viejo Ruben!
Poirot había escuchado con simpatía el desahogo.
-Le estoy haciendo sufrir -dijo- y le ofrezco mis excusas. Seamos ahora más materialistas, más prácticos, más
precisos. ¿Sigue aferrada a la idea de que míster Trefusis fue quien mató a su marido?
-Mi instinto de mujer -dijo- no me engaña, monsieur Poirot.
-Exactamente, exactamente -repuso el detective¿Cuándo cometió el hecho?
-¿Cuándo? Cuando me separé de Ruben, naturalmente. -Usted le dejó solo a las doce menos cuarto. A las doce menos cinco entró en la habitación míster Leverson. En esos diez minutos de intervalo, ¿cree que pudo matarle el secretario?
-Es muy posible.
-Son tantas cosas posibles... En efecto, pudo cometer el crimen en diez minutos. ¡Oh, sí! Pero ¿lo cometió?
-Él asegura que estaba en la cama y que dormía profundamente. Es natural. Pero ¿quién nos asegura que nos dice la verdad?
-Recuerde que nadie lo vio.
-Todo el mundo dormía a aquella hora -observó lady Astwell con acento triunfante-; ¿cómo quiere usted que le vieran?
-¡Quién sabe! -se dijo Poirot. Breve pausa.
-Eh bien, lady Astwell, le deseo muy buenas noches. George dejó la bandeja del desayuno sobre la mesilla de noche.
-Miss Murgrave, señor, llevaba puesto la noche del crimen un vestido verde claro, de chiffon.
-Gracias, George. Es usted digno de toda confianza. -La tercera doncella de la casa es la que sirve a miss Murgrave, señor. Se llama Gladys.
-Gracias, George.
-No hay para tanto, señor.
-Hace una hermosa mañana -observó Poirot mirando por la ventana-, pero no parece haberse levantado nadie de
la cama. George, mi buen George, iremos los dos a la Torre y allí haremos un pequeño experimento.
-¿Me necesita realmente, señor? -Sí, el experimento no será penoso.
Cuando llegaron a la habitación seguían las cortinas corridas. George iba a descorrerlas, pero Poirot se lo impidió. -Dejaremos la habitación conforme se halla. Encienda la lámpara de pie.
El sirviente obedeció.
-Ahora, mi buen George, siéntese en esa silla. Colóquese en posición adecuada para escribir. Trés bien. Yo cogeré una azagaya, me acercaré a usted de puntillas..., así... y le asestaré un golpe en la cabeza.
-Sí. señor -repuso George.
-¡Ah! Pero cuando se lo aseste no siga escribiendo. Tenga presente que no voy a pegárselo en realidad. No puedo herirle con la misma fuerza que hirió el asesino a sir Ruben. Estamos representando la escena, ¿entiende? Le doy en la cabeza y usted cae... así. Con los brazos colgando y el cuerpo inerte. Permita que le coloque en posición. Pero no, no tense los músculos.
Poirot exhaló un suspiro de impaciencia.
-Me plancha a maravilla los pantalones, George, pero carece en absoluto de imaginación. Levántese, yo ocuparé su lugar.
Y, a su vez, Hércules Poirot se sentó ante la mesa escritorio.
-Voy a escribir. ¿Lo ve? Estoy muy atareado escribiendo. Acérquese por detrás y pégeme en la cabeza con el garrote. ¡Cras! La pluma se me escapa de los dedos, me echo hacia delante, pero no exageradamente, porque la silla es baja, la mesa es alta y además me sostienen los brazos. Haga el favor, George, de acercarse a la puerta, quédese de pie junto a ella y dígame qué es lo que ve.
-¡Ejem!
-¿Bien, George...?
-Le veo, señor, sentado a la mesa.
-¿Sentado a la mesa?
-No distingo con claridad, señor. Es algo difícil -explicó George-, porque estoy lejos de ella y porque la lámpara tiene una pantalla gruesa. ¿Puedo encender la luz del techo, señor?
-¡No, no! -dijo vivamente Poirot-. No se mueva. Yo estoy aquí, inclinado sobre la mesa, y usted, de pie, junto a la puerta. Avance ahora, George, avance y póngame una mano en el hombro.
George obedeció.
-Inclínese un poco, George, como si quisiera sostenerse sobre los pies. Ah! Voilá!
El cuerpo inerte de Hércules Poirot se deslizó, de manera artística, del sillón al suelo.
-Me caigo... así -observó-. Eso es. Está bien imaginado. Ahora hay que llevar a cabo algo mucho más importante.
-¿De veras, señor?
-Sí, desayunarse.
El detective rió con toda su alma celebrando el chiste.
-¡No pasemos por alto el estómago, George!
George guardó silencio. Poirot bajó la escalera riendo entre dientes. Le satisfacía el giro que tomaban las cosas. Después de desayunarse fue en busca de Gladys, la tercera doncella. Le interesaba todo lo que pudiera referirle la muchacha. Además ella le tenía simpatía a Charles, aunque no dudaba de su culpabilidad.
-¡Pobre señor! -dijo-. Es una lástima que no estuviera sereno aquella noche.
-Él y miss Murgrave son los dos habitantes más jóvenes de la casa. ¿Se llevaban bien?
Gladys meneó la cabeza.
-Miss Murgrave le demostraba mucha frialdad -repuso-. No deseaba alentar sus avances.
-Está enamorado de ella, ¿verdad?
-Un poco quizás. El que está loco por miss Lily es míster Victor Astwell.
Gladys rió.
-¡Ah, vraiment!
Gladys volvió a reír.
-Eso es, loquito por ella. Claro, miss Lily es un lirio en realidad. Tiene una bonita figura y un cabello dorado precioso, ¿no le parece?
-Debería ponerse un vestido verde -murmuró Poirot-. El verde les sienta muy bien a las rubias.
-Pero si ya tiene uno, señor -dijo Gladys-. Ahora no lo lleva, como es natural, porque va de luto, pero se lo puso la noche en que mataron a sir Ruben.
-¿Es verde claro?
-Sí, señor, verde claro. Aguarde y se lo enseñaré. Miss Lily acaba de salir de paseo con los perros.
Poirot hizo un gesto de asentimiento. Lo sabía tan bien como la doncella. La verdad era que sólo después de ver marchar a miss Murgrave había ido en busca de Gladys. Ésta se dio prisa en salir de la habitación y a poco volvió con un vestido verde colgado de su percha.
-Exquis! -murmuró uniendo las manos en señal de admiración-. Permítame que lo acerque un momento a la luz. Se lo quitó a Gladys de las manos, le volvió la espalda y corrió a la ventana. Primero se inclinó sobre él y luego lo colocó lejos de su vista.
-Es perfecto -declaró-. Encantador. Un millón de gracias por habérmelo enseñado.
-No se merecen. Todos sabemos que a los franceses les interesan los vestidos femeninos.
-Es usted muy amable -murmuró Poirot.
La siguió un momento con la vista y a continuación se miró las manos y sonrió. En la derecha sostenía un par de tijeras de las uñas; en la izquierda, un pedacito del vestido de chiffon.
-Y ahora -murmuró-, seamos heroicos. Al volver a su departamento llamó a George.
-En el tocador, mi buen George, me he dejado un alfiler de corbata de oro.
-Sí, señor.
-En el lavabo hay una solución de ácido fénico. Haga el favor de sumergir en ella la punta del alfiler.
George hizo lo que le ordenaban. Hacía tiempo que no le asombraban las extravagancias de su amo. Por otra parte estaba acostumbrado a ellas.
-Ya está, señor.
-Trés bien! Ahora, venga. Voy a tenderle el dedo índice; inserte en él la punta del alfiler.
-Perdón, señor. ¿Desea usted que le pinche?
-Sí, lo ha adivinado. Debe sacarme sangre, ¿comprende?, pero no mucha.
George cogió el dedo de su amo. Poirot cerró los ojos y se recostó en el sillón. El ayuda de cámara clavó el alfiler v Poirot profirió un chillido.
-Je vous remercie, George -dijo-. Lo ha hecho demasiado bien.
Y se enjugó el dedo con un pedacito de chiffon que se sacó del bolsillo.
-La operación ha salido estupendamente bien -observó contemplando el resultado-. ¿No le inspira curiosidad, George? Pues, ¡es admirable!
El ayuda de cámara dirigió una ojeada discreta a la ventana.
-Perdón, señor -murmuró-. Un caballero acaba de llegar en coche.
-¡Ah, ah! -Poirot se puso en pie-. El escurridizo míster Victor Astwell. Voy a conseguir trabar amistad con él. Pero el destino quiso que le oyera antes de poder echarle la vista encima.
-¡Cuidado con lo que haces, maldito idiota! Esa caja encierra un cristal en su interior. ¡Maldito sea! Parsons, quítese de en medio. ¡Ponga eso en el suelo, imbécil!
Poirot se dejó escurrir escalera abajo.
Victor era un hombre corpulento y Poirot le dedicó un saludo cortés.
-¿Quién demonios es usted? -rugió el otro. Poirot volvió a saludar.
-Me llamo Hércules Poirot -dijo.
-¡Caramba! Conque Nancy le llamó por fin, ¿no?
Puso una mano en el hombro del detective y le empujó en dirección a la biblioteca.
-No puede figurarse lo que se habla de usted -dijo luego, mirándole de arriba abajo-. Le pido excuse mis recientes palabras, pero el chófer es un perfecto asno y Parsons un idiota que me sacó de quicio. Yo no puedo sufrir a los idiotas. Usted no lo es, ¿verdad, monsieur Poirot?
-Muy equivocados están los que lo suponen -repuso plácidamente el detective.
-¿De verdad? Bueno, de manera que Nancy le ha llamado... Sí, sospecha del secretario. Pero no tiene razón. Trefusis es tan dulce como la leche..., por cierto que la toma en lugar de agua, según creo. Es abstemio. De modo que pierde usted el tiempo.
-Nunca se pierde el tiempo cuando se tiene ocasión de estudiar la naturaleza humana -dijo Poirot tranquilamente. -La naturaleza humana, ¿eh?
Victor le miró y seguidamente se dejó caer en una silla.
-¿Puedo servirle en algo? -interrogó.
-Sí. Dígame por qué discutió con su hermano la noche del crimen.
Victor Astwell meneó la cabeza.
-No tiene nada que ver con el caso -contestó.
-No estoy seguro de ello.
-Tampoco tiene nada que ver con Charles Leverson.
-Lady Astwell cree que Charles no ha cometido el crimen.
-¡Oh, Nancy!
-Trefusis estaba en la habitación -dijo Poirot-, cuando Charles entró en la Torre aquella noche, pero no le vio. Nadie le vio.
-Se equivoca. Le vi yo.
-¿Usted?
-Sí, voy a explicárselo. Ruben le estuvo pinchando y no sin razón, se lo aseguro a usted. Más tarde se metió conmigo y para irritarle resolví apoyar al muchacho. Luego pensé en ir a verle para ponerle al corriente de lo ocurrido. Cuando subí a mi cuarto no me fui en seguida a la cama. En vez de
ello, dejé la puerta entornada, me senté en una silla y me puse a fumar. Mi habitación está en el segundo piso, monsieur Poirot, y la de Charles se halla al lado de la mía.
-Perdón, voy a interrumpirle, ¿duerme míster Trefusis también en el segundo piso?
Astwell hizo un gesto afirmativo.
-Sí, su habitación está un poco más lejos. -¿O sea, más cerca de la escalera? -No, más lejos.
El rostro de Poirot se iluminó, pero sin reparar en aquella luz, míster Victor Astwell prosiguió:
-Decía que aguardé a Charles. A las doce menos cinco, si no me engaño, oí cerrar de golpe la puerta de la calle, pero no vi a Charles por ninguna parte hasta diez minutos después.
Y cuando subió la escalera me di cuenta enseguida de que no estaba en disposición de escucharme.
Victor arqueó las cejas con aire significativo. -Comprendo -murmuró Poirot.
-El pobre diablo se tambaleaba y estaba muy pálido. Entonces atribuí a su estado aquella palidez. Hoy creo que venía de cometer el crimen.
Poirot le dirigió una rápida pregunta.
-¿Oyó algún ruido proviniente de la Torre?
-No, recuerde que me hallaba en el otro extremo de la casa. Las paredes son gruesas y tal vez no lo crea, pero en el lugar donde me hallaba no hubiera oído ni un disparo siquiera suponiendo que se hubiera hecho en el interior de la Torre.
Poirot hizo un gesto de asentimiento.
-Le pregunté si deseaba ayuda -siguió diciendo Astwell-, pero repuso que se encontraba bien, entró solo en su cuarto y cerró la puerta. Yo me desnudé y me metí en la cama.
Poirot miraba pensativo la alfombra.
-¿Se da cuenta de lo que afirma, míster Astwell, y de la importancia de su declaración?
-Sí, supongo que sí. ¿Por qué? ¿Qué importancia le atribuye?
-Fíjese en que acaba de decir que, entre el portazo de la puerta de la calle y la aparición en la escalera de míster Leverson, transcurrieron diez minutos. Su sobrino asegura, si mal no recuerdo, que tan pronto entró en la casa se fue a dormir. Pero aún hay más. Admito que la acusación de lady Astwell es fantástica aun cuando hasta ahora no se haya demostrado su inverosimilitud. Pero la declaración de usted implica una coartada.
-¿Cómo es eso?
-Lady Astwell dice que dejó a su marido a las doce menos cuarto y que el secretario se fue a dormir a las once. De manera que únicamente pudo cometerse el crimen entre las doce y cuarto y el regreso de Charles Leverson. Ahora bien: si como asegura usted estuvo sentado y con la puerta abi

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