De.licio.us Dada
Archivo Septiembre 2009

Por arkaiko
 

Alejandro Dumas - La Hermosa Vampirizada




      Yo soy polaca, nacida en Sandomir,vale decir en un país donde las
     leyendas se tornan artículos de fe, donde creemos en las tradiciones de
     familia como y —acaso más que— en el Evangelio. No hay castillo entre
     nosotros que no tenga su espectro, ni una cabaña que no tenga su genio
     familiar. En la casa del rico como en la del pobre, en el castillo como en
     la cabaña, se reconoce el principio amigo y el principio enemigo.
      A veces estos dos principios entran en lucha y se combaten. Entonces se
     escuchan ruidos tan misteriosos en los corredores, rugidos tan horrendos
     en las antiguas torres, sacudidas tan formidables en las murallas, que los
     habitantes huyen de la cabaña como del castillo, y aldeanos y nobles
     corren a la iglesia en procura de la cruz bendita o de las santas
     reliquias, únicos resguardos contra los demonios que nos atormentan. Pero
     otros dos principios más terribles aún, más furiosos e implacables, se
     encuentren allí enfrentados: la tiranía y la libertad.
      El año 1825 vio empeñarse entre Rusia y Polonia una de esas luchas en las
     cuales creyérase agotada toda la sangre de un pueblo, como a menudo se
     agota la sangre de una familia entera. Mi padre y mis dos hermanos,
     rebelados contra el nuevo zar, habían ido a alinearse bajo la bandera de
     la independencia polaca, postrada siempre, siempre renacida. Un día supe
     que mi hermano menor había sido muerto; otro día me anunciaron que mi
     hermano mayor estaba mortalmente herido; y por fin, después de una jornada
     angustiosa, durante la cual yo había escuchado aterrorizada el tronar
     siempre más cercano del cañón, vi llegar a mi padre con un centenar de
     soldados de a caballo, residuo de tres mil hombres que él comandaba.
     Había venido a encerrarse en nuestro castillo con la intención de
     sepultarse bajo sus ruinas. Mientras no temía nada por él, temblaba por
     mí. Y en efecto, para él era único riesgo la muerte, porque estaba
     segurísimo de no caer vivo en manos del enemigo; pero a mí me amenazaba la
     esclavitud, el deshonor, la vergüenza. Mi padre escogió diez hombres entre
     los cien que le quedaban, llamó al intendente, le hizo entrega de cuanto
     dinero y objetos preciosos poseíamos y, recordando que —en ocasión de la
     segunda división de Polonia— mi madre, casi niña aún, había encontrado un
     asilo inaccesible en el monasterio de Sabastru, situado en medio de los
     montes Cárpatos, le ordenó conducirme a aquel monasterio que abriría a la
     hija, como hacía tiempo a la madre, sus hospitalarias puertas.
      A despecho del gran amor que mi padre alimentaba por mí, nuestros saludos
     no fueron largos. Según todas las probabilidades, los rusos debían llegar
     el día siguiente a la vista del castillo, por lo que no había tiempo que
     perder. Me puse de prisa un vestido de amazona, con el que solía acompañar
     a mis hermanos en la caza. Me trajeron ensillado el mejor caballo de la
     cuadra; mi padre me puso en los bolsillos del arzón sus propias pistolas,
     obras maestras de las fábricas de Tula, me abrazó y dio la orden de
     partida.
     Durante aquella noche y el día siguiente recorrimos veinte leguas,
     costeando uno de esos ríos sin nombre que desembocan en el Vístula. Esta
     primer doble etapa nos había sustraído al peligro de caer en manos de los
     rusos. El sol se dirigía al tramonto, cuando vimos brillar las nevadas
     cimas de los Cárpatos.
      Hacia la noche del día siguiente llegamos a su pie: al fin, en la mañana
     del tercer día, comenzamos a avanzar por una de sus gargantas. Nuestros
     Cárpatos no se parecen a los fértiles montes de vuestro occidente. Cuanto
     la naturaleza tiene de extraordinario y grandioso se presenta allí en toda
     su majestad. Sus tempestuosas cumbres se pierden en las nubes cubiertas de
     eternas nieves; sus inmensos bosques de abetos se inclinan sobre el terso
     espejo de lagos que por su vastedad semejan mares; y de aquellos lagos,
     jamás navecilla alguna ha surcado sus ondas, jamás redes de pescadores
     turbaron su cristal profundo como el azul del cielo; apenas, de tiempo en
     tiempo, resuena allí la voz humana, haciendo escuchar un canto moldavo al
     que contestan los gritos de los animales selváticos: y cantos y gritos van
     a desvelar algún solitario eco, atónito de que un ruido cualquiera le haya
     revelado su propia existencia. Por millas y millas se viaja allí bajo la
     umbría bóveda de los bosques entrecruzados de las inesperadas maravillas
     que la soledad nos descubre a cada instante, y que hacen pasar nuestro
     ánimo del estupor a la admiración. Ahí doquiera hay peligro, y el peligro
     se compone de mil riesgos diversos; pero no se tiene tiempo para
     atemorizarse, tan sublimes son aquellos riesgos. Aquí hay alguna cascada a
     la que dio origen imprevistamente la licuefacción de los hielos y que,
     saltando de roca en roca, invade de pronto el angosto sendero que se
     recorre, trazado por el paso de las fieras en fuga y del cazador que las
     persigue; allí hay árboles minados por el tiempo, que se desprenden del
     suelo y se derrumban con horrible estrépito semejante al de un terremoto;
     en otra parte, en fin, son los huracanes los que os envuelven de nubes, en
     medio de las cuales se ve centellear, extenderse y contorsionarse el
     relámpago, como sierpe inflamada. Luego, tras de haber superado aquellas
     moles agrestes, aquellos bosques primitivos, tras de encontraros en medio
     de gigantescas montañas y bosques interminables, os veis ante inmensos
     páramos, como mares que tienen también sus ondas y sus tempestades, áridas
     y gibosas estepas, donde la vista se pierde en un horizonte sin límite.
     Entonces no es terror lo que experimentáis, sino una triste y profunda
     melancolía, de la cual nada hay que pueda distraeros, porque el aspecto de
     la región, por lejos que se alargue vuestra mirada, es siempre el mismo.
     Ascended o descended las cien veces iguales pendientes, buscando en vano
     un camino trazado: al hallaros tan perdidos en aquel aislamiento, en medio
     de desiertos, os creéis solos en la naturaleza, y vuestra melancolía se
     convierte en desolación. Os parece inútil caminar más adelante, porque no
     veis una meta para vuestros pasos; no encontráis una aldea, ni un
     castillo, ni una cabaña, ni en suma vestigio de humana morada. Sólo de
     cuando en cuando, como una tristeza más en aquella región melancólica, un
     pequeño lago sin cañas, sin arbustos, dormido en el fondo de un barranco,
     casi otro mar Muerto, os cierra el camino con sus verdes aguas, sobre las
     cuales se levantan al acercaros algunas aves acuáticas de gritos
     prolongados y discordantes. Rodead ese lago, trasponed el collado que está
     delante de vosotros, descended a otro valle, superad otra colina, y así
     sucesivamente, hasta que hayáis llegado a los comienzos de la cadena de
     montes que van siempre disminuyendo más. Pero si al concluir esa cadena os
     volvéis hacia el mediodía, la región recobra un carácter majestuoso, se os
     presenta una naturaleza más grandiosa y descubriréis otra cadena de
     montañas más altas, de forma más pintoresca, de más rica vegetación, toda
     cubierta de espesos bosques, toda surcada de arroyos: con la sombra y con
     el agua renace también la vida en aquella comarca; se escucha ya el tañido
     de la campana de una ermita, y sobre el flanco de aquella montaña se ve
     serpentear una caravana. Por fin, a los últimos rayos del sol poniente se
     perciben desde lejos, a guisa de bandada de pájaros blancos, apoyándose
     las unas en las otras, las casas de una aldea, que parece se hubieran
     agrupado en cierto modo para defenderse de un asalto nocturno; pues con la
     vida ha vuelto el peligro: aquí no se luchará con osos y lobos, como en
     aquella altas montañas, sino con hordas de bandidos moldavos.
     Entretanto nos acercábamos a nuestra meta. Diez días de camino habían
     transcurrido sin ningún incidente. Ya distinguíamos la cumbre del monte
     Pion, que se eleva sobre toda aquella familia de gigantes, y sobre cuya
     vertiente meridional está situado el convento de Sabastru al cual yo me
     trasladaba. Tres días más, y nos hallábamos al término de nuestro viaje.
     Eran los últimos días de julio. Habíamos tenido una jornada muy cálida, y
     hacia las cuatro respirábamos con ansioso deleite las primeras brisas del
     atardecer. Habíamos dejado atrás hacía poco las torres ruinosas de
     Niantzo. Bajábamos a una llanura que empezábamos a ver a través de una
     hendidura de la montaña.
      Desde el sitio donde estábamos, ya podíamos seguir con la vista el curso
     del Bistriza, de riberas esmaltadas de bermejeantes viñedos y de altas
     campánulas de flores blancas. Bordeábamos un abismo en cuyo fondo corría
     el río, que en aquel lugar tenía apenas forma de torrente, y nuestras
     cabalgaduras tenían escaso espacio para caminar dos de frente. Nos
     precedía un guía, quien, inclinado de flanco sobre la grupa de su caballo,
     cantaba una canción morlaca, cuyas palabras seguía con singular atención.
     El cantor era también al mismo tiempo el poeta. Necesitaría ser uno de
     aquellos montañeses para poder expresarnos la melancolía de su canción con
     su salvaje tristeza, con toda su profunda sencillez. Las palabras de la
     canción eran poco más o menos las siguientes:
     "¡Ved allí ese cadáver en la palude de Stavila, donde corriera tanta
     sangre de guerreros! No es un hijo de Iliria, no; es un feroz bandido, que
     después de haber engañado a la gentil María, robó, exterminó, incendió.
     "Rauda como el relámpago una bala ha venido a atravesar el corazón del
     bandido; un yatagán le ha tronchado el cuello. Pero, oh misterio, después
     de tres días, su sangre, tibia aún, riega la tierra bajo el pino tétrico y
     solitario y ennegrece el pálido Ovigan.
     "Sus ojos turquíes brillan siempre; huyamos, huyamos: guay de quien pase
     por la palude cerca de él: ¡es un vampiro! El feroz lobo se aleja del
     impuro cadáver, y el fúnebre buitre huye al monte de calvo frontis."
     De pronto se oyó la detonación de un arma de fuego y el silbar de una
     bala. La canción quedó interrumpida, y el guía, herido de muerte,
     precipitóse al abismo, mientras su caballo se detenía temblando y
     tendiendo la inteligente testa hacia el fondo del precipicio, donde
     desapareciera su dueño. Al mismo tiempo, se levantó por los aires un grito
     estridente, y sobre los flancos de la montaña vimos aparecer una treintena
     de bandidos: estábamos completamente rodeados. Cada uno de los nuestros
     empuñó un arma, y bien que tomados inopinadamente, mis acompañantes, como
     que eran viejos soldados avezados al fuego, no se dejaron intimidar, y se
     pusieron en guardia. Yo misma, dando el ejemplo, empuñé una pistola, y
     conociendo bien cuán desventajosa era nuestra situación, grité:
     ¡Adelante!, y di con la espuela a mi caballo que se lanzó a toda carrera
     hacia la llanura. Pero teníamos que vérnosla con montañeses que brincaban
     de roca en roca como verdaderos demonios de los abismos, que aun saltando,
     hacían fuego, manteniendo a nuestros flancos la posición tomada. Por lo
     demás, nuestro plan había sido previsto. En un punto donde el camino se
     ensanchaba y la montaña se allanaba un poco, aguardaba nuestro paso un
     joven a la cabeza de diez hombres a caballo. Cuando nos vieron, pusieron
     al galope sus cabalgaduras, y nos asaltaron de frente, mientras aquellos
     que nos perseguían bajaban saltando en gran cantidad, y cortada de tal
     modo nuestra retirada, nos rodeaban por todas partes.
     La situación era grave y sin embargo, acostumbrada desde niña a las
     escenas de guerra, pude apreciarla sin que se me escapara una sola
     circunstancia. Todos aquellos hombres, vestidos de pieles de carnero,
     llevaban inmensos sombreros redondos, coronados de flores naturales al
     modo de los húngaros. Cada uno de ellos manejaba un largo fusil turco, que
     agitaban vivamente luego de haber disparado, dando gritos salvajes, y en
     la cintura portaba un sable corvo y dos pistolas. Su jefe era un joven de
     apenas veintidós años, de tez pálida, de ojos negros y cabellos
     ensortijados y cayéndole sobre las espaldas. Vestía la casaca moldava
     guarnecida de piel y ajustada al cuerpo por una faja con listas de oro y
     seda. En su mano resplandecía un sable corvo, y en su cintura relucían
     cuatro pistolas. Durante la lucha daba gritos roncos e inarticulados que
     parecían no pertenecer al habla humana, y sin embargo eran una eficaz
     expresión de sus deseos, pues a aquellos gritos obedecían todos sus
     hombres, ora echándose a tierra boca abajo para esquivar nuestras
     descargas, ora levantándose para disparar a su vez, haciendo caer a
     aquellos de nosotros que aún estaban de pie, matando a los heridos,
     haciendo en suma de la lucha una carnicería. Yo había visto caer uno
     después del otro los dos tercios de mis defensores. Cuatro estaban aún
     ilesos y se apretaban a mi alrededor, no pidiendo una gracia que tenían la
     certidumbre de no conseguir, y pensando sólo en vender la vida lo más cara
     que fuese posible. Entonces el joven jefe dio un grito más expresivo que
     los anteriores, tendiendo la punta de su sable hacia nosotros. En verdad
     aquella orden significaba que debía rodearse nuestro último grupo de un
     cerco de fuego y fusilarnos a todos juntos, pues de un golpe vimos
     apuntarnos todos aquellos largos mosquetes.
     Comprendí, que había llegado la hora final. Alcé los ojos y las manos al
     cielo, murmurando una última plegaria, y aguardé la muerte. En ese
     instante vi, no descender sino precipitarse de peña en pena, un joven que
     se detuvo enhiesto sobre una roca que dominaba la escena, semejante a una
     estatua en un pedestal, y, extendiendo la mano hacia el campo de batalla,
     pronunció esta sola palabra: "¡Basta!" Todas las miradas se volvieron a
     esa voz, y cada uno pareció obedecer al nuevo amo. Sólo un bandido apuntó
     de nuevo su fusil e hizo el disparo. Uno de nuestros hombres dio un grito;
     la bala le había roto el brazo izquierdo. Se volvió al punto para lanzarse
     sobre el que le hiriera, pero aún no había hecho cuatro pasos su caballo,
     que un relámpago brilló por encima de nosotros y el bandido rebelde cayó
     herido por una bala en la cabeza... Tantas y tan diversas emociones habían
     acabado mis fuerza; me desvanecí. Cuando recobré los sentidos, me hallé
     acostada sobre la hierba, con la cabeza apoyada en las rodillas de un
     hombre, de quien no veía sino la mano blanca y cubierta de anillos
     rodeándome el cuerpo, mientras ante mí estaba parado, de brazos cruzados y
     la espada bajo la axila, el joven jefe moldavo que dirigiera el asalto
     contra nosotros. "Kostaki", decía en francés y con gesto autoritario el
     que me sostenía, "haced que vuestros hombres se retiren de inmediato, y
     dejadme el cuidado de esta joven. "Hermano, hermano", respondió aquel a
     quien eran dirigidas tales palabras, y que parecía contenerse con
     esfuerzo, "cuídate de no cansar mi paciencia; yo os dejo el castillo,
     dejadme a mí el bosque. En el castillo vos sois el amo, pero aquí yo soy
     todopoderoso. Aquí me bastaría una sola palabra para obligaros a
     obedecerme". "Kostaki, yo soy el mayor; lo que quiere decir que soy amo en
     todas partes, así en el bosque como en el castillo, allá y aquí. Como a
     vos, me corre por las venas la sangre de los Brankovan, sangre real que
     tiene el hábito de mandar, y yo mando." "Mandad a vuestros servidores,
     Gregoriska, no a mis soldados." "Vuestros soldados son bandidos,
     Kostaki... bandidos que haré ahorcar en las almenas de nuestras torres si
     no me obedecen al instante." "Bien, probad de darles una orden."
     Sentí entonces que quien me sostenía retiraba su rodilla, y colocaba
     suavemente mi cabeza sobre una piedra.
     Le seguí ansiosa con la mirada, y pude examinar a aquel joven, que cayera,
     por así decirlo, del cielo en medio de la refriega, y que yo había podido
     ver apenas, estando desmayada, mientras aparecía a punto en escena. Era un
     joven de veinticuatro años, de alta estatura y con dos grandes ojos
     celestes y resplandecientes como el relámpago, en los que se leía una
     extraordinaria decisión y firmeza. Los largos cabellos rubios, indicio de
     la estirpe eslava, le caían sobre las espaldas como los del arcángel
     Miguel, circundando dos mejillas rubicundas y frescas; sus labios
     realzados por una sonrisa desdeñosa, dejaban ver una doble hilera de
     perlas. Vestía una especie de túnica de velludo negro, calzones ceñidos a
     las piernas y botas bordadas; en la cabeza tenía un gorro puntiagudo
     ornado de una pluma de águila; en la cintura portaba un cuchillo de caza,
     y al hombro una pequeña carabina de dos caños, cuya precisión había
     aprendido a apreciar uno de los bandidos. Extendió la mano, y con ese
     gesto imperioso pareció imponerse hasta a su hermano. Pronunció algunas
     palabras en lengua moldava, las cuales parecieron causar profunda
     impresión sobre los bandidos. Entonces, a su vez, habló en la misma lengua
     el joven jefe, y me pareció que su discurso estaba lleno de amenazas y de
     imprecaciones. A aquel largo y vehemente discurso el hermano mayor
     contestó con una sola palabra. Los bandidos se sometieron; hizo un gesto,
     y los bandidos se sometieron; hizo un gesto, y los bandidos se reunieron
     detrás de nosotros.
     "¡Bien! Sea, pues, Gregoriska", dijo Kostaki volviendo a hablar en
     francés. "Esta mujer no irá a la caverna, pero no por ello será menos mía.
     La encuentro hermosa, la he conquistado yo y la quiero yo." Así diciendo,
     se lanzó él hacia mí, y me levantó entre sus brazos. "Esta mujer será
     llevada al castillo y entregada a mi madre, yo no la abandonaré", dijo mi
     protector. "¡Mi caballo!", gritó Kostaki en lengua moldava. Varios
     bandidos se apresuraron a obedecer, condujeron a su señor la cabalgadura
     pedida... Gregoriska miró en torno, asió las bridas de un caballo sin
     dueño, y saltó a la silla sin tocar los estribos. Kostaki, bien que me
     tenía aún apretada entre sus brazos, montó en la silla casi tan ágilmente
     como su hermano, y partió a todo galope. El caballo de Gregoriska pareció
     haber recibido el mismo impulso y fue a ponerse pegado al flanco y al
     pescuezo del corcel de Kostaki. Extraño de verse eran aquellos dos
     caballeros que volaban el uno junto al otro, taciturnos, silenciosos, sin
     perderse de vista un solo instante, aun cuando aparentaran no mirarse, y
     se entregaban por entero a sus cabalgaduras, cuya impetuosa carrera los
     llevaba a través de bosques, rocas y precipicios.
     Tenía la cabeza caída, y esto me permitía ver los bellos ojos de
     Gregoriska fijos en mí. Kostaki lo advirtió, me levantó la cabeza, y ya no
     vi más que su tétrica mirada devorándome. Bajé los párpados, pero en vano;
     a través de su velo, veía no obstante siempre aquella mirada
     relampagueante que me penetraba hasta las vísceras y me punzaba el
     corazón. Entonces me acaeció una extraña alucinación; parecíame ser la
     Leonora de la balada de Bürger, llevada por el caballo y el caballero
     fantasmas, y cuando sentí que se me cerraban abrí los ojos amedrentada,
     tan persuadida estaba de ver alrededor mío sólo cruces rotas y tumbas
     abiertas. Vi algo un poco más alegre; era el patio interno de un castillo
     moldavo construido en el siglo décimocuarto.
     Kostaki me dejó resbalar a tierra, bajando casi en seguida después que yo;
     pero, por rápido que hubiera sido su acto, Gregoriska le había precedido.
     Como lo dijera, en el castillo él era el amo. Al ver llegar a los dos
     jóvenes y a la extranjera que llevaban con ellos, acudieron los
     servidores; pero, aunque dividieron sus diligencias entre Kostaki y
     Gregoriska, aparecía claro que los mayores miramientos, el respeto más
     profundo eran para el segundo. Se aproximaron dos mujeres, Gregoriska les
     dio una orden en lengua moldava, y con la mano me indicó que la siguiera.
     La mirada que acompañaba aquel gesto era tan respetuosa que yo no vacilé
     absolutamente en obedecerle. Cinco minutos después me encontraba en una
     cámara que, aun cuando pudiera parecer desnuda y triste a una persona de
     menos fácil contentamiento, era sin embargo evidentemente la más hermosa
     del castillo. Una gran habitación cuadrada, con una especie de diván de
     sayal verde, asiento de día, lecho de noche. Había también allí cinco o
     seis sillones de encina, un inmenso cofre, y en un ángulo un trono
     semejante a una gran silla de coro.
      No había que hablar de cortinas en las ventanas y en el lecho. A los
     costados de la escalera que llevaba a aquella cámara, erguíanse, dentro de
     nichos, tres estatuas de los Brankovan de tamaño superior al natural. Al
     poco rato trajeron nuestros bagajes, entre los cuales se encontraban
     también mis maletas. Las mujeres me ofrecieron sus servicios. Pero no
     obstante, reparando el desorden que lo sucedido causara en mi tocado,
     conservé mi vestimenta de amazona, la cual, más que cualquier otra,
     acordaba con el modo de vestir de mis huéspedes. Apenas había hecho los
     pocos cambios necesarios en mis ropas, cuando oí golpear levemente en la
     puerta.
      "Adelante", dije en francés, siendo esta lengua para nosotros los
     polacos, como sabéis, casi una segunda lengua materna. Entró Gregoriska.
     "¡Ah! señora, cuánto me complace que habléis francés." "Y yo también",
     respondí, "estoy contenta de saber esta lengua, porque de tal modo he
     podido, gracias a este hecho, apreciar toda la generosidad de vuestra
     conducta conmigo. En esa lengua vos me defendisteis de los designios de
     vuestro hermano, y en esa lengua os ofrezco yo la expresión de mi sincero
     reconocimiento". "Os lo agradezco, señora. Era cosa muy natural que me
     preocupara de una mujer que se encontraba en vuestra situación. Andaba de
     caza por los montes, cuando llegaron a mi oído algunas detonaciones
     anormales y continuas; comprendí que se trataba de un asalto a mano
     armada, y marché al encuentro del fuego, como decimos nosotros en términos
     guerreros. A Dios gracias, llegué a tiempo, pero ¿sería tal vez demasiado
     atrevido si os preguntara, oh señora, por cuál motivo una mujer de alto
     linaje, como lo sois vos, se ha visto reducida a aventurarse en nuestros
     montes?" "Yo soy polaca", le contesté: "Mis dos hermanos sucumbieron, no
     ha mucho, en la guerra contra Rusia; mi padre, a quien dejé yo mientras se
     preparaba a defender su castillo, sin duda se les ha reunido ya a esta
     hora, y yo, huyendo por orden de mi padre, de todos aquellos estragos, iba
     en busca de refugio al monasterio de Sabastru, donde mi madre, en su
     juventud y en circunstancias semejantes, había encontrado asilo seguro."
     "Sois enemiga de los rusos, tanto mejor", dijo el joven; "este título os
     será poderosa ayuda en el castillo, y nosotros necesitaremos de todas
     nuestras fuerzas para sostener la lucha que se prepara. Pero ante todo,
     señora, pues que yo sé quién sois vos, sabed también quiénes somos
     nosotros: el nombre de los Brankovan no os es desconocido, ¿verdad,
     señora?" Yo me incliné. "Mi madre es la última princesa de este nombre, la
     última descendiente del ilustre jefe mandado matar por los Cantimir, los
     viles cortesanos de Pedro I. Casó en primeras nupcias con mi padre, Serban
     Waivady, príncipe también él, pero de estirpe menos ilustre. Mi padre
     había sido educado en Viena, y allí pudo apreciar las ventajas de la
     civilización. Decidió hacer de mí un europeo. Partimos para Francia,
     Italia, España y Alemania. Mi madre —no le toca a un hijo, lo sé, narraros
     lo que os diré, pero, ya que por nuestra salvación es necesario que nos
     conozcamos bien, reconoceréis justos los motivos de esta revelación— mi
     madre, digo, que durante los primeros viajes de mi padre, mientras era yo
     aún niño, había tenido culpables relaciones con un jefe de parciales (que
     con tal nombre, agregó sonriendo Gregoriska, se llaman en este país a los
     hombres por quienes fuisteis agredida), cierto conde Giordaki Koproli,
     medio griego y medio moldavo, escribió a mi padre confesándole todo y
     pidiéndole el divorcio, apoyando su demanda en que no quería ella, una
     Brankovan, continuar siendo por más tiempo mujer de un hombre que se
     tornaba día a día más extranjero a su patria. ¡Ay! Mi padre no tuvo
     necesidad de dar su asentimiento a esa petición, que os podrá parecer
     extraña, pero entre nosotros es cosa muy natural. Él había muerto de un
     aneurisma que desde mucho tiempo le atormentaba, y la carta de mi madre la
     recibí yo. A mí ahora no me quedaba otra cosa que hacer votos sinceros por
     la felicidad de mi madre, y le escribí una carta, en la que le comunicaba
     estos votos míos junto con la noticia de su viudez. En aquella carta le
     pedía también permiso para poder continuar mis viajes, que me fue
     concedido. Tenía yo la firme intención de establecerme en Francia o
     Alemania para no encontrarme cara a cara con un hombre que aborrecía, y
     que no podía amar, quiero decir al marido de mi madre; cuando he aquí,
     que, de improviso, vine a saber que el conde Giordaki Koproli había sido
     asesinado, según decires, por los viejos cosacos de mi padre. Amaba yo
     demasiado a mi madre para no apresurarme a regresar a la patria,
     comprendía su aislamiento y la necesidad en que debía encontrarse de tener
     junto a ella en tales circunstancias las personas que podían serle
     queridas. Aun cuando ella nunca se hubiera mostrado muy tierna conmigo,
     era su hijo. Una mañana llegué inesperadamente al castillo de mis padres.
     Allí encontré un joven, a quien al principio tomé por un extranjero, pero
     luego supe que era mi hermano. Era Kostaki, el hijo del adulterio,
     legitimado por un segundo matrimonio; Kostaki, la indomable criatura que
     visteis, para quien son leyes sólo sus pasiones, que nada tiene por
     sagrado aquí abajo fuera de su madre, que me obedece como la tigresa
     obedece al brazo que la ha domado, pero rugiendo por siempre, en la vaga
     esperanza de poder devorarme un día. En el interior del castillo, en el
     hogar de los Brakovan y de los Waivady, yo soy aún el amo; pero fuera de
     este recinto, en la abierta campiña, él se convierte en el salvaje hijo de
     los bosques y de los montes, que quiere doblegarlo todo bajo su férrea
     voluntad. Cómo hoy él y sus hombres hicieron para ceder, no lo sé; quizá
     por antigua costumbre, o por un resto de respeto que me tienen. Pero no
     quisiera arriesgar otra prueba. Permaneced aquí, no salgáis de esta
     cámara, del patio, del castillo en suma, y respondo de todo; si dais un
     paso fuera del castillo, no puedo prometeros otra cosa que hacerme matar
     por defenderos."
      "¿No podré entonces", dije yo, "según el deseo de mi padre, continuar el
     viaje hacia el convento de Sabastru?" "Obrad, intentad, ordenad, yo os
     acompañaré, pero quedaré en mitad del camino, y vos... vos ciertamente no
     alcanzaréis la meta de vuestro viaje." "Pero ¿qué hacer, entonces?"
     "Quedaros aquí, aguardar, tomar consejo de los hechos y aprovechar las
     circunstancias. Suponeos haber caído en una caverna de bandidos, y que
     sólo vuestro valor podrá sacaros del apuro, vuestra calma salvaros. Mi
     madre, a despecho de la preferencia que concede a Kostaki, hijo de su
     amor, es buena y generosa. Por otra parte, es una Brankovan, vale decir
     una verdadera princesa. La veréis: ella os defenderá de las brutales
     pasiones de Kostaki. Poneos bajo la protección de ella: sed cortés, os
     amará. Y en realidad (agregó él con expresión indefinible), ¿quién podría
     veros y no amaros? Venid ahora al comedor donde mi madre os espera. No
     demostréis fastidio ni desconfianza: hablad polaco: aquí nadie conoce esta
     lengua; yo traduciré a mi madre vuestras palabras, y estáos tranquila, que
     sólo diré aquello que sea conveniente decir. Sobre todo ni una palabra de
     cuanto os he revelado: nadie debe sospechar que estamos de acuerdo. Vos no
     sabéis aún de cuanta astucia y disimulación es capaz el más sincero de
     entre nosotros. Venid."
      Le seguí por la escalera iluminada de antorchas de resina ardiendo,
     puestas dentro de manos de hierro que sobresalían del muro. Era evidente
     que aquella insólita iluminación había sido dispuesta para mí. Llegamos al
     comedor. Apenas Gregoriska hubo abierto la puerta de aquella sala, y
     pronunciado en el umbral una palabra en lengua moldava, que después supe
     significaba la extranjera, vino a nuestro encuentro una mujer de alta
     estatura. Era la princesa Brankovan. Tenía cabellos blancos entrelazados
     alrededor de la cabeza, la cual estaba cubierta de un gorro de cibelina,
     ornado de un penacho, signo de su origen principesco. Vestía una especie
     de túnica de brocado, el corpiño sembrado de piedras preciosas,
     sobrepuesta a una larga hopalanda de estofa turca, guarnecida de piel
     igual a la del gorro. Tenía en la mano un rosario de cuentas de ámbar, que
     hacía correr rápidamente entre los dedos. Junto a ella estaba Kostaki,
     vestido con el espléndido y majestuoso traje magiar, en el cual me pareció
     aún más extraño. Su traje estaba compuesto de una sobrevesta de velludo
     negro, de ancha mangas, que le caía hasta debajo de la rodilla, calzones
     de casimir rojo, y los largos cabellos de color negro tirando a azulado le
     caían sobre el cuello desnudo, rodeado solamente por la orla blanca de una
     fina camisa de seda. Me saludó torpemente, y pronunció en moldavo algunas
     palabras para mí ininteligibles.
      "Podéis hablar en francés, hermano mío", dijo Gregoriska; "la señora es
     polaca y comprende esta lengua".
      Entonces Kostaki dijo en francés algunas palabras casi tan
     incomprensibles para mí como las que pronunciara en moldavo; pero la
     madre, tendiendo gravemente el brazo, interrumpió a los dos hermanos.
     Aparecía claro que intimaba a sus hijos que esperaran a que sólo ella me
     recibiera. Comenzó entonces en lengua moldava un discurso de cumplimiento,
     al cual la movilidad de sus facciones daba un sentido fácil de explicarse.
     Me indicó la mesa, me ofreció una silla cerca de ella, señaló con un gesto
     la casa toda, como diciendo que estaba a mi disposición, y, sentándose
     antes que los demás con benévola dignidad, hizo la señal de la cruz y
     pronunció una plegaria. Entonces cada uno ocupó su lugar propio,
     establecido por la etiqueta, Gregoriska cerca de mí. Como extranjera, yo
     había determinado que a Kostaki le tocara el puesto de honor junto a su
     madre Smeranda. Así se llamaba la condesa. También Gregoriska había mudado
     de vestimenta. Llevaba él igualmente la túnica magiar y los calzones de
     casimir, pero aquélla de color granate y estos turquíes. Tenía colgada del
     cuello una espléndida condecoración, el nisciam del sultán Mahmud. Los
     otros comensales de la casa cenaban en la misma mesa, cada uno en el sitio
     que le correspondía según el grado que ocupaba entre los amigos o los
     servidores. La cena fue triste: Kostaki no me dirigió nunca la palabra, si
     bien su hermano tuvo siempre la atención de hablarme en francés. La madre
     me ofrecía de todo con sus propias manos con ese ademán solemne que le era
     natural; Gregoriska había dicho la verdad: era una verdadera princesa.
     Luego de la cena, Gregoriska se acercó a su madre, y le explicó en lengua
     moldava el deseo que yo debía tener de estar sola, y cuán necesario que
     sería el reposo después de las emociones de aquella jornada. Smeranda hizo
     un gesto de aprobación, me tendió la mano, me besó en la frente, como lo
     hubiera hecho con una hija suya, y me deseó buena noche en su castillo.
     Gregoriska no se había engañado: yo ansiaba ardientemente aquel instante
     de soledad. Agradecí por eso a la princesa, quien me condujo hasta la
     puerta, donde me esperaban las dos mujeres que antes ya me acompañaran en
     mi cámara. Saludado que hube a la madre y a los dos hijos, volví a mi
     aposento, de donde saliera una hora antes.
      El sofá estaba transformado en lecho. Otros cambios no se habían hecho.
     Agradecí a las mujeres: les hice comprender que me desvestiría sola, y
     ellas salieron en seguida con mil testimonios de respeto que querían
     significar tener órdenes de obedecerme en todo y por todo. Quedé sola en
     aquella inmensa cámara, que mi candela podía alumbrar apenas en parte. Era
     un singular juego de luces, una especie de lucha entre el resplandor
     trémulo de mi cirio y los rayos de la luna que pasaban a través de la
     ventana sin cortinados. Además de la puerta por la que entrara, y que caía
     sobre la escalera, habían otras dos en la cámara; pero sus gruesos
     cerrojos, que se cerraban por dentro, bastaban para tranquilizarme. Miré
     la puerta de entrada; también ella tenía medios de defensa. Abrí la
     ventana: daba sobre un abismo. Comprendí que Grigoriska había elegido
     aquella cámara calculadamente. De vuelta por fin a mi sofá, encontré sobre
     una mesita puesta junto a la cabecera una tarjeta doblada. La abrí y leí
     en polaco: Dormid tranquila: nada tenéis que temer mientras permanezcáis
     en el interior del castillo. Seguí el buen consejo, y como el cansancio
     vencía sobre las preocupaciones que me tenían desazonada, me acosté y en
     seguida me dormí.
       Desde aquel momento quedaba fijada mi permanencia en el castillo y tenía
     principio el drama que voy a narraros.
      Los dos hermanos se enamoraron de mí, cada uno según su propia índole.
     Kostaki me confesó de improviso al día siguiente que me amaba, y declaró
     que sería suya y no de otro, y que me mataría antes que cederme a
     quienquiera que fuese. Gregoriska no me dijo nada, pero se mostró lleno de
     amor y de consideraciones conmigo. Para complacerme puso en práctica todos
     los medios de su refinada educación, todos los recuerdos de una juventud
     transcurrida en la más nobles Cortes de Europa. ¡Ay! No era cosa tan
     difícil pues ya el primer sonido de su voz me había acariciado el alma, y
     ya su primera mirada me había serenado el corazón. Al cabo de tres meses
     Kostaki me había repetido cien veces que me amaba, y yo le odiaba;
     Gregoriska aun no me había dicho una palabra de amor y yo sentía que
     cuando él lo deseara sería toda suya.
      Kostaki había renunciado a sus incursiones. Encerrado siempre en el
     castillo, había cedido momentáneamente el mando a un lugarteniente, quién
     de cuando en cuando venía a pedirle órdenes, y en seguida desaparecía.
     También Smeranda había concebido por mí una amistad apasionada, cuyas
     expresiones me causaban temor. Protegía ella visiblemente a Kostaki, y
     parecía celosa de mí más aún de lo que él lo fuera. Pero como no hablaba
     polaco ni francés, y yo no comprendía el moldavo, ella no tenía modo de
     insistir ante mí en favor de su hijo predilecto. Había sin embargo
     aprendido a decir en francés unas palabras que me repetía siempre cuando
     posaba sus labios en mi frente: —¡Kostaki ama a Edvige!...—
     Un día recibí una noticia horrible que colmó mi desventura. Los cuatro
     hombres sobrevivientes al combate habían sido puestos en libertad y
     regresado a Polonia, prometiendo que uno de ellos, antes de que pasaran
     tres meses, volvería para darme noticias de mi padre. En efecto, una
     mañana se presentó de nuevo uno de ellos. Nuestro castillo había sido
     tomado, incendiado, destruido, y mi padre se había hecho matar
     defendiéndolo. En adelante estaba sola en el mundo. Kostaki redobló sus
     insinuaciones, y Smeranda sus ternuras; pero esta vez aduje como pretexto
     mi duelo por la muerte de mi padre. Kostaki insistió diciendo que cuanto
     más sola me encontraba tanto más necesidad tenía de apoyo, y su madre
     insistió al par y acaso más que él.
      Gregoriska me había hablado del poder que los moldavos tienen sobre sí
     mismos, cuando no quieren que otros lean en su corazón. Él era un vivo
     ejemplo de ello. Estaba segurísima de su amor, y sin embargo, si alguien
     me hubiera preguntado en qué prueba se fundaba tal certidumbre, me habría
     sido imposible decirlo: nadie en el castillo había visto nunca que su mano
     tocara la mía, o que sus ojos buscaran los míos. Sólo los celos podían
     hacer clara a Kostaki la rivalidad del hermano, como sólo el amor que
     alimentaba yo por Gregoriska podía hacerme claro su amor. Sin embargo, lo
     confieso, me inquietaba mucho aquel poder de Gregoriska sobre sí mismo. Yo
     tenía fe en él, pero no bastaba; necesitaba ser convencida; cuando he aquí
     que una noche, de vuelta apenas en mi cámara, oí golpear levemente a una
     de las dos puertas que se cerraban por dentro. Por el modo de golpear
     adiviné que era una llamada amiga. Me acerqué, preguntando quién estaba
     allí.
      "Gregoriska", contestó una voz cuyo acento no podía engañarme. "¿Qué
     queréis de mí?", le pregunté toda temblorosa. "Si tenéis fe en mí", dijo
     Gregoriska, "si me creéis hombre de honor, ¿me permitís una pregunta?"
     "¿Cuál?" "Apagad la luz como si os hubierais acostado, y de aquí en media
     hora, abridme esta puerta." "Volved dentro de media hora...", fue mi única
     respuesta.
       Apagué la luz, y aguardé. El corazón me palpitaba con violencia, pues
     comprendía yo que se trataba de un hecho importante. Transcurrió la media
     hora: oí golpear más levemente aún que la primera vez. Durante el
     intervalo había descorrido los cerrojos; no me quedaba pues sino abrir la
     puerta, Gregoriska entró, y sin que me dijera, cerré la puerta tras él y
     eché los cerrojos. Él permaneció un instante mudo e inmóvil, imponiéndome
     silencio con el gesto. Luego, cuando estuvo seguro de que ningún peligro
     nos amenazaba por el momento, me llevó al centro de la vasta cámara, y
     sintiendo, por mi temblor, que no habría podido sostenerme de pie, me
     buscó una silla. Me senté o más bien me dejé caer sobre el asiento.
      "¡Dios mío!", le dije; "¿qué hay de nuevo, o por qué tantas
     precauciones?" "Porque mi vida, que no contaría para nada, y acaso también
     la vuestra, dependen de la conversación que tendremos."
      Amedrentada, le aferré una mano. Se la llevó él a los labios, mirándome
     como si quisiera pedir excusas por tanta audacia. Bajé yo los ojos, era un
     tácito consentimiento.
      "Yo os amo", me dijo con aquella voz melodiosa como un canto; "¿me amáis
     vos?" "Sí", le respondí. "¿Y consentiréis en ser mi mujer?" "Sí."
      Llevó la mano a la frente con profunda expresión de felicidad. "Entonces,
     ¿no rehusaréis seguirme?" "Os seguiré doquiera." "Pues comprenderéis bien
     que no podemos ser felices sino huyendo de estos lugares."
      "¡Oh sí! Huyamos", exclamé. "¡Silencio", dijo él estremeciéndose,
     "¡Silencio!" "Tenéis razón." Y me le acerqué toda tremante. "Escuchad lo
     que he hecho", continuó Gregoriska; "escuchad por qué he estado tanto
     tiempo sin confesaros que os amaba. Quería yo, cuando estuviera seguro de
     vuestro amor, que nadie pudiera oponerse a nuestra unión. Yo soy rico,
     querida Edvige, inmensamente rico, pero como lo son los señores moldavos:
     rico en tierras, en ganados, en servidores. Ahora bien, he vendido por un
     millón, tierras, rebaños y campesinos al monasterio de Hango. Me han dado
     trescientos mil francos en muchas piedras preciosas, cien mil francos en
     oro, el resto en letras de cambio sobre Viena. ¿Os bastará un millón?" Le
     apreté la mano. "Me hubiera bastado vuestro amor, Gregoriska, juzgadlo
     vos." "¡Bien! Escuchad; mañana voy al monasterio de Hango para tomar mis
     últimas disposiciones con el superior. Él me tiene listos caballos que nos
     esperarán de las nueve de la mañana en adelante ocultos a cien pasos de
     castillo. Después de la cena, subiréis de nuevo como hoy a vuestra cámara;
     como hoy apagaréis la luz; como hoy entraré yo en vuestro aposento. Pero
     mañana, en vez de salir solo vos me seguiréis, saldremos por la puerta que
     da sobre los campos, encontraremos los caballos, montaremos, y pasado
     mañana por la mañana habremos recorrido treinta leguas. —¡Oh! ¡Por qué no
     será ya pasado mañana!— ¡Querida Edvige!"
      Gregoriska me apretó sobre el corazón, y nuestros labios se encontraron.
     ¡Oh! Lo había dicho él, yo había abierto la puerta de mi cámara a un
     hombre de honor; pero comprendió bien que si no le pertenecía en cuerpo le
     pertenecía en alma. Transcurrió la noche sin que pudiera cerrar los ojos.
     Me veía huir con Gregoriska, me sentía transportada por él como ya lo
     había sido por Kostaki: sólo que aquella carrera terrible, espantable,
     fúnebre, se trocaba ahora en un apuro suave y delicioso, al que la
     velocidad del movimiento agregaba deleite, pues también el movimiento
     veloz tiene un deleite propio... Nació el día. Bajé. Parecióme que el
     ademán con que me saludó Kostaki era aún más tétrico que de costumbre. Su
     sonrisa era irónica y amenazadora. Smeranda no me pareció cambiada.
     Durante la colación, Gregoriska ordenó sus caballos. Parecía que Kostaki
     no pusiera ni la mínima atención en aquella orden. Hacia loas once,
     Gregoriska nos saludó, anunciando que estaría de regreso recién a la
     noche, y rogando a su madre que no le esperase a cenar: después, volvióse
     hacia mí y rogóme quisiera admitir sus excusas.
      Salió. La mirada de su hermano le siguió hasta cuando dejó la cámara, y
     en ese momento le brotó de los ojos un tal relámpago de odio que me
     estremecí. Podéis imaginaros con qué inquietud pasé aquel día.  A nadie
     había confiado nuestros designios, a duras penas le hablé a Dios de ello
     en mis plegarias, y parecíame que todos los conocieran, que cada mirada
     puesta en mí pudiera penetrar y leer en lo íntimo de mi corazón... La cena
     fue un suplicio; hosco y taciturno, Kostaki, por costumbre, hablaba
     raramente: esta vez no dijo más que dos o tres palabras en moldavo a su
     madre, y siempre con tal acento que hacía estremecer. Cuando me levanté
     para subir a mi aposento, Smeranda, como de ordinario, me abrazó, y al
     abrazarme repitió aquella frase que desde ya ocho días no le saliera de la
     boca: ¡Kostaki ama a Edvige!
      Esta frase me siguió como una amenaza hasta mi cámara, y aun allí
     parecíame que una voz fatal me susurrase al oído: ¡Kostaki ama a Edvige!
     Ahora el amor de Kostaki, me lo había dicho Gregoriska, equivalía a la
     muerte. Hacia las siete de la noche vi a Kostaki atravesar el patio. Se
     volvió para verme, pero me aparté para que no pudiera descubrirme. Estaba
     inquieta, pues por cuanto podía yo ver desde mi ventana, me parecía que él
     iba directamente hacia la caballeriza. Me arriesgué a correr los cerrojos
     de una de las puertas internas de mi cámara y pasar a la cámara vecina,
     desde donde podía ver todo lo que él estaba por hacer. Dirigíase, en
     efecto, hacia la caballeriza, y cuando hubo llegado a ella sacó él mismo
     su caballo favorito, ensillándolo de su propia mano con el cuidado de un
     hombre que da la mayor importancia a cada detalle. Vestía el mismo traje
     que cuando se me apareciera la vez primera, pero no llevaba otra arma que
     el sable. Cuando hubo ensillado el caballo, miró otra vez hacia la ventana
     de mi cámara. No habiéndome visto, saltó sobre la silla, se hizo abrir la
     misma puerta por la que saliera y debía volver su hermano, y se alejó a
     todo galope en dirección del monasterio de Hango. Se me apretó entonces
     terriblemente el corazón; un fatal presentimiento me decía que Kostaki iba
     al encuentro de su hermano. Estuve a la ventana hasta cuando pude
     distinguir el camino que, a un cuarto de legua de distancia del castillo,
     hacía un recodo a la izquierda y se perdía en el comienzo de un bosque.
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