EL ASESINO
24/09/2009 22:04
Por arkaiko
EL ASESINO
GUY DE MAUPASSANT
El culpable era defendido por un jovencísimo abogado, un novato que habló así:
-Los hechos son innegables, señores del jurado. Mi cliente, un hombre honesto, un empleado irreprochable, bondadoso y tímido, ha asesinado a su patrón en un arrebato de cólera que resulta incomprensible. ¿Me permiten ustedes hacer una sicología de este crimen, si puedo hablar así, sin atenuar nada, sin excusar nada? Después ustedes juzgarán.
Jean-Nicolas Lougère es hijo de personas muy honorables que hicieron de él un hombre simple y respetuoso.
Este es su crimen: ¡el respeto! Este es un sentimiento, señores, que nosotros hoy ya no conocemos, del que únicamente parece quedar todavía el nombre, y cuya fuerza ha desaparecido. Es necesario entrar en determinadas familias antiguas y modestas, para encontrar esta tradición severa, esta devoción a la cosa o al hombre, al sentimiento o a la creencia revestida de un carácter sagrado, esta fe que no soporta ni la duda ni la sonrisa ni el roce de la sospecha.
No se puede ser un hombre honesto, un hombre honesto de verdad, con toda la fuerza que este término implica, si no se es respetuoso. El hombre que respeta con los ojos cerrados, cree. Nosotros, con nuestros ojos muy abiertos sobre el mundo, que vivimos aquí, en este palacio de justicia que es la cloaca de la sociedad, donde vienen a parar todas las infamias, nosotros que somos los confidentes de todas las vergüenzas, los defensores consagrados de todas las miserias humanas, el sostén, por no decir los defensores de todos los bribones y de todos los desvergonzados, desde los príncipes hasta los vagabundos de los arrabales, nosotros que acogemos con indulgencia, con complacencia, con una benevolencia sonriente a todos los culpables para defenderlos delante de ustedes, nosotros que, si amamos verdaderamente nuestro oficio, armonizamos nuestra simpatía de abogado con la dimensión del crimen, nosotros ya no podemos tener el alma respetuosa. Vemos demasiado este río de corrupción que fluye de los más poderosos a los últimos pordioseros, sabemos muy bien como ocurre todo, como todo se da, como todo se vende. Plazas, funciones, honores, brutalmente a cambio de un poco de oro, hábilmente a cambio de títulos y de lotes de reparto en las empresas industriales, o simplemente por un beso de mujer. Nuestro deber y nuestra profesión nos fuerzan a no ignorar nada, a desconfiar de todo el mundo, ya que todo el mundo es sospechoso, y quedamos sorprendidos cuando nos encontramos enfrente de un hombre que tiene, como el asesino sentado delante de ustedes, la religión del respeto tan arraigada como para llegar a convertirse en un mártir.
Nosotros, señores, hacemos uso del honor igual que del aseo personal, por repugnancia a la bajeza, por un sentimiento de dignidad personal y de orgullo; pero no llevamos al fondo del corazón la fe ciega, innata, brutal, como este hombre.
Déjenme contarles su vida.
Fue educado, como se educaba antaño a los niños, dividiendo en dos clases todos los actos humanos: lo que está bien y lo que está mal. Se le enseñó el bien, con una autoridad tan irresistible, que se le hizo distinguir del mal como se distingue el día de la noche. Su padre no pertenecía a esa raza de espíritus superiores que, mirando desde lo alto, ven los orígenes de las creencias y reconocen las necesidades sociales de donde nacen estas distinciones.
Creció pues, religioso y confiado, entusiasta e íntegro.
Con veintidós años se casó. Se le hizo casar con una prima, educada como él, sencilla como él, pura como él. Tuvo cierta suerte inestimable de tener por compañía una honesta mujer virtuosa, es decir, lo que hay de más escaso y respetable en el mundo. Tenía hacia su madre la veneración que rodea a las madres en las familias patriarcales, el culto profundo que se reserva a las divinidades. Trasladó sobre su madre un poco de esta religión, apenas atenuada por las familiaridades conyugales. Y vivió en una ignorancia absoluta de la picardía, en un estado de rectitud obstinada y de tranquila dicha que hizo de él un ser aparte. No engañando a nadie, no sospechaba que se le pudiera engañar a él.
Algún tiempo antes de su boda había entrado como contable en la empresa del señor Langlais, asesinado por él hace unos días.
Sabemos, señores del jurado, por los testimonios de la señora Langlais, de su hermano, el señor Perthuis, asociado de su marido, de toda la familia y de todos los empleados superiores de este banco, que Lougère fue un empleado modelo, ejemplo de probidad, de sumisión, de dulzura, de deferencia hacia sus jefes y ejemplo de regularidad.
Se le trataba, por otra parte, con la consideración merecida por su conducta ejemplar. Estaba acostumbrado a este respeto y a la especie de veneración manifestada a la señora Lougère, cuyo elogio estaba en boca de todos.
Unos días después, ella murió de unas fiebres tifoideas.
Él sintió seguramente un dolor profundo, pero un dolor frío y tranquilo en su corazón metódico. Solo se vio en su palidez y en la alteración de sus rasgos hasta qué punto había sido herido.
Entonces, señores, ocurrió algo muy natural.
Este hombre estaba casado desde hacía diez años. Desde hacía diez años tenía la costumbre de sentir una mujer cerca de él, siempre. Estaba acostumbrado a sus cuidados, a esta voz familiar cuando uno llega a casa, al adiós de la tarde, a los buenos días de la mañana, a ese suave sonido del vestido, tan del gusto femenino, a esta caricia ora amorosa, ora maternal que alivia la existencia, a esta presencia amada que hace menos lento el transcurrir de las horas. Estaba también acostumbrado a la condescendencia material de la mesa, a todas las atenciones que no se notan y que se vuelven poco a poco indispensables. Ya no podía vivir solo. Entonces, para pasar las interminables tardes, cogió la costumbre de ir a sentarse una hora o dos a la cervecería vecina. Bebía un bock y se quedaba allí, inmóvil, siguiendo con una mirada distraída las bolas de billar corriendo una detrás de la otra bajo el humo de las pipas, escuchando, sin pensar en ello, las disputas de los jugadores, las discusiones de los vecinos sobre política y las carcajadas que provocaban a veces una broma pesada al otro extremo de la sala. Acababa a menudo por quedarse dormido de lasitud y aburrimiento. Pero tenía en el fondo de su corazón y de sus entrañas, la necesidad irresistible de un corazón y de un cuerpo de mujer; y sin pensarlo, se fue aproximando, un poco cada tarde, al mostrador donde reinaba la cajera, una rubia pequeña, atraído hacia ella invenciblemente por tratarse de una mujer.
Pronto conversaron, y él cogió la costumbre, muy agradable, de pasar todas las tardes a su lado. Era graciosa y atenta como se tiene que ser en estos amables ambientes, y se divertía renovando su consumición lo más a menudo posible, lo cual beneficiaba al negocio. Pero cada día Lougère se ataba más a esta mujer que no conocía, de la que ignoraba toda su existencia y que quiso únicamente porque no veía otra.
La muchacha, que era astuta, pronto se dio cuenta que podría sacar partido de este ingenuo y buscó cual sería la mejor forma de explotarlo. Lo más seguro era casarse.
A esta conclusión llegó sin remordimiento alguno.
Tengo que decirles, señores del jurado, que la conducta de esta chica era de lo más irregular y que la boda, lejos de poner freno a sus extravíos, pareció al contrario hacerla más desvergonzada.
Por juego natural de la astucia femenina, pareció cogerle gusto a engañar a este honesto hombre con todos los empleados de su despacho. Digo “con todos”. Tenemos cartas, señores. Pronto se convirtió en un escándalo público, que únicamente el marido, como todo, ignoraba.
Al fin esta pícara, con un interés fácil de concebir, sedujo al hijo del mismísimo patrón, joven de diecinueve años, sobre cuyo espíritu y sentido tuvo pronto ella una influencia deplorable. El señor Langlais, que hasta ese momento tenía los ojos cerrados por la bondad, por amistad hacia su empleado, sintió, viendo a su hijo entre las manos, -debería decir entre los brazos de esta peligrosa criatura- una cólera legítima.
Cometió el error de llamar inmediatamente a Lougère y de hablarle impelido por su indignación paternal.
Ya no me queda, señores, más que leerles el relato del crimen, formulado por los labios del mismo moribundo y recogido por la instrucción:
“Acababa de saber que mi hijo había donado, la misma víspera, diez mil francos a esta mujer y mi cólera ha sido más fuerte que mi razón. Verdaderamente, nunca he sospechado de la honorabilidad de Lougère, pero ciertas cegueras son más peligrosas que auténticas faltas.
Le hice pues llamar a mi lado y le dije que me veía obligado a privarme des sus servicios.
Él permanecía de pié delante de mí, azorado, sin comprender. Terminó por pedir explicaciones con cierta vivacidad.
Yo rechacé dárselas, afirmando que mis razones eran de naturaleza íntima. Él creyó entonces que yo tenía sospechas de su falta de delicadeza, y, muy pálido, me rogó, me requirió que me explicara. Convencido de esto, se mostró arrogante y se tomó el derecho de levantarme la voz.
Como yo seguía callado, me injurió, me insultó, llegó a tal grado de exasperación que yo temía que pasara a la acción.
Ahora bien, de repente, con una palabra hiriente que me llegó a pleno corazón, le dije toda la verdad a la cara.
Se quedó de pié algunos segundo, mirándome con ojos huraños; después le vi coger de su despacho las largas tijeras que utilizo para recortar el margen de algunos documentos; a continuación le vi caer sobre mi con el brazo levantado, y sentí entrar algo en mi garganta, encima del pecho, sin sentir ningún dolor.”
He aquí, señores del jurado, el sencillo relato de su muerte. ¿Qué más se puede decir para su defensa? Él ha respetado a su segunda mujer con ceguera porque había respetado a la primera con la razón.
Después de una corta deliberación, el acusado fue absuelto.
EL CONDE DRACULA
20/09/2009 14:15
Por arkaiko
Woody Allen EL CONDE DRÁCULA En algún lugar de Transilvania yace Drácula, el monstruo, durmiendo en su ataúd y aguardando a que caiga la noche. Como el contacto con los rayos solares le causaría la muerte con toda seguridad, permanece en la oscuridad en su caja forrada de raso que lleva iniciales inscritas en plata. Luego, llega el momento de la oscuridad, y movido por instinto milagroso, el demonio emerge de la seguridad de su escondite y, asumiendo las formas espantosas de un murciélago o un lobo, recorre los alrededores y bebe la sangre de sus victimas. Por último, antes de que los rayos de su gran enemigo, el sol, anuncien el nuevo día, se apresura a regresar a la seguridad de su ataúd protector y se duerme mientras vuelve a comenzar el ciclo. Ahora, empieza a moverse. El movimiento de sus cejas responde a un instinto milenario e inexplicable, es señal de que el sol está a punto de desaparecer y se acerca la hora. Esta noche, está especialmente sediento y, mientras allí descansa, ya despierto, con el smoking y la capa forrada de rojo confeccionada en Londres, esperando sentir con espectral exactitud el momento preciso en que la oscuridad es total antes de abrir la tapa y salir, decide quiénes serán las víctimas de esta velada. El panadero y su mujer, reflexiona. Suculentos, disponibles y nada suspicaces. El pensamiento de esa pareja despreocupada, cuya confianza ha cultivado con meticulosidad, exita su sed de sangre y apenas puede aguantar estos últimos segundos de inactividad antes de salir del ataúd y abalanzarse sobre sus presas. De pronto, sabe que el sol se ha ido. Como un ángel del infierno, se levanta rápidamente, se metamorfosea en murciélago y vuela febrilmente a la casa de sus tentadoras víctimas. -¿Vaya, conde Drácula, que agradable sorpresa! -dice la mujer del panadero al abrir la puerta para dejarlo pasar. (Asumida otra vez su forma humana. entra en la casa ocultando, con sonrisa encantadora, su rapaz objetivo.) -¿Qué le trae por aquí tan temprano? -pregunta el panadero. -Nuestro compromiso de cenar juntos -contesta el conde-. Espero no haber cometido un error. Era esta noche, ¿no? -Sí, esta noche, pero aún faltan siete horas. -¿Cómo dice? -inquiere Drácula echando una mirada sorprendida a la habitación. -¿O es que ha venido a contemplar el eclipse con nosotros? -¿Eclipse? -Así es. Hoy tenemos un eclipse total. -¿Qué dice? -Dos minutos de oscuridad total a partir de las doce del mediodía. -¡Vaya por Dios! ¡Qué lío! -¿Qué pasa, señor conde? -Perdóneme... debo... Debo irme...Hem...¡Oh, qué lío!... -y, con frenesí, se aferra al picaporte de la puerta. -¿Ya se va? Si acaba de llegar. -Sí, pero, creo que... -Conde Drácula, está usted muy pálido. -¿Sí? necesito un poco de aire fresco. Me alegro de haberlos visto... -¡Vamos! Siéntese. Tomaremos un buen vaso de vino juntos. -¿Un vaso de vino? Oh, no, hace tiempo que dejé la bebida, ya sabe, el hígado y todo eso. Debo irme ya. Acabo de acordarme que dejé encendidas las luces de mi castillo... Imagínese la cuenta que recibiría a fin de mes... -Por favor -dice el panadero pasándole al conde un brazo por el hombro en señal de amistad-. usted no molesta. No sea tan amable. Ha llegado temprano, eso es todo. -Créalo, me gustaría quedarme, pero hay una reunión de viejos condes rumanos al otro lado de la ciudad y me han encargado la comida. -Siempre con prisas. Es un milagro que no haya tenido un infarto. -Sí, tiene razón, pero ahora... -Esta noche haré pilaf de pollo -comenta la mujer del panadero-. Espero que le guste. -¡Espléndido, espléndido! -dice el conde con una sonrisa empujando a la buena mujer sobre un montón de ropa sucia. Luego, abriendo por equivocación la puerta del armario, se mete en él-. Diablos, ¿dónde está esa maldita puerta? -¡Ja, ja! -se ríe la mujer del panadero-. ¡Qué ocurrencias tiene, señor conde! -Sabía que le divertiría -dice Drácula con una sonrisa forzada-, pero ahora déjeme pasar. Por fin, abre la puerta, pero ya no le quedaba tiempo. -¡Oh, mira, mamá! -dice el panadero-, ¡el eclipse debe de haber terminado! Vuelve a salir el sol. -Así es -dice Drácula cerrando de un portazo la puerta de entrada-. He decidido quedarme. Cierren todas las persianas, rápido, ¡rápido! ¡No se queden ahí! -¿Qué persianas? -preguntó el panadero. -¿No hay? ¡Lo que faltaba! ¡Qué para de...! ¿Tendrían al menos un sótano en este tugurio? -No -contesta amablemente la esposa-. Siempre le digo a Jarslov que construya uno, pero nunca me presta atención. Ese Jarslov... -Me estoy ahogando. ¿Dónde está el armario? -Ya nos ha hecho esa broma, señor conde. Ya nos ha hecho reír lo nuestro. -¡Ay... qué ocurrencia tiene! -Miren, estaré en el armario. Llámenme a las siete y media. Y, con esas palabras, el conde entra al armario y cierra la puerta. -¡Ja,ja...! ¡Qué gracioso es, Jarslov! -Señor conde, salga del armario. deje de hacer burradas. Desde el interior del armario, llega la voz sorda de Drácula. -No puedo... de verdad. Por favor, créanme. Tan solo permítanme quedarme aquí. Estoy muy bien. De verdad. -Conde Drácula, basta de bromas. Ya no podemos más de tanto reírnos. -Pero créanme, me encanta este armario. -Sí, pero... -Ya sé, ya sé... parece raro y sin embargo aquí estoy, encantado. El otro día precisamente le decía a la señora Hess, deme un buen armario y allí puedo quedarme durante horas. Una buena mujer, la señora Hess. Gorda, pero buena... Ahora, ¿por qué no hacen sus cosas y pasan a buscarme al anochecer? Oh,Ramona, la la la la, Ramona... En aquel instante entran el alcalde y su mujer, Katia. Pasaban por allí y habían decidido hacer una visita a sus buenos amigo, el panadero y su mujer. -¡Hola Jarslov! espero que Katia y yo no molestemos. -Por supuesto que no, señor alcalde. Salga, conde Drácula.¡Tenemos visita! -¿Está aquí el conde? -pregunta el alcalde, sorprendido. -Sí, y nunca adivinaría dónde está -dice la mujer del panadero. -¡Que raro es verlo a esta hora! De hacho no puedo recordar haberle visto ni una sola vez durante el día. -Pues bien, aquí está. ¡Salga de ahí, conde Drácula! -¿Dónde está? -pregunta Katia sin saber si reír o no. -¡Salga de ahí ahora mismo! ¡Vamos! -La mujer del panadero se impacienta. -Está en el armario -dice el panadero con cierta vergüenza. -¡No me digas! -exclama el alcalde. -¡Vamos! -dice el panadero con un falso buen humor mientras llama a la puerta del armario-. Ya basta. Aquí está el alcalde. -Salga de ahí conde Drácula -grita el alcalde-. Tome un vaso de vino con nosotros. -No, no cuenten conmigo. Tengo que despachar unos asuntos pendientes. -¿En el armario? -Sí, no quiero estropearles el día. Puedo oír lo que dicen: Estaré con ustedes en cuanto tenga algo que decir. Se miran y se encogen de hombros. Sirven vino y beben. -Qué bonito el eclipse de hoy -dice el alcalde tomando un buen trago. -¿Verdad? -dice el panadero-. Algo increíble. -¡Díganmelo a mí! ¡Espeluznante! -dice una voz desde el armario. -¿Qué, Drácula? -Nada, nada. No tiene importancia. Así pasa el tiempo hasta que el alcalde, que ya no puede soportar esa situación, abre la puerta del armario y grita: -¡Vamos, Drácula! Siempre pensé que usted era una persona sensata. ¡Déjese de locuras! Penetra la luz del día; el diabólico monstruo lanza un grito desgarrador y lentamente se disuelve hasta convertirse en un esqueleto y luego en polvo ante los ojos de las cuatro personas presentes. Inclinándose sobre el montón de ceniza blanca, la mujer del panadero pega un grito: -¡Se ha fastidiado mi cena!
DICCIONARIO DE LOS INFIERNOS
06/09/2009 15:18
Por arkaiko
COLLIN DE PLANCI
Nota: en alguno de mis blogs, hay una entrada, que se llama "Nombres de Demonios", que en verdad, ha tenido cierta popularidad, pero resulta que aquel relato, es solo una infima parte de este; alguien lo cogio, quito un monton de entradas, y lo edito en internet; en su momento, aunque faltaban muchos demonios, estaba bien, por lo menos para saber el nombre de las huestes de Lucifer, y el significado y funcion de cada uno de ellos; pero,... ahora, al leer el "original", entiendo las faltas de nombres, y vacios del relato, casi todos los que lo leyeron, les gusto, entonces, con este (aunque te suene algo), te va a abrir los ojos sobre alguna duda, o alguna hiatoria que buscabas, y no encontrabas, total, un buen relato, para pasar el rato con las "oscuridades", solo me queda una cosa:
Prologuillo
Antes de llegar a homo sapiens, el hombre, tanto en su etapa irracional como racional, ha temido a las fuerzas naturales o artificiales que cotidianamente se le ofrecían a sus sentidos. Si atribuimos ese miedo a la ignorancia, ya sea espontánea (innata) o premeditada (prejuicio), entonces la deducción que podemos intuir se trasforma en una premonición axiomática que conjuga el mismo verbo en tres tiempos: temió, teme, temerá.
En este fenómeno, la única variable es el objeto que, condiciones mediante (ambiciones, moda, status, etc.), permite que el sujeto lo amolde a su mentalidad.
Visto desde afuera, es decir desde una obra literaria, el texto nos recuerda, por su riqueza de imágenes, a las mejores piezas del non sense, del surrealismo y del humor negro y si en ocasiones somos capaces de reírnos,
de nosotros mismos por supuesto, es que aún conservamos la conciencia, sino en paz, por lo menos algo sana.
Samuel Wolpin
“El hombre supersticioso teme a la tierra y el mar, el aire y el cielo, las tinieblas y la luz, el ruido y el silencio; teme hasta los sueños.”
(Plutarco)
Nota sobre el autor
Poco es lo que se sabe de Santiago Collin de Planci, fuera de su ardiente deseo por desengañara los hombres de los mitos que los circundaban en el siglo de las ciencias. Sus esfuerzoslo llevaron a redactar varios tratados.
El Diablo pintado por sí mismo (1819) y laHistoria de los vampiros (1820) son sus dos obras más importantes que el tiempo
cubrió con sabio polvo.
La selección que ocupa el presente volumen puede no ofrecer mayores datos de erudición sobre la materia, pero sí una envidiable fluidez imaginativa.
AARÓN mago griego. Vivió en tiempos del emperador Manuel Comneno. Dícese que a favor de las Clavículas de Salomón, tenía a sus órdenes algunas legiones de demonios. Parece que también se dedicaba a la nigromancia pues en un aposento tapizado de negro, de su casa, se encontró la figura de un hombre con los pies encadenados y el corazón traspasado con un clavo. Por eso fue desollado, después de habérsele cortado la lengua (v. Nicetas, Anaks, lib. 4, Man. Cornn., cap. 7).
ABADDÓN El Destructor jefe de los demonios de la
séptima categoría. Tal es el nombre que da San Juan,
en su Apocalipsis, al rey de las langostas. Algunos lo
consideran como el ángel exterminador.
ABADÍA (Juana) hechicera de la villa de Sibourre, en
Gascw1a; asistió a una junta de brujos donde vio que
el Diablo poesía dos caras (v. Delancre, Catálogo de la
inconstancia de los demonios, lib. 2, discurso 1).
AREL DE LARVA zapatero remendón de Coulomiers,
ejecutado el 20 de julio de 1582 por asistir a ceremonias presididas por el Diablo. Anudaba la agujeta.
ABIGOR gran duque infernal, representado como un
gallardo caballero con lanza, estandarte y cetro. Relacionado con la guerra. Ordena setenta legiones.
ABISMO nombre que la Sagrada Escritura da al Infierno y al tenebroso caos que precedía a la creación de la Tierra.
ABRACAX O ABRAXAS demonio con cabeza de rey y
dos serpientes en vez de píes y un látigo en la mano.
De su nombre sale el jeroglífico abracadabra, usado en
ceremonias curativas.
ABRAHEL demonio súcubo que en 1581 en la aldea
de Dalhem, sobre el Mosa, se le apareció al pastor Pie-
rront bajo ia forma de una doncella que él deseaba, con
la que hizo el amor; luego le entregó una manzana
para su hijo que, al comerla, cayo muerto. Prometió revivirlo si el pastor la adoraba y entonces el joven revivió
poseído y murió al cabo de un año (v. Nicolás Remi,
Démonolatrie) .
ADÁN Gabriel y Miguel se negaron a traerle a Dios
los siete puñados de tierra de cada uno de los lechos
de la Tierra y la hizo Azrael, que por su severidad fue
nombrado separador de almas o ángel de la muerte.
Construido el primer hombre, mientras se secaba, se
acercó Eblis o LUCIFER y lo sacudió en el vientre. Viendo que estaba vacío, dijo: "Esta criatura formada vacía, necesitará llenarse con frecuencia y por consiguiente estará sujeta a muchas tentaciones".
ADELGRIEFF (Juan Alberto) hijo de un cura alemán,
realizó milagros que luego fueron vistos como obra del
Infierno. Quemado en Koenigsberg el 11 de octubre
de 1636.
ADES dios del Infierno o Infierno mismo en los antiguos poetas.
ADHAB-ALGAB purgatorio de los musulmanes, donde
los ángeles negros MONKIR y NEKIR atormentan a los
malvados.
ADONIS demonio quemador. Dícese que es el TAMUZ
de los hebreos.
ADRAMELEC canciller infernal. Intendente del guardarropa del soberano de los demonios, presidente del alto
consejo de los diablos. Adorado en Sépharvaim, ciudad
de Asiria, en la que quemaban niños sobre su altar. Los
rabinos dicen que se presenta como un mulo o como un
pavo real.
ADRIANO estaba en Maesia mandando una legión auxiliar del reinado de Diocleciano, cuando un adivino le
predijo que sería emperador. Adoptado por Trajano,
le sucedió a su muerte. Hizo construir la MURALLA DEL
DIABLO en Escocia. Todos los primeros de enero escribía
lo que iba a suceder todo el año. En el que murió, sólo
escribió hasta ese mes.
AGARES gran duque de la región oriental de los Infiero
nos. Se la representa a caballo de cocodrilo con un milano en la mano. Hace volver a la carga a los fugitivos
del partido que protege y derrota al enemigo. Distribuye
las prelaturas, enseña todas las lenguas y hace danzar
a los espíritus de la Tierra. Ordena treinta y una legiones.
AGATION demonio familiar que sólo se deja ver a
mediodía.
AGATODEMON buen demonio adorado por los egipcios
bajo la forma de una serpiente con cabeza humana.
AGLA palabra cabalística capaz de arrojar el espíritu
maligno. Compuesta por las primeras letras de las palabras hebreas Atah, Gabor, Teolani, Adonai o sea "Poderoso y eterno sois, Señor".
AGLAOFOTIS hierba que crece entre los mármoles de
Arabia y que los magos usan para evocar a los demonios.
AGNAN demonio de aparición frecuente en Urasil, entre los tupinambás, bajo todas las formas.
AGREDA (María de) religiosa española que a mediados
del siglo XVII escribió La mística ciudad de Dios (impresa en Madrid, Lisboa, Perpiñán y Amberes, traducida al francés por Crozet, Marsella 1696, reimpresa en Bruselas en 1715 y 1717). En su capítulo XV relata los intentos del Diablo para hacer perder el pudor a Maria, madre de Jesús.
AGRIPA (Henrique Cornelio) n. en Colonia en 1486,
m. en 1535. Siempre andaba en compañía de un perro
negro que se supone era el Diablo (v. Thebet, Vida de
hombres ilustres) .
AGUA BENDITA inventada por el Papa Alejandro I
para apartar a los demonios.
AGUAPA árbol de la India. El hombre que duerme vestido bajo él, se hincha; y si en cambio lo hace desnudo,
crece infinitamente. Estos efectos se atribuyen a la malicia del Diablo (v. Bohon, Upas).
AGUERRE (Pedro de) paisano de Lavour, procesado
bajo el reinado de Enrique IV a la edad de 113 años. Se
dice que el Diablo ponía en su mano un bastón dorado
con el que alineaba las cosas (v. Garinet, Historia de la
magia en Francia, pág. 176) .
AGUINALDO mesas cubiertas de viandas que se colocaban el primer día del año para los transeúntes. Prohibidas por la Iglesia en tiempos de Carlomagno, por considerarlas alimentos ofrendados a los demonios.
AIM V. HABORIMO
AIPEROS V. IPES
ALASTOR ejecutor de las sentencias del Infierno. Zoroastro le llama El Verdugo; Orígenes dice ser el
mismo AZRAEL. Los antiguos llamaban Alastores a los
genios malignos.
ALFARESIOS genios escandinavos, divididos en Líos
(luminosos) y Duchs (negros).
ALGOL Diablo, según los astrólogos árabes.
ALOCERIO gran duque infernal. Caballero montado sobre un alazán enorme; tiene la fisonomía de un león con
los ojos encendidos. Enseña los secretos de la astronomía
y las artes liberales. Ordena treinta y seis legiones.
ALPIEL ángel o demonio que, según el Talmud, cuida
de los árboles que dan frutos.
ALRINACH demonio que preside las tempestades, terremotos, lluvias y granizo.
ALRUNESIAS demonios súcubos o hechiceras que fueron madres de los hunos.
AMDUSCIAS gran duque infernal, con figura de Unicornio. Maestro de conciertos sin instrumentos. Los árboles se inclinan a su voz. Ordena veintinueve legiones.
AMMÓN O AAMÓN marqués infernal. Figura de lobo
con cola de serpiente; vomita llamas y cuando toma
forma humana, su cabeza es parecida a la de un gran
búho con dientes caninos. Sabe lo pasado y lo venid€ro.
Ordena cuarenta legiones.
AMOIMÓN uno de los cuatro reyes infernales y príncipe de la monarquía. Aparece rodeado de llamas, enseña
la astrología y las artes liberales. Descubre a sus amigos
los tesoros guardados por los demonios, comanda ángeles
caídos y potencias. Ordena treinta y seis legiones.
ANAMALECH demonio portador de malas noticias, adorado en Sefarbaim, Asiria. Figura de codorniz.
ANAXILAS filósofo pitagórico que vivió en tiempos de
Augusto. Inventor de la Antorcha Infernal, que consiste
en encender azufre en un lugar oscuro, lo que vuelve muy
feos a los concurrentes.
ANAZARET demonio encargado de guardar tesoros subterráneos. Junto con GOZIEL y FECOR, conmueve los cimientos de las casas, toca las campanas a medianoche,
hace aparecer espectros e inspira terror.
ANDRAS marqués infernal. Cuerpo de ángel y cabeza
de búho, monta un lobo negro, llevando en la mano un
sable muy puntiagudo. Enseña a matar bien a sus enemigos, suscita disputas y discordias. Manda treinta legiones.
ANDRÉS (Tobías) autor de Sobre el poder de los malos ángeles, impreso en el siglo XVII.
ANDRIALFO marqués infernal con figura de pavo. Enseña geometría, da a los hombres figura de pájaros para
poder huir de los jueces. Ordena treinta legiones.
ANEBERG demonio de las minas. Figura de caballo
con gran cuello.
ANCAT nombre dado al Diablo en Madagascar. Figura
de serpiente.
ANGERBODE O ANGUEBODO mujer gigantesca que se unió al Diablo según los escandinavos y parió tres monstruos: el lobo Fenris, la serpiente Formundanoar y el
demonio Hela, que guarda el mundo subterráneo.
ANTANTAP Infierno de los indios, lleno de perros rabiosos y feroces insectos. Acuéstanse en él sobre ramas
de espino y son acariciados continuamente por cuervos
con picos de hierro.
AQUERONTE ( Río del Dolor) uno de los ríos del Infierno pagano. Aguas amargas.
ARIMANO príncipe infernal entre los antiguos persac,
enemigo de Oromazo.
ARIOC demonio de la venganza.
ARNOLDO DE VILLANUEVA n. en Monpellier en el siglo XII, m. en un naufragio en 1314, acusado de poseer conocimientos suministrados por el Diablo. Intentó formar
al hombre con esperma mezclado con ciertas drogas y
puesto en una calabaza. Descubrió el ácido sulfúrico, el
clorhídrico y el nítrico, el alcohol y la esencia de trementina.
ARNOUX publicó Maravillas del otro mundo, Ruan,
1630.
ASCAROTH demonio que protege a los espías y delatores.
ASCICIKPASA O ASIC-PACHA demonio turco que favorece a los amantes, el parto y el medio de desligar o
poner en paz a una familia.
ASIMA demonio que ríe cuando se hace el mal. Adorado en Emath en la tribu de Neftalí, antes que sus habitantes fuesen trasportados a Samaria.
ASMODEO superintendente de casas de juego: siembra
la disipación y el error: enseña las artes mecánicas y
a hacerse invisible. Tiene tres cabezas: una parecida a un
toro, la segunda de hombre y la última de cordero; cola
de serpiente, patas de ganso y aliento inflamado. Monta
un dragón y ondea estandarte y lanza. Ordena setenta y
dos legiones.
ASMOUG bajo las órdenes de ARIMANO, siembra en
Persia las disensiones, querellas y pleitos.
ASOORES mal genio de los indios que hace caer a los
viajeros en emboscadas.
ASPILETA (María de) bruja de Andaya, en el país de
Labour, bajo Enrique IV; fue apresada por besarle el
trasero al Diablo.
ASRAFIL ángel de los musulmanes que despertará a
los muertos con su trompeta, el día del Juicio Final.
ASTAROTH gran duque infernal. Figura de ángel feo,
galopa sobre un dragón con una víbora en la mano. Preside el Occidente. Tesorero del Infierno, conoce los secretos y artes liberales. Ordena cuarenta legiones. Adorado por sidonios, filisteos y algunas sectas de judíos.
ASTARTEA mujer del anterior, preside los placeres del
amor y trae cuernos. Adorada por los fenicios como la
Luna. Figura con cabeza de ternero y una cruz en
la mano.
ATROPOS una de las tres parcas; la que corta el hilo.
AUPETIT (Pedro) sacerdote de la aldea de Fosas, parroquia de Paias, cerca de la ciudad de Chalu en
Limosin. Quemado vivo el 25 de mayo de 1598 por donar su dedo meñique a BELCEBÚ.
AVERNO pantano consagrado a PLUTÓN, cerca de Hayas. Se creyó que era la entrada al Infierno.
AVERNO o TENARO respiradero del Infierno, entre antiguos, custodiado por CERBERO.
AZAEL uno de los ángeles que se rebelaron contra
Dios. Los rabinos dicen que está encadenado sobre piedras puntiagudas en un lugar oscuro del desierto, esperando el Juicio Final.
AZAZEL demonio de segundo orden, guardián del macho cabrío.
AZRAIL O AZRAEL ángel exterminador o de la muerte
(v. ADÁN).
B
BAAL gran duque infernal. General en j efe de los ejércitos demoníacos. Adorado por caldeas, babilonias, sido-
nios y algunos israelitas.
BAALBERIT dueño y señor de la alianza. Secretario
general y conservador de archivos del Infierno. Los fenicios le tomaban por testigo en juramentos.
BAALCEFON capitán de las guardias o centinelas del
Infierno.
BAEL primer rey del Infierno, con estados en la parte
oriental. Figura con tres cabezas: una de sapo, otra de
hombre y la tercera de gato; enseña la astucia. Ordena
setenta y seis legiones.
BALÁN rey con tres cabezas (toro, hombre y carnero),
cola de serpiente, a caballo de un gran oso con un milano
en el puño. Enseña el modo de ver sin ser visto y ordena
cuarenta legiones.
BALI príncipe de los demonios, según creencia india.
BARBATOS duque infernal. Figura de arquero o cazador; enseña a adivinar por medio del canto de las aves, el
mugido del toro o el ladrido del perro. Ordena treinta
legiones.
BARTOLO jurisconsulto m. en Perusa en 1356, autor
de Procesus Satanae contra Virgenem coram Judice Jessu,
impreso en Hanau, 1611.
BASILIO VALENTINO benedictino de Erfurt, descubrió
el antimonio y lo hizo tomar a los monjes, matándolos.
Autor del Apocalipsis químico, impreso en Herfurd en
1624.
BATIM duque infernal. Figura de hombre robusto con
cola de serpiente, montado en un caballo blanco. Conoce
las virtudes de las hierbas y piedras preciosas. Trasporta
a los hombres de un país a otro con ligereza. Ordena
treinta legiones.
BATSCUMBASA demonio turco que se invoca para atraer el buen tiempo o las lluvias.
BAUTISMO dícese que los brujos bautizan en sábado
a los sapos y a los niños. A los primeros los visten de
terciopelo encarnado y a los segundos de negro; se hace
la señal de la cruz al revés con la mano izquierda y se
dice: In nomine patrica, matrica, Araguató petrica agora
valentía (En nombre de Patrica, de Matrica, Petrica de
Aragón, a esta hora, valentía). A esto llámase el bautismo diabólico.
BEHEMOTO demonio pesado y estúpido; ávido de golosinas y placeres de vientre. Citado por Job (cap. 4.0)
como un buey reservado para el festín del Mesías.
BEIREBRA demonio indio, jefe de las almas que divagan por el espacio cambiadas en demonios aéreos.
BELCEBÚ, BELZEBUB O BEELZEBUTH príncipe de demonios. Su nombre significa Señor de las Moscas y
Bodin supone que en su templo no se veía otra cosa. Era
la divinidad más reverenciada de Canaán; se aparece
bajo formas muy distintas, generalmente como becerro
o macho cabrío. (v. Clavículas de Salomón).
BELFEGOR demonio de los descubrimientos e invenciones ingeniosas. Los moabitas le llamaban Baalfegor y le adoraban en el monte Fegor. Se lo representa con la boca abierta (fegor: grieta, hendidura). Maquiavelo lo hace héroe de un cuento que La Fontaine ha embellecido y puesto en escena.
BELIAL demonio de la sodomía. Adorado por los sidonios (cap. 29, libro 1 de los Reyes). Manda ochenta
legiones. Fue atrapado por Salomón, encerrado en una
botella, colocado en un rozo y tapado con una piedra,
cerca de Babilonia. Los nativos bajaron creyendo encontrar tesoros y rompieron la botella. Belial, temiendo ser cogido, se metió dentro de un ídolo vacío y empezó a
dar oráculos, lo que hizo que le adoraran los babilonios.
BELICHE nombre del Diablo en Madagascar.
BENTAMELEÓN diablo que ofreció a los rabinos Simeón y Alcazar posesionarse del cuerpo de la hija de Tito y salir cuando ellos se lo ordenasen, para así conquistar a su padre y derogar el edicto que prohibía a los judíos observar el sábado y circuncidarse.
BERITO duque infernal conocido por tres nombres:
Beal, por algunos, Berito por los judíos y Bolfri por los
nigrománticos. Figura de joven soldado vestido de encarnado de pies a cabeza, montado sobre un caballo de igual color; lleva una corona en la frente. Cambia los metales en oro, por lo que se le mira como el demonio de los alquimistas. Ordena veintiséis legiones.
BIBLIOMANCIA prueba empleada antiguamente para reconocer brujos poniéndolos en un platillo de una balanza; en el otro se ponía la Biblia. Si la persona pesaba menos, era inocente.
BIFRONTE demonio que toma la figura de monstruo.
Conoce la influencia de los planetas, las virtudes de las
hierbas y plantas y trasporta los cadáveres de un lugar
a otro.
BIFROSTE puente tricolor que va de la tierra a los cielos. Supuestamente el arco iris al que los escandinavos
atribuían solidez y que será destruido al fin del mundo,
después que los malos genios salidos de1 Infierno lo pasen a caballo.
BILETO uno de los reyes infernales. Aparece montado
en un caballo blanco. Ordena ochenta legiones.
BITRU Gran príncipe infernal: figura de leopardo con
alas de grifo. Despierta el amor en ambos sexos, alternativamente. Ordena setenta legiones.
BOHINUM ídolo de los armenios- hecho de metal negro, símbolo de la noche. Su nombre viene de1 hebreo
bohu (desolación). Demonio del mal.
BOSTEZO las mujeres españolas, cuando bostezaban.
no olvidaban santiguarse cuatro veces la boca, con el
pulgar, por miedo a que el Diablo las penetrase.
BRUCOLACOS o VROUCOLAQUES nombre que los griegos dan a los vampiros o espectros de los excolmulgados.
BRUJOS hombres que con el apoyo de las potencias
infernales pueden obrar cuanto quieren, como consecuencia de un pacto con el Diablo.
BRULEFER según las Clavículas de Salomón es un demonio al que se invoca cuando se quiere inspirar amor.
BUER presidente infernal. Figura de estrella o rueda
de cinco rayos que avanza rodando sobre sí. Enseña filosofía y lógica y da buenos criados. Ordena cincuenta
legiones.
BUHO ave del mal agüero; mensajero de la muerte.
BUNO gran duque infernal; figura de dragón con tres
cabezas. Habita los cementerios; enseña elocuencia y
ordena treinta legiones. Sus discípulos, los bunios, son
muy temidos por los tártaros.
BUSANTROPÍA enfermedad de espíritu que ataca a ciertos visionarios, persuadiéndoles haberse convertido en
buey.
C
CAACRINOLAAS o BASSIMOLAR GLASYA gran presidente infernal; figura de perro con dos alas de grifo. Inspira los homicidios. Ordena treinta y seis legiones.
CÁBALA en su origen hebraico significa tradición; es
una especie de masonería misteriosa, una explicación mística de la Biblia, el arte de hallar sentidos ocultos en la
descomposición de los vocablos y el modo de obrar prodigios por la virtud de éstos, pronunciados de cierta
manera.
CABELLOS los brujos dan sus cabellos al Diablo, que
los corta en trozos menudos y, mezclados con ciertos polvos, hace caer el granizo. De ahí que se hallen en él
pequeños pelos que no tienen otro origen.
CABIRES dioses de los difuntos, adorados antiguamente
en Egipto.
CACODEMONIO mal demonio; nombre antiguo dado a
los espíritus maléficos. También la décimosegunda habitación del Sol, que es la peor de todas porque Saturno derrama en ella sus malignas influencias y por lo tanto
iguales pronósticos.
CADENA DEL DIABLO tradición suiza según la cual San Bernardo tiene al Diablo encadenado en una de las montañas que rodean a la abadía de Clairvaux; los herradores del país, los lunes, antes de ocuparse de su trabajo, dan tres golpes de martillo sobre el yunque, como para remachar la cadena.
CADUCEO vara con dos culebras entrelazadas con que
Mercurio conducía las almas al Infierno y las sacaba
cuando era necesario.
CALDERO DEL DIABLO pozo profundo en la cima del Monte de Teide o Pico de Tenerife, cerca de las Islas
Canarias. Nombre dado a causa del ruido que se oye
cuando se tira una piedra, la que resuena como una va-
sija de bronce golpeada por un martillo.
CALDO DEL SÁBADO preparado a base de niños muertos, carne de ahorcados, polvos embrujados, mijo negro y ranas. Se bebe diciendo "Y o he bebido Tympanon y yasoy maestra en brujería".
CALECUJERS nombre dado por los indios a los genios
más temibles.
CALI reina de los demonios y sultana la del Infierno indio.
CAM tercer hijo de Noé: inventor o conservador de
la magia negra.
CAMBIONES hijos nacidos de la unión de demonios súcubos e íncubos.
CAMOS demonio de la lisonja. Los amonitas y moabitas adoraban al Sol bajo ese nombre. Salomón le edificó
un templo sobre el Monte de los Olivos. Se ha creído que
es igual al Camo de los griegos y romanos, dios de los juegos y los bailes.
CANG-HY dios de los cielos inferiores en los chinos.
Tiene poder de vida y muerte.
CANÍCULA constelación que domina en tiempos de gran
calor. Los romanos, persuadidos de su malignidad, le
sacrificaban todos los años un perro rojo.
CANIDIA maga citada por Horacio, que hechizaba con
figuritas de cera.
CAOUS los orientales nombran así a los genios maléficos que habitan las cavernas del Cáucaso.
CARABA o DECARABIA demonio con figura de estrella. Domina sobre las aves. Ordena treinta legiones.
CARONTE barquero de los Infiernos cuya fábula viene
de Grecia. Hijo de EREBO y de la Noche. Atravesaba el
COCITO y el AQUERONTE en una estrecha barca. Recibía en ella a los que habían sido sepultados y le pagaban el pasaje, generalmente un ramo de oro consagrado a PROSERPINA.
CARPOCRACIANOS herejes del siglo XII; seguían a Carpócrates, que miraba a los ángeles como nosotros a los
demonios; decían que eran enemigos del Hombre.
CARRETA DE LA MUERTE creencia de los labradores de la baja Bretaña según la cual, cuando alguien está moribundo, la carreta pasa por la vecindad cubierta con un
lienzo blanco, conducida por espectros y se oye el ruido
de las ruedas.
CASTILLO DEL DIABLO cerca de la ciudad de Utrecht. La leyenda popular lo considera su morada y el lugar donde celebra oficios todos los trece de cada mes.
CATABÓLICOS demonios que tienen poder para llevarse a los hombres, matarlos y hacerlos pedazos.
CATOBOLEPAS serpiente que según Plinio da muerte a
cuantos mira. Habita cerca de la fuente Nigris, en Etiopía.
CEBUS O CEPUS monstruo adorado por los egipcios;
especie de sátiro o mono que tenía, según Plinio, los
pies y las manos semejantes a un hombre.
CERAM una de las islas Molucas. En su costa meridional hay una montaña donde, para los cristianos de la isla de Ambonia, residen los genios maléficos. De día ponen flores y una moneda dentro de una cáscara de coco; por la noche la llenan de aceite, encienden una mecha y la dejan a merced de las olas, como ofrenda.
CERBERO demonio con figura de cuervo. Obtiene para
sus amigos empleos y dignidades. Antiguamente se lo representaba como un perro de tres cabezas, incorruptible
portero de los Infiernos. También llamado Bestia de Cien
Cabezas (Centiceps Bellua) a causa de la multitud de
culebras de que ellas estaban adornadas.
CERNO nombre dado al círculo que los magos trazaban con su vara para evocar a los demonios.
CIEGUECILLO pequeño demonio nacido de una chispa
que voló de la fragua de Vulcano al seno de Prenesta. Habitaba el fuego como su propio elemento. Los cabalistas hacen de él una salamandra.
CÍMBALO caldero donde los brujos comen su sopa en la ceremonia del sábado.
CIMERIO marqués infernal; montado sobre un corcel
negro, enseña lógica, retórica y gramática. Revela cosas
ocultas. Ordena veinte legiones.
CLOTO la más joven de las tres PARCAS. Es la que
hila los destinos. Los mitólogos la colocan con sus hermanas en la puerta de la morada de PLUTÓN. Luciano la pone en la barca de CARONTE. Plutarco dice que está en la Luna, cuyos movimientos dirige.
COCITO uno de los ríos del Infierno. Rodeaba el Tártaro y lo formaban las lágrimas de los malvados.
CÓDIGO DE LOS BRUJOS obra de jurisprudencia que
consta de noventa y un artículos que aconsejan cómo
juzgar a un brujo. Su autor es Boguet y fue escrita en
1601, en Dole.
CODRANCHI (Bautista) médico de Ímola; en el siglo
XVI escribió en latín un tratado acerca de cómo evitar el
mal y alargar la vida. Impreso en Bolonia.
COLAS (Antida) bruja del siglo XVI que dijo haber
tenido contacto carnal con el Diablo, Quemada en Dôle,
1599.
COLIRIO léese en la Licantrofía de Ninauld que un
brujo componía un colirio con la hiel de un hombre,
los ojos de un gato negro y otros ingredientes, con lo que
hacía ver y aparecer en el aire, o en cualquier otra parte,
las sombras de los demonios.
COLUMNA DEL DIABLO consérvanse en una iglesia de Praga tres piedras de una columna que trajo el Diablo
para aplastar a un sacerdote mientras decía la misa.
CÓMICOS según Boguet, la brujería y magia de los
cómicos estaba "infaliblemente demostrada a los incrédulos, 1º) porque les damos nuestro dinero por algunas monadas y palabras bonitas; 2º) porque toman todas las formas que quieren y 39) porque nos hacen reír o llorar a voluntad, lo que no podría hacerse sin la ayuda del
Diablo".
COMPITALES fiestas que se celebraban en las encrucijadas de Roma en honor de los dioses lares o penates, y de Manía o Locura, madre de los primeros. Fueron abolidas por Bruto.
CONDENACIÓN ETERNA sentencia que condena a los
pecadores a pasar la eternidad en los Infiernos.
CONFERENTES demonios íncubos cilados por Arnobio
y Leloyer. Dícese que uno de ellos tuvo trato carnal en la
casa de Tanaquilla con una esclava llamada Ocrisia, esposa de Tarquino, y que engendró a Servio Tulio, que
reinó después sobre los romanos.
CONFESIÓN Delancre, en su Tratado de la incredulidad del sortilegio plenamente convencida, llama a las confesiones he1erodoxas y del Diablo, porque éste las enseñaba a los pueblos para remedar a Dios en provecho propio.
CONJURACIÓN palabras y ceremonias mágicas que emplean los brujos para evocar a los demonios. Distínguense cinco: universal para los demonios; del libro mágico; de los demonios; para cada día de la semana; y muy fuerte.
CONJURADORES magos que se atribuyen el poder de
conjurar a los demonios y a las tempestades.
CONSTANTINO COPRONIMO emperador iconólatra de Constantinopla que al expirar, víctima de una fiebre des
conocida, exclamó: "Muero quemándome por haber hablado mal de la Santísima Virgen".
CONTRAHECHIZOS hechizos que se emplean para destruir el efecto de los primeros. Suele emplearse la frase:
"Ved aquí la cruz del Señor, huid, el león de la tribu de
Judá, raza de David, ha vencido".
CÓPULA dícese que los brujos y brujas se unen carnalmente en sábado con el Diablo, el que adquiere formas distintas para cada sexo.
CORDELEROS llamados caqueux o caeoux, en Francia.
Son miradas como parias y se asegura que el Viernes
Santo vierten sangre por el ombligo.
CORE el barquero CARONTE de los mahometanos.
CORIBANTISMO especie de frenesí delirante que suponía, a sus atacados, estar en posesión del Diablo.
CORRESPONDENCIA INFERNAL existe una carta enviada por LUCIFER a M. Berbiguier, que él reprodujo en su libro Los duendes y todos los demonios no son del otro mundo, París, 1821. Su texto es el siguiente:
"A. M. Berbiguier
Abominación de la detestación, terremoto, diluvio,
tempestad, viento, cometa, planeta, océano, flujo,
genio, silfo, fauno, sátiro, silvo, adriada y amandriada.
El mandatario del gran genio del bien y del mal,
aliado de Belcebú, compañero de armas de Astarot,
triunfador y seductor de Eva, autor del pecado original y ministro del zodíaco, tiene derecho de poseer, atormentar, punzar, perfeccionar, excitar la naturaleza impotente, quemar, envenenar, dar de puñaladas al muy humilde y paciente vasallo M. Berbiguier, por haber seducido a la Manzot, codiciado la Vendaval, ultrajado la naturaleza y haber maldecido a la muy honorable e indisoluble sociedad mágica, cuyas armas, en fe de todo esto, hemos
mandado fijar .
Hecho en el sol, frente a la luna, el gran ministro
plenipotenciario, el 5818 día y la 1819 hora de la
noche, gran cruz y tribuno de la sociedad mágica.
El presente poder tendrá efecto sobre su amigo
Coco (era la ardilla de Berbiguier).
Thesaurochrysonicochrioydes
por su excelencia el secretario
Pinchichi-Pinchi
30 de marzo de 1818
P. D. Dentro de ocho días estarás en mi poder; ¡maldición sobre ti si haces aparecer tu obra!"
CORTE INFERNAL está compuesta por PRÍNCIPES y
GRANDES DIGNATARIOS: BELCEBÚ, jefe supremo del Infierno, fundador de la Orden de la Mosca; SATANÁS, príncipe destronado, jefe del partido de la oposición; EURINOMO, príncipe de la muerte, gran cruz de la Orden de la Mosca; MOLOCH, príncipe del país de las lágrimas, gran cruz de la Orden; PLUTÓN, príncipe del fuego y gobernador de las regiones inflamadas; PAN, príncipe de los íncubos: LILITH, de los súcubos; LEONARDO, gran señor de los s,ibados, caballero de la Mosca; BAALBERIT, gran pontífice, dueño de las alianzas: PROSERPINA, archidiablesa, soberana princesa de los espíritus malignos.
CUERPO DE MINISTROS DEL DESPACHO: ADRA MELEC, gran Canciller, gran cruz de la Orden de la Mosca; ASTAROT, tesorero general, caballero; NERGAL, jefe de la policía secreta; BAAL, general en jefe de los ejércitos infernales, gran cruz; LEVIATÁN, gran almirante, caballero de la Mosca. EMBAJADORES: BELFEGOR, en Francia; MANMÓN, en Inglaterra; BELIAL, en Italia; RIMMÓN, en Rusia; THAMUZ, en España; HUTGIN, en Turquía y MARTINET,
en Suiza. JUSTICIA: LUCIFER, justicia mayor, caballero de la Mosca; ALASTOR, ejecutor de sus sentencias. CASA DE LOS PRÍNCIPES: VERDELET, maestro de ceremonias, jefe de los eunucos del serrallo; CHAMOOS, gran Chambelán, caballero de la Mosca; MELCHOM, tesorero pagador. NISROTH, jefe de cocina; BEHEMOTO, copero mayor; DACÓN, gran panadero y MULLÍN, primer ayuda de cámara. GASTOS SECRETOS: ROBALS, director de los teatros; ASMODEO, superintendente de las casas de juego; NIBAS, gran farsante burlesco (Anticristo, charlatán y nigromántico, Boguet le llama el mono de Dios).
CRESPED (Pedro) religioso m. en 1594, autor de dos
libros: El odio de Satanás y Los espíritus malignos
contra el hombre, París, 1590.
CUERNO parte esencial del uniforme infernal.
CULTO AL DIABLO los brujos le adoran por su nombre
el sábado en una ceremonia que consiste principalmente
en besarle el trasero, humildemente y de rodillas, con
una candela en la mano.
CUPAI espíritu maligno de los floridianos.
CURILOS pequeños demonios o brujos malignos de los
bretones; corrompidos y bailarines.
CH
CHACÓN (Alfonso) sabio domínico que escribió en
1591 el tratado Cómo el alma de Trajano fue liberada
de las penas del Infierno por los magos de San Gregorio.
CHARTIER (Alain) poeta de principios del siglo xv
que se atribuye ser autor del Tratado sobre la naturaleza
del fuego del Infierno.
CHASSI demonio al que los habitantes de las Islas Marianas atribuyen el poder de atormentar a los que caen
en sus manos. Para ellos el Infierno es La casa de Chasi.
CHERIQUR ángel terrible de los guebros.
CHIBADIANOS secta de brujos que van siempre vestidos de mujer, en Angula,
CHODAR también BELIAL.
D
DACÓN hornero de la corte infernal. Los filisteos le
adoraban bajo la forma de un monstruo con cabeza de
hombre y cola de pescado.
DANCIS autor del Tratado sobre la magia, el sortilegio, las posesiones de los demonios y los maleficios, París, 1732.
DANZA DE LOS ESPÍRITUS Pomponio Mela, en su descripción de Etiopía, confirma que se han visto y oído, en la parte opuesta del monte Atlas, antorchas encendidas y flautas y campanillas; al llegar el día, nada se hallaba. Añádese que los fantasmas hacían también danzar a los que se encontraban en el camino; los cuales no dejaban de persuadirse que morirían muy pronto.
DANZA DE LOS MUERTOS creencia popular por la que danzando con disfraces en los cementerios, los muertos se libraban de terribles azotes. La más famosa danza fue la de Holbein, ejecutada en Calé en 1435 por orden del Concilio reunido en esa ciudad.
DANZA DEL SÁBADO jolgorio con que los brujos y brujas festejan su entrega a Satanás.
DAROUDJI nombre que dan los persas a sus genios del
mal.
DAVID-JONES los marineros ingleses llaman así al demonio que preside a todos los espíritus malignos del mar.
DEBER Salomón, teólogo hebreo, dice que deber significa el demonio que ofende a la noche.
DECARABIA O DARABIA conde infernal. Figura de estrella de cinco puntas; conoce la virtud de las hierbas y
de las piedras preciosas y da talento para domesticar a las
aves y servirse de ellas. Ordena treinta legiones.
DEDOS los turcos comen algunas veces el arroz con
los dedos, pero sólo con los tres primeros, porque dicen
que el Diablo come con los otros dos.
DELANCRE (Pedro) famoso demonógrafo n. en Burdeos durante el siglo XVI. Tuvo a su cargo la instrucción
de procesos contra una infinidad de acusados de brujería. Es autor de dos obras famosas: La incredulidad del sortilegio plenamente convencida, París, 1612, dedicada a Luis XIII. Está dividida en diez tratados que son: 1º, se ocupa de probar que todo lo que se dice de los brujos es verdadero. 2º, titulado De la fascinación, demuestra que los brujos no fascinan embrujando, sino con la ayuda del Diablo; es sabido que lo hacían con sus miradas. 3º, consagrado al tocamiento, hace ver cuánto pueden obrar los brujos con el tacto, más poderoso aún que sus miradas. 4º, describe cómo se maleficia a la gente por medio del escopelismo, 5º, de las adivinaciones. 6º, instruye en cuanto se refiere a nudos y ligaduras. 7º, de las apariciones. En el 8º habla de judíos, apóstatas y ateos.
9º, se ocupa de los más diversos fanatismos de los herejes.
Y en el último clama contra la incredulidad de los jueces, en hechos de brujería. Su otro libro es Cuadro de la inconstancia de los demonios y malos ángeles, donde
se trata extensamente de la brujería y de los brujos; dividido en seis tratados: el 1º contiene tres discursos sobre la inconstancia de los demonios. El 2º trata del sábado, en cinco discursos. El 3º versa sobre los pactos, en cinco discursos. El 4º está dedicado a los magos. El 5º se detiene en las supersticiones y apariciones. y el último analiza a los sacerdotes brujos.
DEMONÍACOS o poseídos son aquéllos en quienes escoge el Diablo su domicilio. El historiador Josefo dice que no son demonios sino las almas de los malvados las que entran en el cuerpo del poseído y lo atormentan.
DEMONIOS la existencia de los mismos está probada
en innumerables libros. Los antiguos admitían tres especies: buenos, malos y neutros. Ibn-Ezra pretende su
existencia a partir del segundo día de la creación; Orígenes, remontándose a la Biblia, dice que son inmortales ya que que ésta no habla de ellos; San Juan alega que “el Diablo es embustero como su padre", lo cua1 haría pensar en la generación y creación de los demonios; finalmente la opción más aceptada es la de Menases-Ben-Israel, que los atribuye a Dios, pero como ángeles de luz que se han hecho malignos por su caída a las tinieblas.
DEMONIOS FAMILIARES demonios que se domestican y gustan vivir con los hombres, y desean que les estén agradecidos.
DEMONOCRACIA gobierno de los demonios. Religión de algunas tribus africanas, asiáticas, siberianas, etc., que reverencian al Diablo por sobre todas las cosas.
DEMONOGRAFÍA historia y descripción de todo lo que
concierne a los demonios.
DEMONÓGRAFOS autores que escriben sobre el tema
DEMONOLATRÍA culto de los demonios.
DEMONOLOGÍA discurso y tratado sobre los demonios.
DEMONOMANCIA adivinación por medio de los demonios.
DEMONOMANÍA manía de los que creen todo lo que se
cuenta acerca de los demonios.
DEUMUS O DEUMO demonio adorado por los habitantes de Calicut en Malabar.
DIABLOS abarca a los príncipes y grandes señores del
Infierno. No deben confundirse con los demonios, que son
el populacho.
DIAMBLICHE nombre del Diablo en la isla de Madagascar.
DOBLÓN VOLANTE moneda que encantaban los brujos
para hacerla regresar al bolsillo de quien la empleaba.
DRAGÓN antiguo símbolo del mal.
DSIGOFK parte del Infierno japonés, en el cual los
malvados son atormentados según el número y la cualidad
de sus crímenes.
DUENDES espíritus, trasgos o demonios familiares.
E
EBLIS nombre que los mahometanos dan al Diablo.
ECLIPSES Hay una creencia india según la cual cuando
el Sol o la Luna se eclipsan, es porque un demonio con
uñas muy negras quiere apoderarse de estos astros.
EDELINO (Guillermo) doctor en teología del siglo XV,
prior de San Germán en Laya; fue azotado públicamente
en Evreux, por haberse entregado al Diablo para satisfacer sus pasiones mundanas.
EFELIOS nombre que daban los celianos a una especie
de demonios incubos.
ECIPANOS demonios que según los paganos habitaban
en los bosques y montes. Representados como enanos velludos, con cuerpo y patas de cabra. Posiblemente sean el capricornio.
EJÉRCITOS PODEROSOS vistos durante el sitio a Jerusalén por Tito, como ejércitos en llamas o tropas de fantasmas y, en muchas otras ocasiones, como malos presagios.
ELEAZAR mago judío que tocaba la nariz de los poseí-
dos con un anillo que tenía engastada una raíz de la que
se servía Salomón, haciendo huir al mal espíritu.
ELÍAS patriarca que fue trasportado al cielo en un
carro de fuego tirado por caballos inflamados y que el
día del Juicio Final volverá para luchar contra el Anticristo o demonio infernal.
ELIGOS v. ABIGOR.
ELOGIO DEL INFIERNO obra de autor anónimo impresa en La Haya en 1759 donde se pasa revista a los grandes hombres que pueblan el Infierno y difunden su moral.
EMAQUINQUILIEROS raza de gigantes servidores de
Yamen, dios indio de la muerte.
EMPUSIO especie de demonio del medio día que Aristófanes, en su comedia Las ranas, representa como un espectro que toma formas animales.
ENARCO personaje que venido del otro mundo, después de haber estado algunos días en los Infiernos, refirió
a Plutarco todo lo concerniente a PLUTÓN, Minos, Caco,
las PARCAS, etc.
ENCLAVIJAMIENTO operación que consiste en introducir una clavija de madera o hierro en una pared y pronunciar la frase .”Que esto que yo cierro, se cierre sobre mi enemigo”.
ENCRUCIJADAS parajes donde se encuentran cuatro caminos. Lugar ordinario de reunión de los brujos.
ENGELBRECH (Juan) famoso visionario alemán m. en
1612. Fue trasportado al Infierno y traído de vuelta,
durante una postración. Entre sus obras se encuentran
Verdadera visita e historia del Cielo, Amsterdam 1690
y Obras, visiones y revelaciones, idem 1680.
ENRIQUE III hijo de Catalina de Médicis. Se lo presentaba como sodomita y brujo en un folleto titulado
Las brujerías de Enrique de Valois y oblaciones que
hacía al Diablo en el bosque de Vincennes, impreso por
Didier-Millot en 1589.
EREBO río al este del Infierno.
ERICTO bruja que en la guerra entre César y Pompeyo
evocó a un difunto y predij o todos los sucesos de la batalla de Farsalia.
ERO O ER hijo de Zoroastro. Platón afirma que salió
de la tumba doce días después de haber sido quemado
en una hoguera y contó muchas cosas sobre la suerte de
los buenos y malos en el otro mundo.
ESCOBA cuéntase que la mujer de un zapatero alemán
abortó y escondió el feto en un rincón de la casa. Algunos brujos lo descubrieron por el olor y desenterrándolo,
hicieron de él un ungüento que metieron en un pote. La
zapatera mojó con él, sin saberlo, el mango de una escoba,
púsose a horcajadas y se vio trasportada a Bruch, donde
Be reunían los brujos. De ahí la imagen de la escoba
como vehículo de los brujos.
ESFINGE monstruo con cara de mujer y cuerpo de
león tendido. Descifraba los enigmas.
ESPECTRIARA colección de historias de espectros y aparecidos, halladas en las catacumbas de París en 1817.
ESPECTRO sustancia sin cuerpo que se presenta a los
hombres, contra el orden natural, causándoles terror.
ESPÍRITUS demonios o genios.
ESTIGIA célebre laguna en el Infierno de los paganos.
EUBIUS autor de Apariciones, Apollono o demostraciones de las apariciones del día, en latín, Amsterdam 1735.
EURINOMIO príncipe de la muerte. En el templo de
Delfos había una estatua suya, con afilados dientes, parecidos a los de un tigre pronto a saltar sobre su presa,
sentado sobre una piel de carnero.
EVOCACIONES el que quiera evocar al Diablo, debe
primeramente hacerle el sacrificio de un perro, un gato y
una gallina con la condición de que estos tres animales
sean de su propiedad; le jura entonces fidelidad y obediencia, cumpliendo al momento una penitencia marcada por el Diablo en persona. Por este medio se adquiere el poder absoluto sobre los tres espíritus infernales: la tierra, el mar y el aire.
EXAEL según Enoch fue el décimo ángel el que enseñó
a los hombres el arte de fabricar las armas y máquinas de guerra.
EXORCISMOS fórmulas para expulsar del cuerpo a los
malos espíritus.
F
FAIFOLKS duendes que aparecen en Escocia.
FAMER (Hugo) teólogo inglés, autor de un ensayo sobre los demonios, impreso en 1775, donde se atribuye su
causa a efectos naturales y no a la creación de fuerzas
malignas.
FANTASMA espíritu o aparecido, de mal agüero.
FANTASMAGORIANA colección de cuentos populares, impresa en París, 1802.
FAPICIA hierba que empleaban los portugueses como
específico para lanzar a los demonios.
FARFAX (Eduardo) poeta inglés del siglo XVI, autor de
Demonología.
FATALISMO doctrina de aquellos que reconocen un des-
tino inevitable.
FAUSTO (Juan) famoso mago alemán, nacido en Weimar, a principios del siglo XVI. Dícese que tuvo al
Diablo bajo su poder para hacerse famoso, pero se enamoró de Margarita, doncella de la aldea de Rosenthal y
Mefistófeles, viendo que no podía disipar su amor por
ella, en beneficio suyo, decidió perder a la joven introduciendo en su corazón la coquetería. Como con este artificio no logró su propósito, hizo desaparecer a Margarita en algún lugar aún desconocido y a Fausto lo precipitó a los abismos. Esta historia está relatada por Widman en Francfort, 1587 y por M. Desaur y De San-Genies a principios de 1825, en la novela Aventuras de Fausto, su descenso a los Infiernos.
FEICHNER (Juan) autor de un tratado latino sobre
neumática o doctrina de los espíritus, en Breslau, 1698.
FÉNIX gran marqués infernal, con figura de ese ave.
Buen poeta y conocedor de las ciencias. Ordena veinte
legiones.
FILOTANO demonio de segundo orden. Teniente de
BELUL en los dominios de la sodomía.
FINSKCALDIA magia usada por los islandeses que consiste en hacerse dueño de un espíritu que sigue al brujo
bajo la forma de un gusano o de una mosca y le hace obrar maravillas.
FLACETÓN río del Infierno formado por torrentes de
llamas que cercan por todas partes la prisión de sus habitantes.
FLAURO general mayor de los Infiernos. Figura de
leopardo; subleva a los demonios y espíritus contra sus
enemigos. Ordena veinte legiones.
FLAVIA VENERIA VESA mujer que hizo construir una capilla en honor de los antiguos monarcas del Infierno,
PLUTÓN y PROSPERINA, a consecuencia de un aviso que éstos le dieron en sueños.
FLORÓN demonio familiar de la orden de los querubines condenados.
FOCALOR gran general de los Infiernos. Figura de
hombre con alas de grifo. Manda en el mar y a los vientos; ordena derribar barcos. Le obedecen treinta legiones.
FONG-ONHANC Fénix de los chinos.
FORAI O MORAX conde y gran general de los Infiernos. Figura de toro; conoce astronomía y artes liberales. Ordena treinta legiones.
FORCAS O FORRAS Gran presidente infernal. Figura de hombre vigoroso, enseña lógica y ética. Ordena veintinueve legiones.
FORNEO gran marqués infernal, parecido a un monstruo marino. Instruye al hombre en los asuntos más graves. Ordena veintinueve legiones.
FRANK (Sebastián) visionario del siglo XVI, autor de Testimonio de la escritura sobre los buenos y malos
ángeles, impreso en Ulm, 1535.
FUEGOS FATUOS exhalaciones que aparecen en las orillas de los lagos y pantanos, particularmente en el otoño; algunos los toman por espíritus vagarosos que corren a flor de tierra. Como nadie puede seguirlos en sus apariciones y desapariciones, se los cree producidos por demonios.
FURCAS caballero infernal. Figura de hombre con larga
barba y cabellos blancos montado sobre un enorme caballo, llevando en la mano un agudo dardo. Enseña filosofía, retórica, piromancia, quiromancia y ordena veinte legiones.
FURFUR gran conde infernal. Figura de ciervo con la
cola encendida. Hace caer el rayo, lucir los relámpagos y
retumbar el trueno. Responde sobre las cosas divinas y
abstractas. Ordena veintiséis legiones.
FURIAS divinidades inferiores entre los antiguos, reputadas por ministros de la venganza de los dioses contra los malos y encargadas de ejecutar en ellos las sentencias de los jueces del Infierno.
G
GAAB O TAP gran presidente y príncipe infernal. De
figura humana, excita el amor y el odio. Ordena setenta
legiones.
GAFARREL (Santiago) hebraísta y orientalista n. en Provenza, 1601. Entre sus obras figura Historia universal
del mundo subterráneo, impresa en París, 1658, donde
describe grutas, aun dentro del hombre, cuyo cuerpo presenta mil cavidades.
GAILAN especie de demonio árabe que mata a hombres y animales en los bosques.
GALLINA NEGRA sacrificando una gallina negra a medianoche en una encrucijada, se obliga al Diablo a aparecer para pactar con él. Un libro con este título fue
editado en Egipto en el año 740 y contiene gran cantidad
de conjuraciones para estos actos.
GALLO créese que su canto hace espantar a los demonios.
GAMIGIN gran marqués infernal. Tiene forma de caballito y enseña artes liberales. Ordena treinta legiones.
GAMULIOS espíritus que, según los habitantes de Kamchatka, forman los rayos, cuando se arrojan unos a otros tizones medio quemados. Cuando llueve es que los gamulios orinan.
GANGA-GAMM demonio hembra temida por los indios,
que le ofrendan machos cabríos. Tiene una cabeza y cuatro brazos; en una mano sostiene una hortera y en la otra una horquilla de tres puntas.
GARINETE (Julio) autor de Historia de la magia en
Francia desde el principio de la monarquía hasta nuestros días, París 1818. Obra que describe diversas ceremonias demoníacas.
GARUDA pájaro con cabeza de hombre, plumas blancas
y cuerpo de águila que sirve de cabalgadura a Visnú.
GAZIEL demonio encargado de la custodia de los tesoros subterráneos.
GEISERICO demoníaco gogo cuya alma fue llevada al
Infierno por el Diablo.
GENIOS existen los buenos, que procuran toda clase
de felicidades, mientras que a los malos se les imputan las
catástrofes que suceden.
GIAL río de los Infiernos escandinavos que pasa por un puente llamado Gialor.
GIBELO montaña volcánica que los griegos situaban
como entrada al Infierno.
GINAS genios hembras entre los persas, quienes les
dicen malditas de Salomón.
GINGUEREROS quinta tribu de gigantes o genios malvados, entre los orientales.
GINUNGAGAP abismo que forma parte del Infierno, entre los escandinavos.
GIOERNINCA-VEDUR según los islandeses, es el poder mágico de suscitar tormentas y tempestades y hundir los buques en el mar.
GLAA especie de siempreviva que los islandeses empleaban en la magia y para ahuyentar a los espíritus
malignos.
GLACIALABOLAS presidente del Infierno que anda como un perro y tiene alas de grifo. Jefe de todos los asesinos. Ordena treinta y seis legiones.
GLANVILLE cura de Abbey-Church, en Bath. Autor de
un tratado de apariciones, editado en Londres, 1700.
GOAB rey de los demonios del medio día.
GOECIA arte de evocar los espíritus maléficos durante
una noche oscura, en cavernas subterráneas.
GOLEO-BEENBAN o espíritus de la soledad. Nombre
que dan los afganes a los demonios que pueblan el desierto.
GOLOS espectros de la especie de los VAMPIROS y LAMIAS. Creen en ellos los árabes, persas y en general el
Oriente. Muchos relatos, entre ellos Las mil y una noches,
versan sobre la materia.
GOMORY duque infernal. Figura de una mujer hermosa
con una corona ducal sobre la cabeza y montada a camello. Enciende el amor y ordena veintiséis legiones.
GONDEDICO rey de los vándalos que a ejemplo de
Jenserico y Bucer, fue resucitado y llevada su alma al
Infierno.
GORSON príncipe de los demonios, rey de Occidente,
se hace invisible hasta las nueve de la mañana.
GOULEHO demonio de la muerte entre los habitantes
de las islas Amis.
GRANDIER (Urbano) cura de San Pedro de Ludún,
quemado en la hoguera en el siglo XVI por endemoniar su
parroquia, en virtud del siguiente texto :
"Nos, el muy poderoso Lucifer, secundado de Satanás, Belzebut, Leviathán, Elimi, Astarot y otros, hemos aceptado en el día de hoy el pacto de alianza de Urbano Grandier, que se nos entrega; y le prometemos el amor de las mujeres, la flor de las doncellas, el honor de las monjas, las dignidades, los placeres y riquezas; fornicará cada tres días; la embriaguez le será gustosa; cada año una vez nos ofrecerá un homenaje firmado con su sangre; hollará con los pies los sacramentos de la iglesia y nos dirigirá oraciones. En virtud de este pacto, vivirá veinte años feliz en la tierra de los hombres, y vendrá luego entre nosotros a maldecir a Dios.
Hecho en los infiernos en el consejo de Demonios.
Han firmado Lucifer, Belzebut, Satanás, Elimi, Leviathán, Astarot. Visado con la signatura y sello del maestro diablo y de los SS. príncipes de los demonios.
Contraseña BAALBERITO, Secretario"
Este documento se encontró en los archivos de Poitiers
y además, está citado en Historia de los diablos de Ludún, por SaintoAubin y en El verdadero P. José, por Richer, 1715.
GRANJA DEL DIABLO cerca de Sezana, en Brie. Cuéntase que después de ser destruida por un incendio, se alzó nuevamente, por una cuadrilla de demonios, en virtud de un pacto hecho entre el Diablo y su propietario, Juan
Mullin, que prometió al primero la entrega de su hija.
GRIFOS animales mixtos; por delante se parecen al
águila y por detrás al león.
GRIGRI demonio familiar en Canadá y Guinea.
GRITADORAS fantasmas de los naufragios que los habitantes de la isla de Saina, en Bretaña, creen oír pedir
sepultura durante el mugido que precede a las tempestades.
GUACHARO en la montaña de Tumerequiti, a poca distancia de Cumana. Caverna célebre entre los indios, que
emplean el término descender al Guacharo como sinónimo
de morir.
GUAYOTA genio malévolo que los habitantes de la isla
de Tenerife oponen a Achaguaya-Xerac o príncipe del
bien.
GULLETOS O BONAZOS demonios que sirven a los hombres de Noruega y que se alquilan por poco dinero para cuidar de los caballos.
GURMO perro terrible, equivalente al CERBERO, entre
los celtas.
GUSOINO gran duque infernal, con figura de camello.
Aumenta las dignidades y afirma los honores. Ordena
cuarenta y cinco legiones.
GUTEIL O GUTIL muérdago de la encina, con supuestos poderes mágicos. En Alsacia se lo llama Marentak o sea arbusto de los espectros.
H
HAAGENTI gran presidente infernal. Figura de toro con
alas de grifo; enseña el arte de trasmutar metales en oro
y el de hacer buen vino con agua clara. Ordena treinta y tres legiones.
HABONDIA reino de las brujas, furias y harpías.
HABORIMO demonio de los incendios. Duque infernal,
a caballo de una víbora, con tres cabezas: una de serpiente, otra de hombre y la tercera de gato; lleva en la mano una antorcha encendida. Ordena veintiséis legiones.
HALFAS gran conde infernal; forma de cigüeña, con
voz estrepitosa. Ordena las guerras mandando veintiséis
legiones de demonios.
HÉCATE diablesa que preside en calles y callejones.
Guardiana de los caminos del Infierno; tiene tres caras;
la derecha de caballo, la del medio de mujer y la izquierda de perro. Entre los antiguos adquiría tres personalidades:
Alejandro Dumas - La Hermosa Vampirizada
03/09/2009 20:03
Por arkaiko
Alejandro Dumas - La Hermosa Vampirizada
Yo soy polaca, nacida en Sandomir,vale decir en un país donde las
leyendas se tornan artículos de fe, donde creemos en las tradiciones de
familia como y —acaso más que— en el Evangelio. No hay castillo entre
nosotros que no tenga su espectro, ni una cabaña que no tenga su genio
familiar. En la casa del rico como en la del pobre, en el castillo como en
la cabaña, se reconoce el principio amigo y el principio enemigo.
A veces estos dos principios entran en lucha y se combaten. Entonces se
escuchan ruidos tan misteriosos en los corredores, rugidos tan horrendos
en las antiguas torres, sacudidas tan formidables en las murallas, que los
habitantes huyen de la cabaña como del castillo, y aldeanos y nobles
corren a la iglesia en procura de la cruz bendita o de las santas
reliquias, únicos resguardos contra los demonios que nos atormentan. Pero
otros dos principios más terribles aún, más furiosos e implacables, se
encuentren allí enfrentados: la tiranía y la libertad.
El año 1825 vio empeñarse entre Rusia y Polonia una de esas luchas en las
cuales creyérase agotada toda la sangre de un pueblo, como a menudo se
agota la sangre de una familia entera. Mi padre y mis dos hermanos,
rebelados contra el nuevo zar, habían ido a alinearse bajo la bandera de
la independencia polaca, postrada siempre, siempre renacida. Un día supe
que mi hermano menor había sido muerto; otro día me anunciaron que mi
hermano mayor estaba mortalmente herido; y por fin, después de una jornada
angustiosa, durante la cual yo había escuchado aterrorizada el tronar
siempre más cercano del cañón, vi llegar a mi padre con un centenar de
soldados de a caballo, residuo de tres mil hombres que él comandaba.
Había venido a encerrarse en nuestro castillo con la intención de
sepultarse bajo sus ruinas. Mientras no temía nada por él, temblaba por
mí. Y en efecto, para él era único riesgo la muerte, porque estaba
segurísimo de no caer vivo en manos del enemigo; pero a mí me amenazaba la
esclavitud, el deshonor, la vergüenza. Mi padre escogió diez hombres entre
los cien que le quedaban, llamó al intendente, le hizo entrega de cuanto
dinero y objetos preciosos poseíamos y, recordando que —en ocasión de la
segunda división de Polonia— mi madre, casi niña aún, había encontrado un
asilo inaccesible en el monasterio de Sabastru, situado en medio de los
montes Cárpatos, le ordenó conducirme a aquel monasterio que abriría a la
hija, como hacía tiempo a la madre, sus hospitalarias puertas.
A despecho del gran amor que mi padre alimentaba por mí, nuestros saludos
no fueron largos. Según todas las probabilidades, los rusos debían llegar
el día siguiente a la vista del castillo, por lo que no había tiempo que
perder. Me puse de prisa un vestido de amazona, con el que solía acompañar
a mis hermanos en la caza. Me trajeron ensillado el mejor caballo de la
cuadra; mi padre me puso en los bolsillos del arzón sus propias pistolas,
obras maestras de las fábricas de Tula, me abrazó y dio la orden de
partida.
Durante aquella noche y el día siguiente recorrimos veinte leguas,
costeando uno de esos ríos sin nombre que desembocan en el Vístula. Esta
primer doble etapa nos había sustraído al peligro de caer en manos de los
rusos. El sol se dirigía al tramonto, cuando vimos brillar las nevadas
cimas de los Cárpatos.
Hacia la noche del día siguiente llegamos a su pie: al fin, en la mañana
del tercer día, comenzamos a avanzar por una de sus gargantas. Nuestros
Cárpatos no se parecen a los fértiles montes de vuestro occidente. Cuanto
la naturaleza tiene de extraordinario y grandioso se presenta allí en toda
su majestad. Sus tempestuosas cumbres se pierden en las nubes cubiertas de
eternas nieves; sus inmensos bosques de abetos se inclinan sobre el terso
espejo de lagos que por su vastedad semejan mares; y de aquellos lagos,
jamás navecilla alguna ha surcado sus ondas, jamás redes de pescadores
turbaron su cristal profundo como el azul del cielo; apenas, de tiempo en
tiempo, resuena allí la voz humana, haciendo escuchar un canto moldavo al
que contestan los gritos de los animales selváticos: y cantos y gritos van
a desvelar algún solitario eco, atónito de que un ruido cualquiera le haya
revelado su propia existencia. Por millas y millas se viaja allí bajo la
umbría bóveda de los bosques entrecruzados de las inesperadas maravillas
que la soledad nos descubre a cada instante, y que hacen pasar nuestro
ánimo del estupor a la admiración. Ahí doquiera hay peligro, y el peligro
se compone de mil riesgos diversos; pero no se tiene tiempo para
atemorizarse, tan sublimes son aquellos riesgos. Aquí hay alguna cascada a
la que dio origen imprevistamente la licuefacción de los hielos y que,
saltando de roca en roca, invade de pronto el angosto sendero que se
recorre, trazado por el paso de las fieras en fuga y del cazador que las
persigue; allí hay árboles minados por el tiempo, que se desprenden del
suelo y se derrumban con horrible estrépito semejante al de un terremoto;
en otra parte, en fin, son los huracanes los que os envuelven de nubes, en
medio de las cuales se ve centellear, extenderse y contorsionarse el
relámpago, como sierpe inflamada. Luego, tras de haber superado aquellas
moles agrestes, aquellos bosques primitivos, tras de encontraros en medio
de gigantescas montañas y bosques interminables, os veis ante inmensos
páramos, como mares que tienen también sus ondas y sus tempestades, áridas
y gibosas estepas, donde la vista se pierde en un horizonte sin límite.
Entonces no es terror lo que experimentáis, sino una triste y profunda
melancolía, de la cual nada hay que pueda distraeros, porque el aspecto de
la región, por lejos que se alargue vuestra mirada, es siempre el mismo.
Ascended o descended las cien veces iguales pendientes, buscando en vano
un camino trazado: al hallaros tan perdidos en aquel aislamiento, en medio
de desiertos, os creéis solos en la naturaleza, y vuestra melancolía se
convierte en desolación. Os parece inútil caminar más adelante, porque no
veis una meta para vuestros pasos; no encontráis una aldea, ni un
castillo, ni una cabaña, ni en suma vestigio de humana morada. Sólo de
cuando en cuando, como una tristeza más en aquella región melancólica, un
pequeño lago sin cañas, sin arbustos, dormido en el fondo de un barranco,
casi otro mar Muerto, os cierra el camino con sus verdes aguas, sobre las
cuales se levantan al acercaros algunas aves acuáticas de gritos
prolongados y discordantes. Rodead ese lago, trasponed el collado que está
delante de vosotros, descended a otro valle, superad otra colina, y así
sucesivamente, hasta que hayáis llegado a los comienzos de la cadena de
montes que van siempre disminuyendo más. Pero si al concluir esa cadena os
volvéis hacia el mediodía, la región recobra un carácter majestuoso, se os
presenta una naturaleza más grandiosa y descubriréis otra cadena de
montañas más altas, de forma más pintoresca, de más rica vegetación, toda
cubierta de espesos bosques, toda surcada de arroyos: con la sombra y con
el agua renace también la vida en aquella comarca; se escucha ya el tañido
de la campana de una ermita, y sobre el flanco de aquella montaña se ve
serpentear una caravana. Por fin, a los últimos rayos del sol poniente se
perciben desde lejos, a guisa de bandada de pájaros blancos, apoyándose
las unas en las otras, las casas de una aldea, que parece se hubieran
agrupado en cierto modo para defenderse de un asalto nocturno; pues con la
vida ha vuelto el peligro: aquí no se luchará con osos y lobos, como en
aquella altas montañas, sino con hordas de bandidos moldavos.
Entretanto nos acercábamos a nuestra meta. Diez días de camino habían
transcurrido sin ningún incidente. Ya distinguíamos la cumbre del monte
Pion, que se eleva sobre toda aquella familia de gigantes, y sobre cuya
vertiente meridional está situado el convento de Sabastru al cual yo me
trasladaba. Tres días más, y nos hallábamos al término de nuestro viaje.
Eran los últimos días de julio. Habíamos tenido una jornada muy cálida, y
hacia las cuatro respirábamos con ansioso deleite las primeras brisas del
atardecer. Habíamos dejado atrás hacía poco las torres ruinosas de
Niantzo. Bajábamos a una llanura que empezábamos a ver a través de una
hendidura de la montaña.
Desde el sitio donde estábamos, ya podíamos seguir con la vista el curso
del Bistriza, de riberas esmaltadas de bermejeantes viñedos y de altas
campánulas de flores blancas. Bordeábamos un abismo en cuyo fondo corría
el río, que en aquel lugar tenía apenas forma de torrente, y nuestras
cabalgaduras tenían escaso espacio para caminar dos de frente. Nos
precedía un guía, quien, inclinado de flanco sobre la grupa de su caballo,
cantaba una canción morlaca, cuyas palabras seguía con singular atención.
El cantor era también al mismo tiempo el poeta. Necesitaría ser uno de
aquellos montañeses para poder expresarnos la melancolía de su canción con
su salvaje tristeza, con toda su profunda sencillez. Las palabras de la
canción eran poco más o menos las siguientes:
"¡Ved allí ese cadáver en la palude de Stavila, donde corriera tanta
sangre de guerreros! No es un hijo de Iliria, no; es un feroz bandido, que
después de haber engañado a la gentil María, robó, exterminó, incendió.
"Rauda como el relámpago una bala ha venido a atravesar el corazón del
bandido; un yatagán le ha tronchado el cuello. Pero, oh misterio, después
de tres días, su sangre, tibia aún, riega la tierra bajo el pino tétrico y
solitario y ennegrece el pálido Ovigan.
"Sus ojos turquíes brillan siempre; huyamos, huyamos: guay de quien pase
por la palude cerca de él: ¡es un vampiro! El feroz lobo se aleja del
impuro cadáver, y el fúnebre buitre huye al monte de calvo frontis."
De pronto se oyó la detonación de un arma de fuego y el silbar de una
bala. La canción quedó interrumpida, y el guía, herido de muerte,
precipitóse al abismo, mientras su caballo se detenía temblando y
tendiendo la inteligente testa hacia el fondo del precipicio, donde
desapareciera su dueño. Al mismo tiempo, se levantó por los aires un grito
estridente, y sobre los flancos de la montaña vimos aparecer una treintena
de bandidos: estábamos completamente rodeados. Cada uno de los nuestros
empuñó un arma, y bien que tomados inopinadamente, mis acompañantes, como
que eran viejos soldados avezados al fuego, no se dejaron intimidar, y se
pusieron en guardia. Yo misma, dando el ejemplo, empuñé una pistola, y
conociendo bien cuán desventajosa era nuestra situación, grité:
¡Adelante!, y di con la espuela a mi caballo que se lanzó a toda carrera
hacia la llanura. Pero teníamos que vérnosla con montañeses que brincaban
de roca en roca como verdaderos demonios de los abismos, que aun saltando,
hacían fuego, manteniendo a nuestros flancos la posición tomada. Por lo
demás, nuestro plan había sido previsto. En un punto donde el camino se
ensanchaba y la montaña se allanaba un poco, aguardaba nuestro paso un
joven a la cabeza de diez hombres a caballo. Cuando nos vieron, pusieron
al galope sus cabalgaduras, y nos asaltaron de frente, mientras aquellos
que nos perseguían bajaban saltando en gran cantidad, y cortada de tal
modo nuestra retirada, nos rodeaban por todas partes.
La situación era grave y sin embargo, acostumbrada desde niña a las
escenas de guerra, pude apreciarla sin que se me escapara una sola
circunstancia. Todos aquellos hombres, vestidos de pieles de carnero,
llevaban inmensos sombreros redondos, coronados de flores naturales al
modo de los húngaros. Cada uno de ellos manejaba un largo fusil turco, que
agitaban vivamente luego de haber disparado, dando gritos salvajes, y en
la cintura portaba un sable corvo y dos pistolas. Su jefe era un joven de
apenas veintidós años, de tez pálida, de ojos negros y cabellos
ensortijados y cayéndole sobre las espaldas. Vestía la casaca moldava
guarnecida de piel y ajustada al cuerpo por una faja con listas de oro y
seda. En su mano resplandecía un sable corvo, y en su cintura relucían
cuatro pistolas. Durante la lucha daba gritos roncos e inarticulados que
parecían no pertenecer al habla humana, y sin embargo eran una eficaz
expresión de sus deseos, pues a aquellos gritos obedecían todos sus
hombres, ora echándose a tierra boca abajo para esquivar nuestras
descargas, ora levantándose para disparar a su vez, haciendo caer a
aquellos de nosotros que aún estaban de pie, matando a los heridos,
haciendo en suma de la lucha una carnicería. Yo había visto caer uno
después del otro los dos tercios de mis defensores. Cuatro estaban aún
ilesos y se apretaban a mi alrededor, no pidiendo una gracia que tenían la
certidumbre de no conseguir, y pensando sólo en vender la vida lo más cara
que fuese posible. Entonces el joven jefe dio un grito más expresivo que
los anteriores, tendiendo la punta de su sable hacia nosotros. En verdad
aquella orden significaba que debía rodearse nuestro último grupo de un
cerco de fuego y fusilarnos a todos juntos, pues de un golpe vimos
apuntarnos todos aquellos largos mosquetes.
Comprendí, que había llegado la hora final. Alcé los ojos y las manos al
cielo, murmurando una última plegaria, y aguardé la muerte. En ese
instante vi, no descender sino precipitarse de peña en pena, un joven que
se detuvo enhiesto sobre una roca que dominaba la escena, semejante a una
estatua en un pedestal, y, extendiendo la mano hacia el campo de batalla,
pronunció esta sola palabra: "¡Basta!" Todas las miradas se volvieron a
esa voz, y cada uno pareció obedecer al nuevo amo. Sólo un bandido apuntó
de nuevo su fusil e hizo el disparo. Uno de nuestros hombres dio un grito;
la bala le había roto el brazo izquierdo. Se volvió al punto para lanzarse
sobre el que le hiriera, pero aún no había hecho cuatro pasos su caballo,
que un relámpago brilló por encima de nosotros y el bandido rebelde cayó
herido por una bala en la cabeza... Tantas y tan diversas emociones habían
acabado mis fuerza; me desvanecí. Cuando recobré los sentidos, me hallé
acostada sobre la hierba, con la cabeza apoyada en las rodillas de un
hombre, de quien no veía sino la mano blanca y cubierta de anillos
rodeándome el cuerpo, mientras ante mí estaba parado, de brazos cruzados y
la espada bajo la axila, el joven jefe moldavo que dirigiera el asalto
contra nosotros. "Kostaki", decía en francés y con gesto autoritario el
que me sostenía, "haced que vuestros hombres se retiren de inmediato, y
dejadme el cuidado de esta joven. "Hermano, hermano", respondió aquel a
quien eran dirigidas tales palabras, y que parecía contenerse con
esfuerzo, "cuídate de no cansar mi paciencia; yo os dejo el castillo,
dejadme a mí el bosque. En el castillo vos sois el amo, pero aquí yo soy
todopoderoso. Aquí me bastaría una sola palabra para obligaros a
obedecerme". "Kostaki, yo soy el mayor; lo que quiere decir que soy amo en
todas partes, así en el bosque como en el castillo, allá y aquí. Como a
vos, me corre por las venas la sangre de los Brankovan, sangre real que
tiene el hábito de mandar, y yo mando." "Mandad a vuestros servidores,
Gregoriska, no a mis soldados." "Vuestros soldados son bandidos,
Kostaki... bandidos que haré ahorcar en las almenas de nuestras torres si
no me obedecen al instante." "Bien, probad de darles una orden."
Sentí entonces que quien me sostenía retiraba su rodilla, y colocaba
suavemente mi cabeza sobre una piedra.
Le seguí ansiosa con la mirada, y pude examinar a aquel joven, que cayera,
por así decirlo, del cielo en medio de la refriega, y que yo había podido
ver apenas, estando desmayada, mientras aparecía a punto en escena. Era un
joven de veinticuatro años, de alta estatura y con dos grandes ojos
celestes y resplandecientes como el relámpago, en los que se leía una
extraordinaria decisión y firmeza. Los largos cabellos rubios, indicio de
la estirpe eslava, le caían sobre las espaldas como los del arcángel
Miguel, circundando dos mejillas rubicundas y frescas; sus labios
realzados por una sonrisa desdeñosa, dejaban ver una doble hilera de
perlas. Vestía una especie de túnica de velludo negro, calzones ceñidos a
las piernas y botas bordadas; en la cabeza tenía un gorro puntiagudo
ornado de una pluma de águila; en la cintura portaba un cuchillo de caza,
y al hombro una pequeña carabina de dos caños, cuya precisión había
aprendido a apreciar uno de los bandidos. Extendió la mano, y con ese
gesto imperioso pareció imponerse hasta a su hermano. Pronunció algunas
palabras en lengua moldava, las cuales parecieron causar profunda
impresión sobre los bandidos. Entonces, a su vez, habló en la misma lengua
el joven jefe, y me pareció que su discurso estaba lleno de amenazas y de
imprecaciones. A aquel largo y vehemente discurso el hermano mayor
contestó con una sola palabra. Los bandidos se sometieron; hizo un gesto,
y los bandidos se sometieron; hizo un gesto, y los bandidos se reunieron
detrás de nosotros.
"¡Bien! Sea, pues, Gregoriska", dijo Kostaki volviendo a hablar en
francés. "Esta mujer no irá a la caverna, pero no por ello será menos mía.
La encuentro hermosa, la he conquistado yo y la quiero yo." Así diciendo,
se lanzó él hacia mí, y me levantó entre sus brazos. "Esta mujer será
llevada al castillo y entregada a mi madre, yo no la abandonaré", dijo mi
protector. "¡Mi caballo!", gritó Kostaki en lengua moldava. Varios
bandidos se apresuraron a obedecer, condujeron a su señor la cabalgadura
pedida... Gregoriska miró en torno, asió las bridas de un caballo sin
dueño, y saltó a la silla sin tocar los estribos. Kostaki, bien que me
tenía aún apretada entre sus brazos, montó en la silla casi tan ágilmente
como su hermano, y partió a todo galope. El caballo de Gregoriska pareció
haber recibido el mismo impulso y fue a ponerse pegado al flanco y al
pescuezo del corcel de Kostaki. Extraño de verse eran aquellos dos
caballeros que volaban el uno junto al otro, taciturnos, silenciosos, sin
perderse de vista un solo instante, aun cuando aparentaran no mirarse, y
se entregaban por entero a sus cabalgaduras, cuya impetuosa carrera los
llevaba a través de bosques, rocas y precipicios.
Tenía la cabeza caída, y esto me permitía ver los bellos ojos de
Gregoriska fijos en mí. Kostaki lo advirtió, me levantó la cabeza, y ya no
vi más que su tétrica mirada devorándome. Bajé los párpados, pero en vano;
a través de su velo, veía no obstante siempre aquella mirada
relampagueante que me penetraba hasta las vísceras y me punzaba el
corazón. Entonces me acaeció una extraña alucinación; parecíame ser la
Leonora de la balada de Bürger, llevada por el caballo y el caballero
fantasmas, y cuando sentí que se me cerraban abrí los ojos amedrentada,
tan persuadida estaba de ver alrededor mío sólo cruces rotas y tumbas
abiertas. Vi algo un poco más alegre; era el patio interno de un castillo
moldavo construido en el siglo décimocuarto.
Kostaki me dejó resbalar a tierra, bajando casi en seguida después que yo;
pero, por rápido que hubiera sido su acto, Gregoriska le había precedido.
Como lo dijera, en el castillo él era el amo. Al ver llegar a los dos
jóvenes y a la extranjera que llevaban con ellos, acudieron los
servidores; pero, aunque dividieron sus diligencias entre Kostaki y
Gregoriska, aparecía claro que los mayores miramientos, el respeto más
profundo eran para el segundo. Se aproximaron dos mujeres, Gregoriska les
dio una orden en lengua moldava, y con la mano me indicó que la siguiera.
La mirada que acompañaba aquel gesto era tan respetuosa que yo no vacilé
absolutamente en obedecerle. Cinco minutos después me encontraba en una
cámara que, aun cuando pudiera parecer desnuda y triste a una persona de
menos fácil contentamiento, era sin embargo evidentemente la más hermosa
del castillo. Una gran habitación cuadrada, con una especie de diván de
sayal verde, asiento de día, lecho de noche. Había también allí cinco o
seis sillones de encina, un inmenso cofre, y en un ángulo un trono
semejante a una gran silla de coro.
No había que hablar de cortinas en las ventanas y en el lecho. A los
costados de la escalera que llevaba a aquella cámara, erguíanse, dentro de
nichos, tres estatuas de los Brankovan de tamaño superior al natural. Al
poco rato trajeron nuestros bagajes, entre los cuales se encontraban
también mis maletas. Las mujeres me ofrecieron sus servicios. Pero no
obstante, reparando el desorden que lo sucedido causara en mi tocado,
conservé mi vestimenta de amazona, la cual, más que cualquier otra,
acordaba con el modo de vestir de mis huéspedes. Apenas había hecho los
pocos cambios necesarios en mis ropas, cuando oí golpear levemente en la
puerta.
"Adelante", dije en francés, siendo esta lengua para nosotros los
polacos, como sabéis, casi una segunda lengua materna. Entró Gregoriska.
"¡Ah! señora, cuánto me complace que habléis francés." "Y yo también",
respondí, "estoy contenta de saber esta lengua, porque de tal modo he
podido, gracias a este hecho, apreciar toda la generosidad de vuestra
conducta conmigo. En esa lengua vos me defendisteis de los designios de
vuestro hermano, y en esa lengua os ofrezco yo la expresión de mi sincero
reconocimiento". "Os lo agradezco, señora. Era cosa muy natural que me
preocupara de una mujer que se encontraba en vuestra situación. Andaba de
caza por los montes, cuando llegaron a mi oído algunas detonaciones
anormales y continuas; comprendí que se trataba de un asalto a mano
armada, y marché al encuentro del fuego, como decimos nosotros en términos
guerreros. A Dios gracias, llegué a tiempo, pero ¿sería tal vez demasiado
atrevido si os preguntara, oh señora, por cuál motivo una mujer de alto
linaje, como lo sois vos, se ha visto reducida a aventurarse en nuestros
montes?" "Yo soy polaca", le contesté: "Mis dos hermanos sucumbieron, no
ha mucho, en la guerra contra Rusia; mi padre, a quien dejé yo mientras se
preparaba a defender su castillo, sin duda se les ha reunido ya a esta
hora, y yo, huyendo por orden de mi padre, de todos aquellos estragos, iba
en busca de refugio al monasterio de Sabastru, donde mi madre, en su
juventud y en circunstancias semejantes, había encontrado asilo seguro."
"Sois enemiga de los rusos, tanto mejor", dijo el joven; "este título os
será poderosa ayuda en el castillo, y nosotros necesitaremos de todas
nuestras fuerzas para sostener la lucha que se prepara. Pero ante todo,
señora, pues que yo sé quién sois vos, sabed también quiénes somos
nosotros: el nombre de los Brankovan no os es desconocido, ¿verdad,
señora?" Yo me incliné. "Mi madre es la última princesa de este nombre, la
última descendiente del ilustre jefe mandado matar por los Cantimir, los
viles cortesanos de Pedro I. Casó en primeras nupcias con mi padre, Serban
Waivady, príncipe también él, pero de estirpe menos ilustre. Mi padre
había sido educado en Viena, y allí pudo apreciar las ventajas de la
civilización. Decidió hacer de mí un europeo. Partimos para Francia,
Italia, España y Alemania. Mi madre —no le toca a un hijo, lo sé, narraros
lo que os diré, pero, ya que por nuestra salvación es necesario que nos
conozcamos bien, reconoceréis justos los motivos de esta revelación— mi
madre, digo, que durante los primeros viajes de mi padre, mientras era yo
aún niño, había tenido culpables relaciones con un jefe de parciales (que
con tal nombre, agregó sonriendo Gregoriska, se llaman en este país a los
hombres por quienes fuisteis agredida), cierto conde Giordaki Koproli,
medio griego y medio moldavo, escribió a mi padre confesándole todo y
pidiéndole el divorcio, apoyando su demanda en que no quería ella, una
Brankovan, continuar siendo por más tiempo mujer de un hombre que se
tornaba día a día más extranjero a su patria. ¡Ay! Mi padre no tuvo
necesidad de dar su asentimiento a esa petición, que os podrá parecer
extraña, pero entre nosotros es cosa muy natural. Él había muerto de un
aneurisma que desde mucho tiempo le atormentaba, y la carta de mi madre la
recibí yo. A mí ahora no me quedaba otra cosa que hacer votos sinceros por
la felicidad de mi madre, y le escribí una carta, en la que le comunicaba
estos votos míos junto con la noticia de su viudez. En aquella carta le
pedía también permiso para poder continuar mis viajes, que me fue
concedido. Tenía yo la firme intención de establecerme en Francia o
Alemania para no encontrarme cara a cara con un hombre que aborrecía, y
que no podía amar, quiero decir al marido de mi madre; cuando he aquí,
que, de improviso, vine a saber que el conde Giordaki Koproli había sido
asesinado, según decires, por los viejos cosacos de mi padre. Amaba yo
demasiado a mi madre para no apresurarme a regresar a la patria,
comprendía su aislamiento y la necesidad en que debía encontrarse de tener
junto a ella en tales circunstancias las personas que podían serle
queridas. Aun cuando ella nunca se hubiera mostrado muy tierna conmigo,
era su hijo. Una mañana llegué inesperadamente al castillo de mis padres.
Allí encontré un joven, a quien al principio tomé por un extranjero, pero
luego supe que era mi hermano. Era Kostaki, el hijo del adulterio,
legitimado por un segundo matrimonio; Kostaki, la indomable criatura que
visteis, para quien son leyes sólo sus pasiones, que nada tiene por
sagrado aquí abajo fuera de su madre, que me obedece como la tigresa
obedece al brazo que la ha domado, pero rugiendo por siempre, en la vaga
esperanza de poder devorarme un día. En el interior del castillo, en el
hogar de los Brakovan y de los Waivady, yo soy aún el amo; pero fuera de
este recinto, en la abierta campiña, él se convierte en el salvaje hijo de
los bosques y de los montes, que quiere doblegarlo todo bajo su férrea
voluntad. Cómo hoy él y sus hombres hicieron para ceder, no lo sé; quizá
por antigua costumbre, o por un resto de respeto que me tienen. Pero no
quisiera arriesgar otra prueba. Permaneced aquí, no salgáis de esta
cámara, del patio, del castillo en suma, y respondo de todo; si dais un
paso fuera del castillo, no puedo prometeros otra cosa que hacerme matar
por defenderos."
"¿No podré entonces", dije yo, "según el deseo de mi padre, continuar el
viaje hacia el convento de Sabastru?" "Obrad, intentad, ordenad, yo os
acompañaré, pero quedaré en mitad del camino, y vos... vos ciertamente no
alcanzaréis la meta de vuestro viaje." "Pero ¿qué hacer, entonces?"
"Quedaros aquí, aguardar, tomar consejo de los hechos y aprovechar las
circunstancias. Suponeos haber caído en una caverna de bandidos, y que
sólo vuestro valor podrá sacaros del apuro, vuestra calma salvaros. Mi
madre, a despecho de la preferencia que concede a Kostaki, hijo de su
amor, es buena y generosa. Por otra parte, es una Brankovan, vale decir
una verdadera princesa. La veréis: ella os defenderá de las brutales
pasiones de Kostaki. Poneos bajo la protección de ella: sed cortés, os
amará. Y en realidad (agregó él con expresión indefinible), ¿quién podría
veros y no amaros? Venid ahora al comedor donde mi madre os espera. No
demostréis fastidio ni desconfianza: hablad polaco: aquí nadie conoce esta
lengua; yo traduciré a mi madre vuestras palabras, y estáos tranquila, que
sólo diré aquello que sea conveniente decir. Sobre todo ni una palabra de
cuanto os he revelado: nadie debe sospechar que estamos de acuerdo. Vos no
sabéis aún de cuanta astucia y disimulación es capaz el más sincero de
entre nosotros. Venid."
Le seguí por la escalera iluminada de antorchas de resina ardiendo,
puestas dentro de manos de hierro que sobresalían del muro. Era evidente
que aquella insólita iluminación había sido dispuesta para mí. Llegamos al
comedor. Apenas Gregoriska hubo abierto la puerta de aquella sala, y
pronunciado en el umbral una palabra en lengua moldava, que después supe
significaba la extranjera, vino a nuestro encuentro una mujer de alta
estatura. Era la princesa Brankovan. Tenía cabellos blancos entrelazados
alrededor de la cabeza, la cual estaba cubierta de un gorro de cibelina,
ornado de un penacho, signo de su origen principesco. Vestía una especie
de túnica de brocado, el corpiño sembrado de piedras preciosas,
sobrepuesta a una larga hopalanda de estofa turca, guarnecida de piel
igual a la del gorro. Tenía en la mano un rosario de cuentas de ámbar, que
hacía correr rápidamente entre los dedos. Junto a ella estaba Kostaki,
vestido con el espléndido y majestuoso traje magiar, en el cual me pareció
aún más extraño. Su traje estaba compuesto de una sobrevesta de velludo
negro, de ancha mangas, que le caía hasta debajo de la rodilla, calzones
de casimir rojo, y los largos cabellos de color negro tirando a azulado le
caían sobre el cuello desnudo, rodeado solamente por la orla blanca de una
fina camisa de seda. Me saludó torpemente, y pronunció en moldavo algunas
palabras para mí ininteligibles.
"Podéis hablar en francés, hermano mío", dijo Gregoriska; "la señora es
polaca y comprende esta lengua".
Entonces Kostaki dijo en francés algunas palabras casi tan
incomprensibles para mí como las que pronunciara en moldavo; pero la
madre, tendiendo gravemente el brazo, interrumpió a los dos hermanos.
Aparecía claro que intimaba a sus hijos que esperaran a que sólo ella me
recibiera. Comenzó entonces en lengua moldava un discurso de cumplimiento,
al cual la movilidad de sus facciones daba un sentido fácil de explicarse.
Me indicó la mesa, me ofreció una silla cerca de ella, señaló con un gesto
la casa toda, como diciendo que estaba a mi disposición, y, sentándose
antes que los demás con benévola dignidad, hizo la señal de la cruz y
pronunció una plegaria. Entonces cada uno ocupó su lugar propio,
establecido por la etiqueta, Gregoriska cerca de mí. Como extranjera, yo
había determinado que a Kostaki le tocara el puesto de honor junto a su
madre Smeranda. Así se llamaba la condesa. También Gregoriska había mudado
de vestimenta. Llevaba él igualmente la túnica magiar y los calzones de
casimir, pero aquélla de color granate y estos turquíes. Tenía colgada del
cuello una espléndida condecoración, el nisciam del sultán Mahmud. Los
otros comensales de la casa cenaban en la misma mesa, cada uno en el sitio
que le correspondía según el grado que ocupaba entre los amigos o los
servidores. La cena fue triste: Kostaki no me dirigió nunca la palabra, si
bien su hermano tuvo siempre la atención de hablarme en francés. La madre
me ofrecía de todo con sus propias manos con ese ademán solemne que le era
natural; Gregoriska había dicho la verdad: era una verdadera princesa.
Luego de la cena, Gregoriska se acercó a su madre, y le explicó en lengua
moldava el deseo que yo debía tener de estar sola, y cuán necesario que
sería el reposo después de las emociones de aquella jornada. Smeranda hizo
un gesto de aprobación, me tendió la mano, me besó en la frente, como lo
hubiera hecho con una hija suya, y me deseó buena noche en su castillo.
Gregoriska no se había engañado: yo ansiaba ardientemente aquel instante
de soledad. Agradecí por eso a la princesa, quien me condujo hasta la
puerta, donde me esperaban las dos mujeres que antes ya me acompañaran en
mi cámara. Saludado que hube a la madre y a los dos hijos, volví a mi
aposento, de donde saliera una hora antes.
El sofá estaba transformado en lecho. Otros cambios no se habían hecho.
Agradecí a las mujeres: les hice comprender que me desvestiría sola, y
ellas salieron en seguida con mil testimonios de respeto que querían
significar tener órdenes de obedecerme en todo y por todo. Quedé sola en
aquella inmensa cámara, que mi candela podía alumbrar apenas en parte. Era
un singular juego de luces, una especie de lucha entre el resplandor
trémulo de mi cirio y los rayos de la luna que pasaban a través de la
ventana sin cortinados. Además de la puerta por la que entrara, y que caía
sobre la escalera, habían otras dos en la cámara; pero sus gruesos
cerrojos, que se cerraban por dentro, bastaban para tranquilizarme. Miré
la puerta de entrada; también ella tenía medios de defensa. Abrí la
ventana: daba sobre un abismo. Comprendí que Grigoriska había elegido
aquella cámara calculadamente. De vuelta por fin a mi sofá, encontré sobre
una mesita puesta junto a la cabecera una tarjeta doblada. La abrí y leí
en polaco: Dormid tranquila: nada tenéis que temer mientras permanezcáis
en el interior del castillo. Seguí el buen consejo, y como el cansancio
vencía sobre las preocupaciones que me tenían desazonada, me acosté y en
seguida me dormí.
Desde aquel momento quedaba fijada mi permanencia en el castillo y tenía
principio el drama que voy a narraros.
Los dos hermanos se enamoraron de mí, cada uno según su propia índole.
Kostaki me confesó de improviso al día siguiente que me amaba, y declaró
que sería suya y no de otro, y que me mataría antes que cederme a
quienquiera que fuese. Gregoriska no me dijo nada, pero se mostró lleno de
amor y de consideraciones conmigo. Para complacerme puso en práctica todos
los medios de su refinada educación, todos los recuerdos de una juventud
transcurrida en la más nobles Cortes de Europa. ¡Ay! No era cosa tan
difícil pues ya el primer sonido de su voz me había acariciado el alma, y
ya su primera mirada me había serenado el corazón. Al cabo de tres meses
Kostaki me había repetido cien veces que me amaba, y yo le odiaba;
Gregoriska aun no me había dicho una palabra de amor y yo sentía que
cuando él lo deseara sería toda suya.
Kostaki había renunciado a sus incursiones. Encerrado siempre en el
castillo, había cedido momentáneamente el mando a un lugarteniente, quién
de cuando en cuando venía a pedirle órdenes, y en seguida desaparecía.
También Smeranda había concebido por mí una amistad apasionada, cuyas
expresiones me causaban temor. Protegía ella visiblemente a Kostaki, y
parecía celosa de mí más aún de lo que él lo fuera. Pero como no hablaba
polaco ni francés, y yo no comprendía el moldavo, ella no tenía modo de
insistir ante mí en favor de su hijo predilecto. Había sin embargo
aprendido a decir en francés unas palabras que me repetía siempre cuando
posaba sus labios en mi frente: —¡Kostaki ama a Edvige!...—
Un día recibí una noticia horrible que colmó mi desventura. Los cuatro
hombres sobrevivientes al combate habían sido puestos en libertad y
regresado a Polonia, prometiendo que uno de ellos, antes de que pasaran
tres meses, volvería para darme noticias de mi padre. En efecto, una
mañana se presentó de nuevo uno de ellos. Nuestro castillo había sido
tomado, incendiado, destruido, y mi padre se había hecho matar
defendiéndolo. En adelante estaba sola en el mundo. Kostaki redobló sus
insinuaciones, y Smeranda sus ternuras; pero esta vez aduje como pretexto
mi duelo por la muerte de mi padre. Kostaki insistió diciendo que cuanto
más sola me encontraba tanto más necesidad tenía de apoyo, y su madre
insistió al par y acaso más que él.
Gregoriska me había hablado del poder que los moldavos tienen sobre sí
mismos, cuando no quieren que otros lean en su corazón. Él era un vivo
ejemplo de ello. Estaba segurísima de su amor, y sin embargo, si alguien
me hubiera preguntado en qué prueba se fundaba tal certidumbre, me habría
sido imposible decirlo: nadie en el castillo había visto nunca que su mano
tocara la mía, o que sus ojos buscaran los míos. Sólo los celos podían
hacer clara a Kostaki la rivalidad del hermano, como sólo el amor que
alimentaba yo por Gregoriska podía hacerme claro su amor. Sin embargo, lo
confieso, me inquietaba mucho aquel poder de Gregoriska sobre sí mismo. Yo
tenía fe en él, pero no bastaba; necesitaba ser convencida; cuando he aquí
que una noche, de vuelta apenas en mi cámara, oí golpear levemente a una
de las dos puertas que se cerraban por dentro. Por el modo de golpear
adiviné que era una llamada amiga. Me acerqué, preguntando quién estaba
allí.
"Gregoriska", contestó una voz cuyo acento no podía engañarme. "¿Qué
queréis de mí?", le pregunté toda temblorosa. "Si tenéis fe en mí", dijo
Gregoriska, "si me creéis hombre de honor, ¿me permitís una pregunta?"
"¿Cuál?" "Apagad la luz como si os hubierais acostado, y de aquí en media
hora, abridme esta puerta." "Volved dentro de media hora...", fue mi única
respuesta.
Apagué la luz, y aguardé. El corazón me palpitaba con violencia, pues
comprendía yo que se trataba de un hecho importante. Transcurrió la media
hora: oí golpear más levemente aún que la primera vez. Durante el
intervalo había descorrido los cerrojos; no me quedaba pues sino abrir la
puerta, Gregoriska entró, y sin que me dijera, cerré la puerta tras él y
eché los cerrojos. Él permaneció un instante mudo e inmóvil, imponiéndome
silencio con el gesto. Luego, cuando estuvo seguro de que ningún peligro
nos amenazaba por el momento, me llevó al centro de la vasta cámara, y
sintiendo, por mi temblor, que no habría podido sostenerme de pie, me
buscó una silla. Me senté o más bien me dejé caer sobre el asiento.
"¡Dios mío!", le dije; "¿qué hay de nuevo, o por qué tantas
precauciones?" "Porque mi vida, que no contaría para nada, y acaso también
la vuestra, dependen de la conversación que tendremos."
Amedrentada, le aferré una mano. Se la llevó él a los labios, mirándome
como si quisiera pedir excusas por tanta audacia. Bajé yo los ojos, era un
tácito consentimiento.
"Yo os amo", me dijo con aquella voz melodiosa como un canto; "¿me amáis
vos?" "Sí", le respondí. "¿Y consentiréis en ser mi mujer?" "Sí."
Llevó la mano a la frente con profunda expresión de felicidad. "Entonces,
¿no rehusaréis seguirme?" "Os seguiré doquiera." "Pues comprenderéis bien
que no podemos ser felices sino huyendo de estos lugares."
"¡Oh sí! Huyamos", exclamé. "¡Silencio", dijo él estremeciéndose,
"¡Silencio!" "Tenéis razón." Y me le acerqué toda tremante. "Escuchad lo
que he hecho", continuó Gregoriska; "escuchad por qué he estado tanto
tiempo sin confesaros que os amaba. Quería yo, cuando estuviera seguro de
vuestro amor, que nadie pudiera oponerse a nuestra unión. Yo soy rico,
querida Edvige, inmensamente rico, pero como lo son los señores moldavos:
rico en tierras, en ganados, en servidores. Ahora bien, he vendido por un
millón, tierras, rebaños y campesinos al monasterio de Hango. Me han dado
trescientos mil francos en muchas piedras preciosas, cien mil francos en
oro, el resto en letras de cambio sobre Viena. ¿Os bastará un millón?" Le
apreté la mano. "Me hubiera bastado vuestro amor, Gregoriska, juzgadlo
vos." "¡Bien! Escuchad; mañana voy al monasterio de Hango para tomar mis
últimas disposiciones con el superior. Él me tiene listos caballos que nos
esperarán de las nueve de la mañana en adelante ocultos a cien pasos de
castillo. Después de la cena, subiréis de nuevo como hoy a vuestra cámara;
como hoy apagaréis la luz; como hoy entraré yo en vuestro aposento. Pero
mañana, en vez de salir solo vos me seguiréis, saldremos por la puerta que
da sobre los campos, encontraremos los caballos, montaremos, y pasado
mañana por la mañana habremos recorrido treinta leguas. —¡Oh! ¡Por qué no
será ya pasado mañana!— ¡Querida Edvige!"
Gregoriska me apretó sobre el corazón, y nuestros labios se encontraron.
¡Oh! Lo había dicho él, yo había abierto la puerta de mi cámara a un
hombre de honor; pero comprendió bien que si no le pertenecía en cuerpo le
pertenecía en alma. Transcurrió la noche sin que pudiera cerrar los ojos.
Me veía huir con Gregoriska, me sentía transportada por él como ya lo
había sido por Kostaki: sólo que aquella carrera terrible, espantable,
fúnebre, se trocaba ahora en un apuro suave y delicioso, al que la
velocidad del movimiento agregaba deleite, pues también el movimiento
veloz tiene un deleite propio... Nació el día. Bajé. Parecióme que el
ademán con que me saludó Kostaki era aún más tétrico que de costumbre. Su
sonrisa era irónica y amenazadora. Smeranda no me pareció cambiada.
Durante la colación, Gregoriska ordenó sus caballos. Parecía que Kostaki
no pusiera ni la mínima atención en aquella orden. Hacia loas once,
Gregoriska nos saludó, anunciando que estaría de regreso recién a la
noche, y rogando a su madre que no le esperase a cenar: después, volvióse
hacia mí y rogóme quisiera admitir sus excusas.
Salió. La mirada de su hermano le siguió hasta cuando dejó la cámara, y
en ese momento le brotó de los ojos un tal relámpago de odio que me
estremecí. Podéis imaginaros con qué inquietud pasé aquel día. A nadie
había confiado nuestros designios, a duras penas le hablé a Dios de ello
en mis plegarias, y parecíame que todos los conocieran, que cada mirada
puesta en mí pudiera penetrar y leer en lo íntimo de mi corazón... La cena
fue un suplicio; hosco y taciturno, Kostaki, por costumbre, hablaba
raramente: esta vez no dijo más que dos o tres palabras en moldavo a su
madre, y siempre con tal acento que hacía estremecer. Cuando me levanté
para subir a mi aposento, Smeranda, como de ordinario, me abrazó, y al
abrazarme repitió aquella frase que desde ya ocho días no le saliera de la
boca: ¡Kostaki ama a Edvige!
Esta frase me siguió como una amenaza hasta mi cámara, y aun allí
parecíame que una voz fatal me susurrase al oído: ¡Kostaki ama a Edvige!
Ahora el amor de Kostaki, me lo había dicho Gregoriska, equivalía a la
muerte. Hacia las siete de la noche vi a Kostaki atravesar el patio. Se
volvió para verme, pero me aparté para que no pudiera descubrirme. Estaba
inquieta, pues por cuanto podía yo ver desde mi ventana, me parecía que él
iba directamente hacia la caballeriza. Me arriesgué a correr los cerrojos
de una de las puertas internas de mi cámara y pasar a la cámara vecina,
desde donde podía ver todo lo que él estaba por hacer. Dirigíase, en
efecto, hacia la caballeriza, y cuando hubo llegado a ella sacó él mismo
su caballo favorito, ensillándolo de su propia mano con el cuidado de un
hombre que da la mayor importancia a cada detalle. Vestía el mismo traje
que cuando se me apareciera la vez primera, pero no llevaba otra arma que
el sable. Cuando hubo ensillado el caballo, miró otra vez hacia la ventana
de mi cámara. No habiéndome visto, saltó sobre la silla, se hizo abrir la
misma puerta por la que saliera y debía volver su hermano, y se alejó a
todo galope en dirección del monasterio de Hango. Se me apretó entonces
terriblemente el corazón; un fatal presentimiento me decía que Kostaki iba
al encuentro de su hermano. Estuve a la ventana hasta cuando pude
distinguir el camino que, a un cuarto de legua de distancia del castillo,
hacía un recodo a la izquierda y se perdía en el comienzo de un bosque.
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