De.licio.us Dada
Archivo Abril 2008

Por arkaiko

LA PESTE ESCARLATA -- JACK LONDON

 

 


JACK LONDON
La peste escarlata




El camino, de borroso trazado, seguía lo que en otro tiempo había sido el terraplén de una vía férrea que, desde hacía muchos años, ningún tren había recorrido. A derecha e izquierda, el bosque, que invadía e hinchaba las laderas del terraplén, envolvía el camino en una ola verde de árboles y matorrales. El camino no era otro caso que un simple sendero, con anchura apenas suficiente para que dos hombres avancen de lado. Era algo así como una pista de bestias salvajes.

Aquí y allá se veían fragmentos de hierro oxidado que indicaban que, debajo de la maleza, seguía habiendo rieles y traviesas. En cierto punto, un árbol, al crecer, había levantado en el aire un riel entero, que quedaba al descubierto. Una pesada traviesa había seguido al riel, y seguía unida a él por una tuerca. Debajo se veían las piedras de basalto, medio recubierta por hojas muertas. El riel y la traviesa enlazadas de aquel modo extraño, apuntaban hacia el cielo, fantasmagóricamente. Por vieja que fuera la vía férrea, se constataba sin dificultad, por su estrechez, que había sido de vía única.

Un anciano y un muchacho iban por el camino.

Avanzaban con lentitud, ya el viejo estaba doblado por el peso de los años. Un comienzo de parálisis hacía que sus miembros y sus ademanes temblequearan, y caminaba apoyado en un bastón.

Un gorro de piel de cabra le protegía la cabeza del sol. Por debajo de ese gorro pendía una franja de ralos cabellos blancos, sucios y desgreñados. Una especie de visera, ingeniosamente hecha con una ancha hoja curva, le protegía los ojos del exceso de luz. Bajo esa visera, la mirada del pobre hombre, bajaba hacia el suelo, seguía atentamente el movimiento de sus propios pies en el sendero.

Su barba caía en greñas torrenciales, y hubiera debido ser, igual que los cabellos, blancos como la nieve; pero, como ellos, testimoniaba una negligencia y una miseria extremas.

Un mísero vestido de piel de cabra, de una sola pieza, colgaba desde el pecho y la espalda del viejo, cuyos brazos y piernas, lastimosamente descarnados, y cuya piel marchita testimoniaban una edad avanzada. Las desolladuras y cicatrices que le cubrían los miembros, aso como lo atezado de su piel, indicaban que hacía largo tiempo que aquel hombre estaba expuesto al choque directo con la naturaleza y los elementos.

El muchacho andaba delante suyo, ajustando el ardoroso vigor de sus miembros a los pasos lentos del viejo que lo seguía. También él tenía como única vestidura una piel de animal: un trozo de piel de oso de bordes desiguales, con agujero central por el que se lo pasaba por la cabeza. Aparentaba todo lo más doce años, y llevaba, coquetamente colocaba encima de la oreja, una cola de cerdo recién cortada.

Llevaba en la mano un arco de tamaño medio y una flecha, y en su espalda colgaba un carcaj lleno de flechas. De una funda que le pendía del cuello, sujeta por una correa, salía el mango nudoso de un cuchillo de caza. El muchacho era negro como una mora, y su modo ágil de moverse recordaba el de un gato. Sus ojos azules, de una azul intenso, eran vivos y penetrantes como barrenas, y su color celeste contrastaban con la piel quemada por el sol que los enmarcaba.

Su mirada parecía saltar incesantemente hacia todos los objetos circundantes, y las aletas de su nariz palpitaban y se dilataban en un perpetuo acecho del mundo exterior, del que recogía ávidamente todos los mensajes. Su oído parecía igualmente fino, y estaba tan adiestrado que operaba automáticamente, sin ningún esfuerzo auditivo especial. Con toda naturalidad, sin la menor tensión adicional, su oído percibía, en la aparente calma reinante, los más leves sonidos, los distinguía unos de otros y los clasificaba: el roce del viento en las hojas, el zumbido de una abeja o una mosca, el rumor sordo y lejano del mar, que llegaba atenuado en un débil murmullo, la imperceptible resaca de las patas de un pequeño roedor limpiando de tierra la entrada de su guarida.

De pronto, el cuerpo del muchacho se tensó en posición de alerta. El sonido, la visión, y el olor los habían advertido simultáneamente. Tendió la mano hacia el viejo, lo toco, y ambos permanecieron inmóviles y silenciosos.

Algo había crujido delante de ellos, en la pendiente del terraplén, hacia la cima. Y la veloz mirada del muchacho se clavó en los matorrales cuya parte superior se movía.

Entonces, un gran oso pardo se les mostró, saliendo ruidosamente, y también él se detuvo instantáneamente, al ver a los dos humanos.

Al oso no le gustaban los hombres. Gruñó rabiosamente. Lentamente, dispuesto a afrontar lo que viniera. El muchacho colocó la flecha en el arco y tensó la cuerda, sin dejar de mirar a la bestia. El viejo, que debajo de la hoja que le servía de visera, espiaba el peligro, se quedó tan quieto como su acompañante.

Durante unos momentos, el oso y los dos humanos se miraron. Luego, en vista de que la bestia, con sus gruñidos, manifestaba una creciente irritación, el muchacho hizo un signo al viejo, con un leve movimiento de la cabeza, de que era conveniente dejar el sendero libre y bajar la pendiente del terraplén. Eso hicieron, el viejo primero y luego el muchacho, que le seguía andando hacia atrás, con el arco tenso y dispuesto a tirar.

Cuando llegaron abajo, esperaron hasta que el ruido fuerte de hojas y ramas movidas, del otro lado del terraplén, les hizo saber que el oso se había marchado. Volvieron a la cima, y el muchacho dijo, con una risita prudentemente atenuada:

--¡Ése era grande, abuelo!

El viejo hizo una seña afirmativa. Meneó tristemente la cabeza, y contestó, con una voz de falsete parecida a la de un niño:

--Cada día hay más. ¡Quién hubiera pensado que viviría lo bastante para ver unos tiempos en que se corre peligro de muerte por el mero hecho de circular por el territorio del balneario del Cliff-House! En la época de la que te hablo, Edwin, cuando yo era niño, acudían aquí, en verano, a decenas de miles, hombres, mujeres, niños y niñas. Y entonces no había osos por aquí, puedes estar seguro. O, al menos, eran tan escasos que se los metía en una jaula y se pagaba dinero para verlos.

--¿Dinero, abuelo? ¿Y qué es?

Antes de que el viejo contestara, Edwin se dio u golpe en la frente: se había acordado. Se metió la mano en una especie de bolsillo interno en la piel de oso, y sacó de él, triunfante, un dólar de plata, abollado y deslustrado.

Los ojos del anciano se iluminaron cuando se inclinó sobre la moneda.

--Mi vista es mala –murmuró--. Mira tú, Edwin, si puedes descifrar la fecha que tiene.

El niño se echó a reír y exclamó, devertidísimo:

--¡Eres increíble, abuelo! ¡Sigues tratando de hacerme creer que esos pequeños signos que hay ahí quieren decir algo!

El viejo gimió profundamente, y acercó el pequeño disco a dos o tres pulgadas de sus ojos.

--¡dos mil doce! –exclamó, finalmente. Luego se lanzó a un parloteo chistoso.

--¡Doce mil doce! Fue el año en que Morgan V fue elegido presidente de los Estado Unidos por la asamblea de Magnates. Debe ser una de las últimas monedas que se acuñaron, porque la muerte escarlata llegó en el año dos mil trece. ¡Señor! ¡Señor! ¡Cuándo pienso en ello! Hace sesenta años. ¡Y hoy soy el único sobreviviente de aquel tiempo! ¿Dónde has encontrado esta moneda, Edwin?

Edwin, que había escuchado al abuelo con la benévola condescendencia que se merecen los desvaríos de los débiles mentales, respondió enseguida:

--¡Me la dio Hu-Hu! La encontró cuando guardaba su rebaño de cabras, cerca de San José, la primavera pasada. Hu-Hu dice que es plata... Pero, ¿no tienes hambre, abuelo? ¿Por qué no seguimos andando?

El pobre hombre, después de devolverle el dólar a Edwin, asió su bastón con más fuerza y se apresuró hacia el sendero, brillándole de gula los ojos.

--Esperemos –musitó—que Cara de Liebre haya encontrado algún cangrejo... ¡Quizás dos cangrejos! Es bueno comer, lo que tiene dentro los cangrejos. Muy bueno de comer cuando uno tiene nietos como vosotros, que quieren a su abuelo y se sienten obligados a conseguirle cangrejos. Cuando yo era niño...

Pero Edwin había visto algo; se había detenido, y, llevándose un dedo a los labios, hizo al anciano signo de callarse. Colocó una flecha en la cuerda del arco y avanzó, a amparo de una vieja tubería de agua medio reventada que, al estallar, había desplazado un riel. Bajo la parra silvestre y las plantas trepadoras que la cubrían se veía la gruesa tubería oxidada.

El muchacho, avanzó de aquel modo, llegó junto a un conejo que estaba sentado junto a un matorral y que le miró, titubeante y tembloroso. La distancia era todavía al menos de cincuenta pies. Pero la flecha voló certeramente al blanco, veloz como un rayo, y el conejo, alcanzado, emitió un chillido de dolor. Luego se arrastró chillando hacia el matorral, tratando de ocultarse.

El muchacho, como la flecha, era un rayo, un rayo de piel tostada y de flotante piel de animal. Mientras corría hacia el conejo, su musculatura se tensaba y destensaba como un conjunto de resortes de acero que operaban, poderosos y flexibles, en el interior de sus miembros secos. Asió al animal herido, lo remató golpeándole la cabeza contra un tronco de árbol que quedaba a su alcance, y luego volvió junto al viejo y le entregó la presa para que la llevara.

--Es bueno, el conejo; muy bueno –musitó el vejestorio--. Pero como golosina deliciosa al paladar, prefiero al cangrejo. Cuando era niño...

Edwin, impaciente ante la fútil locuacidad del viejo, le interrumpió.

-¿A qué vienen –dijo, cortándole la palabra—tantas frases a propósito de cualquier cosa, frases que no tienen ningún sentido?

se expresó con menos cortesía, pero ese fue más o menos el sentido de lo que dijo. Tenía un modo de hablar gutural e imperativo, y la lengua que hablaba estaba claramente emparentada con la del viejo, que era, a su vez, una derivación bastante corrompida del inglés. Edwin prosiguió:

--Me pone nervioso oír constantemente cosas que no entiendo. ¿Por qué, abuelo, por ejemplo, lamas a un cangrejo "golosina"? Un cangrejo es un cangrejo y se acabó. ¿Qué quiere decir eso de golosina?

El viejo suspiró sin contestar, y ambos prosiguieron su camino en silencio. El ruido de romper de las olas fue en aumento, y, cuando ambos emergieron del bosque, se mostró repentinamente el mar, más allá de las grandes dunas de arena.

Entre aquellas dunas, unas cuantas cabras mordisqueaban una hierba escasa. Estaban al cuidado de otro muchacho, vestido con pieles de animal, y de un perro, que no era ya sino una débil reminiscencia del perro y se parecía mucho más al lobo. En primer plano se elevaba el uno de una hoguera vigilada por un tercer muchacho, de aspecto no menos tosco que los dos anteriores. A su alrededor estaban tendidos varios perros-lobo, semejantes al que guardaba las cabras.

A un centenar de yardas de la orilla del mar había un amontonamiento de peñascos despedazados, y el rugir de las olas que los azotaban se mezclaba con una especie de ladrido ronco. Era el mugir de enormes leones marinos que se arrastraban entre las rocas, unos para tenderse al sol, otros para combatir entre ellos.

El viejo se dirigió hacia el fuego, acelerando el paso y husmeando el aire con avidez.

--¡Mejillones! –exclamó, extasiado, con su vocecilla temblorosa, al llegar junto al fuego--. ¡Mejillones! ¿No es cierto, Hu-Hu? ¿No será un cangrejo? ¡Dios mío! ¡Muchachos, que buenos sois con vuestro abuelo!

Hu-Hu, que aparentaba la misma edad que Edwin, respondió, con una mueca que pretendía ser una sonrisa.

--Come, abuelo, come todo lo que quieras. Mejillones o cangrejos. Hay cuatro.

El paralítico entusiasmo del viejo era un espectáculo penoso. Se sentó en la arena lo más deprisa que se lo permitieron sus miembros agarrotados, y sacó de entre los tizones un mejillón de roca de gran tamaño. El calor había hecho que se abrieran las valvas, y se veía la carne del mejillón, color salmón y cocida en su punto.

Con prisa febril, el viejo asió el suculento bocado entre el pulgar y el índice y se lo llevó rápidamente a la boca. Pero el mejillón quemaba y, al cabo de un instante, lo escupía profiriendo aullidos de dolor, mientras le rodaba una lágrima por las mejillas.

Los jóvenes eran auténticos salvajes, y salvaje era su cruel regocijo. Rompieron a reír ante el ardiente chasco del viejo, que consideraron sumamente divertido. Hu-Hu se puso a hacer inacabables, cabriolas y Edwin se retorcía de risa en el suelo. El pequeño guardián de las cabras acudió, atraído por el ruido, y no tardó en sumarse a la hilaridad.

--Enfríalos, Edwin... Enfríalos –suplicó el viejo sufriente, sin siquiera enjugarse las lágrimas que seguían brotando de sus ojos--. Enfría también un cangrejo, Edwin... Ya sabes cuanto le gustan los cangrejos a tu abuelo.

Un chisporroteo salió del fuego, que hacía que todas las valvas de los mejillones estallaran en un vapor húmedo. Los moluscos eran en su mayor parte de buen tamaño: medían entre tres y seis pulgadas de ancho. Los muchachos los sacaron del fuego valiéndose de palitos, y los alinearon en una vieja cepa arrojada a la playa por el mar para que se enfriaran.

El viejo gemía:

--En mis tiempos, nadie se burlaba de ese modo de los viejos... Se les respetaba... Se les respetaba...

Los muchachos no prestaron la menor atención a las quejas y recriminaciones del vejestorio. Pero el viejo fue ahora más prudente, y no se quemó la boca. Todos se habían puesto a comer, haciendo mucho ruido con la lengua y chasqueando los labios.

El tercer niño, que se llamaba Cara de Liebre y que tenía ganas de reír un poco más, colocó disimuladamente un poco de arena en uno de los mejillones, que ofreció luego al viejo. Cuando éste se lo metió en la boca, la arena le daño las encías y las mucosas bucales e hizo una mueca horrible.

Recomenzó entonces la risa, tumultuosamente. El viejo no se daba cuenta de que había sido objeto de una broma pesada. Balbuceaba lastimosamente y escupía con todas sus fuerzas. Finalmente, Edwin se apiadó y le tendió una calabaza con agua fresca, con la que el viejo se enjuagó la boca.

--A ver, Hu-Hu, ¿dónde están los cangrejos? --preguntó Edwin--. Hoy el abuelo tiene hambre.

Al oír hablar de cangrejos, los ojos del viejo brillaron de gula, y Hu-Hu le tendió uno, que era de muy buen tamaño. El caparazón y las patas estaban enteros, pero vacíos. Con las manos temblorosas y emitiendo grititos de impaciencia, el viejo quebró una de las patas, pero no encontró sino vacío.

--¡Un cangrejo, Hu-Hu! Gimió--. ¡Dame un cangrejo de verdad!...

--¡Nos hemos burlado de ti, abuelo! –contestó Hu-Hu--. No hay cangrejos. No he encontrado ninguno.

La decepción se pintó en la cara arrugada del vejestorio, que volvió a echarse a llorar a mares mientras los muchachos se reían inconteniblemente.

Disimuladamente, Hu-Hu reemplazó el caparazón vacío, que el viejo había dejado en el suelo delante suyo, por un cangrejo lleno, cuyas patas y caparazón estaban ya quebradas y cuya carne blanca emitía una aroma delicioso. El olfato del viejo sintió un divino cosquilleo, y bajó la mirada, sorprendidísimo. . su lúgubre humor se trocó acto seguido en alegría. Husmeó y luego, con un ronroneo beatífico, se puso a comer. Y, mientras masticaba con las encías, mascullaba una palabra que no tenía ningún sentido para sus oyentes:

--Mayonesa... Mayonesa...

Hizo chasquear la lengua, y prosiguió:

--¡Mayonesa! Eso sí que sería una buena cosa... ¡Y pensar que hace más de sesenta que ha desaparecido! Han crecido dos generaciones sin conocer su maravilloso perfume. ¡En otros tiempos, en todos los restaurantes la servía con los cangrejos!

Una vez saciado, el viejo suspiró, se secó las manos frotándoselas en sus muslos desnudos, y su mirada se perdió en el mar. Luego, sintiendo el bienestar de un estómago lleno, se puso a rebuscar en su memoria.

--¿Sabéis, hijos míos, sabéis que yo he visto estas orillas hirviendo de vida? Aquí se apretujaban cada domingo hombres. Mujeres y niños. En vez de osos a la espera de devorarlos, había la arriba, en la cima del acantilado, un magnifico restaurante donde uno encontraba todo lo que quería comer. Vivían entonces en San Francisco cuatro millones de personas. Y ahora en todo el territorio, no quedan ni cuarenta. También el mar estaba repleto de barcos que entraban y salían sin parar por la Puerta de Oro. Y en el aire había innumerables dirigibles y aviones, que podían superar las doscientas millas por hora.

Si, esa era la velocidad mínima que exigían los contratos de la compañía aérea que hacía el servicio postal entre Nueva York y San Francisco. Hubo un hombre, un francés, que ofreció la velocidad de trescientas millas. ¡Hum, hum! Esto pareció excesivo, y demasiado arriesgado, a los ojos de la gente retrógrada. Pero el francés insistía, y tenía bases sólidas para hacerlo, y hubiera logrado lo que prometía de no haber sido por la gran peste. Cuando yo era niño, había todavía gente que recordaba haber visto los primeros aeroplanos. Yo vi los últimos. Han pasado sesenta años...

Los niños escucharon su monólogo con aire distraído. No comprendían casi nada de lo que decía, y escuchaban hartos de su machaconería, tanto más cuanto que, en sus ensueños en voz alta, empleaba un inglés más puro, que no tenía sino una lejana relación con la tosca jerga que ellos empleaban y que el viejo empleaba al hablar con ellos.

--en cambio, los cangrejos, en aquel tiempo –prosiguió--, eran más escasos, porque los pesaban en todas partes, y era un manjar muy apreciado. Se autorizaba su pesa durante un solo mes al año. Hoy pueden capturarse todos los días del año. ¡Esto, en aquel tiempo, hubiera sido prodigio!

En aquel momento se produjo una viva agitación entre las cabras que comían hiervas entre las dunas, y los tres muchachos se pusieron de pie. Los perros que estaban acurrucados junto al fuego corrieron a unirse a su compañero, que había permanecido junto a las cabras y que gruñía furiosamente. El rebaño entero derivó hacia sus protectores humanos.

Media docena de formas grises y flacas se deslizaban furtivamente por la arena, y tenían en jaque a los perros, a los que se les erizaba el pelo del lomo.

Edwin lanzó contra las formas una flecha que erró el blanco. Pero Cara de Liebre, armado con una honda semejante a la que debió emplear David en su lucha contra Goliat, hizo volar una piedra, que cruzó silbando el aire. La piedra cayó de lleno entre los lobos, que desaparecieron hacia las negras profundidades del bosque de eucaliptos.

Su huida hizo reír a los muchachos. Regresaron, satisfechos, a tenderse en la arena junto al vejestorio, que gemía desaladamente. Había comido demasiado, y la digestión se le hacía pesada. Y, apretándose el vientre con ambas manos, entrelazando los dedos, prosiguió sus lamentaciones.

--El trabajo humano es efímero y se desvanece como la espuma del mar... Sí, eso es. el hombre, en este planeta, domesticó a los animales útiles y destruyó a los nocivos. Roturó la tierra y la liberó de la vegetación salvaje. Luego, cierto día, desaparece, y la marea de la vida primitiva vuelve a subir, barriendo la obra humana. La mala hierva y el bosque invade los campos, los animales de presa vuelven a atacar a los rebaños, y ahora hay lobos en la playa de Cliff-House.

Esta idea pareció asustarlo. Se detuvo. Luego prosiguió:

--Si en un solo territorio desaparecieron cuatro millones de seres humanos, si los lobos feroces vagan por aquí, y vosotros, progenie bárbara de tanto genio extinguido, os veis obligados a defenderos con armas prehistóricas, de los colmillos de los cuadrúpedos invasores, todo ello se debe a la muerte escarlata.

--Escarlata... Escarlata... –murmuró Cara de Liebre al oído de Edwin--. El abuelo repite a menudo esa palabra. ¿Tu sabes lo que significa?

El viejo oyó la pregunta, y declamó, con su voz agridulce:

--Los arces escarlata, cuando llega el otoño, me estremecen como un toque de clarín, dijo el poeta.

Edwin explicó a Cara de Liebre:

--El escarlata es el rojo... Tu no lo sabes porque te has educado en la tribu del Chófer. Ninguno de sus miembros ha sabido jamás nada. El escarlata es el rojo... Yo sí lo sé.

Cara de Libre protestó:

--Si el escarlata es el rojo, ¿por qué no decir rojo? ¿Qué sentido tiene complicar todo con palabras que la gente no entiende? El rojo es el rojo, y se acabó.

--Rojo no es la palabra adecuada –replicó el viejo--. La peste no era roja, era escarlata. El cuerpo y la cara del que se veía atacado por ella se ponían escarlata en el plazo de una hora. Lo sé porque lo vi. Hay que decir escarlata.

Pero Cara de Liebre no estaba convencido. Se obstinó:

--A mí me basta con decir rojo. Papá no utiliza otra palabra. Dice que todo el mundo murió de muerte roja.

El viejo se irritó.

--Tu padre. Como bien dice Edwin, es un hombre del vulgo, él es hijo de un hombre del vulgo. Nunca ha tenido educación. Tu abuelo era un Chófer, un criado. Tu abuela era de buena cepa, eso es verdad. Era una dama. Pero ni sus hijos ni sus nietos se le han parecido. Antes de la muerte escarlata era la mujer de Van Warden, uno de los doce magnates de la industria que gobernaban América. Valía más de mil millones de dólares. ¿Te das cuenta Edwin? Más de un millón de monedas iguales a la que levas en tu bolsillo. Luego vino la muerte escarlata, y esa mujer se convirtió en la mujer de Bill, el Chófer. Bill tenía la costumbre de pegarle palizas. Lo vi con mis propios ojos. Ya ves Cara de Liebre, quien fue tu abuela.

En el curso de esta discusión, Hu-Hu, perezosamente tendido en la arena, se entretenía cavando en ella con un pie.

De repente dio un grito. Su dedo gordo había dado contra algo duro, y se había rasguñado. Se puso en pie, examinó el agujero que había abierto.

Los otros dos muchachos se le unieron, y se pusieron a cavar rápidamente entre los tres, apartando la arena con las manos. Aparecieron tres esqueletos. Dos de ellos eran de adultos, y el tercero correspondía a un adolescente.

El vejestorio se acercó de rodillas al agujero, y se inclinó sobre él.

--Son víctimas de la peste escarlata –proclamó--. Así morían, en todas partes. Se trata sin duda de una familia que huía del contagio y que cayó muerta aquí, en playa Cliff-House. Estos... Pero, ¿qué haces, Edwin?

Edwin, con la punta de su cuchillo de caza, había empezado a hacer saltar los dientes de la mandíbula de uno de los esqueletos.

--¡Santo Dios! Pero ¿qué haces? Repitió el viejo, despavorido.

--Es para hacerme un collar –contestó el muchacho

Los otros dos muchachos imitaron a Edwin, raspando o golpeando con la punta o el mango de sus cuchillos. El viejo gemía.

--sois unos salvajes, unos auténticos salvajes. Ya hemos legado a la moda de adornarse con dientes humanos. La próxima generación se perforará la nariz y las orejas y se adornará con huesos de animales y con conchas. De eso no cabe duda. La raza humana está condenada a hundirse cada vez más en la noche primitiva antes de recomenzar algún día un nuevo ascenso sangriento hacia la civilización. Hoy, la tierra es demasiado ancha para los pocos hombres que viven. Pero estos hombres crecerán y se multiplicarán, y, dentro de algunas generaciones, encontrarán la tierra demasiado estrecha para ellos y empezarán a matarse los unos a los otros. Esto no habrá quien lo evite. Entonces se colgarán del cinto las cabelleras de sus enemigos, del mismo modo que tú, Edwin, que eres el más afectuoso de mis nietos, empiezas ya a adornarte la oreja con esa terrible cola de cerdo. ¡Hazme caso, pequeño! ¡Tírala, tírala lo más lejos que puedas!

--¡Qué parlanchín, ese abuelo! –gruñó Cara de liebre.

Había terminado la extracción de las piezas dentales de los tres esqueletos, y los tres muchachos se pusieron a repartirlas equitativamente. Eran vivaces y bruscos en ademanes y palabras, y la discusión fue animada. Se expresaban en monosílabos, en frases breves y entrecortadas.

Luego, satisfechos con el hallazgo, se sentaron alrededor del vejestorio. Cara de Liebre, mientras jugaba con los fragmentos de esmalte, preguntó:

--Oye, viejo, ¿por qué no nos hablas un poco de la muerte roja?

--De la muerte escarlata –rectificó Edwin

el hombrecillo pareció halagado con la petición. Se aclaró la garganta tosiendo, y empezó:

--Hace veinte o treinta años, todavía me pedía a menudo que contara mi historia. ahora la juventud se interesa cada vez menos por el pasado...

--Pero intenta –incidió Cara de Liebre—de hablar con claridad, si quieres que entendamos. ¡Nada de frases complicadas ni de palabras sabias!

Edwin dio un codazo a Cara de Liebre.

--Vamos, cállate o el abuelo se enfadará –dijo--. No hablará, y no nos enteraremos de nada. No es culpa suya si se explica mal.

Y, en efecto, el viejo parecía ya a punto de irritarse y de iniciar un largo discurso acerca de la falta de respeto de los niños actuales, así como de la triste suerte de la humanidad, vuelta a la barbarie de los primeros tiempos.

--Sigue, abuelo –insinuó Hu-Hu, en tono conciliador.

El viejo se decidió.

--en aquel tiempo –dijo--, el mundo estaba poblado. Solamente en San Francisco, había cuatro millones de habitantes...

--¿Qué es un millón? –interrumpió Edwin.

--Sólo sabes contar hasta diez, no lo ignoro. Pero haré que entiendas. Levanta las dos manos. En las dos, tienes, en total, diez dedos. Bueno. Ahora recojo este grano de arena. Trae aquí la mano, Hu-Hu.

Dejó caer el grano de arena en la palma de la mano de Hu-Hu, y prosiguió:

Este grano de arena representa los diez dedos de Edwin. Añado otro grano. Ya tenemos otros diez dedos. Y añado un tercer grano y un cuarto y un quinto, y así hasta diez. Eso da diez veces los diez dedos de Edwin. A esto lo lamo un centenar. Recordad los tres bien esta palabra: un centenar. Ahora tomo esta piedrecilla y la pongo en la mano de Cara de Liebre. Representa diez granos de arena, o sea, diez decenas de dedos, o sea, cien dedos. Pongo diez piedras, representan mil dedos. Prosigo, y pongo una valva de mejillón que representa diez piedras, es decir, cien granos de arena, o mil dedos...

De este modo, laboriosamente, el viejo, por medio de sucesivas repeticiones, consiguió más o menos introducir en la mente de los muchachos una idea aproximada de los números. A medida que la cifra crecía. Iba colocando en las manos de los niños distintos objetos que las simbolizaban. Cuando llegó a los millones, los representó por medio de las piezas dentales arrancadas a los esqueletos. Y multiplicó las piezas dentales por caparazones de cangrejos para expresar los mil millones, y se detuvo ahí, ya que sus oyentes empezaban a mostrar signos de cansancio.

--Había, pues, cuatro millones de hombres en San Francisco –reanudó--. O sea, cuatro dientes...

La mirada de los muchachos pasó de los dientes a las piedras, y luego de las piedras a los granos de arena, y de los granos de arena a los dedos de las manos alzadas de Edwin; después recorrieron en sentido inverso la serie ascendente de los símbolos, esforzándose para comprender la cifra inaudita que representaba.

--cuatro millones de hombres, eso es una buena cantidad –aventuró finalmente Edwin.

--¡Eso es, muchacho! –aprobó el viejo--. Puedes hacer otra comparación, con los granos de arena de la orilla. Imagínate que cada uno de estos granos era un hombre, una mujer o un niño. ¡Ahí tienes! Estos cuatro millones de personas vivían en San Francisco, que era una gran ciudad, en esta misma bahía en donde estamos nosotros ahora. Y los habitantes se extendían más allá de la ciudad, en toda la extensión de la bahía y en la orilla del mar, y tierra adentro, entre las llanuras y las colinas. Eso daba un total de siete millones de habitantes. ¡Siete dientes!

Una vez más, los muchachos recorrieron con la mirada los dientes, las piedras, los granos de arena y os dedos de Edwin.

--El mundo entero estaba atestado de seres humanos. El gran censo del año 2010 había dado un resultado de ocho mil millones como población de todo el universo. Ocho mil millones, o sea ocho caparazones de cangrejos... Aquellos tiempos no se perecían demasiado a estos tiempos en que vivimos. La humanidad tenia una habilidad sorprendente para procurarse alimentos. Y cuanto más comida necesitaba, tanto más crecía el número. Así, pues, vivían en la tierra ocho mil millones de hombres cuando comenzaron los estragos de la peste escarlata. Yo entonces era un hombre joven. Tenía veintisiete años. Vivía en Berkeley, que era en la bahía de San Francisco, en el lado que queda enfrente de la cuidad. ¿Recuerdas, Edwin, esas casas grandes de piedra que nos encontramos un día en esa dirección... hacia allí? Yo vivía allí, en una de esas casas de piedra. Era profesor de literatura inglesa.

Buena parte de ese discurso desbordaba en entendimiento de los jovencitos. Pero se esforzaban por comprender cuanto podían, aunque difusamente, de este relato del pasado.

--¿Qué hacía en esas casas? –preguntó Cara de Liebre.

--tu padre, lo recordarás, te enseño a nadar...

Cara de Liebre hizo signo afirmativo.

--¡Pues bien! En la Universidad de California (así se llamaban esas casas) se enseñaba a los jóvenes y las jóvenes toda clase de cosas. Se les enseñaba a pensar a ilustrar la mente. Del mismo modo que yo acabo de enseñaros, por medio de la arena, las piedras, los dientes y las conchas, a calcular cuántos habitantes tenía entonces la tierra. Había mucho que enseñar. A los jóvenes se les llamaba "estudiantes". Había grandes salas, y en ellas yo y los demás profesores dábamos lecciones. Yo hablaba a cuarenta y cinco oyentes al mismo tiempo, igual que yo os hablo a los tres a vez. Les hablaba de los libros que habían escrito los hombres que habían vivido antes que ellos, y a veces también de los libros escritos en aquella misma época.

--¿Yeso era todo lo que hacían? –preguntó Hu-Hu--. ¿Hablar, hablar y hablar, y nada más? ¿Quién cazaba para tener carne? ¿Quién ordeñaba las cabras? ¿Quién pesaba los peces?

--¡Muy bien, Hu-Hu! Me haces una pregunta muy juiciosa. Pues bien, los alimentos, tal como te he dicho, eran pese a toco muy abundantes. Porque éramos hombres muy sabios. Algunos se ocupaban especialmente de los alimentos, y, mientras, los demás se ocupaban de otras cosas. Yo hablaba, hablaba incesantemente. Y, a cambio de ello, me daban de comer. Comida abundante y refinada. ¡Oh, sí! ¡Refinada! desde hace sesenta años, no pruebo nada igual, y seguramente ya no probaré nada igual. A menudo he pensado que la obra más espléndida de nuestra vieja civilización era esa abundancia de alimentos, su variedad infinita y su increíble refinamiento. ¡Oh, hijos míos! ¡Sí! ¡La vida merecía entonces ser vivida! ¡Entonces, cuando teníamos también buenas cosas para comer!

Los muchachos seguían escuchando atentamente y todo lo que no comprendían los atribuían al chocheo senil del viejo.

--A los que producían el alimento los llamábamos, en teoría, hombres libres. Pero era falso: su libertad no era más que una palabra. La clase dirigente poseía las tierras y las máquinas. Era en beneficio suyo que trabajaban duramente los productores, y del fruto de su trabajo se les dejaba estrictamente lo necesario para que pudieran seguir trabajando y produciendo cada vez más.

--Cuando yo voy a buscar alimentos en el bosque –declaró Cara de Liebre--, si alguien trata de quitármelos y hacerlos suyo, yo los mataría.

El viejo rompió a reñir.

--Pero si la tierra, el bosque, las máquinas, todo, nos pertenecía, a nosotros, la clase dirigente, ¿cómo hubieran podido los trabajadores negarse a producir para nosotros? Se hubieran muerto de hambre. Por eso preferían trabajar duramente, garantizarnos nuestra comida, hacernos los vestidos y proporcionarnos mil y un mejillón, Hu-Hu; mil delicias y magníficas satisfacciones. ¡Ja, ja, ja! Así pues, en aquel tiempo yo era el profesor Smith, James Howar Smith. Mi curso tenía mucha asistencia; es decir, que muchos jóvenes gustaban de oírme hablar de los libros escritos por otros hombres. Era muy feliz. Mis alimentos eran excelentes. Tenía las manos suaves, porque no tenía que hacer ningún trabajo duro. Tenía el cuerpo limpio y bien cuidado y mi ropa era todo lo flexible y agradable que uno pueda imaginarse.

Diciendo esto el vejestorio dejó caer una mirada de asco a su asquerosa piel de cabra.

--No era así nuestra ropa. Incluso nuestros trabajadores esclavos la llevaban mejor. Y nuestro aseo corporal era extremo. Nos lavábamos las cara y las manos varias veces al día. ¿Qué decís de esto? ¿Eh? ¿Vosotros que no os laváis nunca, salvo cuando os caéis al agua o cuando nadáis?

--¡Tampoco tú te lavas nunca! –replicó Hu-Hu.

--Lo sé, lo sé muy bien. Hoy soy un viejo repulsivo. Pero es que han cambiado los tiempos. Hoy nadie se lava. Ya no hay modo de hacerlo. Hace sesenta años que no veo ningún fragmento de jabón. ¿No sabéis lo que quiere decir jabón no voy a perder tiempo explicándolo, porque lo que os estoy contando es la historia de la muerte escarlata... Sabéis lo que es una enfermedad? En otros tiempo se decía "infección". Se sabía que las enfermedades estaban causadas por gérmenes malignos. He dicho "germen". Recordad esta palabra. Un germen es una cosa pequeñísima. Más pequeña que las garrapatas que en primavera se prenden del pelo y de la carne de los perros cuando corren por el bosque. Sí, un germen es mucho más pequeño todavía, tan pequeño que no se puede ver.

Hu-Hu se rió de buenísima gana.

--Qué divertido eres, abuelo. Nos hablas de cosas que no se pueden ver. Pero, entonces, ¿cómo se sabe que existen? Esto no tiene sentido.

--¡Bien, Hu-Hu! ¡Muy bien! Excelente pregunta la que me haces. Has de saber, pues, que, para ver esas cosas, teníamos un instrumento llamado "microscopio". Microscopio, ¿oyes? Microscopio, y "ultramicroscopios". Gracias a estos instrumentos, a los que aplicábamos los ojos, los objetos se nos mostraban mayores de lo que son en realidad. Y, de ese modo, podíamos ver incluso aquellos cuya existencia ignorábamos hasta entonces. Los mejores microscopios agrandaban un germen cuarenta mil veces. Cuarenta mil, es decir, cuarenta valvas de mejillón, cada una de las cuales permitía mil dedos. Luego, empleando un segundo instrumento que llamábamos cinematógrafo, sí, "Ci-ne-ma-tó-gra-fo", estos gérmenes, agrandados ya cuarenta mil veces, se nos mostraban se nos mostraban agrandados miles y miles de veces más. ¡tomad un grano de arena, hijitos! Partidlo en mil trozos. Luego, romped en otros diez uno de estos; y luego uno de esos diez en diez. Seguid así todo el día, y quizás a la puesta del sol habéis alcanzado la pequeñez de uno de esos gérmenes.

Los muchachos parecían incrédulos. Cara de Liebre emitía resoplidos burlones, y Hu-Hu se reía con disimulo. Edwin los hizo callar, y el viejo continuó:

--La garrapata de los bosques chupa la sangre de los perros. Pero el germen, gracias a su extrema pequeñez, penetra sigilosamente en la sangre del cuerpo y se multiplica infinitamente. En el cuerpo de un solo hambre había en aquel tiempo, mil millones de gérmenes. Mil millones... ¡Un caparazón de cangrejo, ni más ni menos! A esos gérmenes los llamábamos microbios. "Microbios". Muy bien. Y cuando un hombre tenía mil millones de ellos en la sangre, se decía que estaba infectado; que estaba enfermo, si así os gusta más. Había microbios de distintas especies. Esas especies eran innumerables, como os granos de arena de esta playa. No las conocíamos todas. Sabíamos muy poco de este mundo invisible. Conocíamos el bacillus anthracis, y también el micrococcus, el bacterium termo y el bacterium lactis. Este último, dicho sea de paso, el que sigue haciendo cuajar la leche de cabra, permitiendo hacer queso. ¿Me sigues, Cara de Liebre? ¿Y qué diré de los esquizomicetos, cuya familia es inacabable? Y me dejo infinidad...

Aquí el viejo se perdió en un larga disertación acerca de los gérmenes y su naturaleza. Empleaba palabras tan largas y frases tan complicadas que los muchachos, mirándose los unos a los otros con una mueca, volvieron su mirada al océano inmenso, dejando que el ex profesor Smith perorara a su aire. Finalmente, Edwin le tiró del brazo, y le sugirió:

--¿Y la muerte roja, abuelo?

El vejestorio tuvo un sobresalto, y, de su cátedra de la Universidad de Berkeley, donde se imaginaba disertar todavía ante un auditorio muy distinto, volvió bruscamente a la realidad de su situación.

--Sí, sí, Edwin –dijo--, me había olvidado. A veces me vuelve el pasado a la memoria con tanta fuerza que lego a olvidar que soy un hombre viejísimo y sucio, vestido con una piel de cabra, que va por ahí con unos nietos que son pastores en un mundo primitivo. El trabajo de hombre es efímero y se desvanece como la espuma del mar... Así se desvaneció nuestra civilización grandiosa y colosal. Y hoy soy el más viejo de todos, soy un viejo uy cansado, y pertenezco a la tribu de Santa Rosa. Es esta tribu me casé. Mis hijos y mis hijas se casaron a su vez, ya en la tribu de los Chóferes, ya en la de los sacramentos, ya en la de los paloaltos. Tu, Cara de Liebre, perteneces a la tribu del Chófer. Tú, Edwin, a la de Sacramento. Y tú Hu-Hu, a la de Palo Alto. Y los tres sois nietos míos... pero iba a hablaros de la muerte escarlata. ¿Dónde estaba?

--Nos hablabas de los gérmenes –contestó prestamente Edwin--, de todas esas cositas que no se pueden ver y que nos ponen enfermos a los hombres.

--Sí, en eso estaba. En los primeros tiempos del mundo, cuando había poquísimos hombres en la tierra, existían pocos gérmenes, y, por lo tanto, pocas enfermedades. Pero a medida que los hombres se hacían numerosos, y se agrupaban en grande ciudades para vivir juntos en ellas, apretujados unos contra otros, nuevas especies de gérmenes penetraron en sus cuerpos, y aparecieron enfermedades desconocidas, cada vez más terribles. Así, por ejemplo, mucho antes de mi tiempo, hubo la peste negra, que barrió Europa. Luego hubo la tuberculosis, la peste bubónica. En África apareció la enfermedad del sueño. Los bacteriólogos atacaban todas esas enfermedades y las destruían. Del mismo modo que vosotros, hijitos, alejáis a los lobos de vuestras cabras o aplastáis a los mosquitos que se ceban con vosotros. Los bacteriólogos...

--¿Cómo dices, abuelo?... –interrumpió Edwin.

--"Bac-te-rió-lo-gos"... Tu tarea, Edwin, consiste en guardar las cabras. Las vigilas todo el día, y sabes muchas cosas a cerca de ellas. Un bacteriólogo es el que vigila los gérmenes, los estudia, y, cuando es preciso, lucha contra ellos y los destruye, como haces tú con los lobos. Pero, igual que en tu caso, no siempre triunfan. Así, por ejemplo, había una enfermedad espantosa, llamada "lepra". Un siglo, es decir cien años antes de mi nacimiento, los bacteriólogos habían descubierto el germen de la lepra. Lo conocían perfectamente. Lo dibujaron. Yo vi esos dibujos. Pero no encontraron el modo de matarlo. En 1894 surgió la peste pantoblast. Apareció en un país llamado Brasil, e hizo morir a miles de hombres. Los bacteriólogos descubrieron su germen, consiguieron matarlo, y la peste pantoblast se detuvo. Fabricaron una cosa llamada "suero", un líquido que introducían en el cuerpo humano y que destruía el germen del pantoblast sin matar al hombre. En 1947 hubo un mal extraño que atacaba a los niños de diez meses o menos, y que los incapacitaba para mover las manos y os pies, para comer, o para hacer cualquier cosa. Los bacteriólogos tardaron once años para encontrar ese germen extraño, en poder matarlo y salvar a los niños pequeños. A pesar de estas enfermedades y de sus estragos, la humanidad seguía creciendo, y cada vez más los hombres se aglomeraban en las grandes ciudades. Ya en 1929 un sabio ilustre, llamado Soldervetzky, había pronosticado que una gran enfermedad, mil veces más mortal que todas las que habían precedido, llegará cierto día y mataría a los hombres a millares y a miles de millones. Ya que la fecundidad de las alianzas, así se expresaba él, es infinita.

En aquel momento, Cara de Liebre se puso de pie y, con una mueca despectiva, manifestó:

--¡Tú chocheas, abuelo! ¿Quieres hablarnos de la muerte rojo, sí o no? si no quieres, dilo, y volvemos al campamento.

El viejo, herido en su interpretación, se echo a llorar silenciosamente. Gruesas lágrimas corrieron por las arrugas de sus mejillas. Su expresión dolorida traicionaba toda la decrepitud física y moral de sus más de ochenta años.

--Vamos, Cara de Liebre, vuelve a sentarte –dijo Edwin--. El abuelo habla bien. Y está a punto de llegar a lo de la muerte escarlata. Nos lo va a contar enseguida... ¿No es cierto, abuelo? Un poco de paciencia, Cara de Liebre.

El viejo se enjugó las lágrimas con sus sucios dedos. Luego reanudó el relato, con su voz temblorosa que fue haciéndose firme a medida que se animaba en el curso del relato.

--Fue en el verano de 2013 cuando se declaró la peste escarlata...

Cara de Liebre expresó ruidosamente su alegría, batiendo las palmas.

--...Yo tenía veintisiete años. Unos telegramas...

Cara de Liebre frunció el entrecejo.

--¿Unos qué? –preguntó--. Ya vuelven las palabras que nadie entiende.

Edwin le impuso silencio, y el viejo prosiguió.

--En aquel tiempo los hombres hablaban entre sí a través de miles y miles de millas de distancia. Así fue como llegó a San Francisco la noticia de que una enfermedad desconocida se había declarado en Nueva York. En aquella ciudad, la más espléndida de toda América, vivían diecisiete millones de personas. De momento, la alarma no fue excesiva. Sólo habían tenido lugar unas pocas muertes. Sin embargo, según parecía, las defunciones habían sido rapidísimas. Uno de los primeros signos de esa enfermedad era que toda la cara y el cuerpo del que estaba atacado se ponían rojos.

>>En el curso de las siguientes veinticuatro horas se supo que se había declarado un caso en Chicago, otra gran ciudad. Y, el mismo día, corrió la noticia de que Londres, la mayor ciudad del mundo después de Nueva York y Chicago, luchaba en secreto contra aquel mal desde hacía ya dos semanas. Las noticias habían sido censuradas... Quiero decir que se había impedido que circularan por el resto del mundo.

>>La cosa parecía grave, desde luego. Pero nosotros, en California, lo mismo que en cualquier otra parte, no perdimos la cabeza. No había que no estuviera convencido que los bacteriólogos encontrarían el modo de aniquilar el nuevo germen, lo mismo que habían encontrado en el pasado en los casos de los otros gérmenes.

>>Lo que resultaba inquietante, sin embargo, era la rapidez prodigiosa con que aquel germen destruía a los humanos, y también el hecho de que la persona atacada por él muriera infaliblemente. Ni un solo caso de curación. En otros tiempos ya se había conocido la fiebre amarilla, una vieja enfermedad que tampoco resultaba nada apacible. Por la noche, cenaba uno con una persona que gozaba de buena salud, y, la mañana siguiente, si uno se levantaba lo bastante temprano, veía pasar el coche fúnebre que se llevaba al convidado de la víspera.

>>la nueva peste era todavía más expeditiva. Mataba mucho más aprisa. A menudo no transcurría ni una hora entre los primeros síntomas de la enfermedad y la llegada de la muerte. Había casos en que el atacado resistía varias horas; pero había otros en que todo terminaba en diez quince minutos de las primeras señales.

>>Lo primero era que el corazón latía aceleradamente, y que aumentaba la temperatura corporal. Luego, una erupción de color rojo intenso se extendía como una erisipela por la cara y el cuerpo. Mucha gente no se daba cuenta de la aceleración de los latidos ni de la elevación de la temperatura, y sólo recibía la advertencia en el momento en que se manifestaba la erupción.

>>Ordinariamente, esta primera fase de la enfermedad parecía acompañada de convulsiones; pero no parecían graves, y, cuando cesaban, aquel que las había superado volvía de repente a un profundo estado de calma. Entonces lo invadía una especie de entumecimiento que subía a partir del pie y del talón, alcanzaba la pierna, las rodillas, los muslos, el vientre, y seguía subiendo. En el instante mismo en que legaba al corazón se producía la muerte.

>>Ningún malestar ni delirio acompañaban ese entumecimiento progresivo. La mente permanecía clara y activa, hasta el momento en que el corazón se paralizaba y dejaba de latir. Otro detalle no memos sorprendente era la veloz descomposición de la víctima después de la muerte. Mientras uno la miraba, su carne parecía desagregarse, reducirse a pulpa.

>>Fue esta última una de las razones de la rapidez del contagio. Los miles de millones de gérmenes del cadáver quedaban liberados instantáneamente. en estas condiciones era inútil la lucha de la ciencia. Los bacteriólogos morían en sus laboratorios en el instante mismo en que se iniciaba el estudio de la peste escarlata. Estos sabios eran unos héroes. En cuanto uno moría otro tomaba su lugar.

>>Un sabio inglés consiguió, en Londres, aislar por primera vez el germen. Se telegrafió la noticia a todas partes, y todo el mundo cobró esperanzas. Pero Trask (así se llamaba el sabio) murió dentro de las treinta horas. Había sido encontrado el célebre germen, sin embargo, todos los laboratorios compitieron para descubrir el contra germen capaz de matar al de la peste escarlata. Todos estos esfuerzos fracasaron.

En este punto hubo una interrupción de Cara de Liebre:

--¡Los hombres de tu tiempo estaban locos, abuelo! Esos gérmenes eran invisibles, has dicho, ¿no? ¡Y querían combatirlos con otros gérmenes también invisibles!... Por eso murieron... ¡Mirá que luchar contra algo que no se sabe, sirviéndose de algo que se ignora! ¡Vaya tontería!

El vejestorio reabrió de inmediato el manantial de sus llantos. Edwin se apresuró a consolarle y a morigerar a Cara de Liebre.

--¡Escúchame bien! –dijo este último--. Tú crees en un montón de cosas que no puedes ver... –Cara de Liebre negó con la cabeza; Edwin prosiguió--: Claro que sí. Crees en los muertos que andan. Y nunca ha visto pasearse a ninguno...

--¡Sí! ¡Sí! –protestó Cara de Liebre--. El invierno pasado vi vagar a varios, cuando fui con papá a cazar lobos.

--Bueno, lo admito –concedió Edwin--. Pero no me negarás que escupes en el agua cada vez que cruzas un río o un torrente.

--¡Claro! Es para alejar la mala suerte.

--Entonces, ¿crees en la mala suerte?

--Desde luego.

--¿Puedes decirme si has visto alguna vez a la mala suerte? –concluyó Edwin, victoriosamente--. Nunca y en ninguna parte, ¿verdad? Así, pues eres igual que el abuelo con sus gérmenes. Crees en cosas que no ves... Sigue, abuelo.

Cara de Liebre sencillamente humillado por este razonamiento falaz, quedó cabizbajo y no contestó nada.

El abuelo volvió a tomar la palabra. Otras muchas veces se vio interrumpido por las preguntas de los niños, que se arrojaban los unos a los otros las dudas y sus objeciones mientras se esforzaban por seguir al abuelo en aquel mundo desaparecido que les era desconocido. Pero con el objeto de aligerar este relato, no imitaremos a los niños y no le interrumpiremos con las reflexiones de estos.

--La muerte escarlata –contaba el abuelo—apareció cierto día en San Francisco. La primera defunción, lo recuerdo todavía, tuvo lugar un lunes por la mañana. El día siguiente, martes, la gente caía como moscas en San Francisco y en Oakland.

>>Morían por todas partes. En la cama, en el trabajo, en la calle. El jueves fui por primera vez testigo de una de estas muertes fulgurantes. La señorita Collbran, una de mis alumnas, estaba sentada frente a mí en el aula. Mientras yo hablaba, observé de pronto que su cara se ponía color escarlata.

>>Dejé de hablar y la miré fijamente. Todos los demás alumnos me imitaron; ya sabíamos que, en aquel momento, el terrible azote se había introducido entre nosotros. Las muchachas, despavoridas, huyeron gritando del aula, los muchachos salieron a su vez. Todos menos dos.

>>La señorita Collbran tuvo unas cuantas convulsiones poco acentuadas, que duraron más e un minuto. Uno de los muchachos le trajo un vaso de agua. Ella lo tomó, bebió un sorbo, y exclamó:

>>--¡Mis pies! ¡Ya no siento mis pies!

>>Y al cabo de unos momentos, añadió:

>>--¡Ya no tengo pies... O al menos, no sé si los tengo... ! ¡Ahora tengo frío en las rodillas! Ya no siento las rodillas.

>>Estaba tendida en el suelo, con un montoncillo de libros y de libretas sosteniéndole la cabeza. No podíamos hacer nada por ella. el entumecimiento y el frío alcanzaron la cintura; luego el corazón. Y, cuando el corazón fue alcanzado, murió.

>>Yo había mirado el tiempo en el reloj. Había muerto en quince minutos. Allí, en mi propia clase. ¡Muerta! Hacía unos instantes, era una joven rebosante de vida y de salud, una muchacha fuerte y hermosa. Y habían pasado quince minutos, sí, sólo quince entre el primer síntoma del mal y el desenlace.

>>Mientras yo permanecía aquel cuarto de hora en la clase con la moribunda, había sido dada la alarma en toda la universidad. Por todas partes los estudiantes, que eran más de un millar, huían de las aulas y de los laboratorios. Cuando salí para ir a presentar mi informe al decano de la facultad, encontré delante mío un desierto. Solamente unos pocos rezagados cruzaban todavía los patios interiores en su huida hacia sus casas. Algunos corrían.

>>Encontré al decano Hoag en su despacho, solo y pensativo. Me pareció más viejo y el pelo más blanco y que las arrugas se le marcaban en la cara de un modo anormal.

>>Cuando me vio pareció recobrar el control de sí mismo. Se puso en pie y se dirigió, titubeando, hacia la puerta de su despacho que se encontraba en el extremo opuesto a aquella por la que yo había entrado. Salió, cerró la puerta detrás suyo, y cerró con llave.

>>¿Él sabía, ¿comprendéis?, que yo había estado expuesto al contagio, y tenía miedo. Desde el otro lado de la puerta me gritó que me fuera. Eso hice, y jamás olvidaré la terrible sensación que experimenté al volver a cruzar el patio y los pasillos desiertos. No era que tuviera ningún temor. Había estado expuesto, y me consideraba hombre muerto.

>>Pero ante aquella súbita detención de la existencia que había presenciado a mí alrededor, me parecía que estaba asistiendo al fin del mundo. Aquella universidad que había sido mi vida, mi razón de ser. Mi padre había enseñado en ella antes que yo, y antes que él lo había hecho su padre. Yo había hecho allí toda mi carrera, a la estaba predestinado desde mi nacimiento. Desde hacía siglo y medio aquel establecimiento inmenso había funcionado sin ninguna interrupción, como máquina maravillosa. Y ahora, de repente, había dejado de vivir. La llama tres veces sacra de mi altar se había apagado. Estaba abrumado de horror, de horror inexpresable.

>>Volví a mi casa. Mi ama de llaves, así que me vio, se puso a chillar y huyó. Llamé a la campanilla de la doncella. No vino nadie. También ella se había marchado. Fui a la parte trasera de la casa y me encontré en la cocina, a la cocinera preparando su maleta. profirió tremendos gritos al aparecer yo, y escapó, abandonando su maleta con todos sus efectos personales. Cruzó el jardín a todo correr y sin dejar de gritar. Todavía hay me resuenan los gritos en el oído.

>>No era costumbre, hijitos, como comprenderéis, actuar de aquel modo, en los tiempos normales, con los enfermos. ¡No! la gente no perdía la cabeza de aquel modo. se mandaba buscar a los médicos y a las enfermeras, que, con mucha tranquilidad, aplicaban al enfermo un tratamiento adecuado. Ahora, el caso era distinto. Aquel mal mataba sin errar nunca el golpe. No hubo un solo caso de curación.

>>Me encontré solo en la casa, que era muy grande. Estaba esperando el regreso de mi hermano cuando sonó el teléfono. En aquellos tiempos, como ya os he dicho, la gente podía comunicase a distancia por medio de unos hilos que se tendían en el aire o que corrían bajo tierra, e incluso sin hilos. Oí la voz de mi hermano. Me decía que no volvería a casa, por miedo a contagiarse de mí, y que había llevado a mis dos hermanas a la casa de mi colega el profesor Bacon. Me aconsejaba que me quedara tranquilamente en casa hasta saber si había contagiado o no la peste.

>>No le negué razón, y me quedé en casa. Como tenía hambre, intenté, por primera vez en mi vida, cocinarme algo. La peste no se me manifestaba. Podía hablar por teléfono con quien quisiera. También podía comunicarme con el mundo exterior por medio de los diarios. Ordené que se me tiraran por encima de la verja de entrada.

>>De ese modo me enteré que Nueva York y Chicago estaban sumidas en el caos. Lo mismo ocurría con las grandes ciudades. La tercera parte de los policías de Nueva York había ya sucumbido. Había muerto el jefe de policía y el alcalde. Los cadáveres quedaban tendidos en la calle, allí donde caían, y quedaban insepultos. Los trenes y los barcos que habitualmente transportaban a las ciudades los víveres y todas las cosas necesarias para la vida habían dejado de funcionar, y el populacho, famélico, saqueaban las tiendas y los almacenes.

>>Reinaba en todas partes el asesinato, el robo y la borrachera. Millones de personas habían abandonado ya Nueva York, así como las demás ciudades. Primero se habían marchado los ricos, en sus coches, sus aviones y sus dirigibles. Las masas les habían seguido, a pie o en vehículos de alquiler o robados, llevando la peste a los campos, saqueando y reduciendo al hambre, a su paso, a las ciudades pequeñas, los pueblos y las granjas que encontraban a su paso.

>>El hombre que desde Nueva York enviaba noticias a través de toda América, el operador del telégrafo inalámbrico, estaba solo, con su instrumento, en la cima de una torre elevada. Anunciaba que los pocos habitantes que habían quedado en la ciudad, alrededor de cien mil, estaban como locos de terror y de embriaguez, y que, a su alrededor, se alzaban altas hogueras de devastación. Aquel hombre, que el

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