Jonathan Swift
Viajes de Gulliver
*
Primera Parte
Un viaje a Liliput
*
Capítulo 1
*
El autor da algunas referencias de sí y de su familia y de sus primeras inclinaciones a
viajar. Naufraga, se salva a nado y toma tierra en el país de Liliput, donde es hecho
prisionero e internado...
Mi padre tenía una pequeña hacienda en Nottinghamshire. De cinco hijos, yo era el
tercero. Me mandó al Colegio Emanuel, de Cambridge, teniendo yo catorce años, y allí
residí tres, seriamente aplicado a mis estudios; pero como mi sostenimiento, aun siendo mi
pensión muy corta, representaba una carga demasiado grande para una tan reducida fortuna,
entré de aprendiz con míster James Bates, eminente cirujano de Londres, con quien estuve
cuatro años, y con pequeñas cantidades que mi padre me enviaba de vez en cuando fuí
aprendiendo navegación y otras partes de las Matemáticas, útiles a quien ha de viajar, pues
siempre creí que, más tarde o más temprano, viajar sería mi suerte. Cuando dejé a míster
Bates, volví al lado de mi padre; allí, con su ayuda, la de mi tío Juan y la de algún otro
pariente, conseguí cuarenta libras y la promesa de treinta al año para mi sostenimiento en
Leida. En este último punto estudié Física dos años y siete meses, seguro de que me sería
útil en largas travesías.
Poco después de mi regreso de Leida, por recomendación de mi buen maestro míster
Bates, me coloqué de médico en el Swallow, barco mandado por el capitán Abraham
Panell, con quien en tres años y medio hice un viaje o dos a Oriente y varios a otros puntos.
Al volver decidí establecerme en Londres, propósito en que me animó míster Bates, mi
maestro, por quien fuí recomendado a algunos clientes. Alquilé parte de una casa pequeña
en la Old Jewry; y como me aconsejasen tomar estado, me casé con mistress Mary Burton,
hija segunda de míster Edmund Burton, vendedor de medias de Newgate Street, y con ella
recibí cuatrocientas libras como dote.
Pero como mi buen maestro Bates murió dos años después, y yo tenía pocos amigos,
empezó a decaer mi negocio; porque mi conciencia me impedía imitar la mala práctica de
tantos y tantos entre mis colegas. Así, consulté con mi mujer y con algún amigo, y
determiné volverme al mar. Fui médico sucesivamente en dos barcos y durante seis años
hice varios viajes a las Indias Orientales y Occidentales, lo cual me permitió aumentar algo
mi fortuna. Empleaba mis horas de ocio en leer a los mejores autores antiguos y modernos,
y a este propósito siempre llevaba buen repuesto de libros conmigo; y cuando
desembarcábamos, en observar las costumbres e inclinaciones de los naturales, así como en
aprender su lengua, para lo que me daba gran facilidad la firmeza de mi memoria.
El último de estos viajes no fue muy afortunado; me aburrí del mar y quise quedarme en
casa con mi mujer y demás familia. Me trasladé de la Old Jewry a Fatter Lane y de aquí a
Wapping, esperando encontrar clientela entre los marineros; pero no me salieron las
cuentas. Llevaba tres años de aguardar que cambiaran las cosas, cuando acepté un
ventajoso ofrecimiento del capitán William Pritchard, patrón del Antelope, que iba a
emprender un viaje al mar del Sur. Nos hicimos a la mar en Bristol el 4 de mayo de 1699, y
la travesía al principio fue muy próspera.
No sería oportuno, por varias razones, molestar al lector con los detalles de nuestras
aventuras en aquellas aguas. Baste decirle que en la travesía a las Indias Orientales fuimos
arrojados por una violenta tempestad al noroeste de la tierra de Van Diemen. Según
observaciones, nos encontrábamos a treinta grados, dos minutos de latitud Sur. De nuestra
tripulación murieron doce hombres, a causa del trabajo excesivo y la mala alimentación, y
el resto se encontraba en situación deplorable. El 15 de noviembre, que es el principio del
verano en aquellas regiones, los marineros columbraron entre la espesa niebla que reinaba
una roca a obra de medio cable de distancia del barco; pero el viento era tan fuerte, que no
pudimos evitar que nos arrastrase y estrellase contra ella al momento. Seis tripulantes, yo
entre ellos, que habíamos lanzado el bote a la mar, maniobramos para apartarnos del barco
y de la roca. Remamos, según mi cálculo, unas tres leguas, hasta que nos fue imposible
seguir, exhaustos como estábamos ya por el esfuerzo sostenido mientras estuvimos en el
barco. Así, que nos entregamos a merced de las olas, y al cabo de una media hora una
violenta ráfaga del Norte volcó la barca. Lo que fuera de mis compañeros del bote, como de
aquellos que se salvasen en la roca o de los que quedaran en el buque, nada puedo decir;
pero supongo que perecerían todos. En cuanto a mí, nadé a la ventura, empujado por viento
y marea. A menudo alargaba las piernas hacia abajo, sin encontrar fondo; pero cuando
estaba casi agotado y me era imposible luchar más, hice pie. Por entonces la tormenta había
amainado mucho.
El declive era tan pequeño, que anduve cerca de una milla para llegar a la playa, lo que
conseguí, según mi cuenta, a eso de las ocho de la noche. Avancé después tierra adentro
cerca de media milla, sin descubrir señal alguna de casas ni habitantes; caso de haberlos, yo
estaba en tan miserable condición que no podía advertirlo. Me encontraba cansado en
extremo, y con esto, más lo caluroso del tiempo y la media pinta de aguardiente que me
había bebido al abandonar el barco, sentí que me ganaba el sueño. Me tendí en la hierba,
que era muy corta y suave, y dormí más profundamente que recordaba haber dormido en mi
vida, y durante unas nueve horas, según pude ver, pues al despertarme amanecía. Intenté
levantarme, pero no pude moverme; me había echado de espaldas y me encontraba los
brazos y las piernas fuertemente amarrados a ambos lados del terreno, y mi cabello, largo y
fuerte, atado del mismo modo. Asimismo, sentía varias delgadas ligaduras que me cruzaban
el cuerpo desde debajo de los brazos hasta los muslos. Soló podía mirar hacia arriba; el sol
empezaba a calentar y su luz me ofendía los ojos. Oía yo a mi alrededor un ruido confuso;
pero la postura en que yacía solamente me dejaba ver el cielo. Al poco tiempo sentí
moverse sobre mi pierna izquierda algo vivo, que, avanzando lentamente, me pasó sobre el
pecho y me llegó casi hasta la barbilla; forzando la mirada hacia abajo cuanto pude, advertí
que se trataba de una criatura humana cuya altura no llegaba a seis pulgadas, con arco y
flecha en las manos y carcaj a la espalda. En tanto, sentí que lo menos cuarenta de la misma
especie, según mis conjeturas, seguían al primero. Estaba yo en extremo asombrado, y rugí
tan fuerte, que todos ellos huyeron hacia atrás con terror; algunos, según me dijeron
después, resultaron heridos de las caídas que sufrieron al saltar de mis costados a la arena.
No obstante, volvieron pronto, y uno de ellos, que se arriesgó hasta el punto de mirarme de
lleno la cara, levantando los brazos y los ojos con extremos de admiración, exclamó con
una voz chillona, aunque bien distinta: Hekinah degul. Los demás repitieron las mismas
palabras varias veces; pero yo entonces no sabía lo que querían decir. El lector me creerá si
le digo que este rato fue para mí de gran molestia. Finalmente, luchando por libertarme,
tuve la fortuna de romper los cordeles y arrancar las estaquillas que me sujetaban a tierra el
brazo izquierdo -pues llevándomelo sobre la cara descubrí el arbitrio de que se habían
valido para atarme-, y al mismo tiempo, con un fuerte tirón que me produjo grandes
dolores, aflojé algo las cuerdecillas que me sujetaban los cabellos por el lado izquierdo, de
modo que pude volver la cabeza unas dos pulgadas. Pero aquellas criaturas huyeron otra
vez antes de que yo pudiera atraparlas.
Sucedido esto, se produjo un enorme vocerío en tono agudísimo, y cuando hubo cesado,
oí que uno gritaba con gran fuerza: Tolpo phonac. Al instante sentí más de cien flechas
descargadas contra mi mano izquierda, que me pinchaban como otras tantas agujas; y
además hicieron otra descarga al aire, al modo en que en Europa lanzamos por elevación las
bombas, de la cual muchas flechas me cayeron sobre el cuerpo -por lo que supongo, aunque
yo no las noté- y algunas en la cara, que yo me apresuré a cubrirme con la mano izquierda.
Cuando pasó este chaparrón de flechas oí lamentaciones de aflicción y sentimiento; y hacía
yo nuevos esfuerzos por desatarme, cuando me largaron otra andanada mayor que la
primera, y algunos, armados de lanzas, intentaron pincharme en los costados. Por fortuna,
llevaba un chaleco de ante que no pudieron atravesar.
Juzgué el partido más prudente estarme quieto acostado; y era mi designio permanecer
así hasta la noche, cuando, con la mano izquierda ya desatada, podría libertarme fácilmente.
En cuanto a los habitantes, tenía razones para creer que yo sería suficiente adversario para
el mayor ejército que pudieran arrojar sobre mí, si todos ellos eran del tamaño de los que yo
había visto. Pero la suerte dispuso de mí en otro modo. Cuando la gente observó que me
estaba quieto, ya no disparó más flechas; pero por el ruido que oía conocí que la multitud
había aumentado, y a unas cuatro yardas de mí, hacia mi oreja derecha, oí por más de una
hora un golpear como de gentes que trabajasen. Volviendo la cabeza en esta dirección tanto
cuanto me lo permitían las estaquillas y los cordeles, vi un tablado que levantaba de la
tierra cosa de pie y medio, capaz para sostener a cuatro de los naturales, con dos o tres
escaleras de mano para subir; desde allí, uno de ellos, que parecía persona de calidad,
pronunció un largo discurso, del que yo no comprendí una sílaba.
Olvidaba consignar que esta persona principal, antes de comenzar su oración, exclamó
tres veces: Langro dehul san. (Estas palabras y las anteriores me fueron después repetidas y
explicadas.) Inmediatamente después, unos cincuenta moradores se llegaron a mí y cortaron
las cuerdas que me sujetaban al lado izquierdo de la cabeza, gracias a lo cual pude
volverme a la derecha y observar la persona y el ademán del que iba a hablar. Parecía el tal
de mediana edad y más alto que cualquiera de los otros tres que le acompañaban, de los
cuales uno era un paje que le sostenía la cola, y aparentaba ser algo mayor que mi dedo
medio, y los otros dos estaban de pie, uno a cada lado, dándole asistencia. Accionaba como
un consumado orador y pude distinguir en su discurso muchos períodos de amenaza y otros
de promesas, piedad y cortesía. Yo contesté en pocas palabras, pero del modo más sumiso,
alzando la mano izquierda, y los ojos hacia el sol, como quien lo pone por testigo; y como
estaba casi muerto de hambre, pues no había probado bocado desde muchas horas antes de
dejar el buque, sentí con tal rigor las demandas de la Naturaleza, que no pude dejar de
mostrar mi impaciencia -quizá contraviniendo las estrictas reglas del buen tono -
llevándome el dedo repetidamente a la boca para dar a entender que necesitaba alimento. El
hurgo -así llaman ellos a los grandes señores, según supe después- me comprendió muy
bien. Bajó del tablado y ordenó que se apoyasen en mis costados varias escaleras; más de
un centenar de habitantes subieron por ellas y caminaron hacia mi boca cargados con cestas
llenas de carne, que habían sido dispuestas y enviadas allí por orden del rey a la primera
seña que hice. Observé que era la carne de varios animales, pero no pude distinguirlos por
el gusto. Había brazuelos, piernas y lomos formados como los de carnero y muy bien
sazonados, pero más pequeños que alas de calandria. Yo me comía dos o tres de cada
bocado y me tomé de una vez tres panecillos aproximadamente del tamaño de balas de
fusil. Me abastecían como podían buenamente, dando mil muestra de asombro y maravilla
por mi corpulencia y mi apetito. Hice luego seña de que me diesen de beber. Por mi modo
de comer juzgaron que no me bastaría una pequeña cantidad, y como eran gentes
ingeniosísimas, pusieron en pie con gran destreza uno de sus mayores barriles y después lo
rodaron hacia mi mano y le arrancaron la parte superior; me lo bebí de un trago, lo que bien
pude hacer, puesto que no contenía media pinta, y sabía como una especie de vinillo de
Burgundy, aunque mucho menos sabroso. Trajéronme un segundo barril, que me bebí de la
misma manera, e hice señas pidiendo más; pero no había ya ninguno que darme. Cuando
hube realizado estos prodigios, dieron gritos de alborozo y bailaron sobre mi pecho,
repitiendo varias veces, como al principio hicieron: Hekinah degul. Me dieron a entender
que echase abajo los dos barriles, después de haber avisado a la gente que se quitase de en
medio gritándole: Borach mivola; y cuando vieron por el aire los toneles estalló un grito
general de: Hekinah degul. Confieso que a menudo estuve tentado, cuando andaban
paseándoseme por el cuerpo arriba y abajo, de agarrar a los primeros cuarenta o cincuenta
que se me pusieran al alcance de la mano y estrellarlos contra el suelo; pero el recuerdo de
lo que había tenido que sufrir, y que probablemente no era lo peor que de ellos se podía
temer, y la promesa que por mi honor les había hecho -pues así interpretaba yo mismo mi
sumisa conducta-, disiparon pronto esas ideas. Además, ya entonces me consideraba
obligado por las leyes de la hospitalidad a una gente que me había tratado con tal
esplendidez y magnificencia. No obstante, para mis adentros no acababa de maravillarme
de la intrepidez de estos diminutos mortales que osaban subirse y pasearse por mi cuerpo
teniendo yo una mano libre, sin temblar solamente a la vista de una criatura tan
desmesurada como yo debía de parecerles a ellos. Después de algún tiempo, cuando
observaron que ya no pedía más de comer, se presentó ante mí una persona de alto rango en
nombre de Su Majestad Imperial. Su Excelencia, que había subido por la canilla de mi
pierna derecha, se me adelantó hasta la cara con una docena de su comitiva, y sacando sus
credenciales con el sello real, que me acercó mucho a los ojos, habló durante diez minutos
sin señales de enfado, pero con tono de firme resolución. Frecuentemente, apuntaba hacia
adelante, o sea, según luego supe, hacia la capital, adonde Su Majestad, en consejo, había
decidido que se me condujese. Contesté con algunas palabras, que de nada sirvieron, y con
la mano desatada hice seña indicando la otra -claro que por encima de la cabeza de Su
Excelencia, ante el temor de hacerle daño a él o a su séquito-, y luego la cabeza y el cuerpo,
para dar a entender que deseaba la libertad. Parece que él me comprendió bastante bien,
porque movió la cabeza a modo de desaprobación y colocó la mano en posición que me
descubría que había de llevárseme como prisionero. No obstante, añadió otras señas para
hacerme comprender que se me daría de comer y beber en cantidad suficiente y buen trato.
Con esto intenté una vez más romper mis ligaduras; pero cuando volví a sentir el escozor de
las flechas en la cara y en las manos, que tenía llenas de ampollas, sobre las que iban a
clavarse nuevos dardos, y también cuando observé que el número de mis enemigos había
crecido, hice demostraciones de que podían disponer de mí a su talante. Entonces el hurgo
y su acompañamiento se apartaron con mucha cortesía y placentero continente. Poco
después oí una gritería general, en que se repetían frecuentemente las palabras Peplom
Selan y noté que a mi izquierda numerosos grupos aflojaban los cordeles, a tal punto que
pude volverme hacia la derecha. Antes me habían untado la cara y las dos manos con una
especie de ungüento de olor muy agradable y que en pocos minutos me quitó por completo
el escozor causado por las flechas. Estas circunstancias, unidas al refresco de que me
habían servido las viandas y la bebida, que eran muy nutritivas, me predispusieron al sueño.
Dormí unas ocho horas, según me aseguraron después; y no es de extrañar, porque los
médicos, de orden del emperador, habían echado una poción narcótica en los toneles de
vino.
A lo que parece, en el mismo momento en que me encontraron durmiendo en el suelo,
después de haber llegado a tierra, se había enviado rápidamente noticia con un propio al
emperador, y éste determinó en consejo que yo fuese atado en el modo que he referido -lo
que fue realizado por la noche, mientras yo dormía-, que se me enviase carne y bebida en
abundancia y que se preparase una máquina para llevarme a la capital.
Esta resolución quizá parezca temeraria, y estoy cierto de que no sería imitada por
ningún príncipe de Europa en caso análogo; sin embargo, a mi juicio, era en extremo
prudente, al mismo tiempo que generosa. Suponiendo que esta gente se hubiera arrojado a
matarme con sus lanzas y sus flechas mientras dormía, yo me hubiese despertado
seguramente a la primera sensación de escozor, sensación que podía haber excitado mi
cólera y mi fuerza hasta el punto de hacerme capaz de romper los cordeles con que estaba
sujeto, después de lo cual, e impotentes ellos para resistir, no hubiesen podido esperar
merced.
Estas gentes son excelentísimos matemáticos, y han llegado a una gran perfección en las
artes mecánicas con el amparo y el estímulo del emperador, que es un famoso protector de
la ciencia. Este príncipe tiene varias máquinas montadas sobre ruedas para el transporte de
árboles y otros grandes pesos. Muchas veces construye sus mayores buques de guerra, de
los cuales algunos tienen hasta nueve pies de largo, en los mismos bosques donde se
producen las maderas, y luego los hace llevar en estos ingenios tres o cuatrocientas yardas,
hasta el mar. Quinientos carpinteros e ingenieros se pusieron inmediatamente a la obra para
disponerla mayor de las máquinas hasta entonces construida. Consistía en un tablero
levantado tres pulgadas del suelo, de unos siete pies de largo y cuatro de ancho, y que se
movía sobre veintidós ruedas. Los gritos que oí eran ocasionados por la llegada de esta
máquina, que, según parece, emprendió la marcha cuatro horas después de haber pisado yo
tierra. La colocaron paralela a mí; pero la principal dificultad era alzarme y colocarme en
este vehículo. Ochenta vigas, de un pie de alto cada una, fueron erigidas para este fin, y
cuerdas muy fuertes, del grueso de bramantes, fueron sujetas con garfios a numerosas fajas
con que los trabajadores me habían rodeado el cuello, las manos, el cuerpo y las piernas.
Novecientos hombres de los más robustos tiraron de estas cuerdas por medio de poleas
fijadas en las vigas, y así, en menos de tres horas, fui levantado, puesto sobre la máquina y
en ella atado fuertemente. Todo esto me lo contaron, porque mientras se hizo esta operación
yacía yo en profundo sueño, debido a la fuerza de aquel medicamento soporífero echado en
el vino. Mil quinientos de los mayores caballos del emperador, altos, de cuatro pulgadas y
media, se emplearon para llevarme hacia la metrópolis, que, como ya he dicho, estaba a
media milla de distancia.
Hacía unas cuatro horas que habíamos empezado nuestro viaje, cuando vino a
despertarme un accidente ridículo. Habiéndose detenido el carro un rato para reparar no sé
qué avería, dos o tres jóvenes naturales tuvieron la curiosidad de recrearse en mi aspecto
durante el sueño; se subieron a la máquina y avanzaron muy sigilosamente hasta mi cara.
Uno de ellos, oficial de la guardia, me metió la punta de su chuzo por la ventana izquierda
de la nariz hasta buena altura, el cual me cosquilleó como una paja y me hizo estornudar
violentamente. En seguida se escabulleron sin ser descubiertos, y hasta tres semanas
después no conocí yo la causa de haberme despertado tan de repente.
Hicimos una larga marcha en lo que quedaba del día y descansé por la noche, con
quinientos guardias a cada lado, la mitad con antorchas y la otra mitad con arcos y flechas,
dispuestos a asaetearme si se me ocurría moverme. A la mañana, siguiente, al salir el sol,
seguimos nuestra marcha, y hacia el mediodía estábamos a doscientas yardas de las puertas
de la ciudad. El emperador y toda su corte nos salieron al encuentro; pero los altos
funcionarios no quisieron de ninguna manera consentir que Su Majestad pusiera en peligro
su persona subiéndose sobre mi cuerpo.
En el sitio donde se paró el carruaje había un templo antiguo, tenido por el más grande
de todo el reino, y que, mancillado algunos años hacía por un bárbaro asesinato cometido
en él, fue, según cumplía al celo religioso de aquellas gentes, cerrado como profano. Se
destinaba desde entonces a usos comunes, y se habían sacado de él todos los ornamentos y
todo el moblaje. En este edificio se había dispuesto que yo me alojara. La gran puerta que
daba al Norte tenía cuatro pies de alta y cerca de dos de ancha. Así que yo podía deslizarme
por ella fácilmente. A cada lado de la puerta había una ventanita, a no más que seis
pulgadas del suelo. Por la de la izquierda, el herrero del rey pasó noventa y una cadenas
como las que llevan las señoras en Europa para el reloj, y casi tan grandes, las cuales me
ciñeron a la pierna izquierda, cerradas con treinta y seis candados. Frente a este templo, al
otro lado de la gran carretera, a veinte pies de distancia, había una torrecilla de lo menos
cinco pies de alta. A ella subió el emperador con muchos principales caballeros de su corte
para aprovechar la oportunidad de verme, según me contaron, porque yo no los distinguía a
ellos. Se advirtió que más de cien mil habitantes salían de la ciudad con el mismo proyecto,
y, a pesar de mis guardias, seguramente no fueron menos de diez mil los que en varias
veces subieron a mi cuerpo con ayuda de escaleras de mano. Pero pronto se publicó un
edicto prohibiéndolo bajo pena de muerte.
Cuando los trabajadores creyeron que ya me sería imposible desencadenarme, cortaron
todas las cuerdas que me ligaban, y acto seguido me levanté en el estado más melancólico
en que en mi vida me había encontrado. El ruido y el asombro de la gente al verme levantar
y andar no pueden describirse. Las cadenas que me sujetaban la pierna izquierda eran de
unas dos yardas de largo, y no sólo me dejaban libertad para andar hacia atrás y hacia
adelante en semicírculo, sino que también, como estaban fijas a cuatro pulgadas de la
puerta, me permitían entrar por ella deslizándome y tumbarme a la larga en el templo.
Viajes de Gulliver
*
Primera Parte
Un viaje a Liliput
*
Capítulo 1
*
El autor da algunas referencias de sí y de su familia y de sus primeras inclinaciones a
viajar. Naufraga, se salva a nado y toma tierra en el país de Liliput, donde es hecho
prisionero e internado...
Mi padre tenía una pequeña hacienda en Nottinghamshire. De cinco hijos, yo era el
tercero. Me mandó al Colegio Emanuel, de Cambridge, teniendo yo catorce años, y allí
residí tres, seriamente aplicado a mis estudios; pero como mi sostenimiento, aun siendo mi
pensión muy corta, representaba una carga demasiado grande para una tan reducida fortuna,
entré de aprendiz con míster James Bates, eminente cirujano de Londres, con quien estuve
cuatro años, y con pequeñas cantidades que mi padre me enviaba de vez en cuando fuí
aprendiendo navegación y otras partes de las Matemáticas, útiles a quien ha de viajar, pues
siempre creí que, más tarde o más temprano, viajar sería mi suerte. Cuando dejé a míster
Bates, volví al lado de mi padre; allí, con su ayuda, la de mi tío Juan y la de algún otro
pariente, conseguí cuarenta libras y la promesa de treinta al año para mi sostenimiento en
Leida. En este último punto estudié Física dos años y siete meses, seguro de que me sería
útil en largas travesías.
Poco después de mi regreso de Leida, por recomendación de mi buen maestro míster
Bates, me coloqué de médico en el Swallow, barco mandado por el capitán Abraham
Panell, con quien en tres años y medio hice un viaje o dos a Oriente y varios a otros puntos.
Al volver decidí establecerme en Londres, propósito en que me animó míster Bates, mi
maestro, por quien fuí recomendado a algunos clientes. Alquilé parte de una casa pequeña
en la Old Jewry; y como me aconsejasen tomar estado, me casé con mistress Mary Burton,
hija segunda de míster Edmund Burton, vendedor de medias de Newgate Street, y con ella
recibí cuatrocientas libras como dote.
Pero como mi buen maestro Bates murió dos años después, y yo tenía pocos amigos,
empezó a decaer mi negocio; porque mi conciencia me impedía imitar la mala práctica de
tantos y tantos entre mis colegas. Así, consulté con mi mujer y con algún amigo, y
determiné volverme al mar. Fui médico sucesivamente en dos barcos y durante seis años
hice varios viajes a las Indias Orientales y Occidentales, lo cual me permitió aumentar algo
mi fortuna. Empleaba mis horas de ocio en leer a los mejores autores antiguos y modernos,
y a este propósito siempre llevaba buen repuesto de libros conmigo; y cuando
desembarcábamos, en observar las costumbres e inclinaciones de los naturales, así como en
aprender su lengua, para lo que me daba gran facilidad la firmeza de mi memoria.
El último de estos viajes no fue muy afortunado; me aburrí del mar y quise quedarme en
casa con mi mujer y demás familia. Me trasladé de la Old Jewry a Fatter Lane y de aquí a
Wapping, esperando encontrar clientela entre los marineros; pero no me salieron las
cuentas. Llevaba tres años de aguardar que cambiaran las cosas, cuando acepté un
ventajoso ofrecimiento del capitán William Pritchard, patrón del Antelope, que iba a
emprender un viaje al mar del Sur. Nos hicimos a la mar en Bristol el 4 de mayo de 1699, y
la travesía al principio fue muy próspera.
No sería oportuno, por varias razones, molestar al lector con los detalles de nuestras
aventuras en aquellas aguas. Baste decirle que en la travesía a las Indias Orientales fuimos
arrojados por una violenta tempestad al noroeste de la tierra de Van Diemen. Según
observaciones, nos encontrábamos a treinta grados, dos minutos de latitud Sur. De nuestra
tripulación murieron doce hombres, a causa del trabajo excesivo y la mala alimentación, y
el resto se encontraba en situación deplorable. El 15 de noviembre, que es el principio del
verano en aquellas regiones, los marineros columbraron entre la espesa niebla que reinaba
una roca a obra de medio cable de distancia del barco; pero el viento era tan fuerte, que no
pudimos evitar que nos arrastrase y estrellase contra ella al momento. Seis tripulantes, yo
entre ellos, que habíamos lanzado el bote a la mar, maniobramos para apartarnos del barco
y de la roca. Remamos, según mi cálculo, unas tres leguas, hasta que nos fue imposible
seguir, exhaustos como estábamos ya por el esfuerzo sostenido mientras estuvimos en el
barco. Así, que nos entregamos a merced de las olas, y al cabo de una media hora una
violenta ráfaga del Norte volcó la barca. Lo que fuera de mis compañeros del bote, como de
aquellos que se salvasen en la roca o de los que quedaran en el buque, nada puedo decir;
pero supongo que perecerían todos. En cuanto a mí, nadé a la ventura, empujado por viento
y marea. A menudo alargaba las piernas hacia abajo, sin encontrar fondo; pero cuando
estaba casi agotado y me era imposible luchar más, hice pie. Por entonces la tormenta había
amainado mucho.
El declive era tan pequeño, que anduve cerca de una milla para llegar a la playa, lo que
conseguí, según mi cuenta, a eso de las ocho de la noche. Avancé después tierra adentro
cerca de media milla, sin descubrir señal alguna de casas ni habitantes; caso de haberlos, yo
estaba en tan miserable condición que no podía advertirlo. Me encontraba cansado en
extremo, y con esto, más lo caluroso del tiempo y la media pinta de aguardiente que me
había bebido al abandonar el barco, sentí que me ganaba el sueño. Me tendí en la hierba,
que era muy corta y suave, y dormí más profundamente que recordaba haber dormido en mi
vida, y durante unas nueve horas, según pude ver, pues al despertarme amanecía. Intenté
levantarme, pero no pude moverme; me había echado de espaldas y me encontraba los
brazos y las piernas fuertemente amarrados a ambos lados del terreno, y mi cabello, largo y
fuerte, atado del mismo modo. Asimismo, sentía varias delgadas ligaduras que me cruzaban
el cuerpo desde debajo de los brazos hasta los muslos. Soló podía mirar hacia arriba; el sol
empezaba a calentar y su luz me ofendía los ojos. Oía yo a mi alrededor un ruido confuso;
pero la postura en que yacía solamente me dejaba ver el cielo. Al poco tiempo sentí
moverse sobre mi pierna izquierda algo vivo, que, avanzando lentamente, me pasó sobre el
pecho y me llegó casi hasta la barbilla; forzando la mirada hacia abajo cuanto pude, advertí
que se trataba de una criatura humana cuya altura no llegaba a seis pulgadas, con arco y
flecha en las manos y carcaj a la espalda. En tanto, sentí que lo menos cuarenta de la misma
especie, según mis conjeturas, seguían al primero. Estaba yo en extremo asombrado, y rugí
tan fuerte, que todos ellos huyeron hacia atrás con terror; algunos, según me dijeron
después, resultaron heridos de las caídas que sufrieron al saltar de mis costados a la arena.
No obstante, volvieron pronto, y uno de ellos, que se arriesgó hasta el punto de mirarme de
lleno la cara, levantando los brazos y los ojos con extremos de admiración, exclamó con
una voz chillona, aunque bien distinta: Hekinah degul. Los demás repitieron las mismas
palabras varias veces; pero yo entonces no sabía lo que querían decir. El lector me creerá si
le digo que este rato fue para mí de gran molestia. Finalmente, luchando por libertarme,
tuve la fortuna de romper los cordeles y arrancar las estaquillas que me sujetaban a tierra el
brazo izquierdo -pues llevándomelo sobre la cara descubrí el arbitrio de que se habían
valido para atarme-, y al mismo tiempo, con un fuerte tirón que me produjo grandes
dolores, aflojé algo las cuerdecillas que me sujetaban los cabellos por el lado izquierdo, de
modo que pude volver la cabeza unas dos pulgadas. Pero aquellas criaturas huyeron otra
vez antes de que yo pudiera atraparlas.
Sucedido esto, se produjo un enorme vocerío en tono agudísimo, y cuando hubo cesado,
oí que uno gritaba con gran fuerza: Tolpo phonac. Al instante sentí más de cien flechas
descargadas contra mi mano izquierda, que me pinchaban como otras tantas agujas; y
además hicieron otra descarga al aire, al modo en que en Europa lanzamos por elevación las
bombas, de la cual muchas flechas me cayeron sobre el cuerpo -por lo que supongo, aunque
yo no las noté- y algunas en la cara, que yo me apresuré a cubrirme con la mano izquierda.
Cuando pasó este chaparrón de flechas oí lamentaciones de aflicción y sentimiento; y hacía
yo nuevos esfuerzos por desatarme, cuando me largaron otra andanada mayor que la
primera, y algunos, armados de lanzas, intentaron pincharme en los costados. Por fortuna,
llevaba un chaleco de ante que no pudieron atravesar.
Juzgué el partido más prudente estarme quieto acostado; y era mi designio permanecer
así hasta la noche, cuando, con la mano izquierda ya desatada, podría libertarme fácilmente.
En cuanto a los habitantes, tenía razones para creer que yo sería suficiente adversario para
el mayor ejército que pudieran arrojar sobre mí, si todos ellos eran del tamaño de los que yo
había visto. Pero la suerte dispuso de mí en otro modo. Cuando la gente observó que me
estaba quieto, ya no disparó más flechas; pero por el ruido que oía conocí que la multitud
había aumentado, y a unas cuatro yardas de mí, hacia mi oreja derecha, oí por más de una
hora un golpear como de gentes que trabajasen. Volviendo la cabeza en esta dirección tanto
cuanto me lo permitían las estaquillas y los cordeles, vi un tablado que levantaba de la
tierra cosa de pie y medio, capaz para sostener a cuatro de los naturales, con dos o tres
escaleras de mano para subir; desde allí, uno de ellos, que parecía persona de calidad,
pronunció un largo discurso, del que yo no comprendí una sílaba.
Olvidaba consignar que esta persona principal, antes de comenzar su oración, exclamó
tres veces: Langro dehul san. (Estas palabras y las anteriores me fueron después repetidas y
explicadas.) Inmediatamente después, unos cincuenta moradores se llegaron a mí y cortaron
las cuerdas que me sujetaban al lado izquierdo de la cabeza, gracias a lo cual pude
volverme a la derecha y observar la persona y el ademán del que iba a hablar. Parecía el tal
de mediana edad y más alto que cualquiera de los otros tres que le acompañaban, de los
cuales uno era un paje que le sostenía la cola, y aparentaba ser algo mayor que mi dedo
medio, y los otros dos estaban de pie, uno a cada lado, dándole asistencia. Accionaba como
un consumado orador y pude distinguir en su discurso muchos períodos de amenaza y otros
de promesas, piedad y cortesía. Yo contesté en pocas palabras, pero del modo más sumiso,
alzando la mano izquierda, y los ojos hacia el sol, como quien lo pone por testigo; y como
estaba casi muerto de hambre, pues no había probado bocado desde muchas horas antes de
dejar el buque, sentí con tal rigor las demandas de la Naturaleza, que no pude dejar de
mostrar mi impaciencia -quizá contraviniendo las estrictas reglas del buen tono -
llevándome el dedo repetidamente a la boca para dar a entender que necesitaba alimento. El
hurgo -así llaman ellos a los grandes señores, según supe después- me comprendió muy
bien. Bajó del tablado y ordenó que se apoyasen en mis costados varias escaleras; más de
un centenar de habitantes subieron por ellas y caminaron hacia mi boca cargados con cestas
llenas de carne, que habían sido dispuestas y enviadas allí por orden del rey a la primera
seña que hice. Observé que era la carne de varios animales, pero no pude distinguirlos por
el gusto. Había brazuelos, piernas y lomos formados como los de carnero y muy bien
sazonados, pero más pequeños que alas de calandria. Yo me comía dos o tres de cada
bocado y me tomé de una vez tres panecillos aproximadamente del tamaño de balas de
fusil. Me abastecían como podían buenamente, dando mil muestra de asombro y maravilla
por mi corpulencia y mi apetito. Hice luego seña de que me diesen de beber. Por mi modo
de comer juzgaron que no me bastaría una pequeña cantidad, y como eran gentes
ingeniosísimas, pusieron en pie con gran destreza uno de sus mayores barriles y después lo
rodaron hacia mi mano y le arrancaron la parte superior; me lo bebí de un trago, lo que bien
pude hacer, puesto que no contenía media pinta, y sabía como una especie de vinillo de
Burgundy, aunque mucho menos sabroso. Trajéronme un segundo barril, que me bebí de la
misma manera, e hice señas pidiendo más; pero no había ya ninguno que darme. Cuando
hube realizado estos prodigios, dieron gritos de alborozo y bailaron sobre mi pecho,
repitiendo varias veces, como al principio hicieron: Hekinah degul. Me dieron a entender
que echase abajo los dos barriles, después de haber avisado a la gente que se quitase de en
medio gritándole: Borach mivola; y cuando vieron por el aire los toneles estalló un grito
general de: Hekinah degul. Confieso que a menudo estuve tentado, cuando andaban
paseándoseme por el cuerpo arriba y abajo, de agarrar a los primeros cuarenta o cincuenta
que se me pusieran al alcance de la mano y estrellarlos contra el suelo; pero el recuerdo de
lo que había tenido que sufrir, y que probablemente no era lo peor que de ellos se podía
temer, y la promesa que por mi honor les había hecho -pues así interpretaba yo mismo mi
sumisa conducta-, disiparon pronto esas ideas. Además, ya entonces me consideraba
obligado por las leyes de la hospitalidad a una gente que me había tratado con tal
esplendidez y magnificencia. No obstante, para mis adentros no acababa de maravillarme
de la intrepidez de estos diminutos mortales que osaban subirse y pasearse por mi cuerpo
teniendo yo una mano libre, sin temblar solamente a la vista de una criatura tan
desmesurada como yo debía de parecerles a ellos. Después de algún tiempo, cuando
observaron que ya no pedía más de comer, se presentó ante mí una persona de alto rango en
nombre de Su Majestad Imperial. Su Excelencia, que había subido por la canilla de mi
pierna derecha, se me adelantó hasta la cara con una docena de su comitiva, y sacando sus
credenciales con el sello real, que me acercó mucho a los ojos, habló durante diez minutos
sin señales de enfado, pero con tono de firme resolución. Frecuentemente, apuntaba hacia
adelante, o sea, según luego supe, hacia la capital, adonde Su Majestad, en consejo, había
decidido que se me condujese. Contesté con algunas palabras, que de nada sirvieron, y con
la mano desatada hice seña indicando la otra -claro que por encima de la cabeza de Su
Excelencia, ante el temor de hacerle daño a él o a su séquito-, y luego la cabeza y el cuerpo,
para dar a entender que deseaba la libertad. Parece que él me comprendió bastante bien,
porque movió la cabeza a modo de desaprobación y colocó la mano en posición que me
descubría que había de llevárseme como prisionero. No obstante, añadió otras señas para
hacerme comprender que se me daría de comer y beber en cantidad suficiente y buen trato.
Con esto intenté una vez más romper mis ligaduras; pero cuando volví a sentir el escozor de
las flechas en la cara y en las manos, que tenía llenas de ampollas, sobre las que iban a
clavarse nuevos dardos, y también cuando observé que el número de mis enemigos había
crecido, hice demostraciones de que podían disponer de mí a su talante. Entonces el hurgo
y su acompañamiento se apartaron con mucha cortesía y placentero continente. Poco
después oí una gritería general, en que se repetían frecuentemente las palabras Peplom
Selan y noté que a mi izquierda numerosos grupos aflojaban los cordeles, a tal punto que
pude volverme hacia la derecha. Antes me habían untado la cara y las dos manos con una
especie de ungüento de olor muy agradable y que en pocos minutos me quitó por completo
el escozor causado por las flechas. Estas circunstancias, unidas al refresco de que me
habían servido las viandas y la bebida, que eran muy nutritivas, me predispusieron al sueño.
Dormí unas ocho horas, según me aseguraron después; y no es de extrañar, porque los
médicos, de orden del emperador, habían echado una poción narcótica en los toneles de
vino.
A lo que parece, en el mismo momento en que me encontraron durmiendo en el suelo,
después de haber llegado a tierra, se había enviado rápidamente noticia con un propio al
emperador, y éste determinó en consejo que yo fuese atado en el modo que he referido -lo
que fue realizado por la noche, mientras yo dormía-, que se me enviase carne y bebida en
abundancia y que se preparase una máquina para llevarme a la capital.
Esta resolución quizá parezca temeraria, y estoy cierto de que no sería imitada por
ningún príncipe de Europa en caso análogo; sin embargo, a mi juicio, era en extremo
prudente, al mismo tiempo que generosa. Suponiendo que esta gente se hubiera arrojado a
matarme con sus lanzas y sus flechas mientras dormía, yo me hubiese despertado
seguramente a la primera sensación de escozor, sensación que podía haber excitado mi
cólera y mi fuerza hasta el punto de hacerme capaz de romper los cordeles con que estaba
sujeto, después de lo cual, e impotentes ellos para resistir, no hubiesen podido esperar
merced.
Estas gentes son excelentísimos matemáticos, y han llegado a una gran perfección en las
artes mecánicas con el amparo y el estímulo del emperador, que es un famoso protector de
la ciencia. Este príncipe tiene varias máquinas montadas sobre ruedas para el transporte de
árboles y otros grandes pesos. Muchas veces construye sus mayores buques de guerra, de
los cuales algunos tienen hasta nueve pies de largo, en los mismos bosques donde se
producen las maderas, y luego los hace llevar en estos ingenios tres o cuatrocientas yardas,
hasta el mar. Quinientos carpinteros e ingenieros se pusieron inmediatamente a la obra para
disponerla mayor de las máquinas hasta entonces construida. Consistía en un tablero
levantado tres pulgadas del suelo, de unos siete pies de largo y cuatro de ancho, y que se
movía sobre veintidós ruedas. Los gritos que oí eran ocasionados por la llegada de esta
máquina, que, según parece, emprendió la marcha cuatro horas después de haber pisado yo
tierra. La colocaron paralela a mí; pero la principal dificultad era alzarme y colocarme en
este vehículo. Ochenta vigas, de un pie de alto cada una, fueron erigidas para este fin, y
cuerdas muy fuertes, del grueso de bramantes, fueron sujetas con garfios a numerosas fajas
con que los trabajadores me habían rodeado el cuello, las manos, el cuerpo y las piernas.
Novecientos hombres de los más robustos tiraron de estas cuerdas por medio de poleas
fijadas en las vigas, y así, en menos de tres horas, fui levantado, puesto sobre la máquina y
en ella atado fuertemente. Todo esto me lo contaron, porque mientras se hizo esta operación
yacía yo en profundo sueño, debido a la fuerza de aquel medicamento soporífero echado en
el vino. Mil quinientos de los mayores caballos del emperador, altos, de cuatro pulgadas y
media, se emplearon para llevarme hacia la metrópolis, que, como ya he dicho, estaba a
media milla de distancia.
Hacía unas cuatro horas que habíamos empezado nuestro viaje, cuando vino a
despertarme un accidente ridículo. Habiéndose detenido el carro un rato para reparar no sé
qué avería, dos o tres jóvenes naturales tuvieron la curiosidad de recrearse en mi aspecto
durante el sueño; se subieron a la máquina y avanzaron muy sigilosamente hasta mi cara.
Uno de ellos, oficial de la guardia, me metió la punta de su chuzo por la ventana izquierda
de la nariz hasta buena altura, el cual me cosquilleó como una paja y me hizo estornudar
violentamente. En seguida se escabulleron sin ser descubiertos, y hasta tres semanas
después no conocí yo la causa de haberme despertado tan de repente.
Hicimos una larga marcha en lo que quedaba del día y descansé por la noche, con
quinientos guardias a cada lado, la mitad con antorchas y la otra mitad con arcos y flechas,
dispuestos a asaetearme si se me ocurría moverme. A la mañana, siguiente, al salir el sol,
seguimos nuestra marcha, y hacia el mediodía estábamos a doscientas yardas de las puertas
de la ciudad. El emperador y toda su corte nos salieron al encuentro; pero los altos
funcionarios no quisieron de ninguna manera consentir que Su Majestad pusiera en peligro
su persona subiéndose sobre mi cuerpo.
En el sitio donde se paró el carruaje había un templo antiguo, tenido por el más grande
de todo el reino, y que, mancillado algunos años hacía por un bárbaro asesinato cometido
en él, fue, según cumplía al celo religioso de aquellas gentes, cerrado como profano. Se
destinaba desde entonces a usos comunes, y se habían sacado de él todos los ornamentos y
todo el moblaje. En este edificio se había dispuesto que yo me alojara. La gran puerta que
daba al Norte tenía cuatro pies de alta y cerca de dos de ancha. Así que yo podía deslizarme
por ella fácilmente. A cada lado de la puerta había una ventanita, a no más que seis
pulgadas del suelo. Por la de la izquierda, el herrero del rey pasó noventa y una cadenas
como las que llevan las señoras en Europa para el reloj, y casi tan grandes, las cuales me
ciñeron a la pierna izquierda, cerradas con treinta y seis candados. Frente a este templo, al
otro lado de la gran carretera, a veinte pies de distancia, había una torrecilla de lo menos
cinco pies de alta. A ella subió el emperador con muchos principales caballeros de su corte
para aprovechar la oportunidad de verme, según me contaron, porque yo no los distinguía a
ellos. Se advirtió que más de cien mil habitantes salían de la ciudad con el mismo proyecto,
y, a pesar de mis guardias, seguramente no fueron menos de diez mil los que en varias
veces subieron a mi cuerpo con ayuda de escaleras de mano. Pero pronto se publicó un
edicto prohibiéndolo bajo pena de muerte.
Cuando los trabajadores creyeron que ya me sería imposible desencadenarme, cortaron
todas las cuerdas que me ligaban, y acto seguido me levanté en el estado más melancólico
en que en mi vida me había encontrado. El ruido y el asombro de la gente al verme levantar
y andar no pueden describirse. Las cadenas que me sujetaban la pierna izquierda eran de
unas dos yardas de largo, y no sólo me dejaban libertad para andar hacia atrás y hacia
adelante en semicírculo, sino que también, como estaban fijas a cuatro pulgadas de la
puerta, me permitían entrar por ella deslizándome y tumbarme a la larga en el templo.
*
Capítulo 2
Capítulo 2
*
El emperador de Liliput, acompañado de gentes de la nobleza, acude a ver al autor en su
prisión. -Descripción de la persona y el traje del emperador.- Se designan hombres de
letras para que enseñen el idioma del país al autor.- Éste se gana el favor por su condición
apacible.- Le registran los bolsillos y le quitan la espada y las pistolas.
Cuando me vi de pie miré a mi alrededor, y debo confesar que nunca se me ofreció más
curiosa perspectiva. La tierra que me rodeaba parecía toda ella un jardín, y los campos,
cercados, que tenían por regla general cuarenta pies en cuadro cada uno, se asemejaban a
otros tantos macizos de flores. Alternaban con estos campos bosques como de media
pértica; los árboles más altos calculé que levantarían unos siete pies. A mi izquierda
descubrí la población, que parecía una decoración de ciudad de un teatro.
Ya había descendido el emperador de la torre y avanzaba a caballo hacia mí; lo que
estuvo a punto de costarle caro, porque la caballería, que, aunque perfectamente
amaestrada, no tenía en ningún modo costumbre de ver lo que debió de parecerle como si
se moviese ante ella una montaña, se encabritó; pero el príncipe, que es jinete excelente, se
mantuvo en la silla, mientras acudían presurosos sus servidores y tomaban la brida para que
pudiera apearse Su Majestad. Cuando se hubo bajado me inspeccionó por todo alrededor
con gran admiración, pero guardando distancia del alcance de mi cadena. Ordenó a sus
cocineros y despenseros, ya preparados, que me diesen de comer y beber, como lo hicieron
adelantando las viandas en una especie de vehículos de ruedas hasta que pude cogerlos.
Tomé estos vehículos, que pronto estuvieron vaciados; veinte estaban llenos de carne y diez
de licor. Cada uno de los primeros me sirvió de dos o tres buenos bocados, y vertí el licor
de diez envases -estaba en unas redomas de barro- dentro de un vehículo, y me lo bebí de
un trago, y así con los demás. La emperatriz y los jóvenes príncipes de la sangre de uno y
otro sexo, acompañados de muchas damas, estaban a alguna distancia, sentados en sus sillas
de manos; pero cuando le ocurrió al emperador el accidente con su caballo descendieron y
vinieron al lado de su augusta persona, de la cual quiero en este punto hacer la
prosopografía. Es casi el ancho de mi uña más alto que todos los de su corte, y esto por sí
solo es suficiente para infundir pavor a los que le miran. Sus facciones son firmes y
masculinas; de labio austríaco y nariz acaballada; su color, aceitunado; su continente,
derecho; su cuerpo y sus miembros, bien proporcionados; sus movimientos, graciosos, y
majestuoso su porte. No era joven ya, pues tenía veintiocho años y tres cuartos, de los
cuales había reinado alrededor de siete con toda felicidad y por lo general victorioso. Para
considerarle mejor, me eché de lado, de modo que mi cara estuviese paralela a la suya,
mientras él se mantenía a no más que tres yardas de distancia; pero como después lo he
tenido en la mano muchas veces, no puedo engañarme en su descripción. Su traje era muy
liso y sencillo, y hecho entre la moda asiática y la europea; pero llevaba en la cabeza un
ligero yelmo de oro adornado de joyas y con una pluma en la cresta. Tenía en la mano la
espada desenvainada para defenderse si acaso yo viniera a escaparme; la espada era de unas
tres pulgadas de largo, y la guarnición y la vaina eran de oro, avalorado con diamantes. Su
voz era aguda, pero muy clara y articulada; yo no podía oírla estando de pie. Las damas y
los cortesanos vestían con la mayor magnificencia; tanto, que el espacio en que se
encontraban podía compararse a un guardapiés bordado de figuras de oro y plata que se
hubiera extendido en el suelo. Su Majestad Imperial me hablaba con frecuencia, y yo le
respondía; pero ni uno ni otro entendíamos palabra.
Estaban presentes varios sacerdotes y letrados -por lo que yo colegí de sus vestidos-, a
quienes se encargó que se dirigiesen a mí. Yo les hablé en todos los idiomas de que tenía
algún conocimiento, tales como alto y bajo alemán, latín, francés, español, italiano y lengua
franca; pero de nada sirvió. Después de unas dos horas se retiró la corte y me dejaron con
una fuerte guardia, para evitar la impertinencia y probablemente la malignidad de la plebe,
que se apiñaba muy impaciente a mi alrededor todo lo cerca que su temor le permitía, y
entre la cual no faltó quien tuviera la desvergüenza de dispararme flechas estando yo
sentado en el suelo junto a la puerta de mi casa. Con una de ellas estuvo en nada que me
atinase al ojo izquierdo. Entonces el coronel hizo coger a seis de los cabecillas, y pensó que
ningún castigo sería tan apropiado como entregarlos atados en mis manos, lo que
ejecutaron, en efecto, algunos de sus soldados, empujándolos con los extremos de las picas
hasta que estuvieron a mi alcance. Los cogí a todos en la mano derecha, me metí cinco en el
bolsillo de la casaca, y en cuanto al sexto hice como si fuese a comérmelo vivo. El pobre
hombre gritó despavorido, y el coronel y sus oficiales mostraron gran disgusto,
especialmente cuando me vieron sacar mi cortaplumas; pero pronto les tranquilicé, pues
mirando amablemente y cortando en seguida las cuerdas con que el hombre estaba atado, lo
dejé suavemente en el suelo, donde él al punto echó a correr. Hice lo mismo con los otros,
sacándolos del bolsillo uno por uno, y observé que tanto los soldados como el pueblo se
consideraron muy obligados por este rasgo de clemencia, que se refirió en la corte muy en
provecho mío.
Llegada la noche encontré algo incómoda mi casa, donde tenía que echarme en el suelo,
y así tuve que seguir un par de semanas; en este tiempo el emperador dio orden de que se
hiciese una cama para mí. Se llevaron a mi casa y se armaron seiscientas camas de la
medida corriente. Ciento cincuenta de estas camas, unidas unas con otras, daban el ancho y
el largo; a cada una se superpusieron tres más, y, sin embargo, puede creerme el lector si le
digo que no me preocupaba en absoluto la idea de caerme al suelo, que era de piedra
pulimentada. Según el mismo cálculo se me proporcionaron sábanas, mantas y colchas,
bastante buenas para quien de tanto tiempo estaba hecho a penalidades.
La noticia de mi llegada, conforme fue extendiéndose por el reino, atrajo a verme
número tan enorme de personas ricas, desocupadas y curiosas, que las poblaciones
quedaron casi vacías; y se hubiera llegado a un gran descuido en la labranza y en los
asuntos domésticos si Su Majestad Imperial no hubiese proveído por diversos edictos y
decretos de gobierno contra esta dificultad. Dispuso que los que ya me hubiesen visto se
volviesen a sus casas y que nadie se acercase a la mía en un radio de cincuenta yardas sin
permiso de la corte, con lo cual obtuvieron los secretarios de Estados considerables
emolumentos.
En tanto, el emperador celebraba frecuentes consejos para discutir qué partido había de
tomarse conmigo, y después me aseguró un amigo particular -persona de gran calidad que
estaba, según fama, tanto como el que más, en los secretos de Estado- que la corte tenía
numerosas preocupaciones respecto de mí. Temían que me libertase, que mi dieta,
demasiado costosa, fuera causa de carestías. Algunas veces determinaron matarme de
hambre, o, por lo menos, dispararme a la cara y a las manos flechas envenenadas que me
despacharían pronto; pero luego consideraban que el hedor de un tan gran cuerpo muerto
podía desatar una peste en la metrópoli y probablemente extenderla a todo el reino. En
medio de estas consultas, varios oficiales del ejército llegaron a la puerta de la gran Cámara
del Consejo, y dos de ellos, que fueron admitidos, dieron cuenta de mi conducta con los
seis criminales antes mencionados, conducta que produjo impresión tan favorable para mí
en el corazón de Su Majestad y en el de toda la Junta, que se despachó una comisión
imperial para obligar a todos los pueblos situados dentro de un radio de novecientas yardas
en torno de la ciudad a entregar todas las mañanas seis bueyes, cuarenta carneros y otras
vituallas para mi manutención, junto con una cantidad proporcionada de pan, de vino y de
otros licores. En pago de todo ello, Su Majestad entregaba asignados contra su tesoro;
porque sépase que este príncipe vive especialmente de su fortuna personal y sólo rara vez,
en grandes ocasiones, levanta subsidios entre sus vasallos, que están obligados a auxiliarle
en las guerras a expensas de sí propios. Se dictó también un estatuto para que se pusieran a
mi servicio seiscientas personas, que disfrutaban dietas para su mantenimiento y pabellones
convenientemente edificados para ellas a ambos lados de mi puerta. Asimismo se ordenó
que trescientos sastres me hiciesen un traje a la moda del país; que seis de los más
eminentes sabios de Su Majestad me instruyesen en su lengua, y, por último, que a los
caballos del emperador y a los de la nobleza y tropas de guardia se los llevase a menudo a
verme para que se acostumbrasen a mí. Todas estas disposiciones fueron debidamente
cumplidas, y en tres semanas hice grandes progresos en el estudio del idioma, tiempo
durante el cual el emperador me honraba frecuentemente con sus visitas y se dignaba
auxiliar a mis maestros en la enseñanza. Ya empezamos a conversar en cierto modo, y las
primeras palabras que aprendí fueron para expresar mi deseo de que se sirviese concederme
la libertad, lo que todos los días repetía puesto de rodillas. Su respuesta, por lo que pude
comprender, era que el tiempo lo traería todo, que no podía pensar en tal cosa sin asistencia
de su Consejo, y que antes debía yo Lumos Kelmin peffo defmar lon Emposo: esto es, jurar
la paz con él y con su reino. No obstante, yo sería tratado con toda amabilidad; y me
aconsejaba conquistar, con mi paciencia y mi conducta comedida, el buen concepto de él y
de sus súbditos. Me pidió que no tomase a mal que diese orden a ciertos correctos
funcionarios de que me registrasen, porque suponía él que llevaría yo conmigo varias armas
que por fuerza habían de ser cosas peligrosísimas si correspondían a la corpulencia de
persona tan prodigiosa. Dije que Su Majestad sería satisfecho, porque estaba dispuesto a
desnudarme y a volver las faltriqueras delante de él. Esto lo manifesté, parte de palabra,
parte por señas. Replicó él que, de acuerdo con las leyes del reino, debían registrarme dos
funcionarios; y aunque él sabia que esto no podría hacerse sin mi consentimiento y ayuda,
tenía tan buena opinión de mi generosidad y de mi justicia que confiaba en mis manos las
personas de sus funcionarios añadiendo que cualquier cosa que me fuese tomada me sería
devuelta cuando saliera del país o pagada al precio que yo quisiera ponerle. Tomé a los
funcionarios en mis manos y los puse primeramente en los bolsillos de la casaca y luego en
todos los demás que el traje llevaba, excepto los dos de la pretina y un bolsillo secreto que
no quise que me registrasen y en que guardaba yo alguna cosilla de mi uso que a nadie
podía interesar sino a mí. Por lo que hace a los bolsillos de la pretina, en uno llevaba un
reloj de plata, y en el otro una pequeña cantidad de oro en una bolsa. Aquellos caballeros,
provistos de pluma, tinta y papel, hicieron un exacto inventario de cuanto vieron, y cuando
hubieron terminado me pidieron que los bajase para ir a entregárselo al emperador. Este
inventario, vertido por mí más tarde dice literalmente como sigue:
«Imprimis. En el bolsillo derecho de la casaca del «Gran-Hombre-Montaña» (así
traduzco Quinbus Flestrin), después del más detenido registro, encontramos sólo una gran
pieza de tela ordinaria, de bastante tamaño para servir de alfombra en la gran sala del trono
de Vuestra Majestad. En el bolsillo izquierdo vimos una enorme arca de plata, con tapa del
mismo metal, que nosotros los comisionados no pudimos alzar. Expresamos nuestro deseo
de que fuese abierta, y uno de nosotros se metió en ella, y se encontró hasta media pierna en
una especie de polvo, parte del cual nos voló a la cara y nos obligó a estornudar varias
veces a los dos. En el bolsillo derecho del chaleco encontramos un enorme envoltorio de
objetos blancos, delgados, doblados unos sobre otros, del grandor aproximado de tres
hombres, atado con un fuerte cable y marcado con cifras negras, que nosotros, con todos los
respetos, suponemos que son escrituras, de letras casi como la mitad de nuestra palma de la
mano cada una. En el izquierdo había una especie de artefacto, del dorso del cual se
elevaban veinte largas pértigas -algo así como la estacada que hay ante el palacio de
Vuestra Majestad-, y con lo cual conjeturamos que el Hombre-Montaña se peina la cabeza,
pues no siempre nos decidimos a molestarle con preguntas, a causa de las grandes
dificultades que encontrábamos para hacernos comprender de él. En el gran bolsillo del
lado derecho de su cubierta media -así traduzco la palabra Ranfu-lo, con que designaban
mis calzones- vimos una columna de hierro hueca, de la altura de un hombre, sujeta a un
sólido trozo de viga mayor que la columna; de un lado de ésta salían enormes pedazos de
hierro, de formas extrañas, que no sabemos para qué puedan servir. En el bolsillo izquierdo,
otra máquina de la misma clase. En el bolsillo más pequeño del lado derecho había varios
trozos redondos y planos de metal blanco y rojo, de tamaños diferentes; algunos de los
trozos blancos, que parecían ser de plata, eran tan grandes y pesados que apenas pudimos
levantarlos entre los dos. En el bolsillo izquierdo había dos columnas negras de forma
irregular; con dificultad alcanzábamos a su extremo superior desde el fondo del bolsillo.
Una de ellas estaba tapada y parecía toda de una pieza; pero en la parte alta de la otra
aparecía un objeto redondo, blanco, dos veces como nuestra cabeza de grande,
aproximadamente. Dentro de cada uno había cerradas la presión de su vientre. Del de la
derecha minado por nuestras órdenes, tuvo que enseñarnos el Gran-Hombre-Montaña, pues
sospechábamos que pudieran ser máquinas peligrosas. Las sacó de sus cajas y nos dijo que
en su país tenía por costumbre afeitarse la barba con una de ellas y cortar la carne con la
otra. Había dos bolsillos en que no pudimos entrar: los llamaba él sus bolsillos de pretina, y
eran dos grandes rajas abiertas en la parte superior de su media cubierta, pero que mantenía
cerradas la presión de su vientre. Del de la derecha colgaba una gran cadena de plata, con
una extraordinaria suerte de máquina al extremo. Le ordenamos sacar lo que hubiese sujeto
a esta cadena, que resultó ser una esfera la mitad de plata y la otra mitad de un metal
transparente, porque en el lado transparente vimos ciertas extrañas cifras, dibujadas en
circunferencia, y que creímos poder tocar, hasta que notamos que nos detenía los dedos
aquella substancia diáfana. Nos acercó a los oídos este aparato, que producía un ruido
incesante, como el de una aceña. Imaginamos que es, o algún animal desconocido, o el dios
que él adora; aunque nos inclinamos a la última opinión, porque nos aseguró -si es que no
le entendimos mal, ya que se expresaba muy imperfectamente- que rara vez hacía nada sin
consultarlo. Le llamaba su oráculo, y dijo que señalaba cuándo era tiempo para todas las
acciones de su vida. De la faltriquera izquierda sacó una red que casi bastaría a un
pescador, pero dispuesta para abrirse y cerrarse como una bolsa, y de que se servía
justamente para este uso. Dentro encontramos varios pesados trozos de metal amarillo, que,
si son efectivamente de oro, deben tener incalculable valor.
»Una vez que así hubimos, obedeciendo las órdenes de Vuestra Majestad, registrado
diligentemente todos sus bolsillos, observamos alrededor de su cintura una pretina hecha de
la piel de algún gigantesco animal, de la cual pretina, por el lado izquierdo, colgaba una
espada del largo de cinco hombres, y por el derecho, un talego o bolsa, dividido en dos
cavidades, capaz cada una de ellas para tres súbditos de Vuestra Majestad. En una de estas
cavidades había varias esferas o bolas de un metal pesadísimo, del tamaño de nuestra
cabeza aproximadamente, y para levantar las cuales hacía falta buen brazo. La otra cavidad
contenía un montón de ciertos granos negros, no de gran tamaño ni peso, pues pudimos
tener más de cincuenta en la palma de la mano.
»Esto es exacto inventario de lo que encontramos sobre el cuerpo del Hombre-Montaña,
quien se comportó con nosotros muy correctamente y con el respeto debido a la comisión
de Vuestra Majestad. Firmado y sellado en el cuarto día de la octogésimanovena luna del
próspero reinado de Vuestra Majestad. -Clefrin Frelock, Marsi Frelock.»
El emperador, cuando le fue leído este inventario, me ordenó, aunque en términos muy
amables, que entregase los distintos objetos que en él se mencionaban. Me pidió primero la
cimitarra, que me quité con vaina y todo. Mientras tanto, mandó que tres mil hombres de
sus tropas escogidas -que estaban dándole escolta- me rodeasen a cierta distancia, con arcos
y flechas en disposición de disparar; pero no me di cuenta de ello porque tenía mi vista
totalmente fija en Su Majestad.
Después mostró su deseo de que desenvainase la cimitarra, la cual, aunque algo
enmohecida por el agua del mar, estaba en su mayor parte en extremo reluciente. Lo hice
así, e inmediatamente todas las tropas lanzaron un grito entre de terror y sorpresa, pues al
sol brillaba con fuerza, y les deslumbró el reflejo que se producía al flamear yo la cimitarra
de un lado para otro. Su Majestad, que es un príncipe por demás animoso, se intimidó
mucho menos de lo que yo podía esperar; me ordenó volverla a la vaina y arrojarla al suelo
lo más suavemente que pudiese, a unos seis pies de distancia del extremo de mi cadena.
Pidió después una de las columnas huecas de hierro, como llamaban a mis pistoletes. Lo
saqué, y, conforme a su deseo, le expliqué como pude para qué servía; y cargándolo sólo
con pólvora, la cual, gracias a lo bien cerrado de mi bolsa, se libró de mojarse en el mar -
percance contra el cual tiene buen ciudado de precaverse todo marinero avisado-, advertí
primero al emperador que no se asustara y luego tiré al aire. Aquí el asombro fue mucho
mayor que a la vista de la cimitarra. Cientos de hombres cayeron como muertos de repente,
y hasta el emperador, aunque no cedió el terreno, no pudo recobrarse en un rato. Entregué
los dos pistoletes del mismo modo que había entregado la cimitarra, y luego la bolsa de la
pólvora y las balas, previniéndole que pusiese aquélla lejos del fuego, pues con la más
pequeña chispa podía inflamarse y hacer volar por los aires su palacio imperial. De la
misma manera entregué mi reloj, al que el emperador tuvo tan gran curiosidad por ver, que
mandó a dos de los más corpulentos soldados de su guardia que lo sostuvieran sobre un
madero en los hombros, como hacen en Inglaterra los carreteros con los barriles de cerveza.
Se asombró del continuo ruido que hacía y del movímiento del minutero, que él podía
fácilmente percibir -porque la vista de ellos es mucho más perspicaz que la nuestra-, y
requirió la opinión de algunos de sus sabios que tenía próximos, opiniones que fueron
varias y apartadas, como el lector puede bien imaginar sin que yo se las repita, aunque,
desde luego, no pude entenderlas muy perfectamente. Luego entregué las monedas de plata
y de cobre, la bolsa, con nueve piezas grandes de oro y algunas más pequeñas; el cuchillo y
la navaja de afeitar; el peine, la tabaquera, el pañuelo y el libro diario. La cimitarra, los
pistoletes y la bolsa de la carga fueron llevados en carro a los almacenes de Su Majestad;
pero las demás cosas me fueron devueltas.
Tenía yo, como antes indiqué, un bolsillo secreto que escapó del registro, donde
guardaba unos lentes -que algunas veces usaba por debilidad de la vista-, un anteojo de
bolsillo y otros cuantos útiles que, no importando para nada al emperador, no me creí en
conciencia obligado a descubrir, y que temía que me rompiesen o estropeasen si me
arriesgaba a soltarlos.
El emperador de Liliput, acompañado de gentes de la nobleza, acude a ver al autor en su
prisión. -Descripción de la persona y el traje del emperador.- Se designan hombres de
letras para que enseñen el idioma del país al autor.- Éste se gana el favor por su condición
apacible.- Le registran los bolsillos y le quitan la espada y las pistolas.
Cuando me vi de pie miré a mi alrededor, y debo confesar que nunca se me ofreció más
curiosa perspectiva. La tierra que me rodeaba parecía toda ella un jardín, y los campos,
cercados, que tenían por regla general cuarenta pies en cuadro cada uno, se asemejaban a
otros tantos macizos de flores. Alternaban con estos campos bosques como de media
pértica; los árboles más altos calculé que levantarían unos siete pies. A mi izquierda
descubrí la población, que parecía una decoración de ciudad de un teatro.
Ya había descendido el emperador de la torre y avanzaba a caballo hacia mí; lo que
estuvo a punto de costarle caro, porque la caballería, que, aunque perfectamente
amaestrada, no tenía en ningún modo costumbre de ver lo que debió de parecerle como si
se moviese ante ella una montaña, se encabritó; pero el príncipe, que es jinete excelente, se
mantuvo en la silla, mientras acudían presurosos sus servidores y tomaban la brida para que
pudiera apearse Su Majestad. Cuando se hubo bajado me inspeccionó por todo alrededor
con gran admiración, pero guardando distancia del alcance de mi cadena. Ordenó a sus
cocineros y despenseros, ya preparados, que me diesen de comer y beber, como lo hicieron
adelantando las viandas en una especie de vehículos de ruedas hasta que pude cogerlos.
Tomé estos vehículos, que pronto estuvieron vaciados; veinte estaban llenos de carne y diez
de licor. Cada uno de los primeros me sirvió de dos o tres buenos bocados, y vertí el licor
de diez envases -estaba en unas redomas de barro- dentro de un vehículo, y me lo bebí de
un trago, y así con los demás. La emperatriz y los jóvenes príncipes de la sangre de uno y
otro sexo, acompañados de muchas damas, estaban a alguna distancia, sentados en sus sillas
de manos; pero cuando le ocurrió al emperador el accidente con su caballo descendieron y
vinieron al lado de su augusta persona, de la cual quiero en este punto hacer la
prosopografía. Es casi el ancho de mi uña más alto que todos los de su corte, y esto por sí
solo es suficiente para infundir pavor a los que le miran. Sus facciones son firmes y
masculinas; de labio austríaco y nariz acaballada; su color, aceitunado; su continente,
derecho; su cuerpo y sus miembros, bien proporcionados; sus movimientos, graciosos, y
majestuoso su porte. No era joven ya, pues tenía veintiocho años y tres cuartos, de los
cuales había reinado alrededor de siete con toda felicidad y por lo general victorioso. Para
considerarle mejor, me eché de lado, de modo que mi cara estuviese paralela a la suya,
mientras él se mantenía a no más que tres yardas de distancia; pero como después lo he
tenido en la mano muchas veces, no puedo engañarme en su descripción. Su traje era muy
liso y sencillo, y hecho entre la moda asiática y la europea; pero llevaba en la cabeza un
ligero yelmo de oro adornado de joyas y con una pluma en la cresta. Tenía en la mano la
espada desenvainada para defenderse si acaso yo viniera a escaparme; la espada era de unas
tres pulgadas de largo, y la guarnición y la vaina eran de oro, avalorado con diamantes. Su
voz era aguda, pero muy clara y articulada; yo no podía oírla estando de pie. Las damas y
los cortesanos vestían con la mayor magnificencia; tanto, que el espacio en que se
encontraban podía compararse a un guardapiés bordado de figuras de oro y plata que se
hubiera extendido en el suelo. Su Majestad Imperial me hablaba con frecuencia, y yo le
respondía; pero ni uno ni otro entendíamos palabra.
Estaban presentes varios sacerdotes y letrados -por lo que yo colegí de sus vestidos-, a
quienes se encargó que se dirigiesen a mí. Yo les hablé en todos los idiomas de que tenía
algún conocimiento, tales como alto y bajo alemán, latín, francés, español, italiano y lengua
franca; pero de nada sirvió. Después de unas dos horas se retiró la corte y me dejaron con
una fuerte guardia, para evitar la impertinencia y probablemente la malignidad de la plebe,
que se apiñaba muy impaciente a mi alrededor todo lo cerca que su temor le permitía, y
entre la cual no faltó quien tuviera la desvergüenza de dispararme flechas estando yo
sentado en el suelo junto a la puerta de mi casa. Con una de ellas estuvo en nada que me
atinase al ojo izquierdo. Entonces el coronel hizo coger a seis de los cabecillas, y pensó que
ningún castigo sería tan apropiado como entregarlos atados en mis manos, lo que
ejecutaron, en efecto, algunos de sus soldados, empujándolos con los extremos de las picas
hasta que estuvieron a mi alcance. Los cogí a todos en la mano derecha, me metí cinco en el
bolsillo de la casaca, y en cuanto al sexto hice como si fuese a comérmelo vivo. El pobre
hombre gritó despavorido, y el coronel y sus oficiales mostraron gran disgusto,
especialmente cuando me vieron sacar mi cortaplumas; pero pronto les tranquilicé, pues
mirando amablemente y cortando en seguida las cuerdas con que el hombre estaba atado, lo
dejé suavemente en el suelo, donde él al punto echó a correr. Hice lo mismo con los otros,
sacándolos del bolsillo uno por uno, y observé que tanto los soldados como el pueblo se
consideraron muy obligados por este rasgo de clemencia, que se refirió en la corte muy en
provecho mío.
Llegada la noche encontré algo incómoda mi casa, donde tenía que echarme en el suelo,
y así tuve que seguir un par de semanas; en este tiempo el emperador dio orden de que se
hiciese una cama para mí. Se llevaron a mi casa y se armaron seiscientas camas de la
medida corriente. Ciento cincuenta de estas camas, unidas unas con otras, daban el ancho y
el largo; a cada una se superpusieron tres más, y, sin embargo, puede creerme el lector si le
digo que no me preocupaba en absoluto la idea de caerme al suelo, que era de piedra
pulimentada. Según el mismo cálculo se me proporcionaron sábanas, mantas y colchas,
bastante buenas para quien de tanto tiempo estaba hecho a penalidades.
La noticia de mi llegada, conforme fue extendiéndose por el reino, atrajo a verme
número tan enorme de personas ricas, desocupadas y curiosas, que las poblaciones
quedaron casi vacías; y se hubiera llegado a un gran descuido en la labranza y en los
asuntos domésticos si Su Majestad Imperial no hubiese proveído por diversos edictos y
decretos de gobierno contra esta dificultad. Dispuso que los que ya me hubiesen visto se
volviesen a sus casas y que nadie se acercase a la mía en un radio de cincuenta yardas sin
permiso de la corte, con lo cual obtuvieron los secretarios de Estados considerables
emolumentos.
En tanto, el emperador celebraba frecuentes consejos para discutir qué partido había de
tomarse conmigo, y después me aseguró un amigo particular -persona de gran calidad que
estaba, según fama, tanto como el que más, en los secretos de Estado- que la corte tenía
numerosas preocupaciones respecto de mí. Temían que me libertase, que mi dieta,
demasiado costosa, fuera causa de carestías. Algunas veces determinaron matarme de
hambre, o, por lo menos, dispararme a la cara y a las manos flechas envenenadas que me
despacharían pronto; pero luego consideraban que el hedor de un tan gran cuerpo muerto
podía desatar una peste en la metrópoli y probablemente extenderla a todo el reino. En
medio de estas consultas, varios oficiales del ejército llegaron a la puerta de la gran Cámara
del Consejo, y dos de ellos, que fueron admitidos, dieron cuenta de mi conducta con los
seis criminales antes mencionados, conducta que produjo impresión tan favorable para mí
en el corazón de Su Majestad y en el de toda la Junta, que se despachó una comisión
imperial para obligar a todos los pueblos situados dentro de un radio de novecientas yardas
en torno de la ciudad a entregar todas las mañanas seis bueyes, cuarenta carneros y otras
vituallas para mi manutención, junto con una cantidad proporcionada de pan, de vino y de
otros licores. En pago de todo ello, Su Majestad entregaba asignados contra su tesoro;
porque sépase que este príncipe vive especialmente de su fortuna personal y sólo rara vez,
en grandes ocasiones, levanta subsidios entre sus vasallos, que están obligados a auxiliarle
en las guerras a expensas de sí propios. Se dictó también un estatuto para que se pusieran a
mi servicio seiscientas personas, que disfrutaban dietas para su mantenimiento y pabellones
convenientemente edificados para ellas a ambos lados de mi puerta. Asimismo se ordenó
que trescientos sastres me hiciesen un traje a la moda del país; que seis de los más
eminentes sabios de Su Majestad me instruyesen en su lengua, y, por último, que a los
caballos del emperador y a los de la nobleza y tropas de guardia se los llevase a menudo a
verme para que se acostumbrasen a mí. Todas estas disposiciones fueron debidamente
cumplidas, y en tres semanas hice grandes progresos en el estudio del idioma, tiempo
durante el cual el emperador me honraba frecuentemente con sus visitas y se dignaba
auxiliar a mis maestros en la enseñanza. Ya empezamos a conversar en cierto modo, y las
primeras palabras que aprendí fueron para expresar mi deseo de que se sirviese concederme
la libertad, lo que todos los días repetía puesto de rodillas. Su respuesta, por lo que pude
comprender, era que el tiempo lo traería todo, que no podía pensar en tal cosa sin asistencia
de su Consejo, y que antes debía yo Lumos Kelmin peffo defmar lon Emposo: esto es, jurar
la paz con él y con su reino. No obstante, yo sería tratado con toda amabilidad; y me
aconsejaba conquistar, con mi paciencia y mi conducta comedida, el buen concepto de él y
de sus súbditos. Me pidió que no tomase a mal que diese orden a ciertos correctos
funcionarios de que me registrasen, porque suponía él que llevaría yo conmigo varias armas
que por fuerza habían de ser cosas peligrosísimas si correspondían a la corpulencia de
persona tan prodigiosa. Dije que Su Majestad sería satisfecho, porque estaba dispuesto a
desnudarme y a volver las faltriqueras delante de él. Esto lo manifesté, parte de palabra,
parte por señas. Replicó él que, de acuerdo con las leyes del reino, debían registrarme dos
funcionarios; y aunque él sabia que esto no podría hacerse sin mi consentimiento y ayuda,
tenía tan buena opinión de mi generosidad y de mi justicia que confiaba en mis manos las
personas de sus funcionarios añadiendo que cualquier cosa que me fuese tomada me sería
devuelta cuando saliera del país o pagada al precio que yo quisiera ponerle. Tomé a los
funcionarios en mis manos y los puse primeramente en los bolsillos de la casaca y luego en
todos los demás que el traje llevaba, excepto los dos de la pretina y un bolsillo secreto que
no quise que me registrasen y en que guardaba yo alguna cosilla de mi uso que a nadie
podía interesar sino a mí. Por lo que hace a los bolsillos de la pretina, en uno llevaba un
reloj de plata, y en el otro una pequeña cantidad de oro en una bolsa. Aquellos caballeros,
provistos de pluma, tinta y papel, hicieron un exacto inventario de cuanto vieron, y cuando
hubieron terminado me pidieron que los bajase para ir a entregárselo al emperador. Este
inventario, vertido por mí más tarde dice literalmente como sigue:
«Imprimis. En el bolsillo derecho de la casaca del «Gran-Hombre-Montaña» (así
traduzco Quinbus Flestrin), después del más detenido registro, encontramos sólo una gran
pieza de tela ordinaria, de bastante tamaño para servir de alfombra en la gran sala del trono
de Vuestra Majestad. En el bolsillo izquierdo vimos una enorme arca de plata, con tapa del
mismo metal, que nosotros los comisionados no pudimos alzar. Expresamos nuestro deseo
de que fuese abierta, y uno de nosotros se metió en ella, y se encontró hasta media pierna en
una especie de polvo, parte del cual nos voló a la cara y nos obligó a estornudar varias
veces a los dos. En el bolsillo derecho del chaleco encontramos un enorme envoltorio de
objetos blancos, delgados, doblados unos sobre otros, del grandor aproximado de tres
hombres, atado con un fuerte cable y marcado con cifras negras, que nosotros, con todos los
respetos, suponemos que son escrituras, de letras casi como la mitad de nuestra palma de la
mano cada una. En el izquierdo había una especie de artefacto, del dorso del cual se
elevaban veinte largas pértigas -algo así como la estacada que hay ante el palacio de
Vuestra Majestad-, y con lo cual conjeturamos que el Hombre-Montaña se peina la cabeza,
pues no siempre nos decidimos a molestarle con preguntas, a causa de las grandes
dificultades que encontrábamos para hacernos comprender de él. En el gran bolsillo del
lado derecho de su cubierta media -así traduzco la palabra Ranfu-lo, con que designaban
mis calzones- vimos una columna de hierro hueca, de la altura de un hombre, sujeta a un
sólido trozo de viga mayor que la columna; de un lado de ésta salían enormes pedazos de
hierro, de formas extrañas, que no sabemos para qué puedan servir. En el bolsillo izquierdo,
otra máquina de la misma clase. En el bolsillo más pequeño del lado derecho había varios
trozos redondos y planos de metal blanco y rojo, de tamaños diferentes; algunos de los
trozos blancos, que parecían ser de plata, eran tan grandes y pesados que apenas pudimos
levantarlos entre los dos. En el bolsillo izquierdo había dos columnas negras de forma
irregular; con dificultad alcanzábamos a su extremo superior desde el fondo del bolsillo.
Una de ellas estaba tapada y parecía toda de una pieza; pero en la parte alta de la otra
aparecía un objeto redondo, blanco, dos veces como nuestra cabeza de grande,
aproximadamente. Dentro de cada uno había cerradas la presión de su vientre. Del de la
derecha minado por nuestras órdenes, tuvo que enseñarnos el Gran-Hombre-Montaña, pues
sospechábamos que pudieran ser máquinas peligrosas. Las sacó de sus cajas y nos dijo que
en su país tenía por costumbre afeitarse la barba con una de ellas y cortar la carne con la
otra. Había dos bolsillos en que no pudimos entrar: los llamaba él sus bolsillos de pretina, y
eran dos grandes rajas abiertas en la parte superior de su media cubierta, pero que mantenía
cerradas la presión de su vientre. Del de la derecha colgaba una gran cadena de plata, con
una extraordinaria suerte de máquina al extremo. Le ordenamos sacar lo que hubiese sujeto
a esta cadena, que resultó ser una esfera la mitad de plata y la otra mitad de un metal
transparente, porque en el lado transparente vimos ciertas extrañas cifras, dibujadas en
circunferencia, y que creímos poder tocar, hasta que notamos que nos detenía los dedos
aquella substancia diáfana. Nos acercó a los oídos este aparato, que producía un ruido
incesante, como el de una aceña. Imaginamos que es, o algún animal desconocido, o el dios
que él adora; aunque nos inclinamos a la última opinión, porque nos aseguró -si es que no
le entendimos mal, ya que se expresaba muy imperfectamente- que rara vez hacía nada sin
consultarlo. Le llamaba su oráculo, y dijo que señalaba cuándo era tiempo para todas las
acciones de su vida. De la faltriquera izquierda sacó una red que casi bastaría a un
pescador, pero dispuesta para abrirse y cerrarse como una bolsa, y de que se servía
justamente para este uso. Dentro encontramos varios pesados trozos de metal amarillo, que,
si son efectivamente de oro, deben tener incalculable valor.
»Una vez que así hubimos, obedeciendo las órdenes de Vuestra Majestad, registrado
diligentemente todos sus bolsillos, observamos alrededor de su cintura una pretina hecha de
la piel de algún gigantesco animal, de la cual pretina, por el lado izquierdo, colgaba una
espada del largo de cinco hombres, y por el derecho, un talego o bolsa, dividido en dos
cavidades, capaz cada una de ellas para tres súbditos de Vuestra Majestad. En una de estas
cavidades había varias esferas o bolas de un metal pesadísimo, del tamaño de nuestra
cabeza aproximadamente, y para levantar las cuales hacía falta buen brazo. La otra cavidad
contenía un montón de ciertos granos negros, no de gran tamaño ni peso, pues pudimos
tener más de cincuenta en la palma de la mano.
»Esto es exacto inventario de lo que encontramos sobre el cuerpo del Hombre-Montaña,
quien se comportó con nosotros muy correctamente y con el respeto debido a la comisión
de Vuestra Majestad. Firmado y sellado en el cuarto día de la octogésimanovena luna del
próspero reinado de Vuestra Majestad. -Clefrin Frelock, Marsi Frelock.»
El emperador, cuando le fue leído este inventario, me ordenó, aunque en términos muy
amables, que entregase los distintos objetos que en él se mencionaban. Me pidió primero la
cimitarra, que me quité con vaina y todo. Mientras tanto, mandó que tres mil hombres de
sus tropas escogidas -que estaban dándole escolta- me rodeasen a cierta distancia, con arcos
y flechas en disposición de disparar; pero no me di cuenta de ello porque tenía mi vista
totalmente fija en Su Majestad.
Después mostró su deseo de que desenvainase la cimitarra, la cual, aunque algo
enmohecida por el agua del mar, estaba en su mayor parte en extremo reluciente. Lo hice
así, e inmediatamente todas las tropas lanzaron un grito entre de terror y sorpresa, pues al
sol brillaba con fuerza, y les deslumbró el reflejo que se producía al flamear yo la cimitarra
de un lado para otro. Su Majestad, que es un príncipe por demás animoso, se intimidó
mucho menos de lo que yo podía esperar; me ordenó volverla a la vaina y arrojarla al suelo
lo más suavemente que pudiese, a unos seis pies de distancia del extremo de mi cadena.
Pidió después una de las columnas huecas de hierro, como llamaban a mis pistoletes. Lo
saqué, y, conforme a su deseo, le expliqué como pude para qué servía; y cargándolo sólo
con pólvora, la cual, gracias a lo bien cerrado de mi bolsa, se libró de mojarse en el mar -
percance contra el cual tiene buen ciudado de precaverse todo marinero avisado-, advertí
primero al emperador que no se asustara y luego tiré al aire. Aquí el asombro fue mucho
mayor que a la vista de la cimitarra. Cientos de hombres cayeron como muertos de repente,
y hasta el emperador, aunque no cedió el terreno, no pudo recobrarse en un rato. Entregué
los dos pistoletes del mismo modo que había entregado la cimitarra, y luego la bolsa de la
pólvora y las balas, previniéndole que pusiese aquélla lejos del fuego, pues con la más
pequeña chispa podía inflamarse y hacer volar por los aires su palacio imperial. De la
misma manera entregué mi reloj, al que el emperador tuvo tan gran curiosidad por ver, que
mandó a dos de los más corpulentos soldados de su guardia que lo sostuvieran sobre un
madero en los hombros, como hacen en Inglaterra los carreteros con los barriles de cerveza.
Se asombró del continuo ruido que hacía y del movímiento del minutero, que él podía
fácilmente percibir -porque la vista de ellos es mucho más perspicaz que la nuestra-, y
requirió la opinión de algunos de sus sabios que tenía próximos, opiniones que fueron
varias y apartadas, como el lector puede bien imaginar sin que yo se las repita, aunque,
desde luego, no pude entenderlas muy perfectamente. Luego entregué las monedas de plata
y de cobre, la bolsa, con nueve piezas grandes de oro y algunas más pequeñas; el cuchillo y
la navaja de afeitar; el peine, la tabaquera, el pañuelo y el libro diario. La cimitarra, los
pistoletes y la bolsa de la carga fueron llevados en carro a los almacenes de Su Majestad;
pero las demás cosas me fueron devueltas.
Tenía yo, como antes indiqué, un bolsillo secreto que escapó del registro, donde
guardaba unos lentes -que algunas veces usaba por debilidad de la vista-, un anteojo de
bolsillo y otros cuantos útiles que, no importando para nada al emperador, no me creí en
conciencia obligado a descubrir, y que temía que me rompiesen o estropeasen si me
arriesgaba a soltarlos.
*
Capítulo 3
Capítulo 3
*
El autor divierte al emperador y a su nobleza de ambos sexos de modo muy extraordinario.
-Descripción de las diversiones de la corte de Liliput. -El autor obtiene su libertad bajo
ciertas condiciones.
Mi dulzura y buen comportamiento habían influído tanto en el emperador y su corte, y
sin duda en el ejército y el pueblo en general, que empecé a concebir esperanzas de lograr
mi libertad en plazo breve.Yo recurría a todos los métodos para cultivar esta favorable
disposición. Gradualmente, los naturales fueron dejando de temer daño alguno de mí. A
veces me tumbaba y dejaba que cinco o seis bailasen en mi mano, y, por último, los chicos
y las chicas se arriesgaron a jugar al escondite entre mi cabello. A la sazón había
progresado bastante en el conocimiento y habla de su lengua. Un día quiso el rey
obsequiarme con algunos espectáculos del país, en los cuales, por la destreza y
magnificencia, aventajan a todas las naciones que conozco. Ninguno me divirtió tanto como
el de los volatineros, ejecutado sobre un finísimo hilo blanco tendido en una longitud
aproximada de dos pies y a doce pulgadas del suelo. Y acerca de él quiero, contando con la
paciencia del lector, extenderme un poco.
Esta diversión es solamente practicada por aquellas personas que son candidatos a altos
empleos y al gran favor de la corte. Se les adiestra en este arte desde su juventud y no
siempre son de noble cuna y educación elevada. Cuando hay vacante un alto puesto, bien
sea por fallecimiento o por ignominia -lo cual acontece a menudo-, cinco o seis de estos
candidatos solicitan del emperador permiso para divertir a Su Majestad y a la corte con un
baile de cuerda, y aquel que salta hasta mayor altura sin caerse se lleva el empleo. Muy
frecuentemente se manda a los ministros principales que muestren su habilidad y
convenzan al emperador de que no han perdido sus facultades. Flimnap, el tesorero, es
fama que hace una cabriola en la cuerda tirante por lo menos una pulgada más alta que
cualquier señor del imperio. Yo le he visto dar el salto mortal varias veces seguidas sobre
un plato trinchero, sujeto a la cuerda, no más gorda que un bramante usual de Inglaterra. Mi
amigo Reldresal, secretario principal de Negocios Privados, es, en opinión mía -y no
quisiera dejarme llevar de parcialidades-, el que sigue al tesorero. El resto de los altos
empleados se van allá unos con otros.
Estas distracciones van a menudo acompañadas de accidentes funestos, muchos de los
cuales dejan memoria. Yo mismo he visto romperse miembros a dos o tres candidatos. Pero
el peligro es mucho mayor cuando se ordena a los ministros que muestren su destreza, pues
en la pugna por excederse a sí mismos y exceder a sus compañeros llevan su esfuerzo a tal
punto, que apenas existe uno que no haya tenido una caída, y varios han tenido dos o tres.
Me aseguraron que un año o dos antes de mi llegada, Flimnap se hubiera desnucado
infaliblemente si uno de los cojines del rey, que casualmente estaba en el suelo, no hubiese
amortiguado la fuerza de su caída.
Hay también otra distracción que sólo se celebra ante el emperador y la emperatriz y el
primer ministro, en ocasiones especiales. El emperador pone sobre la mesa tres bonitas
hebras de seda de seis pulgadas de largo: una es azul, otra roja y la tercera verde. Estas
hebras representan los premios que aquellas personas a quienes el emperador tiene voluntad
de distinguir con una muestra particular de su favor. La ceremonia se verifica en la gran
sala del trono de Su Majestad, donde los candidatos han de sufrir una prueba de destreza
muy diferente de la anterior, y a la cual no he encontrado parecido en otro ningún país del
viejo ni del nuevo mundo. El emperador sostiene en sus manos una varilla por los
extremos, en posición horizontal, mientras los candidatos, que se destacan uno a uno, a
veces saltan por encima de la varilla y a veces se arrastran serpenteando por debajo de ella
hacia adelante y hacia atrás repetidas veces, según que la varilla avanza o retrocede. En
algunas ocasiones el emperador tiene un extremo de la varilla y el otro su primer ministro;
en otras, el ministro la tiene solo.
Aquel que ejecuta su trabajo con más agilidad y resiste más saltando y arrastrándose es
recompensado con la seda de color azul; la roja se da al siguiente, y la verde al tercero, y
ellos la llevan rodeándosela dos veces por la mitad del cuerpo. Se ven muy pocas personas
de importancia en la corte que no vayan adornadas con un ceñidor de esta índole.
Los caballos del ejército y los de las caballerizas reales, como los habían llevado ante mí
diariamente, ya no se espantaban y podían llegar hasta mis mismos pies sin dar corcovos.
Los jinetes los hacían saltar mi mano cuando yo la ponía en el suelo, Y uno de los monteros
del emperador, sobre un corcel de gran alzada, pasó mi pie con zapato y todo, lo que fue, a
no dudar, un formidable salto.
Un día tuve la buena fortuna de divertir al emperador por un procedimiento curioso. Le
pedí que me hiciese llevar varios palitos de dos pies de altura y del grueso de un bastón
corriente; inmediatamente Su Majestad ordenó al director de sus bosques que dictase las
disposiciones oportunas, y a la mañana siguiente llegaron seis guardas con otros tantos
carros, tirados por ocho caballos cada uno. Tomé nueve de estos palitos y los clavé
firmemente en el suelo, en figura rectangular, de dos pies y medio en cuadrado; cogí otros
cuatro palitos y los até horizontalmente a los cuatro ángulos, a unos dos pies del suelo.
Después sujeté mi pañuelo a los nueve palitos que estaban de pie y lo extendí por todos
lados, hasta que quedó tan estirado como el parche de un tambor; y los cuatro palitos
paralelos, levantando unas cinco pulgadas más que el pañuelo, servían de balaustrada por
todos lados. Cuando hube terminado mi obra pedí al emperador que permitiese a fuerzas de
su mejor caballería en número de veinticuatro hombres, subir a este plano y hacer en él
ejercicio. Su majestad aprobó mi propuesta y fui subiendo a los soldados con las manos,
uno por uno, ya montados y armados, así como a los oficiales que debían mandarlos. Tan
pronto como estuvieron formados se dividieron en dos grupos, simularon escaramuzas,
dispararon flechas sin punta, sacaron las espadas, huyeron, persiguieron, atacaron y se
retiraron; en una palabra: demostraron la mejor disciplina militar que nunca vi. Los palitos
paralelos impedían que ellos y sus caballos cayesen del escenario aquel; y el emperador
quedó tan complacido, que mandó que se repitiese la diversión varios días, y una vez se
dignó permitir que le subiera a él mismo y encargarse del mando. Llegó, aunque con gran
dificultad, incluso a persuadir a la propia emperatriz de que me permitiese sostenerla en su
silla de manos, a dos yardas del escenario, desde donde abarcaba con la vista todo el
espectáculo. Sólo una vez un caballo fogoso, que pertenecía a uno de los capitanes, hizo,
piafando, un agujero en el pañuelo, y, metiendo por él la pata, cayó con su jinete; pero yo
levanté inmediatamente a los dos, y, tapando el agujero con una mano, bajé a la tropa con la
otra, de la misma manera que la había subido. El caballo que dio la caída se torció la mano
izquierda, pero el jinete no se hizo ningún daño, y yo arreglé mi pañuelo como pude. No
obstante, no me confiaría más en su resistencia para empresas tan peligrosas.
Dos o tres días antes de que me pusieran en libertad estaba yo divirtiendo a la corte con
este género de cosas, cuando llegó un correo a informar a Su Majestad de que un súbdito
suyo, paseando a caballo cerca del sitio donde me habían hallado por primera vez, había
visto en el suelo un objeto negro, grande, de forma muy extraña, que alcanzaba por los
bordes la extensión del dormitorio de Su Majestad y se levantaba por el centro a la altura de
un hombre, y que no era criatura viva, como al principio sospecharon, porque yacía sobre la
hierba, sin movimiento. Algunos habían dado la vuelta a su alrededor varias veces;
subiéndose unos en los hombros de otros, habían alcanzado a la parte de arriba, y
golpeando en ella, descubierto que estaba hueca; con todos los respetos, habían pensado
que podía ser algo perteneciente al Hombre-Montaña, y si Su Majestad lo mandaba estaban
dispuestos a encargarse de llevarlo con sólo cinco caballos. Entonces me di cuenta de lo
que querían decir, y me alegré en el alma de recibir la noticia. Según parece, al llegar a la
playa después del naufragio, me encontraba yo en tal estado de confusión, que antes de ir al
sitio donde me quedé dormido, mi sombrero, que había yo sujetado a mi cabeza con un
cordón mientras remaba, y se me había mantenido puesto todo el tiempo que nadé, se me
cayó; el cordón, supongo, se rompería por cualquier accidente que yo no advertí. Yo creía
que el sombrero se me había perdido en el mar. Supliqué a Su Majestad que diese órdenes
para que me lo llevasen lo antes posible, al mismo tiempo que le expliqué su empleo y su
naturaleza, y al siguiente día los acarreadores llegaron con él, aunque no en muy buen
estado. Habían practicado dos agujeros en el ala, a pulgada y media del borde, y metido dos
ganchos por los agujeros; estos ganchos se unieron por medio de una larga cuerda a los
arneses, y de esta suerte arrastraron mi sombrero más de media milla inglesa; pero como el
piso de aquel país es extremadamente liso y llano, recibió mucho menos daño del que se
pudiera temer.
Dos días después de esta aventura, el emperador, que había ordenado que estuviesen
listas las tropas de su ejército de guarnición en la metrópoli y las cercanías, tuvo la
ocurrencia de divertirse de una manera muy singular: hizo que yo me estuviera, como un
coloso, en pie y con las piernas tan abiertas como buenamente pudiese, y luego mandó a su
general -que era un adalid de larga experiencia y gran valedor mío- disponer sus tropas en
formación cerrada y hacerlas pasar por debajo de mí, los infantes de a veinticuatro en línea
y la caballería de a dieciséis, a tambor batiente, con banderas desplegadas y con lanzas en
ristre. Este cuerpo se componía de tres mil infantes y mil caballos.
Había enviado yo tantos memoriales y tantas solicitudes en demanda de libertad, que Su
Majestad, por fin, llevó el asunto primero al Gabinete y luego al Consejo pleno, donde
nadie se opuso, excepto Skyresh Bolgolam, quien se complacía, sin que yo le diese motivo
alguno, en ser mi mortal enemigo. Pero fue aprobado, en contra de su voluntad, por toda la
Junta, y confirmado por el emperador. Ese ministro a que me refiero era Galbet, o sea
almirante del reino, persona muy de la confianza de su señor y muy versada en los asuntos,
pero de temperamento rudo y agrio. Sin embargo, le persuadieron al fin para que
consintiese, pero concediéndole que los artículos y condiciones bajo los cuales se me
pusiera en libertad, y que yo debía jurar, fuese él mismo quien los redactase. Estos artículos
me fueron presentados por Skyresh Bolgolam en persona, acompañado de los
subsecretarios y varias personas significadas. Una vez que me fueron leídos, se me propuso
que jurase su cumplimiento, primero a la usanza de mi propio país y luego según el
procedimiento descrito por las leyes de allá, y que consistió en sostenerme en alto el pie
derecho con la mano izquierda, al tiempo que me colocaba el dedo medio de la mano
derecha en la coronilla y el pulgar en la punta de la oreja derecha. Pero como el lector
puede que sienta curiosidad por tener una idea del estilo y modo de expresión peculiar de
este pueblo, así como por conocer los artículos en virtud de los cuales recobré la libertad,
he hecho la traducción de todo el documento, palabra por palabra, tan fielmente como he
podido, y quiero sacarlo a luz en este punto:
«Golbasto Momaren Evlame Gurdilo Shefin Mully Ully Gue, muy poderoso emperador
de Liliput, delicia y terror del universo, cuyos dominios se extienden cinco mil blustrugs -
unas doce millas en circunferencia- hacia los confines del globo; monarca de todos los
monarcas, más alto que los hijos de los hombres, cuyos pies oprimen el centro del mundo y
cuya cabeza se levanta hasta tocar el Sol; cuyo gesto hace temblar las rodillas de los
príncipes de la tierra; agradable como la primavera, reconfortante como el verano,
fructífero como el otoño, espantoso como el
El autor divierte al emperador y a su nobleza de ambos sexos de modo muy extraordinario.
-Descripción de las diversiones de la corte de Liliput. -El autor obtiene su libertad bajo
ciertas condiciones.
Mi dulzura y buen comportamiento habían influído tanto en el emperador y su corte, y
sin duda en el ejército y el pueblo en general, que empecé a concebir esperanzas de lograr
mi libertad en plazo breve.Yo recurría a todos los métodos para cultivar esta favorable
disposición. Gradualmente, los naturales fueron dejando de temer daño alguno de mí. A
veces me tumbaba y dejaba que cinco o seis bailasen en mi mano, y, por último, los chicos
y las chicas se arriesgaron a jugar al escondite entre mi cabello. A la sazón había
progresado bastante en el conocimiento y habla de su lengua. Un día quiso el rey
obsequiarme con algunos espectáculos del país, en los cuales, por la destreza y
magnificencia, aventajan a todas las naciones que conozco. Ninguno me divirtió tanto como
el de los volatineros, ejecutado sobre un finísimo hilo blanco tendido en una longitud
aproximada de dos pies y a doce pulgadas del suelo. Y acerca de él quiero, contando con la
paciencia del lector, extenderme un poco.
Esta diversión es solamente practicada por aquellas personas que son candidatos a altos
empleos y al gran favor de la corte. Se les adiestra en este arte desde su juventud y no
siempre son de noble cuna y educación elevada. Cuando hay vacante un alto puesto, bien
sea por fallecimiento o por ignominia -lo cual acontece a menudo-, cinco o seis de estos
candidatos solicitan del emperador permiso para divertir a Su Majestad y a la corte con un
baile de cuerda, y aquel que salta hasta mayor altura sin caerse se lleva el empleo. Muy
frecuentemente se manda a los ministros principales que muestren su habilidad y
convenzan al emperador de que no han perdido sus facultades. Flimnap, el tesorero, es
fama que hace una cabriola en la cuerda tirante por lo menos una pulgada más alta que
cualquier señor del imperio. Yo le he visto dar el salto mortal varias veces seguidas sobre
un plato trinchero, sujeto a la cuerda, no más gorda que un bramante usual de Inglaterra. Mi
amigo Reldresal, secretario principal de Negocios Privados, es, en opinión mía -y no
quisiera dejarme llevar de parcialidades-, el que sigue al tesorero. El resto de los altos
empleados se van allá unos con otros.
Estas distracciones van a menudo acompañadas de accidentes funestos, muchos de los
cuales dejan memoria. Yo mismo he visto romperse miembros a dos o tres candidatos. Pero
el peligro es mucho mayor cuando se ordena a los ministros que muestren su destreza, pues
en la pugna por excederse a sí mismos y exceder a sus compañeros llevan su esfuerzo a tal
punto, que apenas existe uno que no haya tenido una caída, y varios han tenido dos o tres.
Me aseguraron que un año o dos antes de mi llegada, Flimnap se hubiera desnucado
infaliblemente si uno de los cojines del rey, que casualmente estaba en el suelo, no hubiese
amortiguado la fuerza de su caída.
Hay también otra distracción que sólo se celebra ante el emperador y la emperatriz y el
primer ministro, en ocasiones especiales. El emperador pone sobre la mesa tres bonitas
hebras de seda de seis pulgadas de largo: una es azul, otra roja y la tercera verde. Estas
hebras representan los premios que aquellas personas a quienes el emperador tiene voluntad
de distinguir con una muestra particular de su favor. La ceremonia se verifica en la gran
sala del trono de Su Majestad, donde los candidatos han de sufrir una prueba de destreza
muy diferente de la anterior, y a la cual no he encontrado parecido en otro ningún país del
viejo ni del nuevo mundo. El emperador sostiene en sus manos una varilla por los
extremos, en posición horizontal, mientras los candidatos, que se destacan uno a uno, a
veces saltan por encima de la varilla y a veces se arrastran serpenteando por debajo de ella
hacia adelante y hacia atrás repetidas veces, según que la varilla avanza o retrocede. En
algunas ocasiones el emperador tiene un extremo de la varilla y el otro su primer ministro;
en otras, el ministro la tiene solo.
Aquel que ejecuta su trabajo con más agilidad y resiste más saltando y arrastrándose es
recompensado con la seda de color azul; la roja se da al siguiente, y la verde al tercero, y
ellos la llevan rodeándosela dos veces por la mitad del cuerpo. Se ven muy pocas personas
de importancia en la corte que no vayan adornadas con un ceñidor de esta índole.
Los caballos del ejército y los de las caballerizas reales, como los habían llevado ante mí
diariamente, ya no se espantaban y podían llegar hasta mis mismos pies sin dar corcovos.
Los jinetes los hacían saltar mi mano cuando yo la ponía en el suelo, Y uno de los monteros
del emperador, sobre un corcel de gran alzada, pasó mi pie con zapato y todo, lo que fue, a
no dudar, un formidable salto.
Un día tuve la buena fortuna de divertir al emperador por un procedimiento curioso. Le
pedí que me hiciese llevar varios palitos de dos pies de altura y del grueso de un bastón
corriente; inmediatamente Su Majestad ordenó al director de sus bosques que dictase las
disposiciones oportunas, y a la mañana siguiente llegaron seis guardas con otros tantos
carros, tirados por ocho caballos cada uno. Tomé nueve de estos palitos y los clavé
firmemente en el suelo, en figura rectangular, de dos pies y medio en cuadrado; cogí otros
cuatro palitos y los até horizontalmente a los cuatro ángulos, a unos dos pies del suelo.
Después sujeté mi pañuelo a los nueve palitos que estaban de pie y lo extendí por todos
lados, hasta que quedó tan estirado como el parche de un tambor; y los cuatro palitos
paralelos, levantando unas cinco pulgadas más que el pañuelo, servían de balaustrada por
todos lados. Cuando hube terminado mi obra pedí al emperador que permitiese a fuerzas de
su mejor caballería en número de veinticuatro hombres, subir a este plano y hacer en él
ejercicio. Su majestad aprobó mi propuesta y fui subiendo a los soldados con las manos,
uno por uno, ya montados y armados, así como a los oficiales que debían mandarlos. Tan
pronto como estuvieron formados se dividieron en dos grupos, simularon escaramuzas,
dispararon flechas sin punta, sacaron las espadas, huyeron, persiguieron, atacaron y se
retiraron; en una palabra: demostraron la mejor disciplina militar que nunca vi. Los palitos
paralelos impedían que ellos y sus caballos cayesen del escenario aquel; y el emperador
quedó tan complacido, que mandó que se repitiese la diversión varios días, y una vez se
dignó permitir que le subiera a él mismo y encargarse del mando. Llegó, aunque con gran
dificultad, incluso a persuadir a la propia emperatriz de que me permitiese sostenerla en su
silla de manos, a dos yardas del escenario, desde donde abarcaba con la vista todo el
espectáculo. Sólo una vez un caballo fogoso, que pertenecía a uno de los capitanes, hizo,
piafando, un agujero en el pañuelo, y, metiendo por él la pata, cayó con su jinete; pero yo
levanté inmediatamente a los dos, y, tapando el agujero con una mano, bajé a la tropa con la
otra, de la misma manera que la había subido. El caballo que dio la caída se torció la mano
izquierda, pero el jinete no se hizo ningún daño, y yo arreglé mi pañuelo como pude. No
obstante, no me confiaría más en su resistencia para empresas tan peligrosas.
Dos o tres días antes de que me pusieran en libertad estaba yo divirtiendo a la corte con
este género de cosas, cuando llegó un correo a informar a Su Majestad de que un súbdito
suyo, paseando a caballo cerca del sitio donde me habían hallado por primera vez, había
visto en el suelo un objeto negro, grande, de forma muy extraña, que alcanzaba por los
bordes la extensión del dormitorio de Su Majestad y se levantaba por el centro a la altura de
un hombre, y que no era criatura viva, como al principio sospecharon, porque yacía sobre la
hierba, sin movimiento. Algunos habían dado la vuelta a su alrededor varias veces;
subiéndose unos en los hombros de otros, habían alcanzado a la parte de arriba, y
golpeando en ella, descubierto que estaba hueca; con todos los respetos, habían pensado
que podía ser algo perteneciente al Hombre-Montaña, y si Su Majestad lo mandaba estaban
dispuestos a encargarse de llevarlo con sólo cinco caballos. Entonces me di cuenta de lo
que querían decir, y me alegré en el alma de recibir la noticia. Según parece, al llegar a la
playa después del naufragio, me encontraba yo en tal estado de confusión, que antes de ir al
sitio donde me quedé dormido, mi sombrero, que había yo sujetado a mi cabeza con un
cordón mientras remaba, y se me había mantenido puesto todo el tiempo que nadé, se me
cayó; el cordón, supongo, se rompería por cualquier accidente que yo no advertí. Yo creía
que el sombrero se me había perdido en el mar. Supliqué a Su Majestad que diese órdenes
para que me lo llevasen lo antes posible, al mismo tiempo que le expliqué su empleo y su
naturaleza, y al siguiente día los acarreadores llegaron con él, aunque no en muy buen
estado. Habían practicado dos agujeros en el ala, a pulgada y media del borde, y metido dos
ganchos por los agujeros; estos ganchos se unieron por medio de una larga cuerda a los
arneses, y de esta suerte arrastraron mi sombrero más de media milla inglesa; pero como el
piso de aquel país es extremadamente liso y llano, recibió mucho menos daño del que se
pudiera temer.
Dos días después de esta aventura, el emperador, que había ordenado que estuviesen
listas las tropas de su ejército de guarnición en la metrópoli y las cercanías, tuvo la
ocurrencia de divertirse de una manera muy singular: hizo que yo me estuviera, como un
coloso, en pie y con las piernas tan abiertas como buenamente pudiese, y luego mandó a su
general -que era un adalid de larga experiencia y gran valedor mío- disponer sus tropas en
formación cerrada y hacerlas pasar por debajo de mí, los infantes de a veinticuatro en línea
y la caballería de a dieciséis, a tambor batiente, con banderas desplegadas y con lanzas en
ristre. Este cuerpo se componía de tres mil infantes y mil caballos.
Había enviado yo tantos memoriales y tantas solicitudes en demanda de libertad, que Su
Majestad, por fin, llevó el asunto primero al Gabinete y luego al Consejo pleno, donde
nadie se opuso, excepto Skyresh Bolgolam, quien se complacía, sin que yo le diese motivo
alguno, en ser mi mortal enemigo. Pero fue aprobado, en contra de su voluntad, por toda la
Junta, y confirmado por el emperador. Ese ministro a que me refiero era Galbet, o sea
almirante del reino, persona muy de la confianza de su señor y muy versada en los asuntos,
pero de temperamento rudo y agrio. Sin embargo, le persuadieron al fin para que
consintiese, pero concediéndole que los artículos y condiciones bajo los cuales se me
pusiera en libertad, y que yo debía jurar, fuese él mismo quien los redactase. Estos artículos
me fueron presentados por Skyresh Bolgolam en persona, acompañado de los
subsecretarios y varias personas significadas. Una vez que me fueron leídos, se me propuso
que jurase su cumplimiento, primero a la usanza de mi propio país y luego según el
procedimiento descrito por las leyes de allá, y que consistió en sostenerme en alto el pie
derecho con la mano izquierda, al tiempo que me colocaba el dedo medio de la mano
derecha en la coronilla y el pulgar en la punta de la oreja derecha. Pero como el lector
puede que sienta curiosidad por tener una idea del estilo y modo de expresión peculiar de
este pueblo, así como por conocer los artículos en virtud de los cuales recobré la libertad,
he hecho la traducción de todo el documento, palabra por palabra, tan fielmente como he
podido, y quiero sacarlo a luz en este punto:
«Golbasto Momaren Evlame Gurdilo Shefin Mully Ully Gue, muy poderoso emperador
de Liliput, delicia y terror del universo, cuyos dominios se extienden cinco mil blustrugs -
unas doce millas en circunferencia- hacia los confines del globo; monarca de todos los
monarcas, más alto que los hijos de los hombres, cuyos pies oprimen el centro del mundo y
cuya cabeza se levanta hasta tocar el Sol; cuyo gesto hace temblar las rodillas de los
príncipes de la tierra; agradable como la primavera, reconfortante como el verano,
fructífero como el otoño, espantoso como el
Archivo Febrero 2009





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